martes, 16 de febrero de 2010

Un fantasma del futuro.

Queridos lectores, sé que están hartos de la crisis. Tanto por la repercusión mediática, como a nivel personal en la medida en que les haya afectado. Sin embargo, ya que no he entrado en el tema, permítanme que les haga llegar uno de esos aspectos que son dignos de mi realidad a tientas. Un aspecto distinto, aunque tal vez tópico y peliculero –saben que me pierde la frivolidad-, que sirve de metáfora de un concepto que me fascina: la incongruencia.

Reconozco que, quizás al vivir mi vida como una ficción sin especialistas, me ocupo más de los aspectos efectistas o llamativos. No tengo miedo de ser tendencioso, sé que lo soy y jamás trataría de disimularlo. En cambio, sí tengo miedo de no saber hacerles llegar mis sensaciones de una manera clara, para que ustedes puedan experimentar, si no el desasosiego, por lo menos sí la extrañeza. Porque la extrañeza nos devuelve la fe en que no vivimos en un universo prefabricado. El mundo Ikea a la medida de todas las personas es terriblemente tedioso al lado del mundo personalizado y artesanal de cada uno.

Hace unas noches, me decidía por uno de esos paseos nocturnos que me llevan por Madrid como a un Dorian Gray sin posibles. La mala conciencia no me dejaba dormir y los imposibles me estiraban de las pestañas en direcciones opuestas. No me quedaba otra y decidí ceñirme a mi radio de acción en materia de paseos. Un jersey y un abrigo más tarde, las suelas de mis zapatos castigaban las aceras adormecidas de una ciudad desierta y congelada. De nuevo el silencio ajustado a mi cuello y las manadas de taxis fantasmas recorriendo Príncipe de Vergara con ansia de clientes alimenticios.

Enfilé la calle cuesta arriba, esperando encontrarme con el méndigo del paseo anterior. Tal vez para responder afirmativamente a su enigmática pregunta*. Pero no había rastro de su cárcel de cartón, lo que me hizo plantearme su existencia. “Hombre, no tiene por qué estar siempre en el mismo sitio”. Y comencé a jugar con la posibilidad de un mendigo fantasma que interrogaba transeúntes taciturnos acerca de cuestiones que los atormentaban. Me dije que lo hacía en un vano intento de encontrar la solución a la pregunta que un día le hizo perder la cabeza. Y sólo había dos posibles desenlaces: o bien obtenía la respuesta que buscaba y conseguía purgar su alma y descansar en paz, o bien el transeúnte perdía la cabeza y lo sustituía en su infausta suerte.

En esos delirios andaba cuando llegué a la altura del Auditorio Nacional, frente a la colonia de chalets de Cruz del Rayo, que es junto al Viso uno de los rincones más exclusivos de la zona norte de la ciudad. Acompañando el trazado de las aceras, un reguero de coches carísimos formaba una suerte de seto de acero con llantas de aleación. La luz de las farolas relucía sobre su brillante pintura e iluminaba los lujosos interiores huérfanos de pasajeros. Pero, de improviso, mis ojos frenaron en seco al topar con un imponente Mercedes Clase E azul marino. Entre sus exquisitos guarnecidos se guarecían cuatro personas fuera de lugar. Una familia entera cubierta por dos edredones nórdicos que imaginé arrancados de la cama en el último momento. (Hijos míos, nos desahucian).

Pensé en la oscuridad del maletero cerrado y en los contornos de las maletas llenas que lo ocupaban. Pensé en cómo las había hecho el padre días antes, sabedor de lo inevitable, sin decir nada a su familia. Hasta el último momento no pudo enfrentarse con las miradas desconcertadas de sus hijos ni de su mujer. Quizá conducía cada mañana su flamante Mercedes para asistir a ningún trabajo, preguntándose cómo arreglar la situación. Y no sabiendo qué responderse.

Yo no quería mirar, pero miré a través de los cristales tintados. Detrás los niños dormían y la mujer delante también. Pensé en aquella familia modelo, durmiendo en mitad de la zona residencial modelo, a unos metros de su casa, sobre los asientos de cuero de su coche modelo y me agaché un poco para mirar al hombre. Él no estaba durmiendo. No podía ni podría volver a hacerlo porque buscaba una respuesta a todo aquello. En ese momento aparté mi mirada de la suya, incapaz de aceptar que miraba los ojos del mendigo con quien hablé meses atrás. Tal vez entonces sólo era un fantasma del futuro que huía de sus pesadillas. Un sosias escapado de los sueños que lo atormentaban, mientras su cuerpo dormía en una cama con fecha de caducidad.
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*En referencia al artículo Madrid y silencio. La realidad a tientas, 22 de Diciembre de 2009.

martes, 9 de febrero de 2010

Temperamento artístico.

No me gusta colgarme medallas de artista, pero sí sus defectos. Tal vez porque me interese más la vida oscura del artista que su brillante y exitosa cara. Y me interesa porque en ella se esconde el detonante de toda la pasión, el motivo por el cual el artista se decide a crear. Yo no soy un artista –siempre he sido aprendiz de todo y maestro de nada-, pero sí reconozco en mi personalidad los rasgos patológicos de una persona entregada al arte. Podría decirse que me falta el talento y me sobra el temperamento.

Paso noches en vela pensando fantasías que sólo me llevan al amanecer con los ojos rojos y el alma cansada. Tengo cambios de humor constantes. Cualquier problema es un dilema moral y metafísico. Me hundo y salgo a flote en cuestión de horas. Fanfarroneo y necesito una constante aprobación de todo cuanto hago. Y se me cae el ánimo a los pies si no soy capaz de expresar lo que necesito decir. Todo este desastre existencial se debe a un diálogo interno que siempre termina en bronca y sin una solución acertada.

No obstante, siempre tiene que haber una chispa que encienda esa guerra interior que me pone en marcha y me hace escribir. Seguramente mi calidad intelectual no es la esperada y mis intereses sociales no consiguen motivarme lo suficiente. Por ello no suelo escribir acerca de los terribles envites que sufre el mundo. Todas las guerras, las muertes, el hambre y la injusticia me conmueven, me estremecen, pero no me sientan frente al teclado. Es posible que lo consigan las emociones que me provocan, pero no el hecho en sí.

He pensado mucho en ello y no sé si achacarlo al egoísmo –muy compatible con mi temperamento artístico-, al egocentrismo o a la autocompasión. Esto último me resulta absolutamente repugnante, así que me quedo con cualquiera de las dos primeras. En mí, la chispa suele venir de la inspiración y la inspiración viene de las musas. Sí, lo sé, suena místico, ñoño y hasta cretinesco, pero es la pura verdad.

¿Y qué son las musas? Pues bien, eso depende del carácter del artista. Si el artista es un tipo jovial y triunfador, las musas serán todas aquellas personas del sexo contrario – o no- que le inspiran las obras que crea. Y esas obras, dada la condición del artista, serán igualmente alegres y autocomplacientes. Así que probablemente se le tache de superficial o banal y se le olvide o no se le tenga la debida consideración. Porque parece que un artista debe ser un tipo atormentado, taciturno, amargado por lo único que le ha dado la espalda y despreciativo con el resto de sus triunfos.

En este ideal de artista amargado cabe algún tipo de drogadicción y desde luego la chulería, la prepotencia y la aparente sobrevaloración para esconder todo lo contrario. En verdad, esa persona tan impresentable lo único que intenta es autodestruirse porque se odia –con mayor o menor intensidad- y se siente un fracasado, aunque sea un triunfador. Esta sensación va y viene y, de vez en cuando, surgen atisbos de humanidad y muestra dudas o inseguridades. Pues todo lo que hace lo hace para satisfacer a una musa que no está sedienta de su arte. Quizá lo aprecie, tal vez lo considere, pero, desde luego, no se atreve a entenderlo.

Y es que ser musa tampoco debe resultar sencillo. Bien mirado, que un tipo insoportable y autodestructivo esté obsesionado contigo hasta el punto de consagrarte su talento no resulta ni tranquilizador, ni cómodo. Pero, ¿qué sucedería si por un momento la musa se deja querer, si corresponde al interesado y aprecia, no sólo el arte, sino al artista? Y no como artista, sino como persona. No sé qué pasaría, pero por aventurar podrían pasar tres cosas: la primera, que su arte se tornase luminoso y nítido, manteniendo la calidad y la pasión; la segunda, que como es propio de la condición humana perdiera el interés por su musa, una vez descendida de los altares, y se buscase a otra más inalcanzable. O, la tercera, que directamente no encontrase esa chispa y se sintiese perdido al no tener la necesidad de crear.

En cualquier caso, lo que parece es que un artista es un ser siempre insatisfecho que, de una u otra manera, acabará teniendo que decidir entre su felicidad y su arte. Y no hay felicidad sin arte, pero sí arte sin felicidad.

martes, 2 de febrero de 2010

El terrible hombre de enfrente.

A Mayte, gracias.

La atracción por las ventanas de enfrente es más fuerte que mi ya de por sí laxa moral. Desde que llegué a Madrid y recuperé mi estatus de madrileño impasible, descubrí con gran ilusión la estrechez de la calle que me une y me separa de mis vecinos. Al principio uno se refugia tras cortinas y persianas, pero llega un momento en el que se siente acompañado y olvida la vergüenza y la privacidad. Salvo honrosas situaciones, claro.

El caso es que día tras día me asomo al balcón en mitad de la noche. Sobre mi cabeza, el cielo rojizo y manco de estrellas y, en el ático de enfrente, un solitario punto de luz. Una especie de Marte artificial que cobra intensidad y la pierde, cobra intensidad y la pierde. Como un pequeño planeta que respira. Si fuerzo un poquito la vista, reconozco de inmediato a la abuela fumadora y su pequeño Marte de bolsillo en forma de cigarro que nunca termina de matarla. Cada noche se acerca cojeando a la terraza, apaga las luces y se acoda sobre la barandilla a ver si la vida se consume al compás de sus interminables caladas.

También están los vecinos folladores al trasluz de las cortinas y la pareja de ancianos donde ella pinta cuadros y él construye barcos en miniatura. Todo con tal de no hablarse. Ella nunca lo retrata y él nunca la lleva a navegar. Pero, de todo el mosaico de ventanas, una en particular ha acaparado mi atención hasta hace unos días: la ventana del Terrible Hombre de Enfrente.

Es una ventana como las demás. Una cuenca vacía con la misma vulgar carpintería de aluminio, sin pestañas ni párpados. Sin cortinas ni persianas. Siempre abierta y reseca por la falta de parpadeo y, a pesar de todo, con un interior gris que parece girar la cara al sol. Ahora está abandonada, pero antes tampoco había calidez. No había vida y, sin embargo, un corazón se dejaba escuchar reclamando la atención de su dueño. Él ya se había olvidado de que latía, total apenas lo necesitaba y no le importaba mucho que se declarase en quiebra. Quizás porque ya se quebró una vez hace mucho tiempo y esa fue la causa de todo.

Yo no podía evitar mirarlo. Me escondía entre las rendijas de mi persiana, apagaba la luz y pegaba la cara al cristal. En invierno el vaho de mi respiración se convertía en una niebla que acrecentaba el adjetivo que pensaba al invadir la intimidad de mi vecino: “sórdido”. Todo lo que veía lo era. La luz del salón, cuando no era la de la omnipresente televisión, era un frio y aséptico tubo de neón. Parecía que un baño de hielo cayera sobre el impersonal mobiliario de la estancia. Dos sofás negros, una mesa, una mesita, una cinta de andar y el televisor. Todo frio, todo ajeno, con una excepción: una gran bola del mundo que llenaba la esquina más alejada de mi vista.

El Terrible Hombre de Enfrente vivía tumbado en el sofá, bronceándose a golpe de fotograma televisivo. Por eso su piel era blanca. Me fijaba en los detalles que no quería ver. Veía su marchita desnudez, que paseaba sin pudor tras el iris trasparente de la ventana. Lo veía dormirse en el sofá, lo veía respirar y lo veía caminar en la cinta. No salía a la calle, viajaba dentro de casa. Todo en él era terrible, excepto un gesto que no me cuadraba. De vez en cuando lo sorprendía mirando la enorme bola del mundo. La hacía girar y sus dedos la frenaban. Se quedaba con el índice posado sobre algún país y parecía reflexionar –yo quiero pensar que sonreía con nostalgia-. Después se subía a la cinta y caminaba como si quisiera llegar. Como si quisiera mover el mundo bajo sus pies en lugar de mover sus pies sobre el mundo.

En muchas ocasiones me ha asustado la posibilidad de convertirme en el Terrible Hombre de Enfrente. Me asaltaba el miedo de asistir a un enorme espejo en forma de fachada. Un espejo que revelaba mi futuro y me daba un toque de atención. No podía consumirme entre mis letras. No podía crear un mundo tan pequeño y llenarlo de fantasmas. No podía soñar con salir y sólo conseguir caminar sin llegar a andar. No podía vivir de besos imaginarios y de diálogos soñados. No podía ser mi propio universo, porque si no de tanto girar sobre mí mismo, terminaría desorientado, débil, marchito y sólo. Fracasado y amargado, buscando el calor del televisor y olvidándome del de la poesía.

La otra mañana madrugué y vi las persianas cerradas por primera vez en siete años. Me asusté y, con un presentimiento terrible en los labios –se ha muerto, se ha muerto-, me asomé al balcón. Mis ojos bajaron en picado hasta la portería de su casa. Al principio no lo reconocí. Su ropa era la ropa de un hombre que no salía desde hacía mucho tiempo, aunque había algo de elegancia en su porte. El sombrero le ocultaba la cara, pero la bola del mundo esperaba estática a sus pies, junto a una gran maleta de piel marrón.

Un taxi enfiló la calle y el hombre cogió la bola del mundo. La puso sobre un banco y la hizo girar de un manotazo. No espero a que parase, sus dedos no la detuvieron. En lugar de eso, se dio la vuelta, cogió la maleta y subió al taxi. Escuché su voz profunda y desentrenada desperezándose con un “buenos días” para el taxista. Sonreí y me emocioné más de lo que esperaba. Aquella mañana ya me había levantado en un estado de felicidad considerable, pero aquello logró desbordarla. Unas lágrimas se asomaron sobre mis pestañas mientras me ponía el abrigo y corría escaleras abajo para rescatar la bola del mundo.

Cuando llegué, me esperaba ya detenida. La tomé entre mis manos y vi un punto rojo que inundaba Roma. Junto a él, un nombre escrito en una caligrafía alargada y elegante: Isabella.

martes, 26 de enero de 2010

In the mood (II).

Roberto recordó las chifladuras que le había contado su amigo Bosco acerca de la Santa Compaña, una especie de procesión de almas en pena que recorría las noches gallegas, llevándose consigo a quien se encontraran por el camino. En fin, la historia en sí le resultaba típica, pero si añadías música de Glenn Miller y un lago de Maine… Definitivamente tenía que sonreír.

Pero aquella noche del segundo día, tras el breve espacio de sonrisas, la nostalgia se hizo con él. Echaba de menos a su familia, a sus amigos y a sus variados líos femeninos. Estaba harto de la vida de abstinencia. Tan sólo había tenido esporádicos encuentros sexuales en la sala de impresión con una de las secretarias con más pinta de secretaria estereotipada que había conocido. Aquel arquetipo rubio, escultural y de deficiente nivel intelectual le había proporcionado el estímulo justo para no tener que recurrir a la prostitución. Cosa que, aunque rechazaba de pleno, había empezado a rondar por su cabeza más de lo que estaba dispuesto a aceptar.

Sentado ahora sobre las tablas del embarcadero, Roberto tenía los pies colgando sobre el vacío del cielo hecho agua y el vacío del cielo hecho cielo se suspendía sobre su cabeza. Rodeado del silencio incompleto de la naturaleza, apuraba el último trago de whisky del día. Mantenía la vista fija en el reflejo del luminoso de un hotel sobre la superficie del lago. Las luces se difuminaban entre las leves ondulaciones, hasta que empezaron a avanzar hacia él. No podía creerlo. Como en una mala película, Roberto miró su vaso vacío, esperando esa respuesta que nunca llega y volvió a mirar hacia las luces.

El reflejo seguía en su sitio, pero no había duda. Unas cuantas luces parecían haberse desprendido entre el débil vaivén del agua y navegaban a un ritmo lento e hipnótico hacia él. Debería de haber huido, debería haberse encerrado en la casa. Eso le decía su cabeza, pero, por otro lado, la curiosidad ante el extraño fenómeno le impedía mover un solo músculo. A medida que las luces se acercaban y casi de forma imperceptible –sería incapaz de determinar en qué momento había empezado a escucharlo-, su cerebro reconoció una melodía muy familiar: In the mood, de Glenn Miller.

Un escalofrío muy distinto al del verano pasado recorrió su espalda. Y en un flash, inútil pero muy ilustrativo, la portada de aquella extraña página web local sacudió su memoria. El tiempo parecía haberse acelerado y su cuerpo parecía haberse ralentizado, a pesar de que los latidos le golpeaban el cuello a ritmo de big band.

Las luces estaban ya a pocos metros. Avanzaban con lentitud, pero con continuidad. Serían unas cincuenta y dejaban una estela que evidenciaba su pertenencia a algo más grande. In the mood ahora lo llenaba todo. El ambiente era opresivo. Sentía que le iban a estallar los tímpanos y se llevó las manos a los oídos. Pero la música no remitía, parecía oírla a través de cada poro de su piel. Cerró los ojos y gritó, pero no escuchó su propio grito.

Cuando volvió a abrirlos, fue capaz de distinguir lo qué se escondía tras las luces. Eran los ojos de veinticinco ancianas que refulgían con la fuerza del infierno. Sus cuerpos marchitos, enfundados en bañadores, se movían obedeciendo a una extraña inteligencia colectiva. Guardaban una formación triangulada y nadaban sólo con los brazos, manteniendo las piernas cruzadas. Como en un terrible y absurdo ejercicio de natación llevado a cabo por autómatas.

Los oídos de Roberto ya sangraban cuando sintió que le ardían los ojos. Necesitaba meterse en el agua.

martes, 19 de enero de 2010

In the mood (I).

Si ustedes consienten -y si no también-, esta semana me permitiré el capricho de publicar la primera parte de un relato, fruto de una broma entre amigos. Les ruego que no vean en él más intención que el entretenimiento, o si acaso una parodía cariñosa de Stephen King. La siguiente semana podrán leer el desenlace, si les quedan ganas. Gracias por la fidelidad, sustentada por su infinita compresión.

A Germán.

Roberto Casadueñas llevaba ya demasiados meses en Nueva York. Al principio la noticia lo había noqueado por completo. Un escalofrío recorrió su cuerpo en pleno verano valenciano cuando una voz aquejada de un fuerte acento norteamericano emergió desde el móvil. De hecho, ahora recordaba con vergüenza como le había hecho repetir a su misterioso interlocutor cada cosa que decía.

-Pero, ¿de dónde dice que me llama?

- Disculpe, señor Casadueñas, supongo que falla la comunicación. Mi nombre es Stephen Calloway, lo llamo del estudio de arquitectura OMA Architecture de New York. Quería hablar con usted porque nos gustaría que participara en nuestro próximo proyecto. Hemos visto su trabajo en Valencia y nos encantaría contar con usted.

Desde luego no había duda. El tipo en cuestión tenía un acentazo, pero su fluidez y corrección eran perfectas. No era la comunicación lo que fallaba, sino el cerebro de Roberto intentado asimilar la noticia: el estudio del arquitecto Koolhaas en Nueva York lo reclamaba. A eso no se podía decir que no. Y no lo hizo, por supuesto.

Roberto era un hombre sencillo. Un arquitecto entusiasmado por su trabajo que vivía de espaldas a la gloria. Nada en él había cambiado desde que ganó el concurso para diseñar la nueva sede del Gobierno de la Comunidad Valenciana. La limpieza de líneas del edificio proyectado y la forma de captar la luz del Mediterráneo, utilizándola para definir espacios dentro y fuera de la construcción, habían causado sensación en el aburrido panorama arquitectónico español.

Pero él había seguido frente a las hojas llenas de bocetos a lápiz y, más tarde, frente al ordenador. Quería hacerlo todo, no soportaba la falta de pasión y, quizá, fuera demasiado renuente a delegar ciertas partes del trabajo que eran perfectamente prescindibles. Por eso, cuando remitió la euforia inicial, se apoderó de él la inseguridad y las dudas de trabajar con un equipo tan grande y bajo una autoridad tan cegadora. Aun así, como ya pensó desde el principio, la oportunidad no se podía rechazar.

Se mudó a Nueva York en cuestión de un mes. El estudio era increíble y los compañeros lo acogieron, no como a uno más, sino como a alguien traído del extranjero por el mismísimo gurú Koolhaas –quien resultó aun más feo al natural-. Lo respetaban y tenían muy en cuenta las directrices que sugería, hasta el punto de verse en una posición de liderazgo extraoficial. En vista de que el proyecto iba en la dirección adecuada y que todos los cabos estaban atados, lo instaron a que descansará una semana y volviera con energías renovadas para afrontar la fase final del trabajo.

Un compañero, con el que había hablado acerca del agobio que le empezaba a producir el ajetreo de la gran manzana, insistió en que pasara la semana en su cabaña del lago Chesuncook, en el estado de Maine. Roberto cedió ante el empeño de su amigo, cogió música, un par de libros, un avión y al día siguiente estaba frente a una imponente construcción de madera y cristal. Llamar a eso cabaña le pareció falsa modestia.

Sólo llevaba dos días y ya se sentía en el paraíso. El lago le recordaba al mar que tanto echaba en falta y el silencio parecía un bálsamo milagroso contra el estrés de Nueva York. Aquella misma tarde de su segundo día, se había sentado en el porche y había ojeado una pila de periódicos que abarcaban cerca de tres semanas. Ese era justo el tiempo transcurrido desde que su compañero pasará por allí en sus días de descanso. No comprendía porque estaba suscrito al periódico, cuando sólo iba unas cuantas semanas al año, aunque, por otro lado, era un lujo no tener que bajar al pueblo a comprarlo.

Roberto ojeaba las noticias enorgulleciéndose del nivel de inglés que había alcanzado en apenas unos meses, partiendo de la base típicamente deficiente del sistema educativo español. No tardó en darse cuenta de que abundaban las noticias de desapariciones. Y siempre respondían al mismo perfil: una señora mayor, ama de casa, de vida normal, con vecinos normales... Sólo existía un vínculo claro entre ellas. Todas asistían al mismo cursillo de natación para la tercera edad. El monitor estaba detenido. “Hijos de puta los hay en todas partes”, pensó sin darle demasiada importancia.

Sin embargo, a lo largo de la tarde no consiguió quitarse la noticia de la cabeza, así que investigó un poco en Internet, hasta encontrar una web de sucesos paranormales que le robó una sonrisa. Según esta fiable fuente, además de las desapariciones, en los últimos días se había escuchado música de Glenn Miller en algunos puntos del lago y habían sido vistas unas extrañas luminarias, que parecían flotar sobre las negras aguas.

Continuará.

martes, 12 de enero de 2010

LA NUNCA.

Déjese llevar. Eso me recomiendan. Bueno, “déjate llevar”, que mis amigos no me tienen ningún respeto y menos como para hablarme de usted. “Sí ves un atisbo de felicidad, lánzate a él como si te fuera la vida en ello”. Y yo pienso –poco, pero pienso-: “si me va la vida en todo lo que hago”. Y luego rectifico en cuestión de segundos: “no, no te va la vida en todo lo que haces. Se te va la vida con todo lo que haces”.

Y quizá tengan razón esos amigos irrespetuosos a los que no me como a besos porque ellas se podrían emocionar y ellos podrían dudar de su sexualidad –y yo no quiero eso-. En fin, que tampoco voy a darles la razón, porque nací embriagado por una clarividencia intelectual defectuosa, que me lleva al abismo una y otra vez, pero que ya sé cómo funciona. Sí, querido lector, es complicado. Tan complicado que no me quedan fuerzas ni para el habitual despliegue de oraciones coordinadas.

Estoy descoordinado. No es que nunca haya sido el rey de la psicomotricidad, pero ahora mis movimientos cardiacos me hacen tropezar con las manos que escriben como quien rompe una presa. Cuando intentas poner orden y recuperar los ladrillos, el agua te arrastra y entonces tienes que dejarte llevar. Aunque no quieras. O, mejor dicho, aunque no te atrevas.

Entonces me veo suspendido en el vacío, hundiéndome en una lámina de agua que cae conmigo y ahogándome en el mismo aire y me falta la costumbre. Antes controlaba estas caídas e incluso las aprovechaba para sacar electricidad. Pero ahora braceo errático, porque creía que podía volar y resulta que no.

Les hablo mientras caigo y les ruego paciencia, porque no entenderán nada. Pero yo tampoco y de eso se trata. No entenderán nada de mí, pero sin ningún esfuerzo encontrarán una situación parecida en el cesto de recuerdos. No hace falta que me digan cómo fue el aterrizaje. Tal vez sea mejor que no lo sepa. Me declararé agnóstico en la fe del vértigo emocional. No ateo, que de eso ya tengo mi dosis.

Y mientras caigo, como suele decirse, veo la película de mi vida en tecnicolor y es una pasada. Sobre todo la parte de cuando era pequeño. Una parte a la que, por otro lado, siempre he restado importancia. Caigo con toda la sala llena de butacas y la pantalla hundiéndose en la misma lámina de agua ingrávida que yo. Y me da igual, porque me ha enganchado mi historia. Me gusta mi vida.

Cuando era pequeño, podía ver colores sobre la oscuridad. Los puntos sorteaban las cuchillas de luz de los agujeros de las persianas y nadaban suspendidos sobre mi cama. Yo estiraba las manos y quedaban a la distancia justa como para no poder rozarlos con la punta de los dedos. Pero me daba igual, eran capaces de formar figuras y yo creo que lo hacían a mi voluntad.

De aquella época tengo recuerdos que no son contagiados. Me explico: todos recordamos cosas que nos han contado, aunque no seamos conscientes, aunque las veamos con nitidez. De alguna manera, hemos hecho nuestro el relato y lo hemos asimilado. Pura cuestión nutricional de la memoria. Sin embargo hay recuerdos genuinos, que los sabemos únicos. Porque no había nadie para vernos mientras los creábamos.

Sé que tuve una amiga invisible, que me gustaba. Una amiga que era invisible hasta para mí y que se llamaba LA NUNCA –no sé por qué, pero les prometo que va en mayúsculas-. Aun hoy me recorre un escalofrío al rememorar su nombre. Supongo que por lo infinito del trasfondo. Aquella niña vivía en la torre de una casa solariega que se veía en la lejanía, desde el chalé de mis abuelos. Una torre cuadrada con tres ventanas verdes y tejas ocres. Una vez traté de ir con mi padre, pero llegamos a una verja que aumentó aún más la sensación de lugar inalcanzable. Porque, por aquel entonces, todo tenía esa condición de absoluto.

Años más tarde llegué a la decadente casa. Un plan parcial había seccionado su pinada y había dejado a la finca desangrándose sobre el asfalto. Ascendí por una escalera aún majestuosa y llegué a la torre. Entre escombros, mi cabeza emergió en la habitación de la torre y me asomé a una de las ventanas verdes. Desde allí vi algo increíble, aunque yo lo crea. Desde allí vi el chalé de mis abuelos en el horizonte y a una chica preciosa asomada a la terraza que yo solía ocupar. Me miraba con el mismo desasosiego que yo a ella.

Fue hace ya ocho años y era invierno. Jamás había llegado a verla hasta entonces y casi la había olvidado, pero no dudé de mi certeza. No había nadie en el chalé. No, no había nadie, excepto LA NUNCA. Quizá había ido a buscarme justo cuando yo había conseguido llegar a su casa. Quizá nuestros ojos se cruzaron en la mitad de nuestros universos paralelos y lamentamos la sincronía de nuestra decisión. Aquella tarde juré que si volvía a verla, correría a besarla y a convertirla en SIEMPRE.

Ahora la veo y me dejo llevar. ¿Alguien más se deja llevar?

martes, 5 de enero de 2010

Realidad acompasada.

Me enfrento al folio con la firme indecisión del que controla una mentira. Sabedor de que sólo manejo esta realidad paralela con soltura, mientras que la otra fluye ajena e independiente. Supongo que será también cuestión de pulsar las teclas adecuadas, pero no me sirven las reglas que aprendí. Por eso, cuando escribo ficción, escribo ensayos. Sé que no es la acepción correcta del término porque no son tratados, ni divagaciones académicas, ni etcéteras intelectuales varios. No, no lo son.

Son ensayos en el sentido estricto de la palabra. Son la última gran prueba antes de la función definitiva. Antes de poder quitarme el papel de la cara y que ella esté ahí sin tener que imaginármela. Así paso las páginas, calculando las palabras, las reacciones, las variables de sus gestos. Después, simplemente dejo que la historia siga su curso y me ayude a pasar de la realidad literaria a la realidad a tientas.

En esos ensayos puedo fracasar, pero me evito la puesta en práctica sin paracaídas. No hay consecuencias ni riesgos, pero tampoco ilusión real ni satisfacciones sinceras. (Sí, mientras se escribe. No, mientras se lee). Los sentimientos se desperdician al derramarse sobre el papel –quizá se derramen porque han colmado lo asumible- y luego se recogen, se comparten y se desvirtúan. Se interpretan y se convierten en sentimientos escritos. En sentimientos ociosos y sin un propósito cierto.

Por eso, mientras me recuesto en el sofá, con el portátil sobre las rodillas y un sol anaranjado incendiando el horizonte, se me ocurre qué tal vez ella se recueste sobre mí. Y, tal vez, mire estas palabras surgiendo en la pantalla, escribiéndose a la vez que se leen, pasando página cuando el propio transcurrir lo pide. Sí, se me ocurre que algún día se mezclen las dos realidades y que, durante las breves pausas en las que dudo entre una u otra palabra, baje la mirada y vea el brillo de su cabello rojizo por el ocaso. Al ver que he parado de escribir, es posible que gire la cabeza hacia mí y me mire buscando una respuesta. Puede incluso que compartamos el deseo de que todas estas letras sigan emergiendo como si estuviesen ya escritas antes de que el cursor las descubra.

Para entonces, para cuando eso pase, yo ya sabré cómo comportarme, porque lo habré ensayado una y otra vez. En mi imaginación y por escrito, con el cálculo cálido del que razona con los sentimientos. Y, para entonces, para cuando eso pase, yo ya habré visto muchos atardeceres en su compañía sin estar acompañado. Habré recogido todas las miradas que me deja entrever y sabré interpretarlas de forma que las letras y la realidad se acompasen como nuestros latidos.

Entretanto, seguiré ensayando, si me lo permiten. Les será fácil adivinar cuándo se desvele este telón de párrafos porque seguiré escribiendo de lo mismo, pero con la amargura olvidada y sin los titubeos de los ensayos. Con la seguridad de estar en la escena y sabiendo que puedo improvisar porque su mirada curiosa va del teclado a las letras -como cuando mira mis manos al tocar la guitarra, buscando las conexiones que yo creo haber encontrado-. Y, quizá, sugiriéndome alguna palabra cuando no sepa encontrarla.

Entonces y sólo entonces esa palabra sugerida será lo mejor del texto. Pues ahora sólo puedo ensayarlas, imaginar que las leo de sus labios. Pero entonces y sólo entonces mis manos las copiarán del aire, que no andará tan vacío como ahora. Porque, cuando las realidades se acompasen, escribir dejará de ser la única forma de vivir y vivir será la única forma de escribir.