miércoles, 19 de octubre de 2011

A la cuarta, va la vencida.

Debía de tener cinco años la primera vez que soñé con aquel patio interior. Era el de la casa de mis padres, en Madrid. En el sueño, me acercaba poco a poco a la enorme ventana y me dejaba bañar por la claridad del amanecer. Era una luz acerada que hasta parecía oler a metal. A través de los cristales se veía la persiana cerrada de la ventana de enfrente, enmarcada por el muro de ladrillo ocre. Estaba en el quinto y último piso, no necesitaba asomarme para ver el cielo. Pero me asomé.

Abrí con cuidado la ventana y me subí a un taburete de plástico azul que existió, pero que nunca estuvo en aquel dormitorio. Nada más auparme, me puse de puntillas y apoyé el pecho sombre el alfeizar. Enseguida pude levantarme a pulso sobre los brazos y subir las piernas, hasta quedar completamente sentado, de medio lado, sobre el hueco de la ventana. El abismo comenzaba donde terminaban los dedos de mi mano.

Durante aquellos minutos interminables, la luz no cambio tan rápidamente como suele ocurrir. No había viento, ni voces o ruidos, tan sólo una calma densa y fría, con el tiempo detenido en un presente continuo. Entonces miré hacia abajo y vi el fondo del patio, con las losas de cerámica roja y unas pocas plantas moribundas que todavía siguen muriéndose hoy en día. Y salté.

La aceleración fue brutal. Mi cuerpo caía sin dejarme tomar aire. Creo que no llegué a gritar cuando me di cuenta de que, a pesar de la caída, el suelo permanecía a la misma distancia. Y, de pronto, nada más haberlo pensado, el pavimento pareció subir hacia mí a la misma velocidad con la que yo descendía. Sé que el suelo no podía acercarse, es más; ni siquiera en el sueño era posible. En ese momento sí grité y me desperté, incorporándome bruscamente en la cama. Era verano y estaba en Campello, en el chalet de mis abuelos. Aquel fue el primer sueño cuya verosimilitud me sorprendió. Después lo soñé otra vez más, muchos años después, ya en la casa de Alicante, que no tenía ningún patio interior. En aquella ocasión, los detalles fueron los mismos y la realidad percibida también. Desde entonces no he vuelto a soñarlo.

En eso pensaba esta misma mañana, cuando me he despertado sin saber muy bien si anoche soñé o viví otro extraño episodio en ese mismo patio. En estas circunstancias, siempre me planteo la autocensura, hasta que descubro que mis comportamientos son tan censurables como los de la mayoría. No tengo perversiones sofisticadas, ni siquiera especialmente reprobables o repugnantes. Soy un tipo sencillo y, cómo tal, me pierde la curiosidad. Además, no es la primera vez que les hablo de mis vecinos; un vecino es un ser molesto por definición, pero también es un arquetipo, un desconocido aséptico cuyos ruidos se nos presentan para dar cuenta de su intimidad más oculta. Y eso me puede, si no, no habría estudiado periodismo, claro.

En cualquier caso hoy no hablaré de mis vecinos de enfrente. A ellos es más fácil verlos como en una película, casi como un simple fotograma –uno por ventana-, unas veces nítido y otras velado. Pero los vecinos de al lado se sienten como algo próximo, hasta propio si me apuran. Son un contexto palpable, cercano, y por eso son más íntimos que el cine. Son como la radio o cómo un cómic. Sus sonidos en la noche llegan a nuestros oídos como si portáramos cascos y sus ventanas en el patio interior semejan viñetas hiperrealistas. Aunque no lo queramos, nos pertenecen y les pertenecemos. Por más que lo neguemos y pese a que nunca lleguemos a cruzar una palabra, nos pertenecemos. Nuestra relación es mutua y nuestra aparente indiferencia, también.

Desde hace unos meses, cerca de la medianoche, me desvelaban unos sonidos muy característicos. Se trataba de cuatro golpes espaciados, ni más ni menos. Cuatro caídas del mismo objeto, o de objetos similares, algo hueco y de plástico duro. Al principio me exasperaba, pero con el tiempo fui acostumbrándome a su presencia en mitad de la negrura. Incluso empecé a agudizar el oído, a contar su número y a aventurar el por qué de su reiteración.

Pues bien, ayer estaba levantado cuando escuché el primer golpe. Sabía que luego llegarían los demás, así que saque la cabeza por la rendija que dejaba la persiana –una guillotina sobre mi cuello- y examiné las luces encendidas. Eran pocas, por lo que no me costó encontrar lo que buscaba: dos pisos por debajo del mí, tras los ventanales de una cocina, un anciano se tambaleaba apoyándose en la encimera. Cuando consiguió recuperar el equilibrio, se dirigió hacia el extremo más alejado de la cocina, junto a la puerta de entrada. Allí me era imposible ver su cabeza, sólo sus piernas, su cuerpo y sus brazos y, en su mano, un bote de plástico blanco.

Sin previo aviso, comenzó a balancear el brazo del bote, adelante y atrás, suavemente, hasta que alcanzó la inercia precisa. Después lanzó el objeto hasta una papelera previamente destapada que se encontraba próxima a mi posición. Y no encestó. Tampoco pareció molestarse por su falta de pericia, al fin y al cabo no era más que el segundo intento. “El segundo intento”, pensé. Siempre eran cuatro, sin variación posible. Se me antojó extraño, pero sólo me quedaba esperar para confirmar mi teoría. De nuevo, lo vi tambalearse hasta la papelera, recoger el bote y regresar al sitio de lanzamiento. Lo vi lanzar y fallar una vez más y lo vi repetir el proceso y acertar. A la cuarta, claro.

Ese hecho, tan esperado como sorpresivo, me hizo cuestionarme hasta qué punto los fallos eran tales. Parecía más bien un ritual cuidadosamente practicado y de gran precisión –es difícil acertar-. No dejaba de ser extraño que siempre errase los tres primeros intentos y que siempre acertara a la cuarta. Tenía que ser intencionado, pero al mismo tiempo tenía que ser fruto de años de ensayo. Un ensayo según el cual eran necesarios tres errores para conseguir el éxito.

Imaginen que por una vez, un día cualquiera, fallase el cuarto intento. ¿Cuál sería su reacción?

miércoles, 12 de octubre de 2011

La magia del cine.

La memoria es toda una sala de cine a nuestro alcance. Podemos sentarnos solos en una de los centenares de butacas vacías. Podemos sentir el terciopelo usado de la tapicería, posar nuestros brazos sobre los del sillón y esperar a que se encienda la pantalla. Y ya, por poder, podemos escuchar el sonido del proyector en el silencio negro y ver las partículas de polvo en suspensión, al ser heridas por el haz de nuestros recuerdos. Podemos hacerlo todo, podemos acomodarnos en nuestra imaginación y dejarnos llevar sin saber qué parte es memoria y cuál invención.

En mitad de esta sala es posible sentir corrientes de aire frio en los tobillos. Son fugaces, leves, pero reiteradas. Al principio cuesta apercibirse, pero, una vez sentidas, se reconocen sin dudar. Como también se reconoce esa sensación de ser observado. Al fin y al cabo estamos rodeados de penumbra y asientos vacíos. Y hay pocas cosas más inquietantes que un asiento vacío, porque va contra su propia naturaleza, que es la de estar ocupado. Los hay que piensan en monstruos grotescos de ojos rojos. Yo, sinceramente, no veo a semejantes bichejos sucios plácidamente sentados, sólo esperando. Sólo para inquietar.

En mi sala, los monstruos que me acompañan son mi posibles “yos”. Todos aquellos Nachos que pudieron ser y no fueron. Los mismos que, por una decisión aparentemente banal o por otra realmente importante, dejaron de ser posibles. Ellos sí saben esperar, pues es lo que llevan haciendo desde que pudieron ser y es lo que harán hasta que yo muera. Entonces estarán a la altura de mi yo real, porque dejaré de ser y ya no podré existir. Quizá entonces se cobren su venganza y vengan a exigirme explicaciones. Puede que también a robarme las experiencias que fueron vitales, a despojarme de lo que me hizo ser más real que ellos. Pero, hasta entonces, tendrán que ver la película pacientemente. En cualquier caso, a ellos no les importa qué parte es imaginación y cuál recuerdo. A mí, cada vez menos.

(Bien mirado son mejores compañeros que los monstruos hediondos y horribles. Seguro que aquellos devoran palomitas con la boca abierta –su boca llena de sarro-).

De nuevo vuelvo a sentir la ráfaga de aire y no puedo evitar girarme para encontrarme con nadie. Butacas vacías y esa corriente fría en los tobillos. Un escalofrío me sube por la nuca y un pensamiento me revela el miedo real a mis dobles imposibles: no soportaría que alguno de ellos fuese mejor que yo. Uno siempre espera ser la mejor opción. Sería terrible reconocer un triunfo o una felicidad mayor en otro cuyo tiempo ya pasó. No creo que pudiera aguantarle la mirada; su reproche. Su legitimidad frente a mi existencia sería incontestable.

Menos mal que ya empieza esa ridícula cuenta atrás sobre la pantalla blanca. Al principio se hace necesario entornar los ojos y, al llegar al cero, no hay trailers. Tampoco principio ni final, sólo un instante perdido en mi pasado. En este cine se pueden oler las tostadas y el zumo de naranja de una mañana estival. También puede sentirse el sol a través de la ropa y el frio o la humedad de unas sábanas de invierno. El doblaje es genial: mis abuelos hablan como mis abuelos y mis amigos se imitan perfectamente. Su actuación es impecable. Puede ser un recuerdo, sin duda. Pero, sin duda, puede no serlo.

La sensación se acrecienta cuanto más perdido sea el recuerdo. Golpea su rotundidad, su certeza, aunque no podamos saber qué pasó antes ni después. Entonces parece un cuadro en movimiento y la intensidad de sus sonidos, olores y colores es abrumadora. En ese instante de ese momento antiguo me giro y veo la sala llena. Cientos de personas. Y mi cara en todas ellas y mis manos junto a mis manos en las butacas contiguas. No me prestan atención. La luz parece hipnotizarles. Cada uno en su edad: muchos tienen la misma, otros distinta. Hay bebés, niños, adolescentes, hombres... Incluso ancianos. Sus ropas son dispares, sus peinados, hasta las arrugas de los mayores parecen difererir en su recorrido. No se mueven, intentan encontrarse en mis recuerdos, experimentar lo que pudo ser suyo o atrapar el momento en el que su existencia se hizo imposible. Intentan vivir, como lo intentamos todos, hasta que se funde la pantalla. Si mi memoria se apaga, ellos dejan de existir. Es la magia del cine.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Puro ritmo.


A veces empiezo a escribir atendiendo tan sólo a la lenta cadencia de las palabras –puro ritmo-. Es como tomar el diccionario con las dos manos, sujetarlo por encima de la cabeza y agitarlo con fuerza, con mucha fuerza. Luego, con un viejo cortaplumas cromado, heriremos la tapa y empezarán a derramarse letras. El secreto está en contener la hemorragia, en no dejar que se desborden el “amor”, el “placer” o la “belleza”, pues siempre tienden a eso, a desbordarse. Pero tampoco descuidar los malditos adverbios acabados en “mente”, ni la “idiosincrasia”, ni el “consenso”, ni el “género”, ni la “crisis”, ni todas esas palabras de moda. Esas palabras que, de tanto oírlas, empezamos a repetirlas hasta cuando no vienen a cuento. Porque al fin y al cabo todo acaba siendo un cuento.

Por eso parece mejor el ritmo, la musicalidad. No se le presupone sentido. Poco importa que todo el texto sea un absurdo mayor, tanto mejor en efecto. Por lo menos se podrá leer en voz alta sin que sobrevenga la náusea habitual. Porque desde hace un tiempo, tengo la impresión que el miedo a hablar en público no nace de la inseguridad y los nervios, sino de la absoluta certeza de que se va a hablar en vano. De que todo cuanto se dirá será vacío, el paraíso de los lugares comunes, el infierno más común a todos los lugares. Así y todo, no se preocupen, la audiencia ya está acostumbrada. Es más, serán compresivos, sobre todo aquellos que ya hablaron una vez y que desde entonces siguen hablando sin decir nada. Incluso puede que se acerquen a felicitarles tras su intervención –la palmadita en el hombro-. A cambio sólo les pedirán su alma y que su discurso siga yermo de sentido.

Porque todo se basa en la convención. Hasta el mismísimo diccionario que sigue desangrándose sobre mi escritorio –cuánta tinta y qué negra-. Somos así, vulgares, homogéneos y aburridos. Nos da tranquilidad la rutina y estabilidad la inactividad. No somos conscientes de que el equilibrio está en el movimiento, en la tensión y hasta en el vértigo. Si no, jamás existirían las cosas más maravillosas; las bicicletas, las motos, el sexo, el amor, el vino y hasta el universo. Por más que nos lo quieran ocultar, nosotros mismos somos movimiento. Por más que se nos olvide, fue tan importante aprender a andar como aprender a hablar. Por más que lo obviemos, hasta parados somos movimiento. Nuestro corazón también orbita alrededor del sol. Somos parte de todo y todo se mueve, se tensa y da vértigo.

Y  casi todo lo que da vértigo termina por ser adictivo, desde enamorarse hasta saltar de un acantilado. Porque el vértigo es una de las formas de la curiosidad, es una manera fisiológica de advertir del peligro y es, en definitiva, otra forma más de sentirnos vivos. Ustedes ya serán libres de decidir si quieren seguir adelante, si quieren apuñalar diccionarios y hacer un sacrificio rítmico –quizá den a luz un poema-. No se preocupen por el sentido, porque la tinta va buscando su cauce y las palabras terminan por ordenarse. Poco a poco dejaran de depender de la aliteración y la homofonía y se entregarán a la lujuria de la rima, que al final es lo más resultón. No se atormenten, las apariencias también son importantes, aunque en la tele se empeñen en decir que no y siempre lo diga gente guapa. Hagan pues un bello texto con la sangre de su idioma y luego búsquense en ese sinsentido que ha emborronado el folio. Seguramente, en mitad del absurdo, les guiñe un ojo aquella persona que siempre quisieron ser. Porque sigue dentro de cada uno de ustedes, esperando, latiendo, tamborileando con los dedos en las paredes de sus cráneos. Sólo espera a que la dejen salir. En realidad es algo más que puro ritmo.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Qué mis manos no se vuelvan contra mí.

Desde hace unos días el mundo real empieza a verse en letras, como testigo de un cambio imparable que está por venir. Todos los que alguna vez hemos escrito ficción sentimos inevitablemente una sensación de triunfo, ingravidez y desazón cuando damos por terminada la historia de turno. La euforia es la primera en marcharse, para ir dejando, como el café que se posa, un regusto amargo. Tras la corrección, la recorrección y mil y una lecturas, el que les habla termina pensado lo siguiente: “Es lo mejor que he escrito, no creo que pueda repetirlo”. Desde luego no es un pasamiento motivador, porque ni la obra concluida es tan buena, ni la venidera será tan mala. Es más, para quienes nos hallamos en un permanente proceso de aprendizaje, lo más seguro es que sea mejor según se avance.

Así y todo, cuando va pasando el tiempo y no se tienen ideas nuevas, se tiende a considerar que las anteriores fueron desperdiciadas. Algo así como: “Si lo pudiera escribir ahora, le sacaría mucho más jugo”. Pero yo, personalmente, no me veo con fuerzas de retomar ningún relato pasado, menos aún de destriparlo y recomponerlo. Eso sería un monstruo literario. Y los monstruos literarios nunca vienen solos, qué va; les encanta ir de la manita, por si se pierden. Y a mí se me echa encima el fantasma del fracaso, ese mismo que me ha impedido presentarme a concurso alguno. No porque me crea malo, sino por miedo a ser peor de lo que creo. Por miedo a saber con certeza que todo el trabajo sólo vale en cuanto a los buenos ratos que he pasado escribiendo. Pero que nunca llegará más allá. No es tampoco afán de posteridad, eso es pretencioso e idiota. Es más una cuestión de someter tu identidad, tu oficio y tu talento a la posibilidad de su inexistencia. La negación de la escritura me dejaría sin saber quién he sido, quién soy y sin ganas de saber quién seré.

No obstante, hay un momento, que es el actual, en el que no había pensado hasta ahora. Siempre me quedaba reflexionando sobre el posterior a la ficción. Nunca sobre el previo. Y es que la literatura, como cualquier arte pasional, es como el sexo; nadie se pararía a divagar antes. No se tiene la mente clara, esa es la razón. Pues bien, para variar, tenía ganas de dejar por escrito este antes de sinrazón, de expectativas, de calentón y de sueños. Porque luego llegará el después, con sus consabidos monstruos hermanados. Y después del después llegará otro más y luego otro antes del siguiente antes. Así, una vez más, perderán sentido todas las palabras que una vez utilicé para inventarme un mundo entero y a sus habitantes que no existen. Una vez más dejaré de ser Dios para convertirme en mortal, en un mortal con miedo a ser mediocre, vulgar y negligente. Es duro el despido divino.

Pero todo eso hoy no importa, porque lo he vuelto a sentir. Tengo la idea en la punta de los dedos y esto es sólo un calentamiento. No puedo pensar en lo que pasará después, en sí servirá para algo o en si será una buena novela. ¿Qué más da? De momento empieza a ser inevitable, casi incontenible. Será mejor disfrutarlo. La historia que barajo será sombría, como la última. Volveré a teclear al ritmo de algún que otro tango de Gardel. Retiraré el reloj de mi muñeca para que no me afecte el tiempo de los mortales y prepararé café. Buscaré alguna bombilla tenue, que no dé más luz que la que ilumina mis manos. Las mismas manos que me parecerán autónomas, las mismas que miraré desde un lugar mágico que no existe aunque lo haga existir. Las miraré sin reconocerlas siquiera y, al final, las miraré esperando que no se vuelvan contra mí.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Próxima estación.

El otoño tiene mala fama. De hecho se lo considera una estación transicional, como la primavera, pero en formato triste. Durará lo mismo, hará más o menos la misma temperatura y los árboles se comportarán de manera extraña. Aunque al revés. Los niños cargarán de nuevo con mochilas que les enseñarán a caminar de la misma manera en que afrontarán la vida, con la cabeza gacha y el peso de la responsabilidad sobre los hombros. Qué cura de inocencia. Los padres empezarán a olvidar los placeres estivales y las pasadas vacaciones y sólo querrán perder de vista a sus pequeños monstruos. Y se volverán locos para aparcar, porque ya ha vuelto todo el mundo, y no encontrarán sitio en el metro ni en el autobús. Y pasarán frío por la mañana y calor a mediodía. En definitiva, el otoño cabrea a la gente, pero no se engañen, no lo hace más que las otras épocas del año.

Lo que pasa es que nos quejamos de todo, pero sobre todo del tiempo. Especialmente con los desconocidos. Hace ya unos cuantos artículos, hablaba en mi blog de La realidad a tientas acerca de las conversaciones de ascensor. Más concretamente, relataba mi costumbre de decir: “Cómo está el tiempo”, nada más entrar, para luego contradecir a mi interlocutor en su observación. Así, si el interpelado sugiere: “Es verdad, menudo frío que hace”, yo optaré por decir: “¿Si? Pues yo tengo un calor terrible” y viceversa. La cara de la víctima siempre merece la pena, aunque conforme pasa el tiempo, me va pareciendo todo un ataque al principio mismo de la concordia humana; el enemigo común, un blanco de las quejas compartido. Algo que nos une contra otra cosa, sea cual sea. Y el tiempo es el objetivo perfecto.

En invierno, que si hace mucho frío, que si los días son muy cortos, que si llueve mucho, que si “ojalá llegue pronto la primavera”... En primavera el problema serán las alergias o los “no se qué ropa ponerme” -¿alguien sabe que es el entretiempo?¿tiene algo que ver con los entremeses? Aparentemente sí-. En verano las quejas se extreman con el calor; no se puede dormir, se suda te vistas como te vistas y los mosquitos son aviones. Es cierto. Todas y cada una de las quejas están fundadas y son lícitas. Parece mentira que a ningún estadounidense se le haya ocurrido demandar al planeta por daños y perjuicios. Será que la cosa no está tan mal, al fin y al cabo.

Porque ahora los días se acortan y la noche enfría las fachadas de las casas a su debido tiempo. Las sabanas están tibias y una suave brisa invita a taparse y a compartir la piel. Las mañanas son bulliciosas de nuevo, se descarga fruta en la calle, huele a pan y a prisas y los coches dejan mellada la calzada hasta la tarde. El sol ha decidido acariciar en lugar de golpear. Dentro de poco los árboles empezarán a colorearse y a diferenciarse del resto en una guerra de egos. Aquí, en Madrid, el Retiro o los Jardines del Moro se convertirán en un lienzo impresionista sobre nuestras cabezas. Mientras tanto, las calles lucirán sobrias alfombras pardas. Los cárteles luminosos parecerán tener más sentido, intentando ocupar el mayor espacio de oscuridad en lo alto de los edificios –en esta ciudad no hay más estrellas-. Y, en mi otra ciudad, en Alicante, las playas empezarán a parecerlo. Se vaciarán de gente como si la arena y el agua hubieran decidido tragarse a tanto pelmazo. Por la noche, la humedad y una ligera bruma emborronará la luz amarilla de las farolas. Y todo parecerá extraño, extraño y maravilloso.

El otoño es una etapa indecisa, ambigua e irreal a ratos y no hubiera existido la poesía sin indecisión, ambigüedad e irrealidad. No hubiera existido poesía sin otoño.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Periodismo de la anécdota.

Con los años he llegado a una sencilla conclusión: todo aquel que decida estudiar periodismo sin albergar malas intenciones es un idiota o un idealista. Cuando yo lo decidí debía de ser las dos cosas, ahora sólo me queda la idiotez. Y a ella apelo como si significara cierta garantía de integridad, porque el periodismo –sobre todo el televisivo- cada vez da más risa, o más asco, o más risa… No sé decirles bien, pero me provoca una mezcla de arcadas y carcajadas. Algo así como carcarcadas o arcajadas. Elijan ustedes.

Primero tuve que asumir que, si alguien sale por la tele contando cotilleos que no importan a nadie, ese alguien será llamado periodista. Pero no sólo lo llamará así el común del vulgo que se dedica a ver estos programas, sino que él será el primero en indignarse y en enarbolar su profesión a gritos –siempre a gritos-. “Tú no te has documentado, cuáles son tus fuentes, porque yo sí he investigado y he hablado con su madre, su ex amante, su vibrador y un señor de Murcia y sé muy bien lo que digo. Soy periodista.” Adelante, pueden aterrorizarse. Yo ya soy inmune. De verdad, lo había conseguido. Sin embargo, otro tipo de periodismo antiperiodístico me esperaba con sólo cambiar de canal.

Con el tiempo, el periodismo del corazón ha conseguido desautorizarse a sí mismo por el mero hecho de seguir existiendo. Tiene mala imagen, nadie lo toma en serio y, sí, lo ve todo el mundo. Esto último no se puede evitar. En España la gente se siente orgullosa de hacer tonterías: “Pues yo me hago Madrid Tenerife en dos horas, borracho y en coche”. Y otro contestará: “¿En coche?”. A lo que el español medio asentirá orgulloso y apostillará: “Por mis cojones”. Y así funciona el país. El problema es cuando se intenta vender algo pretendidamente bueno y resulta ser una tontada, cuando no una afrenta a cualquier código deontológico -¿alquien sabe que eso?-.

Me refiero a los programas de investigación con cámara oculta. Qué yo recuerde, el primero del que tuve noticia lo creó Mercedes Milà, famosa también por ser hermana de un periodista de verdad, hacer pis en la ducha o presentar Gran Hermano. Pues bien, a la vez que ideó el formato también inventó la doble cámara enfocándola a ella, porque, aunque diga lo contrario, este programa sólo tiene una protagonista. Y no estoy hablando de la información. Así mientras a la Milà habla con una cámara mientras otra la filma hablando con la otra cámara, meten una tercera –cuánta cámara- en un bolso y engañan a algún delincuente habitual. Porque el programa va de eso, de engañar, por un lado al interesado y por otro al espectador. Una vez se ha descubierto el pastel, allá que va la Milà a encararse con el susodicho, pero en plan chungo. Sí, en lugar de llamar a la policía y denunciar la trama tontorrona de turno, se dedica a increpar a los criminales, a ver si le dan una pedrada y le llega la medalla. No creo que le importe que fuera póstuma siempre que la entrega se filmase con dos cámaras.

El formato se dio bien y ahora florecen programas gemelos, aunque con menos cámaras, en las distintas segundas cadenas de las nacionales. La gente los ve y no tiene que afirmar categóricamente que lo hace. No es necesario un “por mis cojones”, porque tienen buena fama y porque se ha vendido como investigación lo que sólo es esconderse y grabar. Y no crean que destapan la trama Gürtel o el caso Brugal. En realidad se ocupan de asuntos sensacionalistas cuando no sonrojantes. Véanse como ejemplo los siguientes temas reales: “Descubrimos a un psicólogo que se masturba mientras hace terapia” o “descubrimos a un odontólogo no titulado que practica la medicina en iglesias evangélicas”. Madre mía, visto lo visto les propongo: “Descubrimos a un neurólogo jubilado que espía a sus vecinos zoófilos a través de un rollo de papel higiénico usado”. No puede fallar. Porque a esto me refiero: eligen temas amarillistas, que no tienen una verdadera trascendencia y que, para colmo, son enrevesados hasta el ridículo. Es más, parece que la pretendida investigación consista en buscar el tema más tonto y con más complementos sintácticos.

Al final, todo este entramado informativo sólo sirve para distraer, para ocultar los temas verdaderamente importantes, esos mismos que tratan los que sí merecen llamarse periodistas. No es lícito hacer creer al público que lo anecdótico merece más de diez líneas en la sección de sucesos. Cualquier redactor jefe con un mínimo de criterio ya habría despedido a la Milà y a sus imitadoras si no las conociese nadie, si no fueran ellas en sí mismas la única noticia de sus programas.

Es hora de que nosotros, los lectores, hagamos labor de investigación y busquemos los temas que de verdad nos afectan. De lo contrario, el periodismo del corazón y el de la anécdota terminarán por desbancar al periodismo sin apellidos y, con él, a todo rastro de información relevante. Acabaremos siendo ovejas catatónicas que, encima, creerán saber sobre asuntos importantes. Por mi parte intentaré retomar el idealismo y reincorporarlo a mi idiotez. Porque respeto mucho la profesión que no ejerzo.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Al otro lado de la cara.

Siempre me han atraído las cosas inacabadas. Recuerdo un cuadro colgado en casa de mis abuelos. Quizá por su condición de obra sin terminar ocupa un discreto rincón del recibidor. Se trata de una pequeña acuarela sobre un papel tosco y amarillento rodeada por un sencillo marco de madera de haya. Supongo que no hay nada de extraordinario en ella. Tan sólo una figura humana ocupa el centro de la lámina: es un hombre, un labrador o tal vez un pastor, con pantalones verdes y chaleco ocre. Se le ve de pie, entero, y, mientras que las prendas están perfectamente definidas, las partes visibles de su cuerpo son apenas un trazo. A decir verdad parece un fantasma con ropa.

Es posible que esta última frase desvirtúe el efecto descriptivo, o por lo menos le reste seriedad y dramatismo. Pero es lo que se me ocurrió cuando tenía cinco años y es lo que sigo pensando cada vez que lo veo. Porque, hasta hace muy poco, me quedaba mirándolo durante minutos. Me perdía observando la pequeña pintura desde todos los ángulos posibles, desde todas las distancias. Es más, puede que hasta me mesase una inexistente barba, como un gafapasta en el Reina Sofía. No obstante, no estaba apreciando la fluidez del trazo, ni maravillándome por la necesaria precisión de la acuarela. Ni siquiera desentrañaba si el autor quiso retratar la desolación del medio rural en los años cuarenta y utilizarlo como metáfora y denuncia del desarrollismo venidero (!). No, no pensaba en chorradas de modernos, pensaba en mis chorradas, más concretamente en por qué no se llegó a terminar aquel cuadro. En si realmente sólo se quiso pintar la ropa y nada más sugerir el cuerpo. Y en si el retratado existió o sólo fue el fantasma que parece ser.

Por todo ello, hace unos meses me decidí a descolgarlo y, con cuidado, lo extraje del marco. Esperaba encontrar una anotación o el fragmento de otro dibujo en el envés del papel. Y, cuando conseguí sacar la lámina de su domicilio habitual, ante mí apareció la respuesta… Aunque todavía no consigo saber si tiene algún sentido. Porque sí había algo al otro lado de la pintura. Algo que no esperaba. Seguramente hubiera preferido un nombre, una fecha, o simplemente un tranquilizador espacio en blanco. Pero no fue eso lo que vi y, desde luego, no tuvo nada de tranquilizador.

Al otro lado de la cara que siempre había visto existía otra cara. Pero también otros pies y otras manos que, en este caso, carecían de vestimenta. Tan sólo flotaban en la misma posición que sus tenues gemelas, suspendidas en el papel, sin cuerpo desnudo o vestido que las uniera. Y, al contrario que las otras, estas extremidades estaban dibujadas con detalle. No había rastro de pintura, pero sí un dibujo complejo e intrincado que parecía dotar de volumen a cada parte. El rostro era el de un hombre de edad indefinida, esa edad que da la intemperie a los rasgos. Se podían distinguir perfectamente las arrugas, hasta las cicatrices, de la piel que cubría su mandíbula cuadrada, sus labios crueles o su nariz aguileña. Los ojos eran dos agujeros profundos, hundidos pero expresivos. Y las manos eran huesudas, delgadas y con las uñas demasiado largas. En cuanto a los pies, eran decepcionantemente normales –y menos mal-.

Creo que el tiempo que pasé observando la parte oculta del cuadro fue mayor que todo el que había pasado mirando la conocida. De hecho transcurrieron dos horas hasta que aparté mi vista del papel. Sé que puede parecer absurdo, pero sentí que aquel otro rostro, aquellas manos y aquellos pies no pertenecían al pastor o al labrador del otro lado. Además no era lo mismo mirar el cuadro colgado que tocar el papel con las yemas de los dedos. La experiencia provocaba desasosiego.

Aun así, sólo solté el papel cuando sentí que el latido de mi corazón era lo único audible en toda la casa. Me senté en el sofá y miré por la ventana el atardecer, con la luz del sol casi perpendicular a los cristales. Me hería los ojos, pero era mejor que mirar la cara del fantasma. Entonces se me ocurrió algo: tomé el papel de nuevo y caminé hacia la ventana. Después, lo puse sobre el cristal con el lado conocido hacia mí y enseguida la luz hizo el resto. Al iluminar el envés de la hoja, la cara, las manos y los pies huérfanos aparecieron en su sitio, se vistieron con la ropa de acuarela y cubrieron los débiles trazos de siempre. Muchos años después de enmarcarlo, aquel cuadro fue por fin terminado.

Nunca sabré si el autor lo creó así a propósito. Mi parte racional me dice que no, que simplemente son bocetos de estudio y que, quizás coloreó la ropa por un lado y luego, siguiendo la marca de la pintura, dibujó el resto por el otro. Es posible que quisiera practicar las prendas y las extremidades por separado. En cambio, mi parte irracional –una gran parte de mí- me dice otra cosa. Me dice que aquella pintura fue pensada para ser vista a contraluz.

Puedo imaginarme al pintor al saber que su cuadro nunca había sido visto como él quiso. Y se me ocurre que quizás existan miles de objetos familiares que ocultan su verdadero significado. De nada sirve intentar saber hasta qué punto está terminada cualquier cosa. Es posible que ninguna lo esté, pues nada suele colmar las expectativas de cuando la pensamos. Por eso siempre queda algo por hacer, esperando la perspectiva adecuada o la luz precisa.

De momento el cuadro continúa donde siempre, con su cabeza, pies y manos sólo sugeridos. (Y sin embargo latentes).