miércoles, 8 de junio de 2011

El día que vi un muerto.

Una de las cosas buenas de ir cumpliendo años es la acumulación de recuerdos. También lo es la posibilidad de ver las cosas con perspectiva, con un enfoque que no podríamos haberle dado en su momento. En este sentido, la mayoría de las personas tiende a ser más analítica, más reflexiva. Yo, por el contrario, me vuelvo más literario, más cinematográfico y más fantasioso. A veces, casi puedo descubrirme poniendo banda sonora a ciertas imágenes del pasado. Y no una banda sonora cualquiera, sino de las de orquesta sinfónica, con viento, cuerda y timbales si la situación lo requiere.

Cuanto más se aleja en el tiempo el momento rescatado, más onírico se vuelve. Quizás ahora nos llamen la atención los recursos utilizados en el cine clásico para delimitar los flashbacks; esas ondulaciones, esos bordes desenfocados, pero no se alejan tanto de mi realidad. Claro, tengo que decir que me he criado en brazos de Ingrid Bergman, Veronica Lake o Joan Fontaine. Y tampoco puedo obviar que siempre quise ser una mezcla de la chulería irónica de Bogart, la elegancia de Cary Grant y la apostura de Gregory Peck. Aspirar a ser Paul Newman hubiera sido frustrante.

Así pues, confirmando lo anterior y asumiendo el fracaso de mis aspiraciones –tan sólo he logrado ser yo-, reconozco ver ondulaciones y desenfoques en mis recuerdos. Pronto serán en blanco y negro, supongo. Personalmente, me adaptaré a lo que venga y recibiré con ilusión cualquier efecto que añada brumas y misterio a mis tan normales vivencias. Porque, por mucho que me gustase, no he vivido una existencia azarosa, plena de lugares exóticos y aventuras extraordinarias. Pero si he vivido mi apacible normalidad como un fascinante exotismo y mi rutina como una aventura constante. Los hay que verán conformismo en esta actitud, yo sólo veo una personalidad abstraída.

Por eso no sé muy bien cómo viví aquel día. Si sentí exactamente lo que recuerdo o si realmente el ambiente era tan gris y el aire tan húmedo y pesado. Era, esto es seguro, un día de septiembre de mis dieciséis o diecisiete años. El verano iba en declive y las tardes se acortaban con una persistencia enfermiza. Yo pasaba la tarde con mis amigos en la playa de Muchavista y éramos los de siempre, los que quedábamos allí durante ese mes de transición. No había apenas nadie en la arena y menos en el agua. Recuerdo unas nubes densas, entretejidas en jirones grises como el acero y blancos opacos. El mar estaba oscuro y sólo la espuma de unas olas considerables le restaba algo de su apariencia metálica.

En mitad de aquella densa atmósfera de bochorno nublado, se escuchó un grito. Creo que fue el nombre del muerto. Lo gritaba su mujer, o tal vez fue su hija, que también estaba. No sé si porque no salía o porque lo vieron flotar entre las corrientes. Tampoco recuerdo si nosotros lo vimos en esa situación, pero sí estoy seguro de que nos pusimos en tensión. Soy incapaz de rememorar cómo lo sacaron y sé que estábamos a cierta distancia. Hablamos de ir y de no ir. Pusimos sobre la mesa el morbo de la muerte y la curiosidad adolescente. Vimos al muerto como un ser anónimo y yo lo deshumanicé por completo. Me pudo la curiosidad.

Al poco vino el SAMU. Atendieron al hombre tendido sobre la arena. El cuerpo se sacudía a cada presión que ejercían sobre su pecho. Estábamos lejos, pero podía ver cómo las piernas se movían. Llegué a creer que había vuelto a la vida, que lo habían conseguido. Qué las caras de sus familiares se transformarían y que aquello sólo sería un accidente, un susto, como suele decirse. La reanimación duró bastante tiempo, pero no sirvió para nada. Cuando los sanitarios se retiraron despacio, sus gestos de impotencia eran evidentes. La mujer se derrumbó y cayó de rodillas en la arena. Luego debieron llevársela a la ambulancia, porque recuerdo ver el cuerpo tendido en una arena pálida y desierta. Entonces fue cuando cometí el error de acercarme.

Una amiga y yo decidimos ir. Ella más por acompañarme y yo poseído por no sé qué siniestro impulso. Anduvimos por la orilla, como si paseáramos hasta cubrir la distancia que nos separaba del cadáver. Yo lo miré y me arrepentí de por vida. Supongo que no era nada más que un muerto, que no tenía mayor trascendencia, pero en absoluto lo sentí así. Aquel hombre que acababa de morir no tendría más de cincuenta años. Su cuerpo amoratado estaba manchado de arena. Sé que no lo vi –o tal vez espero no haberlo visto-, pero recuerdo su piel llena de venas azules. Nunca he podido olvidarlo, aunque sólo fuera fruto de mi imaginación o del nerviosismo culpable que me hervía en la frente.

Tomé a mi amiga del brazo y tiré de ella sobre nuestros pasos. Quería alejarme de allí. Sólo podía repetir –no sé si de viva voz o sólo de pensamiento- una letanía que aún hoy sigue vigente: “no tenía que haber venido, no tenía que haber venido, no tenía que haber venido…” Sea como fuere, conseguimos regresar con los demás. Pasados unos instantes de silencio, les comenté mi impresión, mi terrible impresión, y me amonestaron con un “te lo dijimos”. Nada de reproches, nada de malas caras. Si acaso una vergüenza compartida cuando volvieron a escucharse los llantos en la lejanía.

Ya tenía lo que quería. Ya había visto un muerto. Y ya no lo olvidaría jamás. Claro que tampoco olvidaría mi culpabilidad por lo morboso e insensible de mi conducta. Ni el aspecto del cuerpo blanco y morado sobre la arena, con el bañador mal puesto y los brazos caídos a los lados. Entonces pensé que un muerto sólo tiene la dignidad que le dejan tener quienes lo tratan. Y quizás no sea más que un trozo de carne inerte, pero fue el envoltorio de un alma -o como quiera que se llame lo que nos hace ser quienes somos-. Sólo por eso merecía mi respeto. Por no hablar de sus familiares y del tremendo trance que estaban pasando.

Cuando se lo llevaron ya no quise mirarlo, como si eso fuera a borrar lo anterior. Pero me sirvió para saber que nunca más quería ver otro, porque un muerto no es un muerto, es la imagen de quien fue. Y no hay nada más horrible y más incongruente que ver a una persona sin vida. Porque no puede ser, porque parece imposible que no esté vivo. Y, sin embargo, se nota. Se siente su ausencia, estando tan presente físicamente. Creo que es eso lo que llama la atención: el misterio de dejar de ser. El interrogante de no saber qué ha sido de esa persona. La negativa de aceptar que haya podido desaparecer sin más y el deseo de creer que puede existir sin su cuerpo.

Yo no lo creo, lo que me tranquiliza para conmigo y me intranquiliza para con quienes quiero. Sin embargo, de ese día aprendí que existe algo que de repente se desvanece. Y que la memoria es algo que permanece, que se transforma y se ambienta para alertarnos de nuestros errores y aciertos. Aquel fue un día sombrío y gris, no por las nubes, sino por un hecho dramático y una decisión equivocada. La curiosidad se alimenta de la inexperiencia.

miércoles, 1 de junio de 2011

Sonreír al vacío.

Todos hemos pensado alguna vez en nuestra propia muerte. Será cosa del ser humano, que es así de previsor y morboso al mismo tiempo. Además, solemos pensar en ella como si pudiésemos verla una vez fallecidos, como si pudiésemos controlar quién va o deja de ir al funeral, quien cambia la sonrisa por falsas lágrimas y quien intenta sonreír a pesar de todo –no hay mayor manifestación de tristeza que una sonrisa en mitad del llanto-. El asunto es bastante absurdo para un ateo de nacimiento como yo. Sé que no veré lo que me suceda. Simplemente dejaré de ser y los residuos que queden de mí serán eso; residuos. Reciclables en el mejor de los casos.


No he tenido miedo al pensar en la muerte, tal vez porque no tengo necesidad de hacer balance más allá de mi último aliento. Lo que importa es el presente, mi conciencia en este momento. No tengo que justificarme ante nadie que no sea yo. Y yo soy el más exigente, créanme. Por eso andaba tranquilo por la vida, con la absoluta seguridad de que no tengo que ganarme el paraíso, sino construirlo mientras esté vivo.


Pero no pensaba en la vejez. Tal vez por juventud, tal vez por falta de referentes de ancianidad propiamente dicha. Mis cuatro abuelos viven y, hasta hace escasos años, lo hacían en plenitud de facultades. Eran totalmente independientes, hacían la vida que puedo hacer yo y, en algunos casos, cosas que ni yo puedo hacer. Sin embargo, en unos meses, lo que había sido la cumbre de su vida empezó a convertirse en la ladera de bajada. Tras alcanzar una vida cómoda y un descanso bien merecido, se les presentaron los contratiempos en forma de enfermedad. Una enfermedad de las que no se superan, de las que se quedan a vivir contigo. Un final malo para una gran película.


Ahora ya no pienso tanto en mi muerte. Ya no me imagino frio dentro de la caja, vestido como quiero que me vistan –bien en exceso-, o ardiendo en el crematorio. Ya no imagino quién irá o dejará de ir al tanatorio. Ni si reirán o llorarán. En cualquier caso espero que sean sinceros y honestos, hagan lo que hagan. Ahora me ocupó pensando en mis manos arrugadas, en mi voz algo quebrada, en mi cuerpo marchito y en mis movimientos torpes e imprecisos. Me pregunto si esa pátina que adquieren los ojos de los ancianos me impedirá ver el mundo del mismo color que hoy, o si me seguirán fascinando todas las cosas pese a haberlas vivido hasta la saciedad.


En este sentido, me tranquiliza saber que el hombre es un ser insaciable por naturaleza. No soportaría perder el ánimo, las ganas de vivir o cómo quiera llamarse. Pero, sobre todo, pienso en la memoria. En qué es mejor, si perderla o tener que vivir en ella. Porque tiene que ser fácil caer en la melancolía, en la sensación de que todo lo bueno ya se ha vivido. Y ese, sin duda, será el detonante del declive, si no tenemos alguna otra ayuda sanitaria. Porque al final sólo existe el presente. Y eso es muy duro, pues una persona es la suma de sus recuerdos. Y sus recuerdos son el pasado.


Así que, de momento, no he decidido si quiero recordar o no. Espero tardar mucho en decidirme. Aunque siempre queda otra opción: una de mis tatarabuelas perdió la cabeza años antes de morir y mezcló toda su vida en un presente continuo. Vivía con sus hijos y con sus padres, con su marido fallecido y con sus nietos recién nacidos. Veraneaba en una casa que habían vendido hacía años y recogía los frutos imaginarios de árboles ya estériles. Pagaba con dinero que no existía y sonreía al vacío de vez en cuando. No me desagrada. Quizás no esté tan mal esa solución. Yo siempre he sido muy de sonreír al vacío.

El problema es saber cuándo empezar a hacerlo.

miércoles, 25 de mayo de 2011

¿Y ahora qué?

¿Han servido para algo las movilizaciones del 15 de mayo? Es obvio que sí. Lo que no sabemos muy bien es para qué, pero no se preocupen, es cuestión de perspectiva. Sigo pensando que todo lo vivido en la Puerta del Sol y en muchas plazas españolas durante la pasada semana no va a quedar en nada. No va a ser una resaca de ilusiones, con el consiguiente dolor de cabeza y sequedad de boca. Al contrario; las decepciones sirven para despejar las ideas y para pronunciar cosas que antes se hubieran quedado sin voz.

Sí, he dicho decepción. No creo que nadie me lo pueda discutir, no creo que nadie diga: “es más de lo que esperábamos”. Porque es mucho menos. No sólo ha triunfado un partido generalista, sino que ha triunfado un partido generalista de derechas. No sólo ha perdido votos el PSOE, sino que esos votos no han ido en proporción a otros partidos minoritarios. Como ven, nada suena a objetivos cumplidos.

Así pues, sólo queda asumir la situación y decidir hasta cuando se prolongan las acampadas. En lo referente a asumir la situación, echo en falta propuestas y un comunicado oficial del movimiento que exprese su opinión acerca de los resultados. Echo en falta visión de futuro. Y en esa visión de futuro es en donde entra la discusión sobre permanecer o no acampados durante más tiempo.

A priori, el comportamiento de los acampados y de los manifestantes ha sido modélico. Se ve que no éramos cuatro borrachos, ni siquiera del entorno de ETA –qué desilusión- como dijo un fantoche en la radio de los obispos-. Nada más lejos, éramos y somos jóvenes –y no tan jóvenes- con estudios universitarios, venidos de distintas y numerosas disciplinas y con una política de respeto absoluto entre nosotros y para con los demás ciudadanos que no participan de las protestas.

Sin embargo, los comerciantes en Sol ya se quejan. Y los indignados intentan minimizar el efecto negativo que la acampada pudiera provocarles. Se retranquean las líneas que delimitan la zona de acampada, se quitan carteles de escaparates y se sigue limpiando la plaza a diario. Pero no es suficiente. El problema radica en que no puede haber una prolongación coordinada del movimiento sin un “cuartel general”, pues en eso se ha convertido el kilómetro cero.

Ahora es tiempo de debatir, de tomar perspectiva y distanciarse para ver la influencia en las elecciones y la vigencia de lo exigido. Sobre todo, es tiempo de no caer en el olvido. Es cierto que no se ha conseguido lo que se pedía –como muestra, un Camps-, pero el margen era escaso. Los hay que dicen que incluso se ha perjudicado a la izquierda, pero los que dicen eso no quieren la misma izquierda que quienes se han manifestado. Porque sería un comportamiento idéntico al que tienen los votantes de la derecha, es decir: el voto por inercia. Un voto irresponsable y acrítico. Un voto que igual podría ser para un partido político que para un equipo de fútbol. “Yo quiero que ganen los míos, sea el PP o sea el Real Madrid”. Y eso es una estupidez, porque perdemos todos.

En el artículo anterior dije que prefería ilusionarme, que me daba igual el jarro de agua fría. Pues bien, sigo pensando igual. Es más, creo que el mencionado jarro me ha servido para despejarme y estremecerme. Porque los objetivos a los que se aspira son muy elevados –si no lo fueran, no tendría sentido-. Y, como ya dije, creo que esto es el primer paso. Un paso que consiste en hacer visible lo que todos vemos y dejamos correr. El paso de enfrentarse a la vergüenza de reconocer que nos representan delincuentes en nuestras instituciones y que las decisiones económicas no las toma el gobierno, sino los bancos. Dicen que darse cuenta del problema es el inicio de la solución.

Personalmente, haré todo cuanto esté en mi mano para que las reivindicaciones se mantengan y no se olviden. Porque creo que son, no sólo justas, sino necesarias. No sólo hay que ir para decir: “estuve allí”. Hay que ir con la conciencia de que podemos cambiar la realidad, porque, si de todo esto no sale nada, preferiremos no haber estado.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Un voto de confianza.

Es normal que la gente se canse de los políticos, lo raro es que haya tardado tanto. No parece razonable que el Estado pague con dinero público los desmanes de los bancos. No se entiende que los beneficios fueran privados y la deuda sea pública. Y tampoco se entiende que un partido de apellido “socialista” defienda semejantes medidas, a no ser que termine por promulgar leyes sociales para ricos arruinados. Que todo puede ser, visto lo visto.

A lo anterior podemos unir la alternativa de gobierno, es decir, el Partido Popular, cuyas listas electorales se confunden con las listas de imputados en uno y otro juzgado. Y, si se trata de hacer propuestas, mejor no contar con ellos. Si acaso alguna descalificación gratuita o algún comentario ingenioso y pretendidamente gracioso. Porque son unos tipos alegres y ocurrentes -¿han visto a alguien más sonriente que Camps?-. Sólo con los chistes de Aznar se podría hacer un recopilatorio que sonrojaría a Martes y Trece.

El problema es que, pasado un cierto tiempo, pasan de hacer gracia a dar pena. Y no es que nadie se compadezca de ellos, sino que nos avergüenzan. No es sólo que no encontremos un referente en nuestros políticos, es más bien que los despreciamos. Se tiene la justificada imagen de que carecen de cualquier vocación de servicio a la sociedad. Se los ve como una panda de vagos, trepas y aprovechados, cuando no delincuentes. Y así es muy complicado sentirse representado, a no ser que ustedes se identifiquen con algún calificativos de los anteriores.

Por eso, el día 15, se organizó una manifestación que no pertenecía a ningún grupo político. Por primera vez, en mi corta memoria, no vi banderas de uno u otro partido, ni representación política de ningún color. Ni siquiera había curas, que últimamente salen más con pancartas que con pasos de Semana Santa. Se trataba, al menos en principio, de una manifestación pública del hartazgo político de los ciudadanos. Ciudadanos de todos las tendencias políticas y de cualquier confesión. No había ninguna premisa, salvo la denuncia de una situación insostenible.

Al día siguiente la manifestación no ocupó portadas, a pesar de ocupar literalmente desde la Plaza de Cibeles hasta la Puerta del Sol. Tampoco tuvo especial eco en los medios audiovisuales. Es más, se intentó desprestigiar, sobre todo desde las tribunas de extrema derecha que tanto triunfan últimamente. Se llegó a decir que todo era cosa de Rubalcaba –el hombre, que se aburre-. Mi impresión personal es que la escasa repercusión informativa venía precisamente de la falta de un apoyo político.

Es posible que la mayoría de personas que integró la protesta fuera de Izquierdas. Resulta lógico, tratándose de una manifestación en contra de la clase política. Si hubiera sido de ciudadanos de Derechas, la marcha habría sido de apoyo a Camps –cada uno vota a quien mejor lo representa-. En cualquier caso, no había una ideología oficial y eso es lo que los legitima. No defienden los colores de uno u otro bando político, sino los propios de la ciudadanía. Llaman la atención de que nuestros intereses y los de nuestros políticos han dejado de coincidir, de que se ha creado una nueva clase social que obra en contra de su función natural de servicio público.

Y lo más curioso es que el movimiento de protesta está capitaneado por jóvenes, por esos jóvenes presuntamente pasotas y desvinculados de la política. Llevábamos años escuchando la escasa implicación social de las nuevas generaciones y ahora nos encontramos con todo esto.

No tengo ni idea de cómo terminará la acampada de Sol. No lo voy a calificar de revolución, ni siquiera estoy seguro de que sea un “movimiento”. Prefiero verlo como una iniciativa, como el principio de un cambio. Sí, ya lo sé, a lo mejor mañana muero de un ataque de optimismo, pero me gusta hacerme ilusiones. Prefiero mil veces morir ilusionado a vivir desencantado. Y me gusta pensar que no soy el único, qué somos muchos. Porque es la única manera de cambiar la situación.

Ahora sabemos que la gente no sólo va a la Puerta del Sol a comerse las uvas y a desear cosas. A veces también va con la intención de comerse el mundo y luchar por lo que desea.

Démosles un voto de confianza. A ellos sí.

miércoles, 11 de mayo de 2011

La justicia es/va ciega.

Llevo toda la semana escuchando crónicas políticas acerca de ilegalizaciones de partidos políticos. En ellas se pueden leer las más variopintas barbaridades, las más ingeniosas demagogias y los razonamientos menos racionales. No es que no sean entretenidos, ni siquiera es que sea un tema banal. Al contrario, se trata de un problema muy serio, demasiado serio para el calor que hace. Porque la justicia puede ser refrescante, frívola y aturdidora como un Dry Martini. Sobre todo en Murcia.

Así que dejémonos de Tribunales Supremos y de jueces del Constitucional y paseémonos por la pintoresca Audiencia Provincial de Murcia. Hasta allí llegó el recurso de un conductor condenado por conducir ebrio, saltarse un control de alcoholemia y protagonizar una trepidante persecución con la Policía. A priori parece una condena razonable, pero el condenado se sabía eximido de la pena. Qué les voy a contar; en ocasiones uno siente que el mundo va en su contra, que es un incomprendido en posesión de la razón. O peor aún, poseído por la razón. Precisamente debió ser esa certeza la que lo llevó a recurrir una sentencia, cuanto menos, comprensible.

Imagino que los jueces de la Audiencia leyeron el caso y se rasgaron las vestiduras –las togas, para más señas-. Para ellos el caso estaba claro, pues no dudaron en calificar de “absurda” la resolución dictada por el juez de primera instancia. ¿Cómo podía condenarse a semejante as del volante? Desde mi posición de lego en lo jurídico, debo suponer que el problema es que el conductor no llegaba al 0,60 necesarios para considerarse delito, aunque basta con el 0,45 y el testimonio de los agentes –por no hablar de saltarse un control y huir de la Policía-. Pero desde mi simpatía hacia los jueces que nos alegran la vida, prefiero ver admiración, casi devoción, por el hábil automovilista borracho.

Me explico. Se le exculpa por “ser capaz de llevar a cabo una conducción plena de pericia y velocidad”. No importa que los agentes declararan que no era capaz ni de tocarse la nariz o de contarse los dedos de las manos. Y no importa porque: “fue capaz de mantener mínimamente el control de su vehículo mientras tomaba las curvas a gran velocidad y hacía incluso derrapajes utilizando el freno de mano”. Claro que sí –añado yo, contagiado por el entusiasmo-, ese tio era bueno. ¿Qué digo? Ese tío era muy, muy bueno.

Ya veo a los jueces imaginándose la persecución en plan cinematográfico, con planos cortos de los cambios de marcha, los tirones del freno de mano y los trompos. Las ruedas chirriando sobre el asfalto, los haces de los faros zigzagueando como cuchillas en la oscuridad de la noche. Los destellos de las sirenas policiales reflejándose en el retrovisor y, a su vez, en los ojos turbios del perseguido. “Cómo mola” dirá el magistrado de turno, mientras piensa en colgar toga y puñetas para dedicarse a la vida pirata –que es la vida mejor-.

Así pues, el razonamiento es el siguiente: “Tan borracho no estaría si conducía tan bien”. O, aun mejor: “Condujo tan bien, con tanta habilidad, que ¿qué más da si iba borracho?”. Da igual que se salte cinco o seis semáforos, que derrape, que haga trompos, que se evada de un control policial y huya a toda velocidad. Es más, se libra porque iba borracho. Esa es la eximente, porque no lo duden, si hubiera estado sobrio, lo habrían condenado. Pero, claro, tiene merito hacer todo eso cuando no debería ni poder hablar. Así piensan los jueces.

Sirva, por tanto, esta breve reflexión a modo de Dry Martini contra el panorama de Bildu, etarras y compañía. Hoy tengo demasiado calor como para pensar en cosas graves y sin ninguna gracia añadida. Todos hemos escuchado que la justicia es ciega. Ahora también sabemos que va ciega.

(Perdón por el chiste).

miércoles, 27 de abril de 2011

Las raíces del miedo.

Cuando era pequeño prestaba más atención a las pesadillas. Quizás las tomara más en serio. Lo cierto es que me resultaba difícil conciliar el sueño tras una pesadilla sin pensar en cosas que dieran lugar a otra. Tampoco nada del otro mundo, no era un niño de miedos complicados. Nada más allá de momias descarnadas, de muertos putrefactos, de emparedados o de una sombra sentada a los pies de la cama. Un repertorio bastante cerrado que, desde la distancia, me produce dos reacciones. Por un lado una curiosidad tintada de paternalismo y, por otro, un terror profundo pero atenuado. Algo que ya no duele de pura costumbre.

La curiosidad viene de lo estático de todos esos miedos. No había acción. Yo no esperaba que el muerto de turno sacase un brazo desde su escondrijo y me asiera para atacarme. No, ni siquiera creo que fuesen muertos con capacidad de moverse. Y así reaccionaba yo también. En mitad de la oscuridad, con los objetos familiares convertidos en grotescos bultos desconocidos, me cubría la cabeza con la sábana y me quedaba quieto. A veces dejaba de respirar para asegurarme de que sólo yo respiraba en la habitación. Luego pensaba que ni los muertos ni los fantasmas respiran, pero el miedo a escuchar otra respiración a mi lado no cedía. Si acaso se intensificaba.

No quería darme la vuelta. Dejaba que el sudor frío empapara la almohada hasta hacerse molesto. Prefería la incomodidad al contacto con el intruso. Me daba por pensar en sus ojos abiertos, vacíos de vida. Los recuerdo vidriosos en mi imaginación, casi falsos de tan cristalizados. Tampoco se me escapaba su piel llagada y sus labios cuarteados. Pero no se me ocurría pensar en el olor, pues eso me hubiera tranquilizado. No, mis muertos eran asépticos e inodoros, pero terribles. Terribles por su hieratismo, por su inmovilidad, como la sombra sentada a los pies de la cama. Sólo observan, y ni eso. Sólo están, aunque queden fuera nuestra vista. Eso los hace aún mas inquietantes. Todavía no sé si tiene que ver con el miedo a lo oculto o con el miedo a la muerte.

La otra sensación, el terror adormecido, me viene de la evocación. Me viene porque con la edad cambian los miedos, pero no los absurdos. Confundimos el miedo con la preocupación. Tenemos miedo a perder a nuestros seres queridos, miedo a la soledad, a no tener medios para vivir o para mantener lo que ya tenemos. Existe un miedo basado en lo posible. A primera vista no encontramos semejanzas con el miedo infantil. No diríamos que se trata de terror. Por eso sé que si dejo de pensar en lo cotidiano y rememoro aquellas imágenes, sentiré algo que no sé explicar. Porque no es racional. Volverá el sudor frío, el latido del corazón en la sienes y, lo más importante, la inmovilidad como defensa. El terror paraliza.

Entonces me envuelvo en el manto de la racionalidad y me digo que el miedo a la oscuridad viene del pasado, de cuando nos acechaban los peligros en bosques oscuros. De cuando no existían la electricidad ni las velas y se dormía al raso. Y el resto, la puesta en escena, le compete a la muerte, que al fin y al cabo simboliza lo desconocido. Lo más desconocido, vaya. Y al final todos los miedos –los racionales y los irracionales- tienen algo en común; la incertidumbre. El desconocimiento.

Pasada la infancia, creemos saberlo todo. Los muertos no se levantan y se acuestan en tu colchón –sería un engorro-, los fantasmas no existen y la sombra a los pies de la cama es un montón de ropa –soy muy desordenado-. Sea como fuere, aunque no nos demos cuenta, nuestros nuevos miedos tienen que ver con lo mismo de siempre. Muerte, indefensión, incertidumbre, debilidad y soledad, lo único que con aspecto de enfermedad o de hipoteca, de paro, de crisis, de problemas de autoestima y demás cosas aburridas y terrenales.

Acabamos convirtiendo una buena película de terror en un telefilm de sobremesa. Eso hace la edad con nuestras pesadillas. No les cuento lo que hace con los sueños.

(Eso sí que da miedo).

miércoles, 20 de abril de 2011

Sagrado Tribunal Supremo.

Acabo de leer que el Tribunal Supremo ha dado la razón a aquella profesora de Religión a la que despidieron por estar divorciada. Ahora le devolverán su puesto de trabajo y podrá continuar con su vida al margen de la moral católica. Y me parece bien, sino fuera porque todo el asunto, desde su raíz, es un despropósito.

Supongo que no soy el primero en preguntarse por la razón de que exista una asignatura llamada Religión y Moral Católica en el marco de una enseñanza pública laica. No obstante, reconozco el profundo arraigo del catolicismo en nuestro país. Entiendo la profesión de una religión concreta y respeto las expresiones públicas que correspondan al ejercicio de la fe de cada cual. Pero no por parte de un organismo oficial.

Vivimos en un estado aconfesional. Las instituciones públicas no profesan una u otra religión. Tenemos libertad religiosa como tenemos libertad política. A todos nos escandalizaría que se impartiera una asignatura de Ideología Comunista o de Fundamentos Sociales de la Derecha Española. Sin embargo, estamos tan acostumbrados a la asignatura de Religión, que nos parece razonable, cuando en realidad está fuera de lugar. La educación religiosa, al igual que valores políticos, pertenece al ámbito privado. (Por no hablar de que, cada vez más, tanto lo uno como lo otro son una cuestión de fe).

Los defensores de que se mantenga la asignatura arguyen que existe la de Alternativa a la Religión, o lo que es lo mismo: una perdida de tiempo para los alumnos y un marrón para el docente de turno. No debería de existir una alternativa a la religión porque no debería de existir un adoctrinamiento religioso en la educación pública. Otro argumento de los favorables es que se facilite una clase de religión según la fe de cada alumno. Es decir, profesores de religión católica, musulmana, judía, protestante, budista, hindú… Y para mí, un profesor de ateísmo –un tipo descreído, frío y racional, con un dilatado curriculum de empirismo…-. En definitiva, un absurdo de proporciones bíblicas, si me permiten el chiste fácil.

Se mire por donde se mire, la inclusión de esta asignatura genera desigualdades a todos los niveles. Desde los alumnos confinados a la Alternativa a la Religión, pasando por los de otros cultos no reconocidos en la docencia, hasta los propios profesores que han estudiado una oposición. Porque, aunque no lo crean, los profesores de Religión imparten clase en un centro público sin haber superado ninguna prueba oficial -es lo que tienen los cargos de designación divina-. Son elegidos por la Diócesis que corresponda mediante una valoración de méritos completamente subjetiva y sin intervención del Ministerio de Educación. Como pueden ver, es mejor conocer a Dios que ser amigo del presidente del tribunal.

Por otro lado, esas dos horas semanales bien podrían cederse a asignaturas elementales como Lengua, Matemáticas o algún idioma extranjero. Incluso podría convertirse en una Historia de Las Religiones. Pero, a pesar de las múltiples posibilidades, el panorama actual es anacrónico, injusto e improcedente, y no tiene visos de cambiar. Sólo nos queda esperar a que la creciente diversidad religiosa termine por provocar el caos. Hasta entonces se impartirán clases de moral (!) católica por personas que no son consecuentes con sus preceptos. España es un país divertido.