martes, 3 de noviembre de 2009

Odio a los padres.

Sitúense. Sin lugar a dudas esta es su noche. Se han puesto guapos, han pasado más tiempo del conveniente delante del espejo, colocando cada cabello como si fuera la pieza clave del entramado que sostiene su autoconfianza. Tras esto, han mirado el reloj también más de lo conveniente. Puede que incluso hayan dudado de su precisión y hayan acudido prestos a contrastar la hora con la de cualquier otro dispositivo doméstico. Después de la intensa espera intentando no arrugar ni un milímetro de su indumentaria, ha llegado el momento. Ahora, su espectacular y ansiada cita llegará y juntos acudirán a un restaurante nocivo para su cuenta corriente, y lo harán con una sonrisa en los labios.

De acuerdo, todo va genial. Su pareja está tan espectacular como habían previsto. Se lo han hecho saber y han sido correspondidos por su parte con una observación similar. Caminan por la calle, henchidos de orgullo, porque cualquier pareja, además de una persona, es también un bello complemento –y perdonen mi frivolidad-. Durante el transcurso, se cogen del brazo y ahogan un suspiro de alegría. Además, en contra de sus temores, no se han bloqueado en la interactuación. Es más, su conversación es ágil, relajada, ingeniosa. Puede que hasta cómplice en algunos momentos.

Entonces llegan al restaurante. Un sitio elegante, sin duda, de líneas minimalistas y modernas, pero sin la “insaciante” comida minimalista y moderna que se podía esperar (o al menos eso le ha dicho el amigo que se lo ha aconsejado). Así pues, entran y son atendidos inmediatamente por un tipo de porcelana y gomina que los conduce hasta la estupenda mesa que habían reservado el día anterior. Ahí están, un tanto nerviosos, porque es su primera cita seria, los dos solos, pero se sienten a gusto, pues es evidente su atracción mutua. La expectativa es máxima.

Eligen el vino y esperan la comida. Sería difícil mejorar en algún sentido la situación. Parece que nada puede salir mal, pero entonces llega una familia con dos niños. Todos van impolutamente vestidos, excesivamente repeinados y hablan demasiado alto. Con terror, observan cómo se sientan en una mesa muy próxima a la suya. Están esperando a otra pareja, igual de impolutamente vestida e igualmente “bendecida” con dos adorables querubines.

Al poco de sentarse, las parejas comienzan a hablar entre sí y los niños se aburren. Su animada conversación con la deslumbrante persona que tienen delante empieza a resentirse por las faltas de atención, resultado del inicio de la rebelión infantil. Los padres permanecen absortos en sus conversaciones, mientras los niños se levantan y empiezan a pasear libremente por el comedor. Usted, convencido de su Karma, intenta concentrarse en seducir a su cita, pero de improviso se encuentra con una de las demoniacas criaturas mirándole fijamente a escasos treinta centímetros de su rostro. Usted lo fulmina con una mirada que lo hace retroceder, pero esto es sólo el comienzo.

El niño vuelve, mientras dos más corren ya entre las mesas. Pide disculpas a su pareja y se levanta, para advertir educadamente a los padres del “descuido” que han tenido con sus hijos. Ellos responden con una especie de ofendida educación y llaman, voz en grito, a sus dobles pequeños. Pero la calma dura poco tiempo, vuelven las carreras. Esta vez llama al camarero y le pregunta por el teléfono de Herodes. El camarero, ya con un niño estirándole de la chaqueta, capta la sutil indirecta y habla con un superior para que informe a los padres de la fascinante capacidad de sus hijos para importunar comensales.

De nuevo, la ofendida educación y unos minutos de calma. Y cuando ya parecía que podría retomar el control de su prometedora cita, uno de los niños le tira un vaso de Coca Cola por encima. Ya es demasiado. Tenía que pasar. Como dice Rajoy, que de eso sabe: “Santo Job sólo hay uno”. Fuera de sí, usted se levanta, coge al niño por el pescuezo y le hunde la cara en la cubitera de la bebida, ante la horrorizada mirada de su acompañante. No puede evitar lanzar una escalofriante carcajada y la expresión de su rostro se torna maléfica mientras saca al pequeño medio ahogado y le dice: “Ahora reprodúcete si tienes huevos, maldito gremlin”.

Lo siguiente que ve, después perder la consciencia a consecuencia de un certero botellazo en la nuca, es el techo de un calabozo de la comisaría. Y lo primero que piensa es que nunca tendrá hijos, porque no quiere matar a nadie, ni quiere ser un padre de ofendida educación. Además, visto lo visto, su deslumbrante acompañante ya no lo verá como el padre/madre ideal. Eso desde luego.

Iba a decir que odio a los niños. Pero sólo los odio por ser una envilecida versión de bolsillo de sus impresentables progenitores.

martes, 27 de octubre de 2009

Buenas intenciones.

Hoy estoy aquí, más triste que de costumbre y tan fracasado como viene siendo habitual. Y sin embargo, ya les he expresado en muchas ocasiones mi firme determinación de que este blog no se convierta en algo repugnante, similar a un diario personal, que en nada tiene por qué interesarles. Y a mí nada me gusta menos que airear problemas personales, por mucho que aprecie su empatía y paciencia para leerlos.

Pero sí me gustaría reflexionar sobre las buenas intenciones. Como ustedes sabrán, hartos de mi insistencia, soy de la opinión de que hasta el más altruista de los comportamientos esconde un velado interés personal, muchas veces oculto hasta para el propio “interesado”. Así pues quizá recuerden mi particular teoría sobre el egoísmo altruista, según la cual, el enamorado da la vida por su amada porque sería incapaz de soportar una vida de ausencia y enfrentarse a la culpabilidad de “no haber hecho todo lo posible”.

Así pues, supongo que las buenas intenciones, sin ser tan radicales, también obedecen a intereses personales que, bien de manera consciente, bien de manera inconsciente, manejan nuestro proceder en el sentido adecuado. Es decir, en el sentido que nos hace parecer buenas personas. No obstante, existen comportamientos generosos que perjudican al que los ejecuta, pero se referirían a aquellos que tienen algún tipo de vinculación afectiva y cuya negación puede generar un sentimiento de mala conciencia.

Entonces, con estas premisas un tanto desengañadas y derrotistas, me enfrento a mis propias buenas intenciones y a su fracaso. Les prometo que intento hacer bien las cosas, que trato de ser cortés, transparente en la medida de lo posible y, sin embargo, descubro que todo cuando estaba haciendo funciona en la dirección opuesta a mis intenciones.

Desde luego, mis intenciones no son loables, pues, en efecto, de culminar correctamente, no sólo beneficiarían al sujeto receptor, sino también a mí. Así las cosas, yo contraigo una especie de deuda moral con una determinada persona y hago todo lo que puedo por solucionarla. Y entonces, me equivoco aun más y agravo el problema, quedándome más desorientado y con el peso de una culpabilidad mucho mayor.

Yo no me niego mis buenas intenciones, pero sí dudo de su efectividad. Ahora estamos peor que al principio y me pregunto: ¿En realidad pensaba que mi actuación beneficiaría a la otra persona o sólo esperaba beneficiarla para cubrir mi deuda moral con ella? Y probablemente la respuesta no me guste nada. Porque, aunque yo no fuera consciente, seguramente buscaba un beneficio egoísta por encima del común. Y eso es tan humano como reprobable.

Si nuestras buenas intenciones no lo son; si no queremos más que complacernos a nosotros mismos. Si los actos aparentemente desinteresados no lo son porque nos hacen sentir bien o porque nos evitan la mala conciencia de no acometerlos, ¿en qué lugar quedan los pocos ideales a los que pretendo ser eternamente fiel?

Quizá deba aceptar que todos actuamos así y que, al fin y al cabo, no es tan malo. Pues las personas siguen queriéndose y odiándose. El sol sigue saliendo y empapando de amarillo las paredes de las casas y los desconocidos siguen mirándonos con una mezcla de indiferencia y curiosidad. Tantos desconocidos en esta ciudad gigantesca, siendo educados o maleducados, con mayor o menor conciencia. Pensando bien y mal y sin saber si algún día llegarán a conocerse.

No sé si daría más valor a las buenas intenciones de un conocido o de un desconocido, pero se me ocurre que las malas intenciones sí son sinceras. Son despreciables, sólo buscan el beneficio propio. Pero son conscientes, ciertas, inequívocas, objetivas y, desde luego, si fracasan, sólo dejan las cosas mejor de lo que estaban. No como las buenas.

A veces el mundo es un lugar parecido al infierno. Y dicen que el infierno está plagado de buenas intenciones.

(Seguramente el cielo de malas- dijo un ateo).

martes, 20 de octubre de 2009

Ser feliz sin saber cómo.

Es posible que alguna vez les haya hablado de mi gusto por la incertidumbre, pero soy así de recurrente. La mayoría de las personas basan su vida en un plan estratégico establecido de antemano con la pretensión –estúpida e inocente- de prever y solventar los problemas que se presenten. Por supuesto, el plan suele ser una idealización de la vida que es incapaz de cubrir los contratiempos que a todos se nos presentan.

Sin embargo, cada día, millones de personas se levantan con una mueca de asco en la cara, se miran al espejo con desprecio y se animan a continuar así durante el resto de su vida. ¿Por qué? Porque es “lo que hay que hacer”. Hay que aguantar los desplantes de un jefe –tan amargado como el subordinado-, mientras desempeñamos una labor que poco tiene que ver con nuestro oficio vocacional. Asimismo, también tenemos que llegar a casa para convivir con una pareja que está tan cansada de nosotros como nosotros de ella, mientras nos planteamos tener hijos para atarnos de por vida y fracasar poquito a poco, en silencio, apenas con miradas, pero profunda y definitivamente.

Y lo seguiremos haciendo. Y nos miraremos con desprecio en el espejo porque no nos terminaremos de reconocer. Porque, aunque lo sabemos, somos incapaces de asumir que nuestro plan de “vida ideal” sólo es una impostura, un trasunto grotesco de la vida que queríamos llevar. Es cierto que yo aun soy joven y es cierto que soy presa de una desorientación existencial que resulta hasta cómica –desde mi humor, un poco cínico-. También es cierto que todavía tengo un montón de realidades en potencia para explorar y que no estoy siguiendo ningún plan maestro para mi devenir. Simplemente verlo venir y adecuarlo en la medida de las posibilidades a mis deseos.

También sé que la situación se complica a medida que el plan vital avanza y va adueñándose de todas las facetas de nuestra realidad, hasta el punto de supeditar nuestras ilusiones a la correcta consecución del plan. Nos reprimimos y censuramos nuestros deseos, que son contrarios al absurdo contrato inmaterial asumido con nosotros mismos. Y, de esta manera, nos reñimos cuando miramos a otra persona como posible (y tal vez más conveniente) pareja, distinta de nuestra cárcel sentimental. También desechamos proyectos profesionales que nos ilusionan mucho más que aquellos que nos amargan y anulan, mientras ayudan al sostenimiento del maldito plan.

Hay personas que tienen el valor necesario para llegar a un punto crítico y romper con todo. Es más fácil cuando se está sólo, cuando el plan no incluye a una pareja, hijos, responsabilidades varias… Y, a los ojos de los demás, implica un fuerte componente egoísta indiferente a la valentía real de tomar semejante decisión. Tal vez, tras la reprobación se esconde el deseo de los demás de dar el mismo paso y la envidia por su falta de fuerza para acometerlo. Seguramente resulte duro quedarte en tu cárcel voluntaria al tiempo que los demás consiguen salir, dejando solo al reflejo malencarado del espejo matutino.

Tras la decisión, viene la indecisión. Las dudas, el anhelo pasajero de la seguridad pasada. Tras la decisión, viene la incertidumbre. Y viene con todas sus consecuencias, pero también con todas sus posibilidades. Viene con la ilusión de atender a nuestros deseos por encima de los convencionalismos y con la experiencia de saber qué errores no debemos cometer. Viene cargada de sinrazones y aún así con todas las razones del mundo para ser elegida.

Porque es fácil ser feliz sin saber cómo. Porque es la única manera de serlo. Porque todos los planes hechos de antemano para construir la felicidad estándar y socialmente aceptada fracasan, al igual que fracasa la sociedad. Porque la felicidad no la da un buen trabajo, una buena pareja, unas amistades convenientes y saber que hoy será igual que mañana. La felicidad la da el oficio que nos hace ser quienes somos, el amor –variado o definitivo-que apasiona, unas amistades incondicionales y, sobre todo, la incertidumbre que permite a “mañana” ser mucho mejor que “hoy”.

martes, 13 de octubre de 2009

Puro recuerdo.


Queridos lectores, esta semana el tiempo se ha precipitado desde un precipicio de inconsciencia y me ha caído encima sin el consiguiente artículo escrito. Es un tiempo denso, que pesa cuando cae y te cala las ideas, las inunda y te las deja flotando, a ver si tienes habilidad de pescar alguna que merezca la pena.

Pero hoy no. No quiero aburrirles con historias de un puente pasado con mis amigos, porque básicamente no creo que les interese lo más mínimo. Tal vez podría recurrir a lo de siempre, que a su vez sirve para demostrar mi convicción de que, en lo esencial, en las relaciones afectivas, casi todos nosotros compartimos esperanzas, miedos y deseos. Podría, en efecto, hacer extensibles mis sensaciones a las que podrían experimentar ustedes, pero de verdad que no me veo con destreza.

Así pues, he pensado que quizás no fuera mala idea hacer un artículo de descripciones. Como no tengo fuerzas para pasar las impresiones por el tamiz de la prosa común y entregárselas a ustedes, voy a intentar reflejarlas en bruto y compartirlas, sin mayor pretensión que llevarles un trocito de momentos que, seguramente, le recuerden a alguno ya vivido.

La habitación no es muy grande, pero tampoco agobiante. Las paredes están cubiertas de esa decoración que uno nunca pondría en su casa y que abundan en las casas rurales, como es el caso. El suelo es de barro cocido, de un color marrón rojizo que intensifica esta atmósfera cálida en la que me veo inmerso. En el centro de la habitación, un sofá verde con forma de “U” me acoge a mí y a unos cuantos amigos más. A ratos no escucho las conversaciones y la luz se va tornando amarilla, mientras se apagan las palabras. Veo las caras, sonrío, y pienso que quiero recordarlo todo. Y ya lo he olvidado.

La terraza está situada en la parte delantera de la casa. A ella dan las ventanas del salón. Yo estoy sentado en un sofá, solo frente a la espesa vegetación que comienza donde terminan las escaleras del porche. La tarde ya anochece y el cielo se torna rojo y violeta, mientras tiñe unas nubes desgarradas en jirones a lo largo del horizonte. Se ha levantado viento y veo como las hojas de los árboles rozan entre sí, produciendo un susurro que deja de escucharse cuando se lo ignora. Tengo en mis manos un cuaderno en el que dibujo los arcos de la terraza y la escalera que baja al jardín. Sombreo el dibujo lentamente, al tiempo que pienso en cosas en las que no debería pensar. Entonces alguien me trae un café caliente, me rescata de mis pensamientos y se queda conmigo, sonrío de nuevo y pienso que quiero recordarlo todo. Y sólo me queda el torpe dibujo.

Es ya muy de noche, aunque no tanto como para ser de día. En uno de los rincones del jardín, la omnipresente vegetación se abre y deja espacio a una pequeña piscina de agua azul –azul triste-. Unas cuantas piezas de madera de teca sirven de borde y separan la piscina de la grava que la rodea. Sobre esas piezas de madera cálida pese al frío, estamos tumbados unos cuantos amigos. Bromeamos sobre cosas intrascendentes, mientras nuestros ojos se pierden en un cielo al que no estamos acostumbrados. Pienso en la posibilidad de ver la luz de estrellas que ya no existen. Pienso en si ellas se habrán enterado de que no existen, porque yo todavía puedo verlas. Pienso en la posibilidad física de ver el pasado e intento que sea así cuando quiera recuperarlo. Pero lo he vuelto a olvidar.

Y sólo me quedan esas estrellas, ignorantes de su inexistencia, que son puro recuerdo.

martes, 6 de octubre de 2009

Historias de amor.

Los que me conocen (y aun así quieren seguir tratándome) saben que no soy dado a recomendar películas. Porque me parece algo similar a recomendarles mujeres a los amigos –a las amigas siempre me autorrecomiendo-. Suele resultar un compendio de desilusiones y desencuentros: Qué si no era para tanto, que si es muy aburrida, que si es muy cursi, que si es muy lenta –hablo de películas, que conste-. Así pues, en esta ocasión transgredo mi propio código peliculero y les recomiendo una: El secreto de sus ojos.

¿Qué por qué se la recomiendo? Porque hacía mucho tiempo que una película no conseguía hacerme reír, llorar, desear, reflexionar sobre mí y un etcétera que no viene al caso. Seguramente y como me pasa con mis amigos y las mujeres, a mi me gustará más que a ellos/ustedes porque soy yo quien la ha visto y quien opina desde la más absoluta subjetividad.

Si bien, podría darles puntos más o menos objetivos, o, mejor dicho, técnicos. Podría explicarles que tiene una fotografía muy cuidada. Podría alabar el trabajo de los actores; formidable Ricardo Darín, maravilloso Guillermo Francella. Podría llamar su atención sobre el increíble trabajo de cámara realizado en la secuencia que se desarrolla en el estadio… Y, por supuesto, no estaría diciendo nada.

Porque lo realmente increíble de esta película es que tiene vida, en el sentido más literal del término. Les garantizo que reirán y, a los que no estén hechos de piedra, les garantizo que llorarán. Y probablemente se vean impelidos a registrar su pasado –el pasado enterrado- en busca de algo que no se atrevieron nunca a hacer y que ha marcado su vida, por mucho que lo nieguen.

Y es que nos pasamos la vida viviendo y se nos olvida que nos morimos. Vamos dejando las cosas para “mañana” y “mañana” termina por enfrentarnos a un espejo en el que no nos reconocemos. Y no nos reconocemos no por viejos, sino porque no somos los viejos que queríamos ser. Porque en un pasado nos callamos y dejamos nuestros sueños en manos de un futuro más valiente, más fácil o más propicio.

Sin embargo, cuando vemos que ese futuro al que le dejamos tanto trabajo atrasado se ha convertido en pasado y cada vez queda menos, entonces nos lamentamos. Lamentamos no ser quienes queríamos, pero evitamos admitir que tampoco en el pasado éramos quienes debíamos, porque si no, habríamos tomado la decisión adecuada.

Nunca hay que dejarse el amor en el tintero. Ni menos aun escribirlo como ficción, sino hablarlo, lanzarse de cabeza sin pensar en el golpe terrible. Pues es mejor un golpe terrible que una agonía de toda una vida. Y ver cómo la mujer de tus sueños se promete, se casa delante de ti, tiene hijos que no son los tuyos y envejece sin compartir todo lo que le habrías regalado. Uno nunca debería quedarse con la duda.

Por supuesto que existe el fracaso. Pero también existe el fracaso valiente y es aquel que tenía opciones de triunfo. Si optamos por callarnos, por mirar, por lamentarnos y autocompadecernos, fracasaremos para siempre y desde el primer momento. Sin remedio. Sé que suena a tópico que habrán oído mil veces, pero es cierto que uno se arrepiente más de las cosas que no hizo. No hay nada peor que perder la oportunidad.

Aun así, quizás nos quede un as en la manga. Quizás estemos a tiempo de vivir lo que nos negamos a nosotros mismos. Quizás no somos tan feos, ni tan tontos, ni tan poco merecedores de sus besos. Quizás sólo lo hemos sido porque es lo que nos decíamos día tras día. Pero es posible que haya un triunfador escondido entre tantísimo miedo. Y aunque se fracase, puedo asegurar que la paz es mayor.

Dense una oportunidad. Vayan al cine, llévensela/lo y díganle que nunca es tarde. Porque esta película, en el fondo, es una preciosa historia de amor. Y su vida debería superar a la ficción. Porque no todas las historias de amor son felices, pero todas las historias felices son de amor.

martes, 29 de septiembre de 2009

Tormentas inevitables.

Hay veces en las que después de una tormenta, viene irremediablemente otra tormenta. Así, sin tiempo para mirar con perspectiva qué había por encima de las nubes, sin que la luz del sol anime un poco la arena horadada y convierta los paraguas en sombrillas. Sin que los oídos se libren de este maldito repiqueteo que es como si el mundo entero chasquease los dedos a la vez. Chas, chas, chas, chas...

Y luego están los truenos, que desgarran el cielo, que se parte de tanto estirarlo para sí cada nube. Como una costura gigantesca de una tela que nos cubre y que ignoramos hasta que cede. Sentimos cómo tiembla el suelo, sin la protección de la tela rasgada, y cómo nos embisten vientos que vienen de partes que jamás llegamos a pensar.

En estos momentos, llegados al tercer párrafo, a la exacta palabra 145, el lector acostumbrado a las pajas mentales de columnistas ilustres –y deslustrados como yo- querrá ver un símil. Una metáfora de mi realidad y de la realidad meteorológica. Y probablemente acierte, aunque no era mi intención. O quizás sí. O quizás sea más bien el tiempo, que contagia a mi vida, porque pensar al revés sería demasiado egocéntrico hasta para mí.

Sin embargo, me hubiera gustado escribir un artículo sobre el tiempo; situarnos al lector -¡pobre lector!- y a mí en un mismo ascensor imaginario e ir subiendo pisos a medida que bajamos líneas de texto. Me hubiera gustado por frívolo y porque suelo tener la irresistible tentación de hablar del tiempo en los ascensores. Y no vayan a creer que es por hacer más cómodo el viaje, sino por pura experimentación maquiavélica.

Me encanta comenzar con la frase: “Hay que ver cómo está el tiempo, ¿eh?”. De inmediato, mi sufrido interlocutor, movido por el consabido Código de protocolo ascensorista, recoge el lazo envenenado que le acabo de lanzar. “Sí, es increíble el frío que está haciendo”, por ejemplo. Entonces, en ese instante es cuando llega el momento en que me divierto: Diga lo que diga el pobre compañero de ascensor, contesto extrañado con una impresión diametralmente –qué tendrán que ver los diámetros- opuesta a la suya. En este caso, contestaría: “¿En serio? Pues yo hacía tiempo que no pasaba un invierno tan cálido”, dicho ello enfundado en un abrigo de paño y con la bufanda por los ojos.

Es aquí cuando llegamos al punto crítico del experimento, cuando la otra persona se descubrirá a sí misma y nos desvelará su rol social. Lo normal es que prevalezca el Código anteriormente citado y nuestra querida cobaya opte por la diplomacia –Qué pocas guerras habría si la OTAN se reuniese en un ascensor enorme-. “¿Sí? Ahm… Supongo que estaré algo destemplado”. No obstante, de vez en cuando, la gente saca algo de amor propio y confianza en ellos mismos y defiende su termostato: “Me parece que te has abrigado demasiado, porque hace un frío de cojones”. Obviamos que el termostato está, en efecto, en la parte aludida.

También, y en casos más reducidos, se dan ciertos individuos que muestran preocupación por su salud o la nuestra. Ellos son buena gente, personas que nos han tomado en serio y, dependiendo de quién tiene frío, no dudarán en advertir de una posible gripe. Cuando esto sucede, suele picarme la conciencia y río despreocupadamente, mientras me disculpo con un: “Sólo bromeaba, es cierto que hace mucho frío”. ¿Qué le voy a hacer si sólo me sale reírme de las personas que me disgustan?

Lo bueno de esta técnica es que no implica riesgos, porque generalmente nadie se va a enzarzar en una absurda discusión meteorológica. Y si se diera el caso, el viaje suele ser lo suficientemente breve –crucen los dedos ante posibles apagones- para que las puertas se abran y nos libren de argumentar nuestra absurda observación. No duden en practicar el experimento, eso sí, siempre con tacto y de buena fe.

Y llegados a este último párrafo, a la palabra exacta 661, el lector se ha librado de leer ese terrible y autocompasivo artículo en el que comparaba la eterna tormenta con algunos aspectos de mi existencia actual. Y se ha librado gracias a que la mente es caprichosa y a que de vez en cuando podemos recordar lo genial que es todo tras la lluvia. Y a la certeza de que algún día seremos capaces de bromear en un ascensor sobre aquella tormenta que no remitía. Tal vez con una bella mujer, que traerá más tormentas. Tormentas inevitables. Pues siempre he sido esclavo de mi sensibilidad estética.

martes, 22 de septiembre de 2009

Yo no soy un caballero.

Últimamente vengo observando un comportamiento muy característico entre esas cotorras engominadas que se hacen llamar “periodistas” y que son, cuanto menos, marujas, cotillas porteras y quinquis de toda índole delictiva y catadura moral. Bueno, para abreviar puedo llamarlos tertulianos o carroñeros y me gustaría explicar brevemente ciertos hábitos de comportamiento que se dan en estos animales televisivos.

Voy a evitar meterme con las mujeres/carroñeras tertulianas, no por pudor o respeto, sino porque al fin y al cabo no me interesan en el sentido que ahora nos ocupa –tal vez más adelante, en una tipología de arpías-. En esta ocasión me interesan los hombres/carroñeros que pueblan ese enajenado concepto televisivo llamado “magacín”. Este tipo de programas (de nombre elegante, heredado de las antiguas publicaciones escritas sobre temas variados) ha terminado por ser un criadero de majaderos esperpénticos que se escupen en directo para regocijo de una audiencia no menos patética.

Entre esos majaderos, me entusiasman especialmente los que se pasan la vida diciendo: “Yo soy un caballero”. Por regla general, el yosoyuncaballero va seguido de un “y jamás comentaría en una televisión mi trío sadomasoquista con Marujita Díaz y Yola Berrocal”. Entonces el espectador no habituado a semejantes alardes de templanza y saber estar puede actuar de dos formas distintas: La primera y más conveniente, tirar la televisión por la ventana, a ser posible encima del caballero en cuestión. La segunda, seguir viendo un poco más, aun a riesgo de perder la cabeza y el sentido del bien y del mal.

Yo, en pos de la experiencia empírica y movido por mi fascinación por lo sórdido, cometí el error de seguir delante del televisor unos minutos más. Entonces pude comprobar varias cosas. Entre ellas, la más importante es que se considera periodismo a lo que la humanidad lleva haciendo durante siglos bajo el nombre de “cotilleo”. También que el majadero de turno podía responder a dos tipos distintos que serían el “carroñero-meacostéconalguien” y el más repugnante “carroñero-periodista”.

El primero no me preocupa. Siempre ha habido gente encantada de airear sus hazañas sexuales y demostrar que su pene es mucho más grande que su inteligencia –lo que tampoco garantiza un tamaño de pene respetable-. El segundo sí, ya que propicia la existencia del primero. Y tal vez me afecte más porque yo estudié periodismo y jamás diría que soy periodista. Porque me parece uno de esos pocos oficios vocacionales que quedan y yo no tengo esa vocación.

El periodismo no tiene nada que ver con esas porteras andróginas siempre indignadas que se llenan la boca de enfermedades venéreas y las vomitan sobre la audiencia, mientras se escudan en el derecho a la información. ¿Cómo se atreven a mezclar un derecho fundamental con el tráfico de chismes, ya no banales, sino estúpidos y ofensivos para cualquier inteligencia media?
Perdonen que me indigne. Pero sí, quizás sea de naturaleza sensible o de ánimo susceptible. El caso es que no puedo entender que esa gentuza lleve el mismo nombre que los periodistas que tratan temas de interés público y cuyo manejo de la información puede afectar a un gobierno o al conjunto de la población.

Sin embargo, aunque sólo sea ya por saturación, puedo tratar de convivir con las cotorras y su audiencia. Puedo aceptar que tienen una vida tan vacía y carente de estímulos que se ven obligados a vivir la de los demás. Puedo aceptar que se llamen periodistas, aunque sólo sean licenciados en Periodismo –algunos ni eso-. Pero no puedo aceptar que, después de todo eso y de comportarse con semejante falta de dignidad, se autodenominen caballeros. Entonces sí; grito, monto en cólera y maldigo en hebreo, arameo, sanscrito, en verso, por telegrama y por tam-tam. Porque son cualquier cosa menos eso. Porque la caballerosidad desaparece al ser apelada por el supuesto caballero.

Me explico: Un acto de caballerosidad es innato para un caballero. Tan sólo el zafio se percata de su conducta extrañamente correcta y lo hace notar, autoproclamándose caballero, gentilhombre o gentleman, que dirían los ingleses. En definitiva, cualquier romano –o jurista pedante- susurraría aquello de excusatio non petita accusatio manifesta.

¡Qué terrible sería dejar la caballerosidad en manos de jinetes de asnos más inteligentes y cabales que ellos mismos! Yo, mientras tanto, seguiré sin ser un caballero. Porque me aterra la idea de montar a caballo. Porque no quiero parecerme a esta nueva hornada de caballeros y porque la moto también me parece un animal muy noble.