martes 15 de diciembre de 2009

Desasosiego.

Siento el aire en mi cara y el olor a salitre. Puedo notar la sensación de velocidad, aunque no sé cómo he llegado a estar sentado al volante de este coche. Sólo sé que soy feliz y que me encuentro tremendamente ilusionado. El sol es el sol amarillo tan familiar del Mediterráneo y puedo percibir su calor acariciando la piel de mis manos, que se apoyan en un volante de pasta blanca. Sobre mi cabeza no hay ningún techo, sino aire, cielo azul y las copas de unos cuantos pinos que se estiran en un fugaz borrón verde al pasar por debajo.


Definitivamente no es mi coche, pero tampoco lo siento ajeno. En ese momento sé que conduzco un Alfa Romeo Giulietta del que me siento profundamente orgulloso. El tiempo durante el que voy tomando consciencia de mi situación es de segundos, pero lo siento eterno. Es como si fuera una bobina en un viejo proyector al que le cuesta empezar a girar. Sin embargo, progresivamente, me viene el sonido del motor y certezas que advierto imprescindibles para que la proyección alcance la velocidad adecuada.

Levanto la vista del velocímetro y, a su vez, el pie del acelerador y sé que lo hago a petición de un reproche de alguien que me acompaña. Un reproche cariñoso hecho antes de mi toma de consciencia. Lo primero que veo es una carretera que baja serpenteando por la ladera de una montaña árida. Al fondo, en un horizonte muy cercano, se extiende el mar, reflejando el sol en destellos dorados que parecen flotar sobre la superficie. A mi derecha, hay un precipicio del que nos separa –porque sé que hay alguien conmigo- una serie de bloques de piedra que delimitan la calzada.

Me miro en el retrovisor y me reconozco. Soy yo, aunque más pulcramente afeitado de lo que acostumbro y con un corte de pelo que se me hace extraño. Como si yo fuera un mero espectador de mí mismo, mis labios se abren y pronuncio: “¿Así te quedas más tranquila, querida? Entiende mi impaciencia, quiero enseñarte algo muy importante”. Aprovecho que la carretera ha dejado de serpentear ladera abajo y se ha hecho más llana y recta y giro mi cabeza hacia mi acompañante. La reconozco de inmediato y sé que es mi mujer. Veo una alianza y un solitario en su mano y algo en su aspecto tampoco me cuadra. Desde el pañuelo que cubre su cabello negro –algunos mechones se escapan y se dejan mover por el viento- hasta su falda y su blusa.

Yo la conozco y ni ella es así, ni yo estoy casado con ella, ni ese es mi coche. Todo es antiguo, pero esta nuevo. Brillante. Mientras pienso esto, he tomado un camino de tierra que se interna entre tierras de cultivo y se acerca al mar. También reconozco el lugar, pero está desierto. No hay enormes edificios de apartamentos, ni asfalto. Tan sólo algunos chalets recién construidos, de líneas rectas, aspecto antiguo y, sin embargo, todavía deshabitados. Con la cal de las paredes deslumbrando y reflejando la luz polvorienta de esta tierra inhóspita y familiar.


De repente, noto que me pongo nervioso a medida que nos acercamos a una valla alta y blanca jalonada de refuerzos más altos cada diez metros, más o menos. Detengo el coche frente a una puerta que es una enorme plancha de acero galvanizado encuadrada en un pequeño porche. Me giro hacia mi mujer y le desanudo el pañuelo. Me mira nerviosa, me dice cosas que no recuerdo, sonríe mientras yo pliego el pañuelo y le cubro los ojos. Salgo del precioso Alfa Romeo rojo y la ayudo a bajar, la tomo de la mano y empujo la puerta. Sin esfuerzo, la pesada plancha se desliza en silencio sobre un riel y queda oculta tras la valla. Y, poco a poco, como un telón que se retira, me deja ver una preciosa casa que se alza ante mí en un promontorio frente al mar. Se trata de un chalet que parece salido de la Bauhaus, con amplias cornisas sobre las ventanas corridas, formas rectangulares abajo y curvas en el piso superior. Las ventanas están protegidas por contraventanas catalanas blancas y la parcela se encuentra vacía y estéril, como si acabasen de plantar la casa allí. Y en verdad debe de ser así.

Vuelvo a coger la mano de mi mujer –evito decir su nombre, pues se trata de una amiga mía- y la encamino a la fachada principal, que se extiende a lo largo del lateral de la parcela orientado al mar. Me pongo detrás de ella y levanto el pañuelo de sus ojos. La abrazo por la espalda y le beso suavemente el cuello. Ella me aprieta las muñecas y se emociona al contemplar el edificio. Se da la vuelta, me besa y nos abrazamos. Esa casa es nuestra y es increíblemente perfecta. Tan perfecta como el resto del día, como el coche, como mi preciosa pareja, como el mar, como el sol. Todo tan perfecto y tan irreal. Tan antiguo y tan nuevo.

Entonces me despierto inquieto, de una sacudida, con una sensación de caída como si me hubiera precipitado del sueño a la cama. Abro los ojos con la sensación de haber vuelto de otro lugar y, sobre todo, de otro tiempo. Sé que aquel era yo, sé quién es ella y sé dónde estábamos. Conozco sus ojos, sus manos, sus labios que conozco y desconozco a la vez. Y conozco mis deseos estúpidos e intento no dejarme llevar por ellos. Lo único que puedo pensar nada más incorporarme y encender la luz es que de alguna manera yo ya había estado allí en aquel momento. De acuerdo que son sitios que conozco –excepto la casa, que fue lo que más reconocí-, pero todo me era tan familiar que me cuesta teñirlo de irrealidad.


De hecho, en el sueño no ocurría nada fuera de lo normal, nada que case con los consabidos despropósitos oníricos. Excepto que el sueño en sí mismo es un despropósito. Sigo inquieto, con una sensación de vacío, añoranza y tristeza que no puedo explicar. Me levanto a beber agua y, cuando regreso, abro un cuaderno y dibujo la casa. “Antes de que se me olvide”, pienso. Y mi mente, aun ensoñada, me corrige: “Antes de que se te vuelva a olvidar, pues sólo has hecho que recordar”. Mi mano traza segura cada línea de la casa como si la hubiese visto durante toda mi vida. Estoy seguro de la imagen. Sé que no hay error. Y lo que veo tiene una extraña fuerza evocadora.

Soy una persona racional. No creo en la vida después de la muerte. No creo en la reencarnación. Por eso no puedo asumir que mis sentimientos, mi gusto por los objetos y la arquitectura de esa época puedan tener alguna relación con una existencia anterior. Me niego a aceptar que pude vivir una vida perfecta y que ahora intente recuperarla inconsciente por medio de todos los trastos que acumulo, de las mujeres que me enamoran, de la ropa que me gustaría vestir, de los modales que me gusta practicar o del tipo de coche que elegí. En cualquier caso, sería terrible descubrir que todas mis expectativas se basan en recuperar aquella vida perfecta. Y más terrible es ver cómo voy fracasando.

Y sin embargo no lo puedo evitar; miro una y otra vez el dibujo y me inunda un sentimiento de desasosiego que me encoje el alma. ¿Sentirá lo mismo mi amiga al ver el dibujo? ¿Recordará?

martes 8 de diciembre de 2009

El desgaste del silencio.

A veces estoy escribiendo y me engaño a mí mismo. Intento que mis dedos sigan tecleando, que mis ojos vean teñirse la pantalla de garabatos con significado y sin alma. Pero acabo abandonando, me distraigo y me pongo a mirar el desgaste de las teclas y me pregunto cuánta de la superficie pulida a fuerza de golpearla ha merecido el brillo de la insistencia. Supongo que se trata de una forma muy gráfica de preguntarse si es oro todo lo que reluce.

He recuperado una costumbre de hace años que consiste en poner piezas de piano mientras escribo. Así que, mientras giro la cabeza para ver mejor el reflejo de la pantalla en las teclas más utilizadas, suena Listz y parece que no tenga sentido, parece falso, porque yo no pulso ninguna tecla. La primera vez que puse la música lo hice sin pensar, pero al poco de comenzar me di cuenta de lo cinematográfico de la imagen. Mis dedos tocando letras que parecen encerrarse en la pantalla y sin embargo se tornan notas libres en el aire.

Por eso ahora parece que falla algo. En realidad esa música no tiene nada que ver conmigo, pero, al parar yo, la encuentro absurda. Quizá porque mientras escribo me olvido de que suena y la asocio sin remedio a mis pulsaciones –teclas y latidos-. Quizá porque en mi papel de pianista frustrado, mientras escribo, estoy interpretando la música y traduciéndola de alguna manera sobre este folio falso que brilla anulando el resto de la habitación.

Al mirar el increíble desgaste de la barra espaciadora en relación al alfabeto, pienso que he callado más de lo que he dicho. El espacio siempre es silencioso, excepto por esta absurda música que nadie toca. Cuántas veces habré presionado el espacio para erosionarlo de esta manera. Es cierto que la a, la ese, la e, la erre, la e, la ce y la o también han hablado mucho. Pero parece que el silencio ha tenido mucho más protagonismo.

Entonces pienso en cuántas palabras pueden contener esas letras y son muchísimas. De hecho, prácticamente todas, por eso están desgastadas, claro. Pero nada que ver con el espacio, nada que ver con el silencio. Hay una expresión que me gusta mucho: “leer entre líneas”, pero yo tengo la sensación de haber escrito entre palabras; por cada palabra que separaba de otra había una pulsación vana, sin protagonismo, que, no obstante, daba sentido a todo. Sin el espacio, sin el silencio, no sería posible entender nada.

En la música absurda que sigue sonando mientras yo no la toco –tocar lo inmaterial-, también hay silencios. Y son fortísimos, expresivos, inquietantes, sobrecogedores. Ustedes suelen leerme en silencio, no creo que nadie se ponga a recitar en voz alta mis textos, y por ello no se percatan del espacio. Del pequeño espacio que separa y al mismo tiempo une cada palabra, hasta el enorme silencio que sigue a la última palabra, tras la que no hay más sonido.

Pienso en la cantidad de silencio que he amartillado en cada escrito, en la cantidad de cosas que he callado entre líneas y que he dicho entre palabras y me viene a la cabeza la vida real, que a veces confundo con la ficción. Y pienso lo mucho que he vivido entre líneas, las miradas sin palabras y los ojos llenos de ellas. Los labios diciendo lo que no piensan, cosas sin alma y con significado como las que yo odio escribir. Los besos que hablan sin dejar hablar y los suspiros que cortan la respiración.

Y me veo diciéndote todo lo que te dije. Y mirando las palabras que nadan en tus ojos y que no me dices, ni nunca me dirás. Entonces inclino la cabeza, y veo el desgaste de tus labios. Como se tornan lisos y brillantes en la parte donde se tocan cuando sellan la boca. Y siento que todos estamos desgastados por el silencio, de tanto usarlo. Que, de tan callado, apenas lo sentimos mientras vacía nuestra vida de significado y lo encierra en nuestros sueños. Que siempre serán sueños si no conseguimos que esta música deje de parecernos absurda y sintamos que parte de nosotros. En los pentagramas hay más notas junto a las líneas que sobre ellas. Y suenan como no dejamos que suenen nuestras palabras.

martes 1 de diciembre de 2009

Una calma a punto de estallar.

Hace unos días, un amigo al que aprecio mucho y cuya opinión me merece un respeto considerable me acusaba de escribir artículos “sin chicha”. Mucha palabra biensonante, alguna imagen bonita, tal vez un juego de palabras más o menos elegante, pero ya está. Es decir, el escrito en cuestión no iba más allá de un mero –siempre me ha encantado este pez tan feo- ejercicio de estilo.

Yo, haciendo gala de mi habitual desengaño con el mundo, le respondí que me conformaba con haber sido capaz de llevar una periodicidad estricta. Cosa que, teniendo en cuenta mi falta de regularidad para cualquier trabajo, ya me parece meritoria. Sin embargo, mi pose desapasionada no conseguía engañarme lo suficiente y me venía el run-run de la conciencia. Y es que lo que empezó siendo una obligación ha llegado a ser en muchas ocasiones una necesidad, una válvula de escape, un divertimento, una conversación con ustedes.

Precisamente eso era lo que me dolía. Por supuesto que el ego también, pero, por muy maravilloso que me crea, no me gusta engañar a nadie y menos a los pocos lectores que pueda tener. Aquellos que entran cada semana y esperan algo de mí. De verdad, no es que me haya dormido en los laureles o que mi querida gripe A me cortase un poco las ganas de escribir, es que me sentí como un profesor de Ciencias de la Información. Y eso sí que no.

Durante los cinco años que duraron mis estudios de Periodismo, me vi obligado a leer los libros de muchos profesores que los consideraban de estudio imprescindible para la comprensión de la materia. La materia en cuestión era, en realidad, una mierda; una pérdida de horas y dinero que sólo servía para alimentar la endogamia academicista de una facultad obsoleta. También es cierto que tuve profesores excelentes, que realmente influyeron en mi forma de entender el mundo y en mi forma de escribir. Y todos cumplían una regla: ninguno me obligó a leer un libro suyo.

Desde luego yo no obligo a leer esto a nadie. Ustedes entran y, dependiendo del día, sonríen, se entristecen, se ilusionan, empatizan, se sienten indiferentes… Pero jamás quiero que se sientan timados. Porque me debo a su confianza. Porque me he dado cuenta de que este ejercicio de constancia no tendría sentido si nadie me leyera. Quizá esto desvirtúe el pretendido intimismo de los textos, pero me obliga a superarme. No quiero ser un profesor de Periodismo, recostado en su cátedra o en su titularidad, escribiendo textos que complican la sencillez para convencerse de su inteligencia a costa de menospreciar la ajena.

Por ello, prometo que cada artículo que escriba será más o menos entretenido, o sentido, o atractivo, pero llevará de mí todo lo que puedo dar. Los que me conocen saben bien que odio a los cretinos y su teorización vacía. Esto es la realidad a tientas y la realidad ya es bastante compleja como para darle vueltas sin querer llegar a ninguna parte. Yo siempre pretendo alcanzar algún destino –más bien lo persigo-, aunque no sé muy bien dónde queda. Sólo sé que escribiendo voy haciendo camino y que ustedes, leyéndome, me van orientando.

De momento trataré de superar la apatía que ha enturbiado mi escritura y me ha obligado a complicar los artículos. Y es que, tras una época emocionalmente convulsa, me hallo en una estabilidad intranquila muy poco propia de mí, que no quiero confundir con una pérdida de ilusión. Tal vez por eso me falte la motivación que antes veía sólo con sentarme frente al mar.

Y eso que él no ha cambiado; sigue aquí, frente a mí, azul tormentoso, profundo, como hinchado. Parece guardar bajo unas pequeñas olas otras olas gigantescas. Y las esconde bajo la sencillez de un día tranquilo. No se molesta en aparentar temporal hasta el momento oportuno. Pues no tendría sentido romper tantas olas sin asegurarse una calma tan cierta como la propia tormenta. Mientras tanto, yo ando a ratos queriéndome enamorar, a ratos queriéndome desenamorar, y negándome la calma que debería reconfortarme de una vez.

Nadando en una calma a punto de estallar.

martes 24 de noviembre de 2009

Puntos de vista.

El punto de vista siempre es el referente básico de nuestra posición ante la realidad –a tientas, o no-. Es el que nos da las coordenadas de nuestra situación y en referencia a él nos movemos o actuamos de determinada manera. El punto de vista más importante es el mío, es decir, el de cada uno. Sin embargo, se dan ciertas situaciones en la que cedemos esa posición de autoridad en favor de otros puntos de vista, siempre que nos convengan, ayuden o dirijan hacia un objetivo apetecible.

Tal sería el caso de preguntar qué ropa nos ponemos para determinada cita. En este ejemplo concreto, el hombre suele hacer prevalecer su propia opinión y no acepta consejo alguno, ya que está seguro de su gusto estético y, si no estuviera acertado, defendería su intención de crear tendencia. A veces es difícil distinguir la audacia de la imprudencia.

Pero, volviendo al tema, si esa determinada cita nos gusta de verdad, sí pondremos en duda nuestro punto de vista, o por lo menos lo dejaremos aparcado en doble fila durante un rato. Porque en todo momento intentaremos vernos desde sus ojos. Empezando por el tiempo siempre excesivo y poco productivo que pasaremos frente al espejo, hasta ensayar alguna frase “ingeniosa” –catástrofe- con la que saludar y dar el “golpe de efecto” –en nuestra nuca-.

Esto se debe a nuestra intención de agradar. Y se da en distintas situaciones, aunque con menos fuerza, véase una entrevista de trabajo, asistir a determinado acto en el que se tendrá cierto protagonismo, preparar un discurso, etc. No sé si es bueno o no, ya que, por mucho que adoptemos un punto de vista distinto del nuestro, tampoco sabemos si es acertado o se asemeja en algo al que la otra persona tiene de nosotros. Pero sí es un ejercicio de autocrítica; una especie de viaje astral en el que salimos de nuestro cuerpo y nos vemos con otros ojos.

En ese ejercicio de autocrítica solemos ser bastante severos –salvo autocomplacientes excepciones- y nos vemos igualmente distorsionados. Recurrentemente he pensado en cómo me vería yo desde fuera. Y no me refiero a adoptar otro punto de vista, sino a conocerme físicamente desde otro cuerpo. Teniendo en cuenta mi poca paciencia y mi susceptibilidad –prefiero “sensibilidad”-, he llegado a la conclusión de que me caería bastante mal, me sacaría cien mil defectos físicos y seguramente me diría alguna inconveniencia para minar mi propio ánimo y bajarme un poquito los humos –para poder ver por debajo de los hombros-.

Asimismo, no he podido evitar pensar en la existencia de un punto de vista universal, lo que es una contradicción ya desde su planteamiento. Sin embargo, cuando he escrito ficción, mi punto de vista era universal para la trama, los sentimientos y las decisiones. Y, aun así, cada personaje tenía su propia forma de entender la situación. Recuerdo haber puesto a determinado personaje en la tesitura de verse siempre desde los ojos de otra persona, por supuesto de manera equivocada. Y esa presunta percepción lo llevaba a comportarse de una forma errática y estúpida que, aparte de repeler a la interesada, hacía imposible que el personaje se aceptara y pudiese actuar de acuerdo con su propia personalidad.

Y ahí estaba mi punto de vista universal; acertado siempre, porque era yo el que tenía una visión nítida y cierta del concepto que cada personaje tenía de sí mismo. Pero iba más allá, también sabía la imagen de sí mismos que los personajes creían dar y, aún más, mi propia visión sobre su mundo. Pero entonces pienso que, para que eso pasase en verdad, debería existir un ser capaz de asumir mi posición en la ficción, lo que igualaría nuestra realidad a la que yo hice de letras.

En consecuencia, si existe un dios –Dios no lo quiera- y no soy yo, podríamos estar en manos de un lunático con mucho tiempo libre. Entonces me vuelve a la cabeza la idea de un punto de vista universal; el de un presunto dios, claro, y pienso en el concepto que podría tener de mí. Sí, lo sé, asumo el punto de vista de Dios –uno es modesto- y me quedo con el mío. No me gusta nada lo que ese señor podría pensar de mí si sabe lo que yo pienso de él.

martes 17 de noviembre de 2009

Una noche envolvente.

Una noche envolvente, oscura, densa me rodea dinámica. Fluye por mis cuatro puntos cardinales, abraza mis brazos y me besa la cara sin detenerse ni un segundo, como si estuviera hecha de tiempo. Me tiemblan las rodillas, inquietas en las piernas que apenas me sostienen. Tengo todo el mundo por delante, enorme, vasto. Lo siento, pero no lo veo. Sólo negro.

Por alguna extraña razón sé que debería moverme. Y la velocidad de la noche me dice que lo hago, aunque sé que no. Que falla algo, que todo es estático y permanente, aunque me vaya deshaciendo sin deshacerme. Me miro los dedos. Tengo las manos muertas y no llego a verme los pies, del vacío oscuro. La noche que casi me atraviesa se lleva los pigmentos de color que tiñen mis dedos y los veo irse, dejando una estela corpórea en este alrededor pasajero que no es aire.

Trato de explorar, de ver. Pero decido esperar y pienso. Pienso en ti, en ti y luego en ti. Y todas son Ella. Y me dueles de una forma física mientras la brisa me decolora. Pero ahora está claro, no es brisa. Es una corriente. Una corriente de agua. Lo noto porque no respiro y porque me pesan los pulmones. No sé si moverme, no sé si puedo. Extiendo los brazos y me crucifico sin cruz, quedando blanco en el espacio acuático. Noto la corriente, constante, permanente pero incesante, desdibujando mis contornos. Sigo dejando esa estela de color y la veo alejarse sin mirar atrás. Me quedo poco a poco en blanco y negro.

Por fin, advierto un cambio de luminosidad. Escucho el silencio y, aun con los brazos en cruz, miro hacia el cielo. Pero no hay cielo, porque el cielo está tapado por mi cielo. Y mi cielo es extraño. Comienza a ser violáceo y parece tener un grosor mínimo. Es un cielo con superficie y en esa superficie se abren heridas de un rojo sangrante que se cierran inmediatamente. Son como la brisa-corriente. Se acompasan entre sí, como una laceración causada a voluntad y desde dentro. Como si la sangre quisiera respirar y salirse del cuerpo. Yo ya no sé si tengo sangre.

Decido bajar un brazo y veo que tengo una uña enorme en mi mano blanca. La acerco a mi otra muñeca y la hundo en mi carne. Corta como un cuchillo malo, me desgarra y libera la sangre. Sí, todavía tengo sangre. Y es roja entre tanto blanco y entre tanto negro. La veo huir con la corriente y ascender hacía el cielo herido. Es como el humo de un cigarrillo que se desangra. Sonrío mientras escuchó cómo se mueve el suelo.

Entonces decido moverme. Ya hay más luz y me puedo ver los pies desnudos. Pisan un suelo de madera. Hay una barandilla delante de mí. Me sujeto a ella mientras la nube de sangre se disuelve a mi alrededor. La luz se intensifica y comprendo lo que es el cielo. Es la primera vez que lo veo así. Porque ese cielo había sido mi suelo muchas veces. Lo había surcado con brisas en mis brazos, brisas que no eran corrientes y que no se llevaban mi sangre ni mi color.

Estoy en la proa del barco. Es un barco enorme y terrible. Tan terrible como cualquier barco hundido. Siento como el mar respira a mi alrededor y toma aliento mientras el sol lo atraviesa con espadas de luz que irisan la sangre que me envuelve. Camino por la cubierta e imagino mi cadáver flotando, tan blanco como yo, tan absurdamente flotando en mi camarote. Las sillas no flotan, los muebles están clavados al suelo. Y el agua es trasparente, casi parece aire. Abandono el cielo con olas, que ya no son rojas sino blancas y me interno en los pasillos, hasta llegar a mi camarote.

Ahí estoy. Tal y como imaginaba. Blanco, hinchado. Absurdo. Flotando en una habitación donde todo permanece pegado al suelo. Parezco un globo con los ojos cristalizados. Me miro fijamente y veo la herida de mi muñeca. Igual que la mía, pero sin sangre. Es una herida irregular, irreal. Y me enfado, porque no sé qué fue antes. No sé si me mate antes de hundirme o me hundí sin darme cuenta de que me mataba.

martes 10 de noviembre de 2009

Che, qué cosas.

Hace unos días excedí por mucho mi dosis indispensable de un café al día. Ese maravilloso momento de placer cafetero que sucede a la comida y mezcla su aroma con el sol de la sobremesa se repitió dos veces más durante la tarde. Ello me llevó a un estado de euforia considerable que se prolongó más de lo deseado. Así que, tras pasarme toda la tarde y parte de la noche pataleando y tamborileando con los dedos sobre la mesa, el mando a distancia, un vaso, el sofá, etc., deseché la posibilidad de dormirme a una hora decente. Y encendí la televisión.

En vista de que los canales habituales ofrecían una programación deplorable –concursos para timar televidentes insomnes-, me aventuré en la jungla de la TDT. Yo soy nuevo en estas lides. Apenas llevo tres semanas con el decodificador y, en consecuencia, el atractivo de lo desconocido fue bien acogido por mi cafeínico ánimo. Pasé cadena tras cadena, sin enredarme con ninguna, hasta llegar a una en donde un señor rapado y agresivo te ponía prácticamente de tonto si decidías no comprar su producto: El último grito en “alargadores de pene por tracción”.

A mí sólo de escuchar el nombre se me pusieron los pelos de punta. Mis nociones de física son muy básicas y, al escuchar la palabra “tracción”, se me vino a la cabeza un todoterreno enorme “ayudando” al interesando con su complejo genital. Sí, tal vez sea una imagen, digamos, potente. Pero la realidad tampoco era mucho mejor, pues entre las maravillas del producto se destacaba su capacidad para traccionar hasta dos mil gramos, con el consiguiente acortamiento del tratamiento y alargamiento del objetivo.

El caso es que ya había visto otro anuncio similar, en el que una simpática señorita afirmaba sonriente: “Yo no sé a otras, pero a mí me gustan grandes”. Pero en este vi algo que me fascinó y me hizo atragantarme de risa. (Sé que a estas alturas la frivolidad del presente artículo parece demasiada hasta para mí, pero permítanme seguir, que todo esto lleva a una reflexión interesante). En este anuncio también tenemos una simpática señorita. Pero con más texto. Y sin desperdicio:

-¿Qué por qué un hombre debe agrandar su pene? Yo le daría la vuelta y diría “¿por qué no?”. Ya está visto que nosotras, para estar mejor, agrandamos nuestros pechos, nuestros labios, y a todo el mundo le parece bien. ¿Por qué no va a ser igual para vosotros? Sin pelos en la lengua; si vuestro pene es más grande, todo son ventajas. Seréis mejores amantes, porque nos llenaréis más y estaremos deseando hacerlo y nos dolerá menos la cabeza.

Bien, querido lector. Si no ha sonreído es porque se ha quedado en shock. Ambas reacciones son comprensibles y dependen de nuestra sensibilidad para escuchar barbaridades. Vamos a analizar brevemente este pequeño monólogo que, en mi opinión, es ya un momento cumbre de las artes escénicas.

En primer lugar, la simpática señorita comienza con un alegato de resentimiento en el que razona el paralelismo entre las operaciones de estética, mayoritariamente femeninas, y el alargamiento del pene. En un principio, podría parecer hasta feminista. Algo así como: Por fin han encontrado las mujeres un instrumento de tortura masculina con el que resarcirse de todas las operaciones de pechos.

Sin embargo, cualquier feminista, o persona con un gramo de sentido común, defendería que tales operaciones no deben de orientarse a satisfacer los anhelos eróticos de nuestras parejas –que deben querernos tal y como somos-, sino a solventar posibles inseguridades psicológicas. Y esto siempre que sólo la cirugía sea capaz de resolverlas, pues hay muchos más cauces para aceptarse y convivir con nuestras particularidades.

Pero la simpática señorita no podía quedarse en esta especie de resentimiento de feminismo mal entendido. No, ella tenía que poner la guinda. Resulta que una mujer necesita un pene gigantesco que “la llene” y le quite el dolor de cabeza. Según esto un pene enorme es la panacea para cualquier fémina. Aunque diga lo contrario.

Sí, querido lector, si a su pareja le duele la cabeza, es que tiene un pene ridículo. Y usted, querida lectora, si además de dolerle la cabeza se siente vacía, no se tome un cola cao y una aspirina. Hágame caso, cambie de pareja.

Che, qué cosas.

martes 3 de noviembre de 2009

Odio a los padres.

Sitúense. Sin lugar a dudas esta es su noche. Se han puesto guapos, han pasado más tiempo del conveniente delante del espejo, colocando cada cabello como si fuera la pieza clave del entramado que sostiene su autoconfianza. Tras esto, han mirado el reloj también más de lo conveniente. Puede que incluso hayan dudado de su precisión y hayan acudido prestos a contrastar la hora con la de cualquier otro dispositivo doméstico. Después de la intensa espera intentando no arrugar ni un milímetro de su indumentaria, ha llegado el momento. Ahora, su espectacular y ansiada cita llegará y juntos acudirán a un restaurante nocivo para su cuenta corriente, y lo harán con una sonrisa en los labios.

De acuerdo, todo va genial. Su pareja está tan espectacular como habían previsto. Se lo han hecho saber y han sido correspondidos por su parte con una observación similar. Caminan por la calle, henchidos de orgullo, porque cualquier pareja, además de una persona, es también un bello complemento –y perdonen mi frivolidad-. Durante el transcurso, se cogen del brazo y ahogan un suspiro de alegría. Además, en contra de sus temores, no se han bloqueado en la interactuación. Es más, su conversación es ágil, relajada, ingeniosa. Puede que hasta cómplice en algunos momentos.

Entonces llegan al restaurante. Un sitio elegante, sin duda, de líneas minimalistas y modernas, pero sin la “insaciante” comida minimalista y moderna que se podía esperar (o al menos eso le ha dicho el amigo que se lo ha aconsejado). Así pues, entran y son atendidos inmediatamente por un tipo de porcelana y gomina que los conduce hasta la estupenda mesa que habían reservado el día anterior. Ahí están, un tanto nerviosos, porque es su primera cita seria, los dos solos, pero se sienten a gusto, pues es evidente su atracción mutua. La expectativa es máxima.

Eligen el vino y esperan la comida. Sería difícil mejorar en algún sentido la situación. Parece que nada puede salir mal, pero entonces llega una familia con dos niños. Todos van impolutamente vestidos, excesivamente repeinados y hablan demasiado alto. Con terror, observan cómo se sientan en una mesa muy próxima a la suya. Están esperando a otra pareja, igual de impolutamente vestida e igualmente “bendecida” con dos adorables querubines.

Al poco de sentarse, las parejas comienzan a hablar entre sí y los niños se aburren. Su animada conversación con la deslumbrante persona que tienen delante empieza a resentirse por las faltas de atención, resultado del inicio de la rebelión infantil. Los padres permanecen absortos en sus conversaciones, mientras los niños se levantan y empiezan a pasear libremente por el comedor. Usted, convencido de su Karma, intenta concentrarse en seducir a su cita, pero de improviso se encuentra con una de las demoniacas criaturas mirándole fijamente a escasos treinta centímetros de su rostro. Usted lo fulmina con una mirada que lo hace retroceder, pero esto es sólo el comienzo.

El niño vuelve, mientras dos más corren ya entre las mesas. Pide disculpas a su pareja y se levanta, para advertir educadamente a los padres del “descuido” que han tenido con sus hijos. Ellos responden con una especie de ofendida educación y llaman, voz en grito, a sus dobles pequeños. Pero la calma dura poco tiempo, vuelven las carreras. Esta vez llama al camarero y le pregunta por el teléfono de Herodes. El camarero, ya con un niño estirándole de la chaqueta, capta la sutil indirecta y habla con un superior para que informe a los padres de la fascinante capacidad de sus hijos para importunar comensales.

De nuevo, la ofendida educación y unos minutos de calma. Y cuando ya parecía que podría retomar el control de su prometedora cita, uno de los niños le tira un vaso de Coca Cola por encima. Ya es demasiado. Tenía que pasar. Como dice Rajoy, que de eso sabe: “Santo Job sólo hay uno”. Fuera de sí, usted se levanta, coge al niño por el pescuezo y le hunde la cara en la cubitera de la bebida, ante la horrorizada mirada de su acompañante. No puede evitar lanzar una escalofriante carcajada y la expresión de su rostro se torna maléfica mientras saca al pequeño medio ahogado y le dice: “Ahora reprodúcete si tienes huevos, maldito gremlin”.

Lo siguiente que ve, después perder la consciencia a consecuencia de un certero botellazo en la nuca, es el techo de un calabozo de la comisaría. Y lo primero que piensa es que nunca tendrá hijos, porque no quiere matar a nadie, ni quiere ser un padre de ofendida educación. Además, visto lo visto, su deslumbrante acompañante ya no lo verá como el padre/madre ideal. Eso desde luego.

Iba a decir que odio a los niños. Pero sólo los odio por ser una envilecida versión de bolsillo de sus impresentables progenitores.