miércoles, 29 de junio de 2011

Frívolas reflexiones estivales.

El calor vuelve loca a la gente. Por más que nos guste alabar la estación veraniega, deberíamos admitir que nos gusta en la medida en que la relacionamos con las vacaciones. Y no debería escapársenos que las vacaciones tienen lugar durante el estío porque es imposible hacer otra cosa que no sea hacer nada. Por supuesto que es agradable darse un baño en el mar, pero el placer se incrementa a causa de que en la orilla nos espera el infierno en la tierra.

Hace un par de meses leí un artículo en cierta revista masculina con pretensiones elitistas. En él, con más voluntad que acierto, el redactor tejía con dificultad un elogio al verano. Claro, que para conseguirlo tuvo que recurrir a un mezclote –él diría eclecticismo- consistente en almibarados giros poéticos e imágenes propias de una novela de Scott Fitzgerald. El resultado era entrañable, de puro ridículo. Es más, podría haber ganado con holgura cualquier concurso infantil de redacción organizado por una boutique de la calle Serrano.

Lo que el bienintencionado redactor obviaba es que la pretendida facilidad de la vida en verano es la misma que en invierno si estás podrido de dinero. Por eso huelgan todas las imágenes de veleros con tablazón de teca, o los picnics en las arboledas de las fincas de la Costa Azul. Definitivamente podrían sustituirse por departamentos de lujo en trenes transiberianos o por el calor del hogar en una chimenea de mármol travertino y demás idioteces accesorias. Está claro que el verano es fácil para los ricos, pero lo es el verano, el invierno, la primavera, el otoño y el Juicio Final –tendrán el mejor abogado-.

Ahora releo el artículo, acalorado, contando mis últimos días en Madrid antes de las vacaciones en Alicante y sintiendo que por fin comprendo el significado de la palabra “aridez”. Y, aun más, que puedo aplicarlo a un estado físico y de ánimo. Con las últimas palabras del artículo en la cabeza, me pienso si encender el aire acondicionado o seguir muriendo en mi propia salsa. El aire acondicionado suena como una avioneta a escape libre, pero lo prefiero, así tendré la cabeza más fría en todos los sentidos. Y ya con las ideas claras, empiezo a interrogarme acerca del autor del artículo. Me pregunto si será rico perdido o sólo un aspirante, o peor; un advenedizo. Me lo preguntó con la esperanza de que sea rico de solemnidad, porque su candidez me enternece y me conmueve.

Siempre hemos visto a los ricos como gente mala, así sin ambages. Pero tal vez sea sólo una especie de rencor de clase, una forma de ponerse moralmente por encima de quien te pisa la cabeza con admirable indiferencia. En cualquier caso, sería bonito descubrir que son tan cándidos como pretende el articulista de turno. Me daría esperanzas y excusas para entender el mundo: “No pasan de las clases necesitadas, es sólo que no comprenden sus necesidades”; “No menosprecian a los pobres, es sólo que no los han visto nunca”; “No votan al PP porque tengan una moral laxa, es sólo que se lo creen todo". Aunque todavía no lo tengo muy claro, porque este último punto va en contra de todos los obreros que votan a la derecha. Y no los deja en un buen lugar, pues no se les presupone la tontuna de la jet-set. Así que el razonamiento sería: “Si yo fuera político, haría lo mismo”. (Eso ya no mola tanto).

Atrapado por el magnetismo de lo visual, miro las fotos que aderezan el artículo. Los veleros escorados por el viento, las velas hinchadas de orgullo de clase –si no hace viento, lo pagamos- y las mujeres desnudas en brazos de hombres que pueden permitírselas. Mis veranos no han sido así, han sido mejores. Nunca he necesitado de esbeltas embarcaciones de madera. Jamás fui más feliz en el agua que sentado en un viejo bote abandonado que solía tomar prestado de vez en cuando. Nunca he necesitado un cóctel en la terraza de ninguna villa de la Costa Azul, pues he tenido toda la playa de San Juan cada noche de verano con mis amigos. Y nunca he necesitado a ninguna mujer desnuda que pueda permitirme, pues tengo a la única que no podría permitirme.

Lo triste del asunto no es la frivolidad en sí (a mi me encanta ser frívolo). Lo triste es construir una pretendida joie de vivre cimentada en posesiones y ambientes lujosos. Es una pena basar la felicidad de uno en lo que los demás no pueden tener. Porque la felicidad es un sentimiento cuya esencia es idéntica en cualquier clase social. Y quizás sea más pura aquella que surge de lo común, de los sentimientos, de las relaciones o de la oportunidad. Disfrutar de lo inmaterial es lo que en realidad diferencia a una persona de otra. Lo demás es sólo fruto de las circunstancias económicas. Las mismas circunstancias que establecen la diferencia entre el crimen de Puerto Hurraco y la boda de Alberto de Mónaco. Dos atrocidades con un detonante común: El calor, que no entiende de dineros.

miércoles, 22 de junio de 2011

Los pensamientos ajenos.



Es habitual en mí comenzar los escritos diciendo: “El otro día escuché por la calle…” En consecuencia, ustedes podrán pensar que soy un cotilla. Y yo sonreiré y me excusaré alegando que la gente habla muy alto, cosa cierta por otra parte, y que quien habla en voz alta quiere ser escuchado. Como quiere ser vista la vecina que abre las cortinas desnuda y se queda un rato haciéndose la absorta, o el motorista que acelera el motor en el semáforo como si corriera un Gran Premio. Puede que yo tenga algo de cotilla, pero también el mundo es exhibicionista.


No me gusta llevar auriculares mientras camino, porque siempre intento captar fragmentos sueltos e inconexos de conversaciones que no me atañen. Mis preferidas son las pronunciadas por aquellos que hablan solos. Y, cuanto más gesticulen y más actitud oratoria ostenten, tanto mejor. Porque son personas que dialogan –salvo trastornos graves- consigo mismas. Es como colarse en el pensamiento ajeno y escucharlo en estéreo. No hay barreras, no son impostadas como muchas otras, pues no hay necesidad de aparentar ni de engañar.


Tengo que admitir que muchas autoconversaciones tienen como actores a sujetos con cierto desequilibrio mental, ya sea permanente o fruto del alcohol. Pero quizás mi fascinación por lo bizarro me obliga a prestarles una especial atención. Todavía recuerdo una noche invernal en Alicante. Volvía a casa con la madrugada amenazando amanecer y, delante de mí, pisando yo sobre sus pasos, un hombre bajito pero recio murmuraba entre dientes. Era Navidad, aunque el alumbrado que cuelga de los arboles de General Marvà ya estaba apagado. La oscuridad era considerable y el ambiente nada tranquilizador. Temí que el desconocido se volviera, que se girara y se me encarase, pero las suelas de goma de mis zapatillas y su estado de abstracción me protegían por el momento.


No podía escuchar bien lo que decía, así que empecé a caminar más deprisa. Pensé en adelantarlo (“darle caza” fue la frase que apareció en mi cabeza) para poder captar al menos una o dos palabras. Pero no terminaba de decidirme. Tal vez, si aceleraba mis pasos lo suficiente y seguía protegido por la penumbra, podría acortar la distancia y escuchar la letanía. Y, si se giraba y se me encaraba, siempre tenía tres opciones: Ignorarlo, a ver si colaba; hacer uso de mi mayor altura y ponerme chulo y, la más práctica, correr como un valiente. Al fin y al cabo, aquel tipo tenía las piernas muy cortas.


Valorados los riesgos y los planes de acción, aceleré el paso mientras se me aceleraba el pulso. Miraba a mis pies al tiempo que caminaba, por si se giraba no cruzar nuestras miradas –la suya desorbitada y nublada, imaginaba-. A medida que me acercaba, fui captando algunas palabras sueltas. La voz que las reproducía era aguardentosa y quebrada. Era la voz de un borracho, pero la dicción en sí no era desastrosa. Algo podría escuchar, si los latidos nerviosos de mi corazón en los oídos me lo permitían.


Lo primero que distinguí fue: “Ahora está muerta”. La claridad de la frase me golpeó como algo físico y, de repente, los demás ruidos de la ciudad dormida desaparecieron por completo. Yo seguí mirando al suelo, viendo como la luz amarilla de las farolas aplastaba mi sombra bajo los pies, pensando en si aquella sombra negra se filtraba por el suelo, caminando conmigo, suela con suela, formando un espejo invisible pero perfecto. Entonces supe que estaba demasiado cerca, porque mi sombra entró en contacto con la del orador.


No fue una invasión al uso del espacio vital. Fue sutil, apenas un roce de oscuridad con oscuridad. Pero el hombre lo sintió. Probablemente no fue eso, probablemente sólo me acerqué demasiado y escuchó mis pasos o me vio por el rabillo del ojo. Pero para mí fue el roce de la sombra lo que lo hizo salir de su ensimismamiento. Dio un respingo, como si un escalofrío lo recorriera, y se giro hacia mí. Su boca no paraba de moverse, seguía hablando, pero en silencio. Me miró de arriba abajo y fijó sus ojos en lo míos. No tenía una mirada desorbitada, sólo triste. Bajó unas espesas cejas canosas, un par de arrugados ojos de un verde casi transparente me miraban sin comprender. Diría que ni siquiera me veían del todo, porque aquel hombre seguía absorto en su letanía. Me pareció que no podía detener el torrente de palabras que se desbordaban en su boca. No podía hacer otra cosa que negarles el sonido.


Le pedí perdón. Fue una disculpa sincera. Me sentía un poco culpable por haber intentado meterme en sus pensamientos públicos. Él apenas reaccionó, no dijo nada. Yo apreté el paso y lo adelanté. Y, a medida que me alejaba, su voz volvió a escucharse. Ya no podía contener más el sonido. De hecho, tal vez para compensar el tiempo de silencio, su letanía creció en intensidad y rebotó por las fachadas y los coches hasta llegar claramente a mis oídos: “Ahora está muerta, no le di la mano y ahora está muerta, no la cogí y ahora está muerta. Ahora está muerta, ahora está muerta y no puede hablar...”


Sentí que la voz se acercaba a mi espalda, pero me giré y el hombre estaba lejos. No me detuve cuando la autoconversación se convirtió en un verdadero grito: “Ahora está muerta y no tiene memoria, ahora está muerta y no puede hablar”. Entonces, súbitamente se hizo el silencio más profundo que jamás he escuchado. Supe con absoluta certeza que sus labios se habían detenido por fin, que no llegaban más palabras a su boca. Decidí darme la vuelta y me paré. Tardé en localizarlo en la lejanía, bajo la luz amarilla de una farola, con su sombra de espejo perfecto oculta bajo los pies. Y me vio, sé que me vio porque sentí sus ojos en los míos a pesar de la distancia. Los sentí como no los había sentido antes, a un metro escaso el uno del otro.


Entonces volvió a gritar: “Un Sargento Primero de la Legión nunca pierde la cabeza, un Sargento Primero de la Legión nunca pierde la cabeza...” Creo que me lo dijo a mí, como reprochándose su comportamiento. Lo repitió tres o cuatro veces y luego volvió a la letanía, más incontenible que antes –“ahora está muerta…”-. Se me ocurrió que era un castigo de la conciencia, una muerte por omisión y un remordimiento que lo había condenado a la locura. Pensé en la letanía delirante y repetitiva que no lo dejaba vivir. En su cerebro mandando palabras irrefrenables a sus labios, incapaces de decir cualquier otra cosa. Y en sus sueños, en sí hablaría o en si sus labios seguirían pronunciando palabras calladas.


Me dije a mi mismo que aquella voz se habría quebrado por el uso perpetuo, no por el alcohol. Prefería pensar así, aunque sólo fuera porque me parecía más literario. Tras unos segundos, giré sobre mis pasos y me encaminé a casa con la cabeza llena de pensamientos, con una autoconversación interna de las que me hubiera gustado escuchar en otra persona. Porque, claro, siempre es mejor en otra persona.






miércoles, 15 de junio de 2011

Sí a los indignados, no a los energúmenos.

Las formas determinan el contenido. No es que seamos especialmente superficiales, o que nos dejemos llevar por las apariencias. Es sencillamente, que la forma de expresar las ideas puede llegar a pesar más que su significado real. Por eso, cuando veo lo sucedido frente al parlamento catalán, no puedo sentir más que rechazo, porque no me siento representado. Y vergüenza, por si se me identificase con aquellos elementos.

Ver a los parlamentarios sacudidos, lapidados –con todo lo que esté a mano-, escupidos, pintados con spray es una mala propaganda. Es tan mala que no quiero creer que tenga nada que ver con el movimiento del 15-M, desde luego no con sus inicios. Y es que las expectativas se han empañado: hay una gran diferencia entre manifestantes y turba. Una diferencia que delimita la frontera entre el respeto y el desprecio, pues quien respeta provoca respeto y quien desprecia provoca desprecio.

Desde un principio me avine a las reivindicaciones que nacieron en la Puerta del Sol. Al igual que muchos, estuve allí, haciendo fuerza cuando lo consideré necesario; cuando un desalojo hubiera sido un atentado contra las libertades democráticas. Me escandalizaron las cargas desproporcionadas de los Mossos d´Esquadra. Me alegré cuando se decidió extender la iniciativa a los barrios y devolver la normalidad a las plazas principales. Sin embargo, hoy, por primera vez, tengo que hacerme a un lado. Tengo que ponerme al margen y decir que, al igual que hay otra manera de hacer política, hay otra manera de reclamarla.

Por decirlo en una frase: no hay que dar motivos. Porque nadie consideró adecuadas las cargas de la plaza de Cataluña, pero cualquiera entendería acciones similares en las circunstancias actuales. Es verdad que lo que se pide es justo, pero, si queremos que se nos escuche, debemos ser prudentes. No podemos ignorar que esos a quienes se increpa y agrede son los representantes de quienes les votaron. Y su voz es tan legítima como la nuestra.

Es sólo una cuestión de respeto y de organización. El problema es que lo primero es fácil de perder cuando se juntan más de cinco personas –qué le vamos a hacer, es cosa del género humano- y lo segundo es difícil de conseguir cuando se juntan más de cinco personas –lo dicho-. Por eso el 15-M sorprendió al principio, por lo civilizado y por lo controlado. Nada de violencia, sólo palabras, todas al mismo volumen y con la misma validez. Así es fácil que te escuchen y es fácil escuchar.

En consecuencia, no me queda más remedio que intentar convencerles de que la violencia va en contra del espíritu mismo del movimiento. Son, de hecho, incompatibles. Así que no confundamos aquellas reivindicaciones con los insultos de hoy. Porque dudo mucho que las personas sean las mismas. Es más, puede que sólo sean ladrones de razones para liarse a guantazos y volver a casa creyéndose revolucionarios. Que se lo hagan mirar.

Y, a raíz de todo esto, vuelve a mí un miedo que ya me planteé cuando se levantaron los campamentos. Entendí a quienes quisieron irse y yo mismo estuve de acuerdo. El ambiente se había enrarecido y habían acudido unos cuantos agregados de dudosa conducta, aunque también era un buen punto de organización; un cuartel general. En cambio, ahora se echa en falta aquella sensación de unidad y a los portavoces que informaban del parecer colectivo y consensuado. No creo que haga falta un sitio físico concreto –está claro que ayuda-, pero sí una entidad que represente e integre al movimiento original. Sé que es peligroso, que se producirían luchas de poder y que se desvirtuaría parte de la espontaneidad que tanta legitimidad proporcionaba. Pero no se me ocurre otra manera de desvincular las acciones violentas de las reivindicaciones justas y necesarias.

Yo sólo puedo reiterarme. Sí a los indignados. No a los energúmenos.

miércoles, 8 de junio de 2011

El día que vi un muerto.

Una de las cosas buenas de ir cumpliendo años es la acumulación de recuerdos. También lo es la posibilidad de ver las cosas con perspectiva, con un enfoque que no podríamos haberle dado en su momento. En este sentido, la mayoría de las personas tiende a ser más analítica, más reflexiva. Yo, por el contrario, me vuelvo más literario, más cinematográfico y más fantasioso. A veces, casi puedo descubrirme poniendo banda sonora a ciertas imágenes del pasado. Y no una banda sonora cualquiera, sino de las de orquesta sinfónica, con viento, cuerda y timbales si la situación lo requiere.

Cuanto más se aleja en el tiempo el momento rescatado, más onírico se vuelve. Quizás ahora nos llamen la atención los recursos utilizados en el cine clásico para delimitar los flashbacks; esas ondulaciones, esos bordes desenfocados, pero no se alejan tanto de mi realidad. Claro, tengo que decir que me he criado en brazos de Ingrid Bergman, Veronica Lake o Joan Fontaine. Y tampoco puedo obviar que siempre quise ser una mezcla de la chulería irónica de Bogart, la elegancia de Cary Grant y la apostura de Gregory Peck. Aspirar a ser Paul Newman hubiera sido frustrante.

Así pues, confirmando lo anterior y asumiendo el fracaso de mis aspiraciones –tan sólo he logrado ser yo-, reconozco ver ondulaciones y desenfoques en mis recuerdos. Pronto serán en blanco y negro, supongo. Personalmente, me adaptaré a lo que venga y recibiré con ilusión cualquier efecto que añada brumas y misterio a mis tan normales vivencias. Porque, por mucho que me gustase, no he vivido una existencia azarosa, plena de lugares exóticos y aventuras extraordinarias. Pero si he vivido mi apacible normalidad como un fascinante exotismo y mi rutina como una aventura constante. Los hay que verán conformismo en esta actitud, yo sólo veo una personalidad abstraída.

Por eso no sé muy bien cómo viví aquel día. Si sentí exactamente lo que recuerdo o si realmente el ambiente era tan gris y el aire tan húmedo y pesado. Era, esto es seguro, un día de septiembre de mis dieciséis o diecisiete años. El verano iba en declive y las tardes se acortaban con una persistencia enfermiza. Yo pasaba la tarde con mis amigos en la playa de Muchavista y éramos los de siempre, los que quedábamos allí durante ese mes de transición. No había apenas nadie en la arena y menos en el agua. Recuerdo unas nubes densas, entretejidas en jirones grises como el acero y blancos opacos. El mar estaba oscuro y sólo la espuma de unas olas considerables le restaba algo de su apariencia metálica.

En mitad de aquella densa atmósfera de bochorno nublado, se escuchó un grito. Creo que fue el nombre del muerto. Lo gritaba su mujer, o tal vez fue su hija, que también estaba. No sé si porque no salía o porque lo vieron flotar entre las corrientes. Tampoco recuerdo si nosotros lo vimos en esa situación, pero sí estoy seguro de que nos pusimos en tensión. Soy incapaz de rememorar cómo lo sacaron y sé que estábamos a cierta distancia. Hablamos de ir y de no ir. Pusimos sobre la mesa el morbo de la muerte y la curiosidad adolescente. Vimos al muerto como un ser anónimo y yo lo deshumanicé por completo. Me pudo la curiosidad.

Al poco vino el SAMU. Atendieron al hombre tendido sobre la arena. El cuerpo se sacudía a cada presión que ejercían sobre su pecho. Estábamos lejos, pero podía ver cómo las piernas se movían. Llegué a creer que había vuelto a la vida, que lo habían conseguido. Qué las caras de sus familiares se transformarían y que aquello sólo sería un accidente, un susto, como suele decirse. La reanimación duró bastante tiempo, pero no sirvió para nada. Cuando los sanitarios se retiraron despacio, sus gestos de impotencia eran evidentes. La mujer se derrumbó y cayó de rodillas en la arena. Luego debieron llevársela a la ambulancia, porque recuerdo ver el cuerpo tendido en una arena pálida y desierta. Entonces fue cuando cometí el error de acercarme.

Una amiga y yo decidimos ir. Ella más por acompañarme y yo poseído por no sé qué siniestro impulso. Anduvimos por la orilla, como si paseáramos hasta cubrir la distancia que nos separaba del cadáver. Yo lo miré y me arrepentí de por vida. Supongo que no era nada más que un muerto, que no tenía mayor trascendencia, pero en absoluto lo sentí así. Aquel hombre que acababa de morir no tendría más de cincuenta años. Su cuerpo amoratado estaba manchado de arena. Sé que no lo vi –o tal vez espero no haberlo visto-, pero recuerdo su piel llena de venas azules. Nunca he podido olvidarlo, aunque sólo fuera fruto de mi imaginación o del nerviosismo culpable que me hervía en la frente.

Tomé a mi amiga del brazo y tiré de ella sobre nuestros pasos. Quería alejarme de allí. Sólo podía repetir –no sé si de viva voz o sólo de pensamiento- una letanía que aún hoy sigue vigente: “no tenía que haber venido, no tenía que haber venido, no tenía que haber venido…” Sea como fuere, conseguimos regresar con los demás. Pasados unos instantes de silencio, les comenté mi impresión, mi terrible impresión, y me amonestaron con un “te lo dijimos”. Nada de reproches, nada de malas caras. Si acaso una vergüenza compartida cuando volvieron a escucharse los llantos en la lejanía.

Ya tenía lo que quería. Ya había visto un muerto. Y ya no lo olvidaría jamás. Claro que tampoco olvidaría mi culpabilidad por lo morboso e insensible de mi conducta. Ni el aspecto del cuerpo blanco y morado sobre la arena, con el bañador mal puesto y los brazos caídos a los lados. Entonces pensé que un muerto sólo tiene la dignidad que le dejan tener quienes lo tratan. Y quizás no sea más que un trozo de carne inerte, pero fue el envoltorio de un alma -o como quiera que se llame lo que nos hace ser quienes somos-. Sólo por eso merecía mi respeto. Por no hablar de sus familiares y del tremendo trance que estaban pasando.

Cuando se lo llevaron ya no quise mirarlo, como si eso fuera a borrar lo anterior. Pero me sirvió para saber que nunca más quería ver otro, porque un muerto no es un muerto, es la imagen de quien fue. Y no hay nada más horrible y más incongruente que ver a una persona sin vida. Porque no puede ser, porque parece imposible que no esté vivo. Y, sin embargo, se nota. Se siente su ausencia, estando tan presente físicamente. Creo que es eso lo que llama la atención: el misterio de dejar de ser. El interrogante de no saber qué ha sido de esa persona. La negativa de aceptar que haya podido desaparecer sin más y el deseo de creer que puede existir sin su cuerpo.

Yo no lo creo, lo que me tranquiliza para conmigo y me intranquiliza para con quienes quiero. Sin embargo, de ese día aprendí que existe algo que de repente se desvanece. Y que la memoria es algo que permanece, que se transforma y se ambienta para alertarnos de nuestros errores y aciertos. Aquel fue un día sombrío y gris, no por las nubes, sino por un hecho dramático y una decisión equivocada. La curiosidad se alimenta de la inexperiencia.

miércoles, 1 de junio de 2011

Sonreír al vacío.

Todos hemos pensado alguna vez en nuestra propia muerte. Será cosa del ser humano, que es así de previsor y morboso al mismo tiempo. Además, solemos pensar en ella como si pudiésemos verla una vez fallecidos, como si pudiésemos controlar quién va o deja de ir al funeral, quien cambia la sonrisa por falsas lágrimas y quien intenta sonreír a pesar de todo –no hay mayor manifestación de tristeza que una sonrisa en mitad del llanto-. El asunto es bastante absurdo para un ateo de nacimiento como yo. Sé que no veré lo que me suceda. Simplemente dejaré de ser y los residuos que queden de mí serán eso; residuos. Reciclables en el mejor de los casos.


No he tenido miedo al pensar en la muerte, tal vez porque no tengo necesidad de hacer balance más allá de mi último aliento. Lo que importa es el presente, mi conciencia en este momento. No tengo que justificarme ante nadie que no sea yo. Y yo soy el más exigente, créanme. Por eso andaba tranquilo por la vida, con la absoluta seguridad de que no tengo que ganarme el paraíso, sino construirlo mientras esté vivo.


Pero no pensaba en la vejez. Tal vez por juventud, tal vez por falta de referentes de ancianidad propiamente dicha. Mis cuatro abuelos viven y, hasta hace escasos años, lo hacían en plenitud de facultades. Eran totalmente independientes, hacían la vida que puedo hacer yo y, en algunos casos, cosas que ni yo puedo hacer. Sin embargo, en unos meses, lo que había sido la cumbre de su vida empezó a convertirse en la ladera de bajada. Tras alcanzar una vida cómoda y un descanso bien merecido, se les presentaron los contratiempos en forma de enfermedad. Una enfermedad de las que no se superan, de las que se quedan a vivir contigo. Un final malo para una gran película.


Ahora ya no pienso tanto en mi muerte. Ya no me imagino frio dentro de la caja, vestido como quiero que me vistan –bien en exceso-, o ardiendo en el crematorio. Ya no imagino quién irá o dejará de ir al tanatorio. Ni si reirán o llorarán. En cualquier caso espero que sean sinceros y honestos, hagan lo que hagan. Ahora me ocupó pensando en mis manos arrugadas, en mi voz algo quebrada, en mi cuerpo marchito y en mis movimientos torpes e imprecisos. Me pregunto si esa pátina que adquieren los ojos de los ancianos me impedirá ver el mundo del mismo color que hoy, o si me seguirán fascinando todas las cosas pese a haberlas vivido hasta la saciedad.


En este sentido, me tranquiliza saber que el hombre es un ser insaciable por naturaleza. No soportaría perder el ánimo, las ganas de vivir o cómo quiera llamarse. Pero, sobre todo, pienso en la memoria. En qué es mejor, si perderla o tener que vivir en ella. Porque tiene que ser fácil caer en la melancolía, en la sensación de que todo lo bueno ya se ha vivido. Y ese, sin duda, será el detonante del declive, si no tenemos alguna otra ayuda sanitaria. Porque al final sólo existe el presente. Y eso es muy duro, pues una persona es la suma de sus recuerdos. Y sus recuerdos son el pasado.


Así que, de momento, no he decidido si quiero recordar o no. Espero tardar mucho en decidirme. Aunque siempre queda otra opción: una de mis tatarabuelas perdió la cabeza años antes de morir y mezcló toda su vida en un presente continuo. Vivía con sus hijos y con sus padres, con su marido fallecido y con sus nietos recién nacidos. Veraneaba en una casa que habían vendido hacía años y recogía los frutos imaginarios de árboles ya estériles. Pagaba con dinero que no existía y sonreía al vacío de vez en cuando. No me desagrada. Quizás no esté tan mal esa solución. Yo siempre he sido muy de sonreír al vacío.

El problema es saber cuándo empezar a hacerlo.