sábado, 13 de octubre de 2012

Mar i cel.


Cerca del chalet de mis abuelos, nada más salir del camino de entrada, existe un bloque de apartamentos construido a finales de los años sesenta. No es muy alto; si no me falla la memoria, no sobrepasa las cuatro alturas y su fábrica es de ladrillo ocre, un amarillo apagado, parecido a la arena de la playa que puede verse desde sus terrazas, que son terrazas largas con barandilla de hierro. Y ventanas de suelo a techo, como los apartamentos de antes, para que la luz del Mediterráneo se desborde por el suelo y acabe por reflejarse en el techo, que hagan falta gafas de sol para tomar el desayuno. Pero no es así su escalera, situada de espaldas al mar, oscura y estrecha, con peldaños revestidos de terrazo, ya pulido de tanto subir y bajar, castigados por la ausencia de ascensor.

La entrada está custodiada por un gran ficus que ensombrece el jardín y, hasta la última reforma, una enorme hiedra trepaba por la pared, como si intentase escapar de allí. Recuerdo que, cuando era pequeño, aquella hiedra me parecía una tupida barba, con una boca enorme y negra en su centro, una boca que era una ventana y dos ojos más arriba, que eran otra ventana de dos hojas –de dos ojos- siempre cerradas. Tenía cara de loco aquella fachada barbuda y sombría, con su tez amarilla de ladrillos ocres y su barba verde, con su boca dentada de rejas y sus ojos cuadrados de cristal. Dos ojos de cristal.

En ese edificio veraneaba una prima lejana, que dejó de serlo, al menos administrativamente, por motivos de divorcio de quien propiciaba el parentesco. Por eso alguna vez mis pies ayudaron a pulir el terrazo de los escalones. Y pude mirar desde la boca como si el edificio se me hubiera tragado, y pude ver a través de sus ojos, como si fuera yo la vista de aquella fachada de grito perenne. En la escalera resonaban los ecos de las risas estivales, y los descansillos parecían sucursales de la playa, de tanta arena acumulada sobre el pavimento. La barandilla estaba formada por travesaños de madera horizontales, de esos que ya no se ponen, por si a los niños les da por subirse y bajar sin ascensor, sin paracaídas, pero con prisa. Cuestiones de seguridad, ustedes saben.

Del apartamento en concreto no recuerdo gran cosa. Quizás un amontonamiento de muebles demasiado oscuros para una casa de playa, también unas cortinas vaporosas, blanquecinas como mortajas que parecían raídas por la luz potente del sol. El suelo estaba frío, eso sí lo recuerdo. Y ya está, no sé ni por qué entré, ni cuánto tiempo estuve, ni por qué me fui. Aun menos con quién, seguramente con mi abuela, la única persona con vocación de relaciones públicas de la familia, la única también con el suficiente don de gentes y carácter para tales menesteres. De lo que sí estoy seguro es que no volví a entrar y de que, cuando aquella visita tuvo lugar, yo contaría con unos escasos cinco años.

Luego el tiempo transcurrió y aquel edificio y su fachada barbada pasaron a ser parte del decorado de mi vida. Verano tras verano, pasaba todas las mañanas por delante para bajar a la playa. Y es verdad que seguía mirando su cara de loco, su grito eterno y mudo y sus ojos de cristal, pero lo hacía como el que lo da por sentado, como si fuera inamovible. Supongo que en alguna ocasión rememoraría el tiempo que permanecí en su boca, o lo que vi desde sus ojos y luego lo dejaría estar. Lo amontonaría junto al resto de recuerdos, tan fugaces que apenas son sensaciones –ese suelo frío-. Y lo dejaría amontonado hasta que aquella escalera oscura salió en una conversación, como parte de una trágica anécdota que ya acumulaba polvo de tan olvidada, de mucho tiempo antes que mi recuerdo almacenado. Una anécdota horrible que, sin embargo, había pasado a formar parte del alrededor, de la vida acumulada que soporta la memoria. Una memoria que apaga las brasas y vulgariza lo fantástico, lo terrible y hace creíble lo imposible.

Mi abuela me contó que justo sobre el hueco de la escalera había una polea. Seguramente para subir y bajar objetos pesados aprovechando la oquedad vertical. Sea como fuere, se accedía a ella a través del último piso; yo imaginé una pequeña portezuela en los travesaños horizontales, aunque dudo mucho que exista. Pues bien, tiempo atrás aquellos apartamentos tuvieron un portero, un guardés más bien, que se encargaba de cuidar la finca durante el invierno, ya que todos los apartamentos permanecían deshabitados fuera de la época estival. En realidad no me acuerdo muy bien de los detalles, pero creo recordar que aquel empleado había perdido recientemente a su mujer, y que, desde entonces, se había dado a la bebida como quien se tira a una piscina, o quien se deja caer en una cama; para despertar, para sentir, o para dejar de hacerlo.

En mi cabeza podía ver perfectamente a aquel desdichado, vagando por la oscuridad de los pasillos, con el frío húmedo de Alicante calando sus huesos, con la cabeza embotada por el alcohol y un sabor agrio en la boca. Sí, lo vi con unos zapatos desgastados, subiendo uno a uno los escalones, con el eco de sus pasos siguiéndole, intentando atraparle, o ponerle la zancadilla para que no hiciese lo que estaba a punto de hacer. Lo vi con el pelo ralo y grasiento pegado a la cabeza, con un bigote descuidado y el rostro demacrado, con los ojos desorbitados y apagados a un tiempo. Y también lo vi desde fuera, pasando por la boca abierta de la fachada barbuda y recorriendo sus ojos un piso más arriba, sus ojos de cristal, vidriados como los suyos, mirando sin ver, porque sólo miran hacia adentro.

No pude quitar la arena de los descansillos de mi imaginación, por muy invierno que fuese. Pero sí cuando llegó arriba, en ese descansillo final que no tiene ventana y a donde no llega la arena. Allí cogió la maroma que se utilizaba en las mudanzas, una cuerda de esparto, como las que se utilizan para amarrar los barcos, y comenzó a anudarla. Un nudo corredizo, un nudo de suicida, un nudo que estrangula y sostiene, que mata y salva del vacío. Por supuesto lo hizo, casi de forma automática, casi sin mirar, porque en realidad ya no veía nada, solo podía recordar. Entonces abrió esa portezuela que seguramente no exista y se paró al borde del forjado. Se agarró a la parte superior del soporte de la polea y pasó el cabo a través de la ruedecilla. Estiró hasta que empezó a rodar y el chirrido del eje reverberó como un quejido animal, hasta que salió por la boca barbuda, que por fin pudo gritar, aunque nadie la oyese. Luego ató el extremo a la barandilla y tomó la lazada del nudo corredizo. No hubo expresión en su rostro mientras la ajustaba alrededor del cuello. Ni siquiera sintió el tacto áspero y desagradable de la fibra contra la piel. Sólo había determinación, la determinación que lo hizo saltar por el hueco de la escalera, saltar a la oscuridad con los ojos abiertos y quedar suspendido entre sacudidas, oscilando como un péndulo en el corazón del edificio, matándose y dejándose morir. Afuera la luz amarillenta de las farolas iluminaba el aire cargado de humedad y, más abajo, el mar rugía ocultando los chasquidos de la cuerda y los estertores del portero.

Cuando me contaron la historia, lo hicieron con la asepsia de quien lo ha vivido, con la cotidianeidad de lo asumido. Como una curiosidad hecha para un tipo morboso, con una mente peliculera y una vida literaria, si soy yo quien la escribe. Y la acogí con impresión, porque no me figuraba que la boca barbada hubiera gritado alguna vez y comprendí sus ojos de espanto y su cara de locura. Pero sobre todo, no se me quitaba de la cabeza aquel cuerpo suspendido en el vacío, con una leve oscilación. Y no se me quitaba porque, por primera vez, aquel nombre inocente, incluso estival y festivo, que tenía la finca, cobró un sentido desagradable: Mar i cel. Ese fue el lugar en dónde decidió morir el guardés; en mitad de la noche, en silencio, sin que sus pies tocarán la tierra, ingrávido entre el mar y el cielo.

viernes, 12 de octubre de 2012

Cambios, traslados y descuidos.

Estimados lectores de La realidad a tientas. Ante todo, quería agradecerles todas y cada una de las veces que han entrado en este pequeño blog, aunque sólo haya sido una. Gracias por compartir esta realidad confusa y por formar parte de ella.

En segundo lugar, me gustaría disculparme por los meses de ausencia. Lo cierto es que no tengo excusa, o más bien; lo peor es que mis razones sólo son excusas. Por si les interesara, he tenido el honor de formar parte de un proyecto que reúne a profesionales en esto de escribir, personas que saben más que yo y cuya compañía sólo puede engrandecer mi trabajo. Así, desde hace dos meses, publico semanalmente en el diario de opinión La Columnata, más concretamente, aquí, en la sección de Política, Economía y Sociedad.

Como podrán ver, el carácter de estos artículos difiere del habitual en La realidad a tientas, así que, tras el paréntesis,  he decidido volver a este querido espacio, que tantas alegrías me ha dado y en dónde siempre me he sentido en un mundo aparte. En mi mundo.

Intentaré actualizar al menos una vez al mes, ya que me es imposible atender todos los nuevos compromisos adquiridos. En cualquier caso, bienvenidos de nuevo a mi realidad, que es también la suya.

Un saludo muy afectuoso.

Nacho Carratalá.