miércoles, 1 de febrero de 2012

Todavía sigue siendo magia.

A I ván.

Como ya les conté, la semana pasada pude disfrutar de unos días de asueto en Alicante. Pues bien, uno de mis entretenimientos preferidos desde la infancia consiste en registrar una y otra vez cualquier cajón que se me cruce en el camino. Da igual que lo haya abierto mil veces, poco importa que conozca su contenido de memoria, porque de vez en cuando–cada vez menos- encuentro algo que creía perdido. En este caso, el protagonista del hallazgo fue un libro, pero no un libro cualquiera, sino uno de los libros que más he disfrutado. El título, Todo sobre fantasmas. ¡Qué más se puede pedir!

Todavía recuerdo perfectamente el día que lo compré, un atardecer nublado en plena feria del libro. Debía de tener unos doce años y andaba holgazaneando por la ciudad con mi amigo Iván. Cuando lo vimos, apilado junto a otros en un puesto tan idéntico a otro como todos los demás, no pudimos resistirnos. No teníamos dinero suficiente, así que nos tocó ir a nuestras respectivas casas a coger la cantidad precisa –no recuerdo cuántas pesetas- y bajar con el corazón en un puño, con el miedo galopando en las sienes por si alguien había adquirido milagrosamente los veinte ejemplares. Pero, contra todo pronóstico, ahí seguían, listos para forjar leyendas indelebles en nuestras breves existencias, así, sin pretensiones ni dramatismo.

No me lo creía cuando lo recuperé, al fondo del armario del escritorio, impecable, impoluto, como la Biblia que nunca tuve. En la portada, el título, una fila de monjes fantasmales y una somera enumeración de los temas tratados. El mundo se quedó en silencio. La ruidosa casa de mis padres se convirtió en la cripta de una catedral desierta y yo abrí mi libro como la primera vez, como cada vez que abro un cajón, o como cada vez que me despierto, con la absoluta certeza de que lo cotidiano esconde secretos maravillosos. Y así fue. Nada más volver la página, se me vinieron a la cabeza decenas de imágenes, cómo la tarde que compramos el libro, cuando nos sentamos en un banco a bucear en sus increíbles historias. Pero sobre todo aquella primera noche, cuando me quedé a solas con mi ejemplar en la habitación, con todo en silencio y empecé a revisar las fotos de los fantasmas, los relatos sobre casas encantadas o buques errantes y, más que nada, el capítulo titulado “Cazador de fantasmas”.

Ahora, con mi visión algo desengañada, miro con una mezcla de condescendencia y ternura en pretendido aspecto profesional de la publicación. Pero, en su momento, a pesar de identificarlo como un libro juvenil, por no decir infantil, todo aquello encajaba a las mil maravillas en mi realidad. Porque, aunque soy ateo de nacimiento y carezco por completo de conciencia religiosa, siempre me han fascinado las historias de fantasmas. No lo puedo evitar, va contra toda mi racionalidad y, desde luego, no quebranta mi escepticismo. Sin embargo me gustan, me resulta adictivo el cosquilleo del miedo en la nuca, o el escalofrío que primero hiela y luego reconforta. Será que aunque no crea en el más allá, el más acá me ha influido sin remedio. No es algo que oculte. En cierta forma, creo que hace juego con el resto de mis gustos frívolos, pero me quedo sin argumentos cuando alguien me señala lo incongruente de mi pasión: “Si no crees lo más mínimo, no puede tener gracia”. En esas ocasiones, replico que sí la tiene. Porque creo a muchas personas que dicen haber visto un fantasma, porque yo mismo lo he visto. Pero no creo en el fantasma, creo en los engaños del cerebro, en la sugestión, en esa increíble experiencia que transgrede las leyes de lo racional, como el amor, la ira o la poesía. Sólo por eso ya merece la pena.

Y sólo por eso, una tarde, poco después de comprar los libros, Iván y yo salimos a cazar fantasmas. En el capítulo al que me referí antes recomendaban una cámara con película de infrarrojos. A nosotros nos bastó mi vieja cámara y una lámina trasparente de plástico rojo y un montón de casas abandonadas en la playa de San Juan, fruto de planes parciales y expropiaciones múltiples. Cogimos dos bicis y recorrimos cada casa haciendo fotos, fotos que luego fueros rojas, fotos con nubes blancas que salían por las ventanas y se introducían por las puertas. Cuando las recogimos del revelado no podíamos creerlo. Habíamos fotografiado formaciones fantasmales. Ni se nos pasó por la cabeza que la lámina de plástico rojo delante del objetivo debía reflejar y deformar hasta el más mínimo rayo de luz. Y qué importa, si fue una de las tardes más increíbles que recuerdo, con el consiguiente debate, la posterior investigación y anotación de los resultados, ya documentados, en un cuaderno de campo. Aquello no tiene precio.

Así que, a día de hoy, seguiré investigando el mundo con esa misma mirada. Abriré todos los cajones que se me crucen en el camino y me entusiasmaré como entonces cuando las cosas parezcan salir bien. El mundo es cuestión de percepción y más en estos tiempos en que nos hipotecan la felicidad, en que los ladrones dan gracias a dios por su absolución y en que la justicia cree que puede seguir siéndolo sin mirar al pasado. Yo prefiero ilusionarme con lo más banal y no me importará descubrir la trampa años después, porque en su momento no fue un truco, y eso hace que todavía siga siendo magia.

miércoles, 25 de enero de 2012

El alma atragantada.

Hoy vuelvo a escribir sobre la misma mesa que más horas me ha visto escribir. También sobre el mismo teclado del mismo ordenador. Y me da miedo dar tanto poder a las cosas, creer que influyen sobre mi estado de ánimo, sobre mi creatividad –sea eso lo que sea-, o sobre mi agilidad de juntaletras. Aquí encima, en esta misma posición, rodeado de cientos de trastos acumulados durante la infancia y la adolescencia, escribí esa novela que no me atrevo a revisar. Pero también estudié, garabateé mis primeros poemas y dibujé con plastidecor casas en las que quería vivir de mayor. Ahora lo veo bien; esto es un santuario. Y perdonen si me pongo místico, pero los lugares son lo que en ellos se ha vivido. No digo que se impregnen de ningún tipo de energía psíquica, sino que las personas están inseparablemente unidas a sus entornos, y cuanto más íntimos, más profunda es la unión. Prestamos alma a lo inerte.

Por eso aquí se me viene la vida encima. No la vida que me queda, sino la que fue, que es la que importa, la que me hace ser quien soy, la que me ha traído hasta aquí de nuevo. Y vengo reconciliándome con todo como si lo palpase con los ojos, como si lo viese con la piel, o lo escuchase con la boca y saborease sus sonidos –el eco de las teclas sabe a café-. Nada ha cambiado prácticamente, y sin embargo yo soy distinto. Serán esos brotes de filósofo presocrático que de vez en cuando asaltan mi tranquila indiferencia, pues me vuelvo intenso, me pongo estupendo y escupo trascendencias, inmanencias y mudanzas. Se me atraganta el alma en la garganta para escapar de mi cuerpo cambiante y empadronarse en el mundo de las ideas. Allí Platón sortea pisos de protección oficial. Da igual la hipoteca, ¿qué son unos euros a cambio de ser la esencia de las demás cosas?

Pero yo trago saliva, cuando no café o whisky, y bajo el alma hasta su sitio-el alma vive en el estómago-. Se me rebela y carraspeo para amonestarla, o para hacerle cosquillas y que me sonría y se desarme ante mis zalamerías. Intento ligármela, me pongo seductor y platónico. Le explico que no tiene por qué aspirar a ser una idea de mí mismo, porque todavía está inconclusa. Se lo toma mal, me dice que ella me hace ser quien soy y que pasa de la experiencia. Yo la invito a una copa y le digo es inmanente y que puede aprovecharse de mí. Eso le gusta, me sigue el juego. Y yo lanzo los dados en forma de órdago. Le susurro al oído que el mundo de las ideas es nuestro, porque tenemos las palabras, que yo la necesito para que sean más que objetos y que ella me quiere para enseñarle lo material, para hacerla vibrar con los sentidos, para colmar de placer cada párrafo de mi vida. Para escribirla y hacerla eterna.

Mi alma no es la mía, pero se deja querer y yo la quiero. No la vendería; ya regalé la mía a quien me dio la suya.



miércoles, 18 de enero de 2012

Una agonía médica.

Cuando pienso cosas como la siguiente me siento un poco testigo de Jehová o un naturópata desquiciado: ¿Hasta qué punto la medicina va contra natura?¿Dónde está el límite entre el tratamiento y la agonía médica? No se alarmen, mi racionalismo está fuera de toda duda y, también en este caso, me alejo asqueado ante chamanismos y supersticiones estúpidas. Es más, suelo ser de la opinión de que el ser humano no puede crear nada que sea contra natura, porque hasta el más terrible veneno y la más agresiva radioactividad están compuestos de las mismas partículas que nosotros. Sólo es cuestión de orden.

Sin embargo, por motivos personales, en los últimos días he visto que también es una cuestión de uso. Me explico: sigo de acuerdo con la premisa de que todo lo humano es natural, por más químico y artificial que sea, pero no así su utilización. De hecho, en ciertas circunstancias, luchamos contra el orden de las cosas con un empeño suicida, hasta dejarnos la dignidad en el camino con tal de vencer nuestra suerte.

No se puede preservar la vida a toda costa.Tal vez les parezca incompatible con mis creencias racionales y seguramente me echen en cara un doble rasero, pero el tema es más complejo y va más allá de dobles y triples raseros, como si quieren ser cien. Es más, habrá tantos raseros como personas y casos concretos. Yo jamás me opondría a salvar la vida de una persona que, al recuperarse, pueda disfrutar plenamente de su existencia. Y, por ello, tampoco entenderé esa obcecación maliciosa por mantener un corazón latiendo cuando el resto de la persona ha dejado de latir. Somos mucho más que una maquina. Digan lo que digan y lo llamen como lo llamen, tenemos alma. No creo que sea algo trascendente, pero sé que mientras vivimos existe y que, cuando el alma muere, el cuerpo sólo es un montón de carne. Prefiero no pensar en la cantidad de cuerpos sin alma que siguen funcionando, aunque sólo sea como entidades materiales, como una planta, o aún menos.

Y luego están los familiares y el egoísmo, cosa que puedo entender. La pérdida de un ser querido es el trance más doloroso por el que puede pasar una persona. Porque los demás son parte de nosotros mismos. El problema viene cuando no podemos asumir que seguirán siéndolo, en nuestros recuerdos y en aquello que aprendimos de ellos, o cuando necesitamos aferrarnos a una imagen tangible, una imagen que no tiene nada que ver con la que rememoramos y que terminará por sustituirla. Una imagen grotesca y desconcertante.

Creo en el derecho a la vida sobre cualquier otra cosa, y en consecuencia creo en el derecho a la muerte. La vida de un hombre sólo le pertenece a él y sólo él debe decidir cuándo poner el punto y final. Sin embargo, son muchos los casos en los que el enfermo no puede decidir por sí mismo y entonces deberá ser la familia y los médicos quienes se armen de valor y de sentido común. De lo contrario habrán salvado un cuerpo, pero no habrán devuelto la vida a nadie, porque la muerte es parte de la vida. La medicina nos ayuda a esquivar el final mientras queramos y podamos, pero no a costa de crear una ilusión de vivir. O una vida en la que preferiríamos estar muertos.

miércoles, 4 de enero de 2012

Algo más cierto que la propia verdad.

Después de cuatro meses sin ver el mar, lo encontré enorme. Yo lo recordaba más pequeño, menos desértico, más profundo. Pero estaba aplastado, liso, asténico, si eso es posible. Parecía que le hubieran quitado las burbujas que lo hacen hervir, o las rocas a las que tiene que adaptarse a golpe de ola y hasta las corrientes que lo tejen en franjas de distintos azules. No sé qué le encontré, que lo miré con ojos de extraño después de toda una vida juntos. Anduve buscando esa mueca de espuma que siempre reconocía, o aquella curva de cadera en su orilla, o la lengua de agua trasparente sobre la arena que viene, limpia y se va, que borra las huellas una y otra vez. Y no estaba.

Algo desconcertado miré al cielo -que es lo que hacen los humanos cuando no saben explicar las cosas- y vi un lienzo de nubes perfectamente recortado y delimitado. Me pareció el borde de un blando edredón nórdico. Si hubiera sido lo suficientemente alto, habría intentado tirar de él y cubrirme, o echarlo al mar, a ver si se convertía en temporal. Todo muy extraño, muy ajeno. Pensé que sería debido a aquello que dicen de tomar distancia para ver las cosas con perspectiva. Y no hay mayor distancia que la del tiempo. Cinco minutos son mucho más que cinco metros, pero yo siempre he preferido la cercanía, hasta de lo malo, quizás para poder controlarlo, o al menos intentarlo.

Será por eso que me sentí extraño en mi tierra, o mejor; que sentí mi tierra extraña. Caminé unos pasos por la orilla. Me descalcé para reconocerla con el tacto, casi como dos amantes ciegos que se saben de memoria. Encontré la arena fría y mojada y paseé por la orilla sin rumbo definido. Cuando empecé a sentir más frío de la cuenta, di la vuelta y, sin previo aviso, todo volvió a ser como siempre. La arena de la orilla no tiene memoria. Mis pasos habían desaparecido y, una vez más, me vi en mitad de la playa sin un solo indicio de cómo había llegado hasta allí.

No existía el pasado. No existía ningún recorrido, como si hubiese llegado volando, como si hubiese caminado sobre el mar plomizo y plano de aquel día. De pronto, una ráfaga de viento y una ola inadvertidas habían bajado el telón de la irrealidad y habían disuelto mis días de ausencia. Volví entonces sobre mis pasos borrados, sintiendo que ya no me pertenecían, y pensando que la memoria tiene esas cosas. Nuestra realidad es cambiante y los recuerdos la reflejan en sus miles de combinaciones, hasta el punto de distorsionar la verdad para convertirla en algo aun más cierto. Por eso, al ver sólo una cara más, un momento detenido en un día cualquiera, la imagen no concuerda y la memoria parece falsa.

Tan sólo hay que esperar un tiempo, dejar que corra el día para que la luz ilumine de otra forma, o las olas rompan de una manera determinada, o el viento sople de donde toca, o que ella vaya de mi mano. Entonces nuestro pasado se pondrá en marcha y empezaremos a relacionar matices con otros del presente. Aunque sean momentos distintos, sentiremos que el mundo late de nuevo con nosotros. Porque el devenir, por sí sólo, sin conexiones previas, es magia; magia sin trucos. Un decorado que no sabemos explicar, o una explicación que solemos decorar.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Dioses de carne y hueso.

Si no fuese un frívolo declarado, no me gustarían las Navidades. Y si no fuera un ateo de nacimiento, tampoco. Porque mucha gente no se da cuenta, pero todos participamos de esta nueva religión que es el consumismo. Ya sé que no descubro América, que no es nada nuevo, que es un tema recurrente y moralista hasta la náusea, pero yo no voy por ese camino. A mí la moralidad me da igual, porque participo del circo conscientemente y lo seguiré haciendo, pase lo que pase. Sería inútil erigirse en contra de tanto ornamento y exceso. Y no lo digo por aquella excusa repugnante de que una sola persona no puede cambiar el mundo, porque es mentira. Lo digo más bien porque me entretiene el despliegue, incluso me reconforta de un modo perverso y nada cristiano.

Si hablo de cristianismo es porque celebramos el nacimiento de Jesús, pero, claro, desde entonces han pasado muchas cosas. Ahora ya no se reza, pero tampoco es tan distinto. Se memorizan eslóganes publicitarios, los villancicos son canciones de anuncios de turrón, cava y juguetes y hemos sustituido los éxtasis místicos por anuncios de perfume –casi imposibles de diferenciar-. Las vidrieras y retablos con cuadros de apóstoles se han cambiado convenientemente por enormes carteles con mujeres desnudas cubiertas por capas rojas y gorros de Papá Noël. Y, por si fuera poco, ya no hay que echar a los mercaderes de ningún templo, porque ahora el templo por excelencia es suyo y se llama Centro Comercial.

Si se fijan, podrán comprobar cómo la arquitectura de los centros comerciales se acerca cada vez más a la de las antiguas catedrales. Ya no son esos edificios de pasillos retorcidos, confusas escaleras mecánicas y pequeñas tiendas apretujadas. Ahora tenemos interminables naves coronadas por bóvedas de cristal y alturas libres de decenas de metros. Si uno no ve a Dios comprando en Zara es porque no quiere.

Y tal vez les parezca retorcido, pero reconozco que me alegra el buen funcionamiento de toda esta maquinaria de propaganda e impostura. Me alegra que casi nadie se acuerde del motivo real de esta celebración. Los que me conocen saben que considero a la religión como una fuente de problemas, un motivo de discriminación, de guerras estúpidas, una forma de engañar a las personas para que aplacen sus sueños y anhelos hasta después de la muerte. También una excusa para convertir a la sociedad en rebaño y para ganar dinero a costa de la espiritualidad de los semejantes. Aunque también aprecio su carga histórica, su importancia en cada aspecto de nuestra sociedad actual y el consuelo del que ha provisto a muchas personas sin otra opción, o el arte y las buenas acciones hechas en nombre del dios de turno.

Por eso, el motivo de mi alegría no nace del desprecio o la manía hacia la religión, sino a la sospecha de que se ha sustituido por algo más sano que un señor crucificado y unos cuantos consejos represivos. Se ha sustituido por la familia y los amigos, o, más bien, por celebrar el simple hecho de estar vivo y de que quienes te importan también lo estén. Se ha sustituido por todos esos dioses de carne y hueso que hablan con nosotros y se preocupan sinceramente. Por todos los que comparten nuestros deseos, deseos sencillos, banales, prosaicos. Grandiosos deseos humanos que hacen pequeños los divinos.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Interiorismo psicopático.


Llegaron al barrio sin hacer mucho ruido, gracias al cloroformo, claro. Eran dos jóvenes, hombre y mujer, solteros y, ahora, residentes en Madrid. No se podía decir que tuvieran nada más allá de la amistad, pero sí que disfrutaban haciendo cosas juntos. Sobre todo una: su afición común, la pasión los definía como enfermos mentales. La psicopatía. Disfrutaban planeando el asesinato, investigando el lugar del crimen, valorando las variables que podían ponerlos en peligro y, finalmente, ejecutando a la víctima de la forma más compartida posible.

La última ocasión no fue una excepción. Se apostaron durante días en una azotea desde la cual se podían observar decenas de ventanas anónimas que pronto dejaron de serlo. La zona les había seducido desde el principio. Un sitio tranquilo, una calle sin demasiado tráfico, un lugar céntrico, con todos los servicios posibles y bien comunicado. Quizás demasiado cara para alquilar o comprar, pero eso no era ningún impedimento para nuestros nuevos vecinos. De hecho, tuvieron más suerte de la esperada, ya que la ventana más indiscreta de Madrid les proporcionó la víctima perfecta.


No había cortinas que impidieran la vigilancia de aquel anciano marchito que caminaba desnudo ante el televisor. Lo vieron tumbarse una y otra vez en el sofá de cuero negro, lo vieron intentar dormir noche tras noche y no conseguirlo nunca. Lo vieron sin ir a trabajar, sin apenas salir de casa, sin recibir llamadas de teléfono, o la más mínima visita. Pronto lo tuvieron claro y, al día siguiente, cloroformo mediante, llamaron a la puerta, lo durmieron y lo apuñalaron en el corazón con el mismo puñal, la mano de él sobre la mano de ella. No hubo gritos –no convenían-, tampoco hizo falta repetir la herida. Con una bastó. La respiración se extinguió y un corriente de sangre caliente fluyó sobre la piel pálida de su nuevo casero.

Él se empeñó en disecarlo. Había trabajado desde pequeño ayudando a su padre en el taller de taxidermia y sabía cómo hacer las cosas. A ella no le hizo gracia la ocurrencia, prefería cortarle las orejas, como siempre había hecho, y cenárselas a la plancha, pero respetaba el capricho. Al fin y al cabo, él le había dado el gusto muchas veces. Así pues, aquella misma tarde salieron a comprar los productos necesarios y también algo de champú y comida en buen estado –su casero sólo comía yogures caducados, según pudieron ver-. El paseo por López de Hoyos, una calle muy comercial y bulliciosa, les resultó agradable. Él anonimato allí era sencillo: mucha gente, mucho rostro distinto y de diferentes razas y edades. Cada vez se sentían más cómodos.

-Oye, ¿no crees que deberíamos de comprar unas cortinas?
-¿Por qué? Mejor así, que piensen que no tenemos nada que ocultar. Es más, estoy pensando que dentro de nada es Navidad y creo que deberíamos llenar la casa de luces y adornos, pero que se vean bien desde la calle y desde las otras casas.
-¿ Y para qué narices quieres llenar el piso de porquerías?
- Es sencillo: nadie que tenga un árbol de navidad gigante mataría a otro ser humano.

Y así lo hicieron. Compraron cientos de luces multicolores, decenas de bolas brillantes y kilómetros de espumillón.


En cuanto llegaron a casa, mientras ella ponía el árbol, él se dedicó a las laboriosas tareas de disecación del anciano. Estaba muy contento con el trabajo, se sentía un artista. Tanto era así que decidió tomarse la licencia de elegir una postura para el cadáver; con los brazos extendidos y las manos en forma de ganchos, para poder colgar los abrigos. El resultado fue verdaderamente satisfactorio y pronto estuvo terminado y listo para usarse en su lugar de honor, un rincón del recibidor.

Por las noches, la iluminación navideña hiere a la oscuridad como una cuchilla de felicidad excesiva. Estoy convencido de que, si los Reyes Magos pudieran verla, pasarían olímpicamente de  la estrella de Belén y terminarían en el piso de enfrente, disecados y sin orejas que sujeten sus coronas. A día de hoy, la pareja convive tranquila. No ha llamado ningún familiar y nadie ha echado de menos al casero disecado. Ellos hacen vida normal de cara al público, con sus semblantes iluminados por colores intermitentes. Y debieron de cogerle el gusto a la parafernalia navideña, porque durante unos breves instantes, al abrir la puerta del salón, puede verse una figura hierática desnuda, con los brazos extendidos  y cubierta de espumillón y luces que se apagan y se encienden, se apagan y se encienden, se apagan y se encienden…


Felices fiestas, queridos lectores.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Pornografía democrática.

Miedo me da ver lo bien que se llevan ahora Rajoy y Zapatero, sobre todo con sus antecedentes de pareja conflictiva a lo Pimpinela. Resulta que, de un día para otro, el del PP gana las elecciones y el del PSOE se retira de la vida política y todo parece solucionado. Uno dice que las relaciones son fluidas y cordiales, el otro que hablan todos los días y otros tantos llegan a pronunciar la palabra “amistad” –toma ya-. Visto el panorama, quien escribe ya se imagina un: “cuelga tú; no, cuelga tú; no, cuelga tú; no, a la de tres colgamos los dos”. Por no hablar del paso de los reproches más salvajes de antaño a los actuales: “No, Mariano, no te pienso besar hasta que te afeites la barba, que me pinchas”.

Si hasta se tuvo que interponer Bono el día de la Constitución para cortar el flirteo institucional. Luego reprendió a todo el mundo; se le veía incómodo, aunque es persona aficionada a las notas de sociedad y a las portadas de Hola y también a Dios y a Marx, pero eso ya es otra historia. Porque el tema que nos ocupa se desarrolla en este preciso instante, en este teclear o en aquel dormitar de siesta. Sí, como lo oyen, ahora mismo Mariano está llamando a José Luis. Tiene miedo, se siente inseguro –“si lo llego a saber, no gano las elecciones”-. Sabe que, tarde o temprano, los españoles se preguntarán dónde se ha metido desde que salió al balcón genovés. Pobre hombre, él que se creía ganador de un sorteo de viviendas de protección oficial, ahora se da cuenta de que la Moncloa es un marrón y que no sólo hereda deudas, sino también el discurso que tanto criticó a Zapatero, el de la colaboración de la oposición. Por eso, a pesar de las buenas relaciones, el gallego no duerme bien. ¿Y si los socialistas, en lugar de colaborar, le hacen la misma oposición obstruccionista y verdulera que a él le dio tantas alegrías? No, José Luis no le haría eso, pero ¿y Rubalcaba?

Así que, ante la duda, sigue escondido. Y no dice nada, ni siquiera quiénes serán los ministros, seguramente porque ya nadie lo quiere ser. Con todo lo que lo habían jaleado, tendrá que recurrir a los trepas de siempre y olvidarse de los intelectuales salvadores de la patria. ¿Qué más da? Si, pase lo que pasé, se hará lo que diga Alemania, que para eso mandan. Aunque Rajoy es consciente de que prometió un mayor peso de España en Europa, y ya se ha puesto manos a la obra. Sin ir más lejos, hace poco recibió en su búnker de la calle Génova al viceprimer ministro británico, a quien puso al tanto de la distribución de los partidos en el Congreso de los Diputados. “Está Amaiur”, dijo consternado. El inglés, a su vez, puso cara de póker, porque no tenía ni idea de quienes eran los que tanto trastornaban al popular. “Los de ETA”, puntualizó Rajoy, haciendo gala de una diplomacia que, cuanto menos, nos asegura futuros momentos de diversión. Y, siendo justos, tampoco se le puede echar en cara el comportamiento. Ya dijo que no pensaba hablar con estos vascos en concreto. Se ve que, aunque tengan más votos que el PNV, es más cómodo hacer cómo que no existen.

Sea como fuere, y por obsceno que parezca, me entretiene nuestra política. Es digna del sentido del humor más irónico y sofisticado, aunque a veces raye en el cinismo. Acabamos de salir de un gobierno de izquierdas que llevó a cabo políticas de derechas, que dio más dinero que cualquier otro a la Iglesia Católica, un gobierno presidido por el único partido socialista monárquico del mundo. ¿Dónde sino en España? En nuestro querido país, donde se subvenciona la educación privada con dinero público, dónde la medicina pública se lleva a cabo en centros privados, donde los partidos no valen lo que sus votos y donde Zapatero defenderá las políticas de Rajoy en la próxima cumbre de la UE. Spain is different, vaya que sí. Gracias a ello, hemos conseguido un nuevo hito en la historia. Lo compartiré con ustedes, pero sean discretos con la primicia: Hasta que Mariano forme nuevo gobierno el 22 de diciembre, nuestro país será la única monarquía anárquica de derechas de la historia.