martes, 25 de agosto de 2009

Las cajas.

Querido lector, si ahora alza usted la mirada de la pantalla, es muy probable que tenga alguna caja a la vista. También es muy probable que jamás se haya parado a reflexionar sobre algo tan aparentemente cotidiano, pero es que yo tengo mucho tiempo libre y ya no me apetece mirarme al espejo tanto como años atrás.

El concepto de la caja es algo que va más allá de su propia definición, algo mucho más profundo que un continente para guardar algo indeterminado. Una caja es un espacio lleno de vacío, lo que resulta bastante inquietante. Y por ello nos vemos impelidos a llenarlo con cualquier objeto que tengamos a mano. Además, nos convenceremos de que esa caja concreta ha sido diseñada precisamente para tal uso.

Esta estrechez de miras es la que hace que yo no pueda guardar mi guitarra en un gigantesco ataúd negro forrando de satén blanco, cosa que me fastidia sobremanera. Con el toque de clase y distinción que daría al salón de mi casa, por no hablar de lo encantado que estaría al responder preguntas a las siempre interrogantes visitas.

-Dios mío- diría una guapa invitada con los ojos (preciosos ojos) muy abiertos- Eso… Eso es un ataúd.
- No, es la funda de mi guitarra- respondería yo cargado de razón.
- Qué no, de verdad –insistiría ella inquieta- Eso es para guardar muertos.
- Querida –reiría yo, condescendiente-, cuando saque la guitarra y empiece a cantar, querrás estar muerta.

Y es que siempre he sido muy considerado con las visitas y su comodidad es una obsesión para mí. Así pues, no puedo más que ceder a su gusto por guardar muertos en ataúdes y guitarras en fundas de guitarras. Porque al fin y al cabo y aunque no me guste reconocerlo yo también actúo así. Elijo la caja adecuada para la cosa adecuada, unas veces por instinto y otras por aburrida practicidad. Aun así, la verdadera misión de estos objetos es servir de custodio de todo lo que no queremos ver, o de lo que no queremos que vean. Son más un escondite que una protección. No protegen tanto las cosas como nos protegen a nosotros de ellas.

Por supuesto, hay distintos tipos de cajas, pero las más terribles son las cajas de cartón. No me sirven las cajas de mudanza, ni los embalajes de los electrodomésticos. Esas sólo son abrigos temporales, pero no ocultan nada a nuestra vista. Únicamente lo preservan el lapso determinado. Las cajas de cartón parecen inocuas, pero la cosa cambia cuando se utilizan para olvidar. Y es que estas cajas siniestras suelen guardar recuerdos que queremos alejar de nosotros, al menos por un tiempo.

En esas ocasiones, nos convencemos de que la desaparición de todos los recuerdos físicos que pertenecían a una persona querida atenuará los recuerdos de la memoria. Entonces, con una frialdad pasmosa o con un llanto entrecortado por la tarea, guardamos cada cosa de forma que encaje en el interior, con cuidado, con reverencia casi. Con la firme intención de que descansen lo mejor posible y se adormezcan en su sepultura injusta e inútil. Pues la sola visión de las cajas nos llenará la cabeza de las imágenes repudiadas.

En el otro lado estarían las cajas cuyo contenido ignoramos. Todos hemos sentido los nervios y la incontestable curiosidad ante la posibilidad –a veces furtiva- de abrir una caja desconocida. El morbo y tentación de conocer el secreto que encierra, además de la posibilidad de ser descubiertos, acrecienta aun más la excitación de nuestro ánimo de cazatesoros de andar por casa.
A veces, no hay nada que valga la pena, o que nosotros sepamos apreciar. Pero el desconcierto más punzante es el que sobreviene al encontrar la caja vacía –llena de nada- porque supone ir en contra de la naturaleza de una caja. Sin embargo, normalmente nuestros dedos rescatan pequeños objetos sin valor aparente y cargados con todo el valor de lo personal.

Por ejemplo, aquella vieja caja de nuestra abuela, llena de fotos que tal vez ya no quiera ver, porque no quiere verse. Suele ser una caja repleta de rostros jóvenes, cuyo futuro se ha ido amontonando hasta hacerse pasado. Y ese pasado se ha hecho recuerdo y, como es costumbre, ese recuerdo ha sido privado de luz y oxígeno para intentar adormecerlo –todas las cajas son ataúdes-.

Y sin embargo seguirá sonriéndonos cuando abramos la tapa.

martes, 18 de agosto de 2009

Razones para escribir: Vidas que no he vivido.

Hace dos o tres semanas, publiqué un artículo titulado "Nostalgia". No era nada excesivamente extraño ni retorcido. Sin embargo, en los comentarios, una lectora me preguntaba la razón por la cual escribo. En aquel momento le respondí que escribo porque es lo único que sé hacer sin caerme de ningún sitio. Y porque lo necesito. Pero se me olvidó remitirla a otro artículo en el que se abordaban en profundidad las motivaciones más determinantes.

Supongo que mi querida lectora -en verdad es querida- no leyó "Cosas que no vienen a cuento", pues en aquel sí se daban razones y se reflexionaba con cierta intensidad sobre el tema. Pero, por si me equivoco y se da el caso de que leyó el artículo referido y, aun así, le quedaron dudas, he rebuscado en el cajón de los textos breves.

Allí, entre un montón de archivos de word, había un pequeño escrito en el que, por primera vez, tuve la necesidad de explicar por qué hago lo que hago. No se trata de una cuestión de "ego de artista" -que también-, sino de una autojustificación, de una manera de convencerme de que hay una razón para gastar mi tiempo tecleando o garabateando letras en una superficie limpia, vacía y blanca.


Vidas que no he vivido


Resulta muy curioso el uso que hacemos de los sentimientos. Durante mucho tiempo, pensé que eran ellos los que hacían uso de nosotros. Pero he llegado a la conclusión de que somos tan hipócritas y de que tenemos una capacidad tan asombrosa de engañarnos a nosotros mismos, que de manera inconsciente utilizamos nuestros propios sueños o temores. Dependiendo del estado de ánimo que tengamos, buscamos en la memoria retazos de vida pasada que ayude a reafirmar nuestra posición. Esto se da con mayor incidencia en los casos de desamor. Siempre estaremos recordando tal o cual momento en el que se quebró nuestro corazón. El recordar esas vivencias hará que nos revolquemos en nuestra propia autocompasión, hasta creer que somos objeto de un misterioso complot del amor -que además debe de ser una horterada-. Sin embargo, hay muchos más ejemplos de la utilización interesada de sentimientos. Cuando estamos tremendamente alegres, nos atiborramos de sensaciones placenteras para conseguir mantener el chute de serotonina.

Quizás yo sea culpable de utilización ilícita de sentimientos y sensaciones. No sólo por hacer uso de ellos, sino por obtener beneficios. Utilizo mis sentimientos, mis recuerdos. Los desmadejo, los exprimo, los rebobino y los ordeño hasta dejarlos carentes de sentido. Hasta ser incapaz de distinguir lo que rememoro de lo que imagino. Después, con premeditación y alevosía, cojo todo el zumo y lo derramo sobre papeles vacíos y expectantes. Ellos me miran mientras el líquido de emociones los empapa. Primero forma una mancha uniforme que amenaza con hacer pulpa la hoja. Después, muy poquito a poco, el líquido se evapora dejando sólo algunas marcas. Cuando ya se ha secado por completo, lo tomo en mi mano. Ha adquirido más consistencia que antes de arrojarle el contenido de mi historia. Lo acaricio entre el índice y el pulgar y lo acerco a mis ojos para mirar las marcas más de cerca. Son miles de letras, cientos de palabras, decenas de frases agrupadas para contar una historia que me pertenece, pero que jamás reconoceré haber vivido.

Por eso me siento indigno de mis recuerdos. Por eso trato de abarcar todo el acontecer; de aprehenderlo y hacerlo especial. Necesito grabar cada sensación en mi mente porque desconozco si servirá para dar vida a alguien que no existe más que dentro de mi. Alguien que vive al lado de esos retales de vida, pero que jamás accedería a ellos, si yo no abriera la puerta. Ese alguien se convierte en muchos más y cada uno de ellos se apropia de mis recuerdos y los usa para ser mejor que yo. Los utiliza para hacer las cosas que yo no me atreví. Los atesora para permitirme vivir todas las vidas que no he vivido.

martes, 11 de agosto de 2009

El tipo de los escenarios.

Hoy me van a tener que perdonar, pues quizás venga en exceso filosófico, o tal vez apesadumbrado, que viene a ser lo mismo. Intentaré no ser aburrido ni profundo ni excesivo en nada de lo que diga. De hecho, intentaré ser vulgar porque he visto que mis intentos de ser extraordinario han sido, cuanto menos, insuficientes.

Sólo quería hablarles y de manera muy breve de “las localizaciones de nuestra vida”. Al igual que los actores en el cine, nosotros mismos nos movemos a través de una serie de escenarios que nos son más o menos familiares, pero a los que no solemos prestar gran atención. Sin embargo, en mi costumbre de tomar el tedio por entretenimiento, he intentado fijarme en todos los detalles que nos dejamos olvidados. Bajo los pies, tras alguna esquina o quizás frente a nuestros ojos, o rozándolos con las yemas de los dedos.

En esta tarea de hombre ocioso, me he entretenido en observar la eficiencia del tipo que diseña los escenarios. Es una persona laboriosa, casi científica en su proceder, que no obstante suele guardar un punto de humor negro. A veces es simplemente poético, como en el caso de poner una clínica de reproducción asistida lindando con un prostíbulo.

Pero, dejando de lado las casualidades sospechosas, hay que reconocer que de vez en cuando sabe hacer bien las cosas. Por ejemplo: ¿Qué hacer cuando te encuentras con un torrente contenido de sentimientos y eres capaz de decirlos como si no te importase lo más mínimo? Podemos pensar que el tipo en cuestión dejaría que la propia sordidez y contención del momento sirviese de attrezzo, pero no. Resulta que ese día anda inspirado y hace uso de sus poderes infinitos para construir una tormenta sobre el mar, que roza la punta de los dedos.

Todo se electrifica, como las miradas torpes de los personajes. Los sentimientos que se dicen con una mezcla de cinismo y derrota se agolpan en los ojos. Se pueden intuir unas lágrimas que nunca aflorarán. Mientras tanto, la tormenta del tipo permanece quieta, igual de extrañamente contenida, sin una gota, con sus relámpagos lejanos flotando sobre el mar. No puede percibirse siquiera un trueno. Su voz es queda, derrotada, toda la fuerza de la tormenta explota con discreción. Apenas se percibe. Jamás pensé en una tormenta cabizbaja. Pero tampoco en un hombre mirando su reflejo en el cielo. Y no el reflejo físico, sino el reflejo de su actitud.

Después ambos desaparecen también sin hacer ruido. Justo tras haber estallado sin parecerlo. Tras haberse quebrado sin llegar a partirse. Y luego, la calma. Una calma falsa y poco reconfortante, una calma sin verdadera tempestad. Y por dentro todo tirante, como antes. Entonces el tipo se siente realizado. Mira su trabajo aun destellando en el cielo y más tarde echa un vistazo a tu alma –porque es así de chulo- y ríe a carcajadas en cada enorme ola del mar, que ya no roza la punta de los dedos.

Esta historia era para presentarles al tipo que hace lo que ven a su alrededor. Yo una vez lo fui, hice ese trabajo mientras escribía una pequeña novela que pretendía ser un regalo. Hice de tipo de los escenarios y no fui benévolo tampoco. Fui paradójico también. Fui cínico, quise ser gracioso; fui cruel, quise ser poético; fui excesivo porque quise ser realista.

Y es que el tipo de los escenarios, aparte de ser un cachondo, es un exagerado con muy poco sentido de la mesura. Y le da igual que no te fijes más que de vez en cuando. Pero le importa que un tanatorio se llame La siempreviva. Y le importa porque es su trabajo y porque tal vez esa sea la única manera que tiene de reír, de emocionarse o de fastidiar a la gente. Si nos fijamos –en nuestros propios recuerdos-, veremos que se ocupa de nosotros. Da verosimilitud con sus exageraciones a este teatro constante que vivimos. Y, desde luego, no es Dios. Ni tampoco el destino. Si acaso, un decorador.

martes, 4 de agosto de 2009

La casa abandonada.

Desde mi infancia más temprana he sentido una poderosa atracción por las casas abandonadas. Una atracción carente de toda lógica y dominada por una fascinación casi enfermiza, como todas las fascinaciones que merecen la pena. No en vano, cerca del chalé de mis abuelos –al que ya me referí en artículos anteriores- había numerosas viviendas, cuyos habitantes habían desaparecido, dejando ecos apagados.

Aquel era un sitio salvaje, salvaje según el modo de vida actual, un sitio donde las puertas de las casas se dejaban abiertas y las calles carecían de asfalto y se debatían en una débil frontera con los descampados. Todos ellos sembrados de arbustos secos copados de caracoles. El sol era amarillo y penetraba en el suelo, dejando la tierra caliente horas después del ocaso.

En ese sitio salvaje ya existían muchos edificios de apartamentos, pero nada que ver con los modernos monstruos revestidos de monocapa blanco. Abundaban los pequeños edificios de cuatro alturas, cuyas ventanas eran más bien puertas de terrazas que rodeaban todo el apartamento. Solían estar construidos de ladrillo claro y la ausencia de ascensor era una de sus señas de identidad.

Sin embargo, no lejos de estos pequeños núcleos de vida, existía y existe lo que fue un espléndido chalé. Para mí siempre fue La casa abandonada, así, con el artículo determinado, como si no pudiera existir otra porque ella es mi referente del concepto. En el centro de una gran parcela, frente a la cual crecen enormes pinos que rodean una piscina de formas circulares, se levantó una bonita casa de una planta, de diseño moderno y gran calidad de materiales.

Yo ya la conocí vacía –llevaba así desde finales de los 60-. Con ese sol amarillo entrando por las ventanas sin cristales como una cuchilla de luz. Recuerdo mis pies sobre el rectángulo perfecto que se formaba en el suelo y me recuerdo a mí mismo, diminuto en la inmensidad de la gran sala, internándome en las distintas dependencias con un escalofrío permanente recorriéndome la espalda.

No podía evitar imaginar cómo habría sido aquel chalé en sus años de esplendor. Podía ver el salón decorado con muebles de diseño de formas rectas y vanguardistas para su época. Casi escuchaba los gritos de los niños en la piscina –ahora llena de basura y extrañamente profunda- y no me costaba dibujar en mi cabeza a unos padres, tomando el aperitivo bajo los inmensos pinos, sobre un empedrado cuidadosamente trabajado y con una tranquila sonrisa en los labios.

Sin embargo, después de tanto almíbar, tenía que llegar el drama. Y era entonces cuando imaginaba la gran tragedia que había dejado aquel lugar ya no deshabitado, sino abandonado –sólo se abandona a un ser consciente de su abandono-. Me sentaba en el borde de la piscina con los pies colgando sobre los escombros del fondo y veía a al hijo del matrimonio resbalando mientras saludaba a sus felices padres. Su cabeza se estrellaba sin remedio contra una de las aristas de la piedra en la que yo me había sentado. El cuerpo del pequeño se quebraba en una de esas posturas que sólo tienen los cuerpos y no las personas.

Tal vez un hilo de sangre había fluido hasta las aguas, aun agitadas, y se había diluido en el azul, tornando rojas las irisaciones que la luz trazaba sobre los azulejos. La cara de la madre se transformaba, mientras su mano seguía saludando en una inercia inconsciente de lo que ya sabían los ojos. Fue el padre el primero en levantarse y recorrer los pocos metros que lo separaban de la piscina. Se arrodilló junto al cuerpo, lacerándose las rodillas y uniendo su sangre con la de su hijo. A los pocos segundos llegaba la madre, histérica, fuera de sí, exigiéndole a su marido que salvase la vida del niño. Quizás incluso pegándole en la espalda con unos puños sin fuerza y perdiendo la voz en favor del llanto.

Pero el padre no reaccionaba. No había nada que hacer más allá de sostener el cuerpo vacío. La mancha de sangre se había extendido silenciosa dentro del agua fresca. Y las habitaciones de la casa y el jardín entero se habían impregnado del momento terrible. Desde entonces, las paredes parecían enlucidas de una emulsión fotográfica que sólo recordaba lo acontecido aquel día de verano.

Por eso el matrimonio no pudo seguir más allí. Y no quiso saber nada del precioso chalé que abandonaron en la costa mediterránea. La casa perdió su función, fue deshabitada y, por tanto, despojada de los únicos que pueden darle vida. Pasaron los años y la intimidad de las habitaciones impolutas fue violada. Sufrió el saqueo y el vandalismo y nada consiguió empañar el esplendor vivido. Por lo menos yo lo veía, mientras me sentía como una fantasma del futuro en un tiempo pasado, viendo la escena sin ser visto. Y viendo la casa como ella desearía ser vista.

Las casas abandonadas son folios en blanco. Pero folios prestados que, mirados al trasluz, cuentan historias mejores que las que podríamos escribir.

martes, 28 de julio de 2009

Nostalgia.

Hace ya más años de los que me gusta reconocer, en primero de carrera, un profesor nefasto introdujo una pizca de luz en mi vida. Entre su continua perorata mesiánica, se colaban casi de costado algunas referencias etimológicas ciertamente interesantes. Supongo que la mayoría eran inventadas sobre la marcha, pero de todas formas me quedé con el significado de “nostalgia”, que según Su Santidad Complutense venía a significar “lo álgido ausente”. Es decir, el dorado pasado que no se puede recuperar*.

Y es que los seres humanos de las culturas “desarrolladas” tenemos la manía de vivir el pasado en presente. Estamos continuamente anhelando los momentos que pasaron inadvertidos al ser vividos y olvidamos todo lo malo que entonces servía de contexto. Es más, olvidamos que, mientras vivíamos aquellos instantes añorados, echábamos de menos otros anteriores, más gloriosos si cabe.

Esto vendría a evidenciar que el ser humano es un ser en permanente decepción con el devenir más inmediato y que, al mismo tiempo, resulta ser muy condescendiente con un pasado que tampoco merece más distinción que el mismo presente. Pero ¿qué hace tan deseable el pasado? Nada más que su calidad de irrecuperable.

Es por ello que al final son cuatro gatos los que depositan sus esperanzas en un futuro maravilloso y menos aun los que, como tantas veces he animado, disfrutan del presente que fluye vivo entre nuestras conversaciones. Al principio creí que sólo los poetas amargados idealizaban el pasado, tal vez porque yo era un poeta –nunca llegué a serlo- amargado que vivía de un pasado idealizado. Pero luego me di cuenta de que la nostalgia no afectaba sólo a los bohemios insomnes, ni siquiera a los que actuábamos obedeciendo a una pose.

Descubrí que la mayoría de la gente tenía el pasado idealizado casi en su totalidad, salvo los instantes traumáticos, que responden a otro tipo de idealización. Y al tiempo descubrí que esta actitud suponía un problema mucho más grave de lo que podría parecer a simple vista. El problema es que ningún futuro, por muy prometedor que sea, puede luchar contra el espejismo de un pasado adornado por la nostalgia.

Hace unas semanas, publicaba en este mismo blog un artículo titulado Recuerdos inventados, en el que, con ironía, citaba cierto estudio científico que aseguraba que el cerebro cubría motu proprio las lagunas de la memoria. No me cabe la menor duda de que el cerebro está haciendo de las suyas con nuestros recuerdos. Porque aquel presente que se nos antojaba más o menos dulce y sólo comparable al actual nos aborda adornado con un velo de romanticismo que parece una estratagema para el desaliento.

Por supuesto que estoy generalizando y me estoy equivocando con todos aquellos que vivieron un duro pasado, que no añoran en absoluto y tratan de olvidar. Sin embargo, este hecho, lejos de anular mi razonamiento, viene a decir que sólo las personas que han sido infelices en el pasado son capaces de poner toda su esperanza en el futuro. Por tanto, los que lo hemos tenido todo más o menos fácil, los que no borraríamos un recuerdo de nuestra existencia, estamos condenados a vivir el presente con hastío y el futuro con desconfianza.

Tal vez sea hora de huir de las brumas del pasado y entregarnos a la vida sin más reservas. Sería muy triste que nos preguntasen “¿Qué quieres hacer en el futuro?” Y sólo se nos ocurriese responder “Lo que hice en el pasado”.

(Hasta la rutina debería ser sorprendente)



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* Como era de esperar, la etimología de tan insigne charlatán no era correcta. Pero me venía mejor para el comienzo. En realidad, "nostalgia" viene del griego nostos/regreso y algos/dolor. Aun así, el significado sí es el correcto. La palabra fue creada en 1668 por el médico suizo Johannes Hofer para nombrar una enfermedad basada en el ‘deseo doloroso de regresar’ que experimentaban algunos de sus pacientes. Por tanto, "nostalgia" sí se refiere al deseo de regresar, no sólo a un sitio, sino a un tiempo, a una persona, a un sueño... A algo que seguramente no sucedió tal y como recordamos, eso desde luego.

martes, 21 de julio de 2009

Un asesino enamorado.

Normalmente odio los mercadillos. Me parecen sitios calurosos, sucios, abarrotados, agobiantes y exasperantes. Sin embargo, me encantan las antigüedades, por ello suelo ser más condescendiente con los mercadillos llamados “rastros”. Me gustan sobre todo los viejos cacharros tecnológicos: máquinas de escribir, cámaras de fotos –como ojos ciegos con mil imágenes quebradas en sus lentes-, radios… También puedo encontrar algo interesante para otra de mis pasiones, los relojes, aunque cada vez es más difícil y más caro.

Pues bien, hace unos cuatro años, sucumbí a la curiosidad, me dejé mis prejuicios en el toallero y decidí acercarme al mercadillo de La Nucía, un pueblecito en la montaña de Alicante, cerca de Benidorm. Ya sabía que allí podría encontrar alguna cosa interesante y mi ánimo no era especialmente susceptible, aunque sí se encrespó un poco a la hora de buscar aparcamiento.

Dejé el coche en la zona alta del pueblo y bajé por una pendiente muy pronunciada, nadando entre un río de turistas ingleses y alemanes, que me llevó hasta la calle principal del Rastro. Curioseé un poco de puesto en puesto, con el bullicio en los oídos y la mano en el bolsillo de la cartera, hasta que llegué a un puesto más bien extraño. Sólo vendían fotografías antiguas.

Alargué la mano hacia una de las cajas llenas de rostros nublados y dejé que mis dedos recorrieran el filo de las fotos. Las más antiguas tenían el típico borde blanco recortado en zigzag. Saqué alguna y miré a los ojos a alguien que no conocía y que parecía presa de una extraña desubicación. Sé que es absurdo, pero los ojos de aquel hombre de principios del siglo XX, bien vestido, en el estudio de fotografía, con una mano apoyada en una pequeña columna, me miraban con desesperanza.

Lo vi tan solo en el papel. No me gustó curiosear, me pareció estar invadiendo la intimidad de personas desconocidas, pero claro, era una intimidad desechada. Renunciada. El heredero de cada fotografía se había desentendido de sus recuerdos, había renegado de sus antepasados y ni siquiera se había molestado en romper la instantánea. Sino que lo había condenado a posar hierático, con la misma expresión y en casas ajenas a la suya.

Aquella sensación supersticiosa me hizo dejar la foto descansando entre las demás, tan especiales o vulgares, y seguir caminando entre los puestos y el bosque de codazos y pisotones propio de estos sitios infernales. Pero no me concentraba en la búsqueda de antigüedades. Tenía los ojos del caballero de la columna clavados en la nuca. Podía ser cualquiera. A lo peor había sido un tipo terrible y por eso se habían deshecho de la fotografía. A lo mejor era un pobre enamorado que había muerto sólo, fiel a su imposibilidad. Lo que fuera, al fin y al cabo, poco importa. Porque ya no lo es.

Lo que sí me importó fue la clase de persona que colgaba rostros ajenos en sus paredes. “Seguramente las comprarán los decoradores”, pensé de acuerdo a mi fascinación morbosa por los decoradores. “Sólo un decorador podría plantificarle a alguien en su casa la cara de un asesino o un enamorado, o ambas cosas, sin que le digan nada y llevándose dinero”. Efectivamente, la persona que contrata a un decorador se arriesga a estas cosas. Luego llegan los amigos al carísimo domicilio recién “decorado” y preguntan: “¿El bisabuelo?” Y sólo queda responder: “No, es un adorno”. Bien mirado no me importaría ese destino, pues siempre he querido ser un adorno.

A mitad de calle di la vuelta y casi corrí hacia el puesto de las fotos. De repente necesitaba mirar a los ojos al que hoy en mi cabeza se llama Don Celedonio Bretaña. Me asustó la idea de que pudieran haberlo vendido y me fascinó la posibilidad de comprar algo más que una persona. Su recuerdo sin haberlo conocido.

Lo encontré enseguida y lo compré sin mirar ninguno de los demás cuerpos que clamaban por una salvación decorativa en aquel purgatorio extraño. Por supuesto que no lo colgué de ninguna pared –no soy muy de colgar a los desconocidos, aunque colgaría a unos cuantos conocidos-. Pero sí le permití vivir entre las páginas de las mil y una historias que leo. Porque Don Celedonio Bretaña cada día es una persona. Un asesino, un enamorado. Un asesino enamorado de la muerte.

martes, 14 de julio de 2009

Los cretinos (II)

Esta semana, si me lo permitís -y si no también- voy a tirar de archivo y os presento un artículo que escribí en un blog llamado http://losajosquemadosfilm.blogspot.com. En él hablaba de los cretinos cinematográficos, aquellos que ven soledad donde tú no ves más que un árbol ajado. No se trata de sensibilidad, ni siquiera de percepción, es tan sólo un problema de estupidez posmoderna.

De paso, con esta cita, recuerdo una de las mejores experiencias de mi vida, que fue la de participar en el rodaje de Los ajos quemados, gracias a su director y amigo mío, Marco Lledó-Escartín, quien confió en mí más allá de lo razonable. Y sin más preámbulos, que ya están bien, os dejo con:


No más trascendecia (de la necesaria)

El mundo del cine está inseparablemente relacionado con el arte y ello trae consigo ciertos problemas. El mundo del arte está inseparablemente relacionado con el de los cretinos y eso puede hacer mucho daño a una película. No pretendo entrar en el vano y estéril debate de: Si el vídeo-arte es arte; ¿qué es el cine?, ya que la respuesta es muy simple. Un arte muy superior al vídeo arte, pues en él confluyen la fotografía, la literatura, la pintura, la música, la interpretación y, aun así, no todo asegura un buen resultado.

Sin embargo, el éxito furtivo que tiene el vídeo-arte se debe a un hecho muy sencillo; su público es homogéneo, entre el cual, la mayoría no sabe qué está viendo. No obstante, como el pretendido artista tampoco sabe muy bien qué demonios está haciendo, no tiene mucha importancia. Espectador y autor vomitan tratados filosóficos.

En cualquier caso, el cine debe enfrentarse a una prueba mucho más dura; la de los no-intelectuales. Las personas sin ningún tipo de pretensiones pseudo-artísticas (el arte de verdad jamás es "pseudo") no quieren extraños subproductos ininteligibles. Quieren ver algo que les aporte una sensación, que les despierte algún recuerdo o que sea capaz de pulsar la tecla adecuada en su interior. Y, por supuesto, quieren entretenerse.

Esto no quiere decir que haya que fabricar engendros funcionales según modelos establecidos de éxito. Simplemente hay que comprender que el cine es una forma de expresión y, por lo tanto, si no has sido capaz de explicarte, habrás fracasado en muchos aspectos. Es bien cierto que una película no es sólo un medio de comunicación, pero si la relación autor-espectador no funciona, el resto poco importa.

Hoy hablo a título personal, como co-guionista de la película, porque Los ajos quemados se presta a la teorización vacía. Es una historia de guerra y de muerte, de las relaciones humanas y de la degradación y desesperanza de una persona. Muchos serían capaces de hablar horas sobre cada fotograma, cada diálogo y cada expresión y "llegar a lo más profundo". Sin embargo, no habrían rozado siquiera lo superficial.