miércoles, 22 de junio de 2011

Los pensamientos ajenos.



Es habitual en mí comenzar los escritos diciendo: “El otro día escuché por la calle…” En consecuencia, ustedes podrán pensar que soy un cotilla. Y yo sonreiré y me excusaré alegando que la gente habla muy alto, cosa cierta por otra parte, y que quien habla en voz alta quiere ser escuchado. Como quiere ser vista la vecina que abre las cortinas desnuda y se queda un rato haciéndose la absorta, o el motorista que acelera el motor en el semáforo como si corriera un Gran Premio. Puede que yo tenga algo de cotilla, pero también el mundo es exhibicionista.


No me gusta llevar auriculares mientras camino, porque siempre intento captar fragmentos sueltos e inconexos de conversaciones que no me atañen. Mis preferidas son las pronunciadas por aquellos que hablan solos. Y, cuanto más gesticulen y más actitud oratoria ostenten, tanto mejor. Porque son personas que dialogan –salvo trastornos graves- consigo mismas. Es como colarse en el pensamiento ajeno y escucharlo en estéreo. No hay barreras, no son impostadas como muchas otras, pues no hay necesidad de aparentar ni de engañar.


Tengo que admitir que muchas autoconversaciones tienen como actores a sujetos con cierto desequilibrio mental, ya sea permanente o fruto del alcohol. Pero quizás mi fascinación por lo bizarro me obliga a prestarles una especial atención. Todavía recuerdo una noche invernal en Alicante. Volvía a casa con la madrugada amenazando amanecer y, delante de mí, pisando yo sobre sus pasos, un hombre bajito pero recio murmuraba entre dientes. Era Navidad, aunque el alumbrado que cuelga de los arboles de General Marvà ya estaba apagado. La oscuridad era considerable y el ambiente nada tranquilizador. Temí que el desconocido se volviera, que se girara y se me encarase, pero las suelas de goma de mis zapatillas y su estado de abstracción me protegían por el momento.


No podía escuchar bien lo que decía, así que empecé a caminar más deprisa. Pensé en adelantarlo (“darle caza” fue la frase que apareció en mi cabeza) para poder captar al menos una o dos palabras. Pero no terminaba de decidirme. Tal vez, si aceleraba mis pasos lo suficiente y seguía protegido por la penumbra, podría acortar la distancia y escuchar la letanía. Y, si se giraba y se me encaraba, siempre tenía tres opciones: Ignorarlo, a ver si colaba; hacer uso de mi mayor altura y ponerme chulo y, la más práctica, correr como un valiente. Al fin y al cabo, aquel tipo tenía las piernas muy cortas.


Valorados los riesgos y los planes de acción, aceleré el paso mientras se me aceleraba el pulso. Miraba a mis pies al tiempo que caminaba, por si se giraba no cruzar nuestras miradas –la suya desorbitada y nublada, imaginaba-. A medida que me acercaba, fui captando algunas palabras sueltas. La voz que las reproducía era aguardentosa y quebrada. Era la voz de un borracho, pero la dicción en sí no era desastrosa. Algo podría escuchar, si los latidos nerviosos de mi corazón en los oídos me lo permitían.


Lo primero que distinguí fue: “Ahora está muerta”. La claridad de la frase me golpeó como algo físico y, de repente, los demás ruidos de la ciudad dormida desaparecieron por completo. Yo seguí mirando al suelo, viendo como la luz amarilla de las farolas aplastaba mi sombra bajo los pies, pensando en si aquella sombra negra se filtraba por el suelo, caminando conmigo, suela con suela, formando un espejo invisible pero perfecto. Entonces supe que estaba demasiado cerca, porque mi sombra entró en contacto con la del orador.


No fue una invasión al uso del espacio vital. Fue sutil, apenas un roce de oscuridad con oscuridad. Pero el hombre lo sintió. Probablemente no fue eso, probablemente sólo me acerqué demasiado y escuchó mis pasos o me vio por el rabillo del ojo. Pero para mí fue el roce de la sombra lo que lo hizo salir de su ensimismamiento. Dio un respingo, como si un escalofrío lo recorriera, y se giro hacia mí. Su boca no paraba de moverse, seguía hablando, pero en silencio. Me miró de arriba abajo y fijó sus ojos en lo míos. No tenía una mirada desorbitada, sólo triste. Bajó unas espesas cejas canosas, un par de arrugados ojos de un verde casi transparente me miraban sin comprender. Diría que ni siquiera me veían del todo, porque aquel hombre seguía absorto en su letanía. Me pareció que no podía detener el torrente de palabras que se desbordaban en su boca. No podía hacer otra cosa que negarles el sonido.


Le pedí perdón. Fue una disculpa sincera. Me sentía un poco culpable por haber intentado meterme en sus pensamientos públicos. Él apenas reaccionó, no dijo nada. Yo apreté el paso y lo adelanté. Y, a medida que me alejaba, su voz volvió a escucharse. Ya no podía contener más el sonido. De hecho, tal vez para compensar el tiempo de silencio, su letanía creció en intensidad y rebotó por las fachadas y los coches hasta llegar claramente a mis oídos: “Ahora está muerta, no le di la mano y ahora está muerta, no la cogí y ahora está muerta. Ahora está muerta, ahora está muerta y no puede hablar...”


Sentí que la voz se acercaba a mi espalda, pero me giré y el hombre estaba lejos. No me detuve cuando la autoconversación se convirtió en un verdadero grito: “Ahora está muerta y no tiene memoria, ahora está muerta y no puede hablar”. Entonces, súbitamente se hizo el silencio más profundo que jamás he escuchado. Supe con absoluta certeza que sus labios se habían detenido por fin, que no llegaban más palabras a su boca. Decidí darme la vuelta y me paré. Tardé en localizarlo en la lejanía, bajo la luz amarilla de una farola, con su sombra de espejo perfecto oculta bajo los pies. Y me vio, sé que me vio porque sentí sus ojos en los míos a pesar de la distancia. Los sentí como no los había sentido antes, a un metro escaso el uno del otro.


Entonces volvió a gritar: “Un Sargento Primero de la Legión nunca pierde la cabeza, un Sargento Primero de la Legión nunca pierde la cabeza...” Creo que me lo dijo a mí, como reprochándose su comportamiento. Lo repitió tres o cuatro veces y luego volvió a la letanía, más incontenible que antes –“ahora está muerta…”-. Se me ocurrió que era un castigo de la conciencia, una muerte por omisión y un remordimiento que lo había condenado a la locura. Pensé en la letanía delirante y repetitiva que no lo dejaba vivir. En su cerebro mandando palabras irrefrenables a sus labios, incapaces de decir cualquier otra cosa. Y en sus sueños, en sí hablaría o en si sus labios seguirían pronunciando palabras calladas.


Me dije a mi mismo que aquella voz se habría quebrado por el uso perpetuo, no por el alcohol. Prefería pensar así, aunque sólo fuera porque me parecía más literario. Tras unos segundos, giré sobre mis pasos y me encaminé a casa con la cabeza llena de pensamientos, con una autoconversación interna de las que me hubiera gustado escuchar en otra persona. Porque, claro, siempre es mejor en otra persona.






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