martes, 22 de abril de 2014

El hombre del esmoquin.

Empezaba a hacer un frío al que, con el tiempo, debería acostumbrarme. Allá por el año 2002, iba a decir. Parece mentira lo poco y lo mucho que ha pasado y lo que se transforman los recuerdos en mi memoria, con su voluntad caprichosa y exagerada. Aun así, del frío estoy seguro. Un frío muy distinto del acostumbrado en mi Mediterráneo. Madrid se me presentó seco y frío, con los ojos entrecerrados y la cara adormecida, como si hubiera que anestesiarse para poder soportar la estancia. Y en verdad mis pasos eran automáticos, seguramente porque recorrían un trayecto rutinario, de casa al metro, del metro a la universidad y, luego, en sentido inverso, al final del día. Pero en esta ocasión era por la mañana, con la gente caminando en mi contra, me sentía como un salmón contracorriente y me atemorizaba la idea de seguir el mismo destino; no me veía desovando y muriendo. Tenía mejores expectativas de futuro.

Aquel río de gente hoy ha menguado, como también la frecuencia de las caras extranjeras y los acentos variados. Con ellos también se han ido muchos de los comercios que jalonaban la calle camino del metro. En los últimos años, a pesar de ser una calle populosa, no es complicado ascender a contracorriente y el síndrome del salmón se ha atenuado. Por ello, quizás ahora hubiera actuado de una forma distinta ante lo que voy a contar. Quizás me hubiera parado, o quizás hubiera seguido a aquel hombre, que se alejaba a trompicones, arrastrado por la mayoritaria corriente de bajada, alejándose de mí, arrastrado a mi vez corriente arriba por una señora estándar y su desproporcionado carrito de la compra.

Aquella mañana cargaba con mi mochila y me había subido el cuello del abrigo, cosa que me hacía sentir bastante interesante y moderaba mi malestar por el clima. Reconozco que tengo la costumbre de mirar a la gente; sus caras, sus expresiones. Disfruto descubriendo a alguien que sonríe sin compañía y sin mirar el teléfono móvil. Es una cursilería, pero es agradable imaginar qué o quién ha provocado la sonrisa. Igual de interesante que escuchar conversaciones ajenas, aunque sea menos poético y esté peor visto. Pues supongo que algo de eso estaría haciendo; ver la sucesión de rostros calle abajo, algunos incluso difuminados y otros superpuestos, con mezcla de ojos verdes, negros, pelo largo y corto a la vez, hombre y mujer. Hasta que decidí fijar mi vista un poco más adelante, donde el objetivo no era tan fugaz y el panorama no mareaba.

A unos veinte metros distinguí a un hombre entre la masa humana. Fue su manera de andar lo que me hizo fijarme en él. Alto y encorvado, caminaba como si se apoyase en un bastón que no existía; una mano, oculta, presionando algún punto de su costado bajo la gabardina; la otra, extendida, asiendo el aire y todo lo que quedaba a su alcance, árboles, farolas, papeleras y coches. Se iba acercando y su cabeza emergía y se sumergía entre las demás. La gente se acumulaba a su espalda y lo adelantaba con desagrado. Yo me quedé hipnotizado por la cojera y la cadencia y, con la distancia acortada a la mitad, pude ver su indumentaria. Una gabardina clásica color camel, desabrochada, que ondeaba a su alrededor, dejando ver un forro de cuadros Burberry´s y un traje negro. “Un traje negro en plena mañana”, me extrañe. Y conforme mis ojos fueron recorriendo al desconocido, tanto más aumentó la extrañeza.

No llevaba un traje negro, era un esmoquin. Una fila línea de raso cubría la costura exterior de los pantalones, del bolsillo al dobladillo y, bajo la gabardina, se intuían unas solapas también de raso y una pajarita medio deshecha. Si la cosa se hubiera quedado ahí, no habría pasado de simple pieza que no encaja. Frivolidades aparte y por mucho que los estadounidenses perviertan el esmoquin como atuendo nupcial, no le recomiendo a nadie el brillo del raso de buena mañana, por muy fría y gris que esta sea. Eso pensaba mientras la distancia se reducía y sus ojos se posaron en los míos. Ojos azules que hacían juego con la mañana y cabello ralo y rubio, corto, peinado con la raya a la izquierda. Bajé la vista cuando nos separaban apenas tres o cuatro metros. Entonces la vi, la mancha de sangre que se extendía bajo la mano, sobre la camisa blanca, cubierta por el esmoquin y la gabardina. No creo que ocurriese como lo recuerdo, porque la sangre era más negra que roja, pero en mi memoria la mancha no deja de expandirse. Crece y crece apoderándose de la camisa en todas direcciones.

La visión de la sangre no pudo durar más de uno o dos segundos, porque volví a mirarlo a los ojos y entonces fue él quien apartó la mirada. Dirigió sus ojos al frente, conteniendo el dolor en ese gesto de aparente inexpresividad que tensa la mandíbula. Para entonces ya nos habíamos cruzado, casi nos habíamos rozado. El bullicio, los coches, los autobuses, todo parecía haber desaparecido barrido por un vacío similar al dolor del desconocido, ese vacío que cubre con un leve pitido los tímpanos y que, cuando se retira, parece que al mundo le han subido el volumen. Cuando me giré y lo vi alejarse, sumergiéndose y emergiéndose su cabeza entre las demás, volvió todo el alrededor a mis sentidos.

La señora estándar y su carrito descomunal se acercaban peligrosamente a mis talones. No podía retroceder, no podía dar la vuelta. También la situación había sido demasiado extraña como para reaccionar y ofrecer mi ayuda al hombre del esmoquin. ¿Qué iba a hacer? ¿Cómo se comportaría? El gesto de la señora estándar denotaba molestia y cierto hartazgo. Me di la vuelta y continué mi camino hasta el metro. Luego pasé todo el día pensando en el desconocido, en su noche anterior. Recién salido de una película de James Bond, herido en una pelea al amanecer, justo a la salida de un after, entre modelos borrachas y ejecutivos drogados. “Se le echó encima Sean Connery y el desconocido sacó su cuchillo de la KGB, el del tobillo, mediano pero terriblemente afilado, con el filo de arriba dentado para desgarrar. Debieron forcejear, por ejemplo, en mitad de AZCA, rodeado por las moles de oficinas vacías”.

Eso pensaba y lo sigo pensando. Creo que el ruso se hizo el muerto y Connery lo dejó estar. Las primeras luces del amanecer se reflejaron, doradas, sobre la pared este del Edificio Windsor cuando el desconocido escuchó los pasos de Bond alejándose. Los escuchó bien porque su oreja descansaba en el suelo de baldosas de guijarros, como los indios en las películas de vaqueros, auscultando las vías del tren y traduciendo el sonido en minutos y segundos. Pasado un lapso impreciso, consideró que Connery ya no representaba ninguna amenaza y entreabrió los ojos. Se levantó lentamente y, al incorporarse, se tensaron los músculos de su costado y vio manar la sangre, rojo sobre blanco. Entonces la mancha si se extendió y él se llevó la mano a la herida. Ya no la quitaría de allí. Se apoyó en el otro brazo y se encaminó hasta un chalet de la calle de Alfonso XIII. Allí lo esperaba su enlace de emergencia, bien escondido tras los setos y encajonado entre muros inusualmente altos. Yo me lo crucé ya cerca, pero nunca sabré si llegó.


Lo que sí sé es que aquella mañana me convertí en parte de ese Madrid humano que es decorado, que es objeto, que observa y no ve, que se torna cosa, paisaje, que tiene sentidos y sentimientos, pero sólo para sí. Esa amalgama de personas ajenas que camina por el mundo como si rozara una pantalla de cine. Cada uno pegado a otro, en mitad de la multitud, pero aislado por su propia irrealidad panorámica. Todo lo que excede de la punta de los dedos es ficción. No hay tragedia, solo trama. El problema es que tampoco vemos la totalidad y nos hemos acostumbrado. Hasta la curiosidad hemos perdido. Son pasajes sin principio ni final y, en su inacabada lejanía, no nos importan. Porque nos creemos espectadores que cruzan los halos de los proyectores sin arrojar sombra en la pantalla. No caemos en que nuestra sombra no puede dejar negra la realidad, porque no hay proyección alguna. Preferimos pensar en que ni siquiera arrojamos sombra porque también nosotros somos ficción. Es la única manera de sentirse protagonista entre tantas historias simultáneas.

sábado, 13 de octubre de 2012

Mar i cel.


Cerca del chalet de mis abuelos, nada más salir del camino de entrada, existe un bloque de apartamentos construido a finales de los años sesenta. No es muy alto; si no me falla la memoria, no sobrepasa las cuatro alturas y su fábrica es de ladrillo ocre, un amarillo apagado, parecido a la arena de la playa que puede verse desde sus terrazas, que son terrazas largas con barandilla de hierro. Y ventanas de suelo a techo, como los apartamentos de antes, para que la luz del Mediterráneo se desborde por el suelo y acabe por reflejarse en el techo, que hagan falta gafas de sol para tomar el desayuno. Pero no es así su escalera, situada de espaldas al mar, oscura y estrecha, con peldaños revestidos de terrazo, ya pulido de tanto subir y bajar, castigados por la ausencia de ascensor.

La entrada está custodiada por un gran ficus que ensombrece el jardín y, hasta la última reforma, una enorme hiedra trepaba por la pared, como si intentase escapar de allí. Recuerdo que, cuando era pequeño, aquella hiedra me parecía una tupida barba, con una boca enorme y negra en su centro, una boca que era una ventana y dos ojos más arriba, que eran otra ventana de dos hojas –de dos ojos- siempre cerradas. Tenía cara de loco aquella fachada barbuda y sombría, con su tez amarilla de ladrillos ocres y su barba verde, con su boca dentada de rejas y sus ojos cuadrados de cristal. Dos ojos de cristal.

En ese edificio veraneaba una prima lejana, que dejó de serlo, al menos administrativamente, por motivos de divorcio de quien propiciaba el parentesco. Por eso alguna vez mis pies ayudaron a pulir el terrazo de los escalones. Y pude mirar desde la boca como si el edificio se me hubiera tragado, y pude ver a través de sus ojos, como si fuera yo la vista de aquella fachada de grito perenne. En la escalera resonaban los ecos de las risas estivales, y los descansillos parecían sucursales de la playa, de tanta arena acumulada sobre el pavimento. La barandilla estaba formada por travesaños de madera horizontales, de esos que ya no se ponen, por si a los niños les da por subirse y bajar sin ascensor, sin paracaídas, pero con prisa. Cuestiones de seguridad, ustedes saben.

Del apartamento en concreto no recuerdo gran cosa. Quizás un amontonamiento de muebles demasiado oscuros para una casa de playa, también unas cortinas vaporosas, blanquecinas como mortajas que parecían raídas por la luz potente del sol. El suelo estaba frío, eso sí lo recuerdo. Y ya está, no sé ni por qué entré, ni cuánto tiempo estuve, ni por qué me fui. Aun menos con quién, seguramente con mi abuela, la única persona con vocación de relaciones públicas de la familia, la única también con el suficiente don de gentes y carácter para tales menesteres. De lo que sí estoy seguro es que no volví a entrar y de que, cuando aquella visita tuvo lugar, yo contaría con unos escasos cinco años.

Luego el tiempo transcurrió y aquel edificio y su fachada barbada pasaron a ser parte del decorado de mi vida. Verano tras verano, pasaba todas las mañanas por delante para bajar a la playa. Y es verdad que seguía mirando su cara de loco, su grito eterno y mudo y sus ojos de cristal, pero lo hacía como el que lo da por sentado, como si fuera inamovible. Supongo que en alguna ocasión rememoraría el tiempo que permanecí en su boca, o lo que vi desde sus ojos y luego lo dejaría estar. Lo amontonaría junto al resto de recuerdos, tan fugaces que apenas son sensaciones –ese suelo frío-. Y lo dejaría amontonado hasta que aquella escalera oscura salió en una conversación, como parte de una trágica anécdota que ya acumulaba polvo de tan olvidada, de mucho tiempo antes que mi recuerdo almacenado. Una anécdota horrible que, sin embargo, había pasado a formar parte del alrededor, de la vida acumulada que soporta la memoria. Una memoria que apaga las brasas y vulgariza lo fantástico, lo terrible y hace creíble lo imposible.

Mi abuela me contó que justo sobre el hueco de la escalera había una polea. Seguramente para subir y bajar objetos pesados aprovechando la oquedad vertical. Sea como fuere, se accedía a ella a través del último piso; yo imaginé una pequeña portezuela en los travesaños horizontales, aunque dudo mucho que exista. Pues bien, tiempo atrás aquellos apartamentos tuvieron un portero, un guardés más bien, que se encargaba de cuidar la finca durante el invierno, ya que todos los apartamentos permanecían deshabitados fuera de la época estival. En realidad no me acuerdo muy bien de los detalles, pero creo recordar que aquel empleado había perdido recientemente a su mujer, y que, desde entonces, se había dado a la bebida como quien se tira a una piscina, o quien se deja caer en una cama; para despertar, para sentir, o para dejar de hacerlo.

En mi cabeza podía ver perfectamente a aquel desdichado, vagando por la oscuridad de los pasillos, con el frío húmedo de Alicante calando sus huesos, con la cabeza embotada por el alcohol y un sabor agrio en la boca. Sí, lo vi con unos zapatos desgastados, subiendo uno a uno los escalones, con el eco de sus pasos siguiéndole, intentando atraparle, o ponerle la zancadilla para que no hiciese lo que estaba a punto de hacer. Lo vi con el pelo ralo y grasiento pegado a la cabeza, con un bigote descuidado y el rostro demacrado, con los ojos desorbitados y apagados a un tiempo. Y también lo vi desde fuera, pasando por la boca abierta de la fachada barbuda y recorriendo sus ojos un piso más arriba, sus ojos de cristal, vidriados como los suyos, mirando sin ver, porque sólo miran hacia adentro.

No pude quitar la arena de los descansillos de mi imaginación, por muy invierno que fuese. Pero sí cuando llegó arriba, en ese descansillo final que no tiene ventana y a donde no llega la arena. Allí cogió la maroma que se utilizaba en las mudanzas, una cuerda de esparto, como las que se utilizan para amarrar los barcos, y comenzó a anudarla. Un nudo corredizo, un nudo de suicida, un nudo que estrangula y sostiene, que mata y salva del vacío. Por supuesto lo hizo, casi de forma automática, casi sin mirar, porque en realidad ya no veía nada, solo podía recordar. Entonces abrió esa portezuela que seguramente no exista y se paró al borde del forjado. Se agarró a la parte superior del soporte de la polea y pasó el cabo a través de la ruedecilla. Estiró hasta que empezó a rodar y el chirrido del eje reverberó como un quejido animal, hasta que salió por la boca barbuda, que por fin pudo gritar, aunque nadie la oyese. Luego ató el extremo a la barandilla y tomó la lazada del nudo corredizo. No hubo expresión en su rostro mientras la ajustaba alrededor del cuello. Ni siquiera sintió el tacto áspero y desagradable de la fibra contra la piel. Sólo había determinación, la determinación que lo hizo saltar por el hueco de la escalera, saltar a la oscuridad con los ojos abiertos y quedar suspendido entre sacudidas, oscilando como un péndulo en el corazón del edificio, matándose y dejándose morir. Afuera la luz amarillenta de las farolas iluminaba el aire cargado de humedad y, más abajo, el mar rugía ocultando los chasquidos de la cuerda y los estertores del portero.

Cuando me contaron la historia, lo hicieron con la asepsia de quien lo ha vivido, con la cotidianeidad de lo asumido. Como una curiosidad hecha para un tipo morboso, con una mente peliculera y una vida literaria, si soy yo quien la escribe. Y la acogí con impresión, porque no me figuraba que la boca barbada hubiera gritado alguna vez y comprendí sus ojos de espanto y su cara de locura. Pero sobre todo, no se me quitaba de la cabeza aquel cuerpo suspendido en el vacío, con una leve oscilación. Y no se me quitaba porque, por primera vez, aquel nombre inocente, incluso estival y festivo, que tenía la finca, cobró un sentido desagradable: Mar i cel. Ese fue el lugar en dónde decidió morir el guardés; en mitad de la noche, en silencio, sin que sus pies tocarán la tierra, ingrávido entre el mar y el cielo.

viernes, 12 de octubre de 2012

Cambios, traslados y descuidos.

Estimados lectores de La realidad a tientas. Ante todo, quería agradecerles todas y cada una de las veces que han entrado en este pequeño blog, aunque sólo haya sido una. Gracias por compartir esta realidad confusa y por formar parte de ella.

En segundo lugar, me gustaría disculparme por los meses de ausencia. Lo cierto es que no tengo excusa, o más bien; lo peor es que mis razones sólo son excusas. Por si les interesara, he tenido el honor de formar parte de un proyecto que reúne a profesionales en esto de escribir, personas que saben más que yo y cuya compañía sólo puede engrandecer mi trabajo. Así, desde hace dos meses, publico semanalmente en el diario de opinión La Columnata, más concretamente, aquí, en la sección de Política, Economía y Sociedad.

Como podrán ver, el carácter de estos artículos difiere del habitual en La realidad a tientas, así que, tras el paréntesis,  he decidido volver a este querido espacio, que tantas alegrías me ha dado y en dónde siempre me he sentido en un mundo aparte. En mi mundo.

Intentaré actualizar al menos una vez al mes, ya que me es imposible atender todos los nuevos compromisos adquiridos. En cualquier caso, bienvenidos de nuevo a mi realidad, que es también la suya.

Un saludo muy afectuoso.

Nacho Carratalá.

jueves, 14 de junio de 2012

Algo remotamente posible y definitivamente imposible.


Ahora me dicen que no son suficientes mis estudios sobre el mundo –vuelva usted mañana, ya le llamaremos-. Que no sirven para nada mis conclusiones sobre pasar noches en vela, mis hipótesis sobre la variación del color del mar cada tarde durante meses. Tampoco tienen en cuenta mi ingente labor de observación científica sobre cada árbol de Madrid para localizar la primera hoja del otoño, la primera en oscurecerse, la primera en desprenderse; ese ejemplar único capaz de simbolizar una estación o millones de momentos en millones de personas, o cada sentimiento individual en el corto vuelo de una hoja muerta. Y menos aun valen mis audiciones de tangos, mis martinis o los trajes que compré compulsivamente para no vestirlos, para colgarlos en perchas que cargan con mi realidad inventada. Porque en eso también me especialicé, en ficción, en la propia y en la ajena. Y derroché cientos de miles de letras, que tampoco sirven –apenas se entienden-, para crear mundos que me quedan grandes. Ni siquiera supe ser dios, con lo fácil que es. Ni tan alto puesto cuenta en mi currículum.

Y no les culpo, porque en realidad pequé de ingenuo, y de optimista. Iluso, dirían algunos, inocente, los más benévolos; estúpido, los más realistas y cursi, los más necesitados. Yo lo llamaba “poeta”, nunca “escritor”. Eso sí que no. Pero no por no querer serlo, sino por considerarlo demasiado universal, demasiado pretencioso. Al fin y al cabo, todos hemos sido malos poetas, no tantos malos “escritores”. Porque la poesía todos la llevamos dentro y nos rodea si entornamos los ojos y miramos la realidad como si fuéramos miopes, o si abrimos los ojos hasta que nos duele la luz y hasta si los cerramos y nos echamos a soñar. Pero la escritura es algo más, implica el esfuerzo; el trabajo y la creatividad, el arte y la manufactura, la técnica y el talento. Y, sobre todo, la poesía desprovista del poema. Ser escritor es desnudarse sin métrica, seducir sin rima. Ser escritor es pensar que la realidad se queda corta y ser capaz de construir algo aun más grande, algo que es pura poesía en su estructura y rigurosa prosa en su funcionamiento. Algo perfecto. Algo remotamente posible y definitivamente imposible.

Yo estudié para eso. De ahí los paseos en vespa, o los pantalones arremangados en la playa tantas noches de invierno. De ahí los fallidos intentos, las fabulaciones, las ilusiones, los desengaños. De ahí una firme convicción que se va tornando anhelo. Tal vez porque, de tanto intentarlo, me perdí yo mismo en ese universo que tan grande me quedaba. O tal vez porque nunca supe negarle la magia al truco, porque preferí imaginar a saber, amar a querer y escribir a vivir. Me quedé en mal poeta para no ser un mal escritor.

Pero, créanme, valórenme. Si mis escritos no son válidos, mis estudios sí los son. Son técnicos, pero están vivos y seguirán latiendo mientras queramos creer que existen. No trato de defender lo indefendible, ni menos aún mis marchitas aspiraciones, mis delirios de seductor, o mis ansias de grandeza. De cretinos está el mundo lleno. Lo único que puedo ofrecer es el triunfo de los demás, aun a costa de mi fracaso. Siempre será mejor un mal poeta que un buen economista. Hasta que el mundo entre en razón, pongo a su servicio mis conocimientos banales, mis verdades absolutamente relativas y mis golpes de estados de ánimo. A mí me faltó talento, a algunos de ustedes, la intención.

martes, 5 de junio de 2012

Líneas.


El mundo entero con todas sus enteras cosas puede construirse en una hoja de papel. Sólo hacen falta líneas; líneas de lápiz, líneas de texto, trazos desbocados o teclear sin mirar lo que se escribe. Líneas, líneas como el contorno de las caderas de una mujer, o sus piernas, sus gemelos, y aún más: cada pestaña, cada cabello. También líneas de letras, alumbradas desde imágenes mentales que fluyen y se derraman sobre el papel en forma de palabras, palabras que dibujan hasta sentimientos, hasta ideas concretas y universales. Y aún más, palabras que hacen universal lo concreto, que nos humanizan al compartirlas, que nos comparten y nos aúnan hasta leídas en la más absoluta soledad. Líneas al fin y al cabo, líneas de pulso en el monitor, líneas del encefalograma, líneas de metro, de autobús; líneas de delineante, de escritor y líneas aéreas. Todas, cada una de ellas, hermanadas a otra línea gemela que permanece oculta y que sólo cobra sentido al fundirse con la siguiente, y a su vez, con su sombra, la sombra del que lee entre líneas, entre todas ellas, apenas sin mirarlas en realidad y por ello viendo todo lo que esconden: el mundo entero con todas sus enteras cosas puede ocultarse tras una hoja de papel.

Y yo desde bien pequeño ya lo sabía. No se crean, no es vanidad, ni siquiera admiración por el niño espabilado que fui, si acaso nostalgia por tanto perdido en el camino. Nostalgia por aquellos dibujos, que eran fantásticos para mi edad, o por los primeros relatos, por las primeras líneas sin líneas entre líneas. Nada que leer oculto bajo lo obvio, sólo magnífica obviedad, sencillez genial por su falta de intención. Hablo de pasatiempos infantiles, que son arte en estado puro, son síntesis perfectas de la realidad, tan perfectas que la superan. Y si no se lo creen, tomen cualquier dibujo de cualquier niño. No son necesarias las habilidades artísticas, ni siquiera el talento, porque a esa edad es innato, se da por hecho. Y es que, cada dibujo de cada niño es un estereotipo tan preciso, tan falto de doblez, que alcanza el nivel de abstracción propio de las palabras. Un niño puede escribir con dibujos.

De los míos, mis padres conservan unos cuantos y yo conservo algunos de mi hermana. En ellos, indistintamente, revisándolos sin demasiado cuidado, he podido encontrar la esencia de lo real, el mínimo común múltiplo del universo, o las líneas –líneas, qué si no- maestras de la realidad. No importa cómo lo llamemos, lo que de verdad llama la atención es cómo se degrada, de qué manera se complica. Porque, a medida que el mundo nos envuelve mientras creemos dominarlo, nuestra percepción se vicia, se nubla. Creemos ver más allá de lo que vemos. Pensamos que podemos desentrañar los entresijos de la vigilia, o reescribir el guión de nuestros sueños, cuando  en realidad ya lo conocíamos. Lo conocíamos hasta el punto de saber dibujarlo con dos o tres trazos.

Sí, supongo que fue el tiempo y el roce quienes desvirtuaron la sencilla perfección y acabaron por retorcerla alrededor de nuestro cuello. Así ahora nos ahoga, pues la hemos tornado retorcida y pinchosa. Nos araña las pupilas y nos abrasa las huellas digitales. Ya no nos bastan los dibujos con las que construíamos el mundo entero con todas sus enteras cosas. Ahora necesitamos palabras, una detrás de otra, palabras polisílabas, sobresdrújulas y polisémicas. Palabras confusas para una realidad confusa. Una realidad que un día supimos leer y que ahora cumple condena entre líneas, líneas que no sabemos leer para verla oculta toda entera, con todas sus enteras cosas.

jueves, 31 de mayo de 2012

Extremismo.


Extremismo. ¿No dicen que con la edad uno se templa, se modera o se apoltrona? Unos lo achacan al desencanto por sus ideales juveniles, otros directamente a una elección equivocada. Yo diría que es cuestión de hipocresía y comodidad. Uno no es de izquierdas a los veinte y de derechas a los cincuenta. Será más bien que el individuo se individualiza y, con él, todas sus cosas, su mundo y sus intereses se tornan privativos, incompartibles. Sí, el individuo se individualiza, de uno en uno, y va viendo que los demás también lo hacen y que compiten en una liguilla vecinal absurda, donde quien más tiene es mejor y quien menos, un fantasma, o peor; un espejo terrible en el que nadie quiere mirarse.

¿Qué es el aburguesamiento capitalista sino una forma de extremismo? Un extremismo más brutal que cualquier comunismo –no digamos ya socialismo-, porque se aleja de la condición humana, obvia los sentimientos y los traduce en números, desprecia la solidaridad y deprecia la colectividad. Eso es extremismo, pero lo mío también; esta ebullición candente que me sube por el esófago como una acidez de estómago que va a parar a las sienes. Allí se hace fuerte, y se manifiesta en forma de glóbulos más rojos que nunca; glóbulos socialistas, glóbulos republicanos, con pancartas y las manos limpias, tan limpias como quien tiene la conciencia tranquila. Los glóbulos fachas, de tenerlos, no se manifiestan. ¿Será este el extremismo que no me deja dormir?

Si lo es, me parece interesante, porque me ha despertado de un plumazo todos los ideales políticos que había dejado durmiendo, o quizás en coma, un coma transitorio. Ahora lo veo todo con más claridad. Veo como la derecha de este país es la misma de siempre, la misma escoria farsante y despreciable de siempre. Por mucho que lo nieguen, por mucho que se revistan de democracia, gobiernan los de un partido fundado por fascistas –sensu estricto-, herederos del tiempo más negro de nuestro país, acomplejados por su pasado y motivados por un odio y un hambre de poder que apenas pueden saciar. Sus políticas son las de siempre y van más allá de lo económico. Qué nadie se quede en las medidas adoptadas, sino en los fines que comportan. Porque las medidas son las esperadas y se traducen en dos grupos: las que destruyen las políticas sociales y las que favorecen a las grandes empresas y entidades financieras.

Muchos de ustedes, a estas alturas, pensarán que mi extremismo me ha trastornado, pero déjenme que siga, o dejen de leer si algo les ofende –que por algo será-. Entre las medidas del primer grupo, son dignas de estudio las que planean la destrucción del sistema educativo, al menos para todos aquellos que no puedan pagárselo. Y tienen su punto álgido en aquellas que planean convertir la universidad en un privilegio, como la subida de tasas hasta en un sesenta por cien, o la restricción de las becas, o la eliminación de becas en postgrado. Esas son algunas medidas, pero los fines son otros, principalmente la creación de una elite intelectual adinerada.

Al fin y al cabo, ellos van a poder estudiar como siempre. Hasta ahora, cualquier persona que no aprobase selectividad, si se lo podía permitir, terminaba recalando en una universidad privada en la que, a cambio de una sustanciosa cantidad, se hacía la vista gorda con sus carencias intelectuales y lo formaban y aleccionaban como miembro católico, apostólico y pepero de la sociedad, todo ello aderezado con la misma debilidad mental con la que entró. Ahora, la situación se mantiene, pero además se intenta llevar a la universidad pública. Ya no basta con cumplir con las altísimas notas de corte de algunas carreras –cosa que me parece meritoria y correcta-, sino que habrá que desembolsar una media de dos mil euros por curso, cosa que, en la mayoría de los casos, se hará sin ayuda de becas, porque son becas a la excelencia, becas que sólo tienen en cuenta el currículum del alumno. De esta manera, con la subida de precios, se obliga a los estudiantes menos pudientes a trabajar para poder pagar las tasas excesivas. Y después de trabajar, intenten ponerse a estudiar hasta el punto de rozar la excelencia que les demandan. Qué sí, que muchos de ustedes dirán que se puede hacer. Pues adelante, háganlo. Y que conste que no defiendo la holgazanería, sino el derecho a estudiar de todo el mundo. Es evidente la injusticia de que, entre dos personas de inteligencia similar, sólo sean los euros los que inclinen la balanza.

El caso es que los de siempre, lo que antes iban con el brazo en alto y camisas azules, ahora siguen de azul, pero el brazo se lo guardan en el bolsillo, junto a la cartera que les permite ir por el mundo como ciudadanos de primera, no vaya a ser que el de al lado, que es igual que él, se la robe, para pasarle por encima. Porque sabe que lo hará y, como lo haga, como lo despidan y no pueda pagar esa casa, ese coche, o el chalet de la sierra, o el apartamento de la playa, estará perdido. Tal vez entonces se preguntará por la solidaridad, por los servicios públicos. Tal vez cuando tenga que sacar a su hijo de la universidad de Comillas, del CEU, Francisco de Vitoria y demás granjas católicas, se vea en la tesitura de explicarle cómo funciona el mundo. Pero el mundo de verdad, donde el valor de las personas no se mide en números, sino en ideas, en sentimientos no computables y en tesón, en ilusión, que al final es lo que todo lo puede. Tal vez entonces encuentre el extremismo algo razonable.

Yo, con el mío renovado y lleno de energía, espero firmemente que les salga mal la jugada. Porque me temo que el sistema está a punto de reventar. Es de dominio público que ni Grecia, Italia, Portugal, Irlanda y, por supuesto, España podrán llegar a pagar la deuda contraída. Esa deuda de la que sólo se salvan los bancos y que nos ha hipotecado hasta a los que no teníamos hipotecas. Estoy esperando, a ver qué pasa cuando la tinta de sus billetes les manche las manos, como la sangre de todas las personas cuyas vidas se han invertido en imprimirlos. A ver, cuando eso pase, adónde nos lleva todo esto. ¿Qué será lo siguiente al capitalismo? Puede que en el resto del mundo un socialismo bien entendido –no como aquí-, pero en España será un fascismo sui generis, con flamencas y toreros. Quizás nacionalizar Bankia pueda parecer propio del comunismo -¿un banco estatal?-, pero a cambio están hundiendo la universidad pública, como corresponde a nuestro fascismo casposo. Y la están hundiendo porque la cultura libre es propiedad de la izquierda, porque en la universidad nacen las ideas y los valores que sólo se pueden destilar del conocimiento, un conocimiento que te da una visión del mundo que te impide ser de derechas.

martes, 1 de mayo de 2012

Repaso.


Son días aciagos, dicen unos, los más proclives a la representación dramática. O se rompe el mundo, dicen los que decían que se rompía España, mi querida España, esta España mía, esta España nuestra, que diría Cecilia y los que hacen las cosas a derechas, los mismos que tienen el monopolio de banderas y de himnos, o que necesitan  banderitas e himnos para saber quiénes y de dónde son. También se oye que las cosas van muy mal, que Rajoy no hace nada, o que hace demasiado. Y mi preferida: “La que ha liado Zapatero”. Hay que ver lo que puede hacer un señor apocadito de Valladolid si se lo propone, nada menos que la crisis mundial más grave de la historia. Lo que yo les diga, apunten al infinito y les recompensarán con el vacío.
Mientras tanto, quien escribe esto se deja llevar por la corriente tranquila de la depresión económica. Y no vean como floto, apenas toco el agua, porque voy sin lastres, sin euros pero sin deudas, con un pasado soleado y un futuro de tormenta constante. Tampoco llevo paraguas, mejor que me acaricien las gotas del principio de la nube y que me erosionen los granizos del medio. Al final unas y otras harán camino y no tendré que esquivarlas, si acaso almacenarlas, para cuando llegue el sol y el problema sea la sed.

Y así, sin saber cómo, de repente me encuentro en la ribera de un arroyo cristalino. Sonrío mientras leo un libro de Tom Sharpe. También sonrío mientras me tumbo sobre una tela blanca, acolchada por las hierbas bajo mi cuerpo. Sonrío porque pienso en la guarnición informativa que traen los periódicos, en el rey y sus desmanes, que son los de siempre, pero peor vistos, en la famosa foto del elefante muerto –Borbón, uno; elefante, cero- . Sonrío porque se cumple una máxima histórica, una máxima según la cual lo que más puede favorecer una hipotética república es la misma monarquía. Podemos llamarlo Juancar, por aquello del campechanismo, o podemos llamarlo Marichalar, por quien siento una especial debilidad. Podemos llamarlo Urdangarín, que acabará librándose de sus pillajes y por quien sólo siento indiferencia, de puro aburrido. Pero al final, tengan el nombre que tengan,  ellos serán los Próceres de la Tercera República, el germen de su fundación y quienes plantaron la semilla del hartazgo generalizado. Al fin y al cabo, no es nada nuevo que el ser humano es autodestructivo por naturaleza. Cosas de ser la cúspide del reino animal, hay que ser depredador de uno mismo.

Entretanto, abro los ojos aún con la sonrisa dibujada en los labios, y veo un techo verde, con los álamos cuajados de hojas nuevas. Estudio el delicado entramado de la madera tierna y aspiro el aroma de la naturaleza despertándose. A la primera orden de mi voluntad, dejo de escuchar el rumor del agua y viene Serrat a cantarme Mediterráneo, como quien me reprocha que coquetee con el bosque mesetario. Mea culpa, le digo. Porque en verdad echo de menos el mar, porque puede que yo naciera en Madrid, pero lo olvidé para volver a nacer en Alicante, para crecer mecido una y otra vez por el susurro cadencioso del mar de fondo, con la luz multiplicada de dos cielos paralelos, con dos soles, dos lunas y dos castillos entremedias. Siempre con los ojos entornados y la sal en la boca, esa sal que da sed de otros labios y ese exceso en las formas; un exceso que esconde la sencillez que aquí reluce. La exageración como forma de vida y el placer como filosofía de lo humano. La obsesión por la belleza; la estética como fin y como medio, por dentro y por fuera, todo ello con la ayuda de la tierra más bonita del mundo. Porque sigue siéndolo, por mucho ladrillo que le hayan arrojado los que ya no están libres de pecado. Porque ella no es rencorosa, sino que se desentiende y sigue mirando al mar, pues no hacen falta árboles que tapen el cielo, cuando puedes tenerlo a tus pies. Mejor palmeras, que nos hacen altos de tanto mirarlas.

Así, Joan Manuel se queda más tranquilo y lo escucho sin culpabilidad, con mi tierra en el horizonte, en el mañana o en el futuro perfecto, pues la tierra prometida siempre brilla más que la tierra que se pisa –no se ensucia con nuestra presencia-. Creo que después de Serrat vendrá Chopin con un nocturno a pleno día, si me permiten la audacia. Y más tarde revisaré una de mis películas favoritas y dormiré con mi mujer favorita y soñaré que la vida no es toda crisis. Para mí es fácil, lo admito. Soy consciente de mi enorme suerte. No quiero nada material. Tengo todo cuanto necesito y, aun así, regalaría lo que poseo con tal de conservar mi forma de ver la vida. Mi forma de dejarme llevar, de flotar entre las ideas.

Tener lo suficiente es tenerlo todo.