miércoles, 18 de enero de 2012

Una agonía médica.

Cuando pienso cosas como la siguiente me siento un poco testigo de Jehová o un naturópata desquiciado: ¿Hasta qué punto la medicina va contra natura?¿Dónde está el límite entre el tratamiento y la agonía médica? No se alarmen, mi racionalismo está fuera de toda duda y, también en este caso, me alejo asqueado ante chamanismos y supersticiones estúpidas. Es más, suelo ser de la opinión de que el ser humano no puede crear nada que sea contra natura, porque hasta el más terrible veneno y la más agresiva radioactividad están compuestos de las mismas partículas que nosotros. Sólo es cuestión de orden.

Sin embargo, por motivos personales, en los últimos días he visto que también es una cuestión de uso. Me explico: sigo de acuerdo con la premisa de que todo lo humano es natural, por más químico y artificial que sea, pero no así su utilización. De hecho, en ciertas circunstancias, luchamos contra el orden de las cosas con un empeño suicida, hasta dejarnos la dignidad en el camino con tal de vencer nuestra suerte.

No se puede preservar la vida a toda costa.Tal vez les parezca incompatible con mis creencias racionales y seguramente me echen en cara un doble rasero, pero el tema es más complejo y va más allá de dobles y triples raseros, como si quieren ser cien. Es más, habrá tantos raseros como personas y casos concretos. Yo jamás me opondría a salvar la vida de una persona que, al recuperarse, pueda disfrutar plenamente de su existencia. Y, por ello, tampoco entenderé esa obcecación maliciosa por mantener un corazón latiendo cuando el resto de la persona ha dejado de latir. Somos mucho más que una maquina. Digan lo que digan y lo llamen como lo llamen, tenemos alma. No creo que sea algo trascendente, pero sé que mientras vivimos existe y que, cuando el alma muere, el cuerpo sólo es un montón de carne. Prefiero no pensar en la cantidad de cuerpos sin alma que siguen funcionando, aunque sólo sea como entidades materiales, como una planta, o aún menos.

Y luego están los familiares y el egoísmo, cosa que puedo entender. La pérdida de un ser querido es el trance más doloroso por el que puede pasar una persona. Porque los demás son parte de nosotros mismos. El problema viene cuando no podemos asumir que seguirán siéndolo, en nuestros recuerdos y en aquello que aprendimos de ellos, o cuando necesitamos aferrarnos a una imagen tangible, una imagen que no tiene nada que ver con la que rememoramos y que terminará por sustituirla. Una imagen grotesca y desconcertante.

Creo en el derecho a la vida sobre cualquier otra cosa, y en consecuencia creo en el derecho a la muerte. La vida de un hombre sólo le pertenece a él y sólo él debe decidir cuándo poner el punto y final. Sin embargo, son muchos los casos en los que el enfermo no puede decidir por sí mismo y entonces deberá ser la familia y los médicos quienes se armen de valor y de sentido común. De lo contrario habrán salvado un cuerpo, pero no habrán devuelto la vida a nadie, porque la muerte es parte de la vida. La medicina nos ayuda a esquivar el final mientras queramos y podamos, pero no a costa de crear una ilusión de vivir. O una vida en la que preferiríamos estar muertos.

miércoles, 4 de enero de 2012

Algo más cierto que la propia verdad.

Después de cuatro meses sin ver el mar, lo encontré enorme. Yo lo recordaba más pequeño, menos desértico, más profundo. Pero estaba aplastado, liso, asténico, si eso es posible. Parecía que le hubieran quitado las burbujas que lo hacen hervir, o las rocas a las que tiene que adaptarse a golpe de ola y hasta las corrientes que lo tejen en franjas de distintos azules. No sé qué le encontré, que lo miré con ojos de extraño después de toda una vida juntos. Anduve buscando esa mueca de espuma que siempre reconocía, o aquella curva de cadera en su orilla, o la lengua de agua trasparente sobre la arena que viene, limpia y se va, que borra las huellas una y otra vez. Y no estaba.

Algo desconcertado miré al cielo -que es lo que hacen los humanos cuando no saben explicar las cosas- y vi un lienzo de nubes perfectamente recortado y delimitado. Me pareció el borde de un blando edredón nórdico. Si hubiera sido lo suficientemente alto, habría intentado tirar de él y cubrirme, o echarlo al mar, a ver si se convertía en temporal. Todo muy extraño, muy ajeno. Pensé que sería debido a aquello que dicen de tomar distancia para ver las cosas con perspectiva. Y no hay mayor distancia que la del tiempo. Cinco minutos son mucho más que cinco metros, pero yo siempre he preferido la cercanía, hasta de lo malo, quizás para poder controlarlo, o al menos intentarlo.

Será por eso que me sentí extraño en mi tierra, o mejor; que sentí mi tierra extraña. Caminé unos pasos por la orilla. Me descalcé para reconocerla con el tacto, casi como dos amantes ciegos que se saben de memoria. Encontré la arena fría y mojada y paseé por la orilla sin rumbo definido. Cuando empecé a sentir más frío de la cuenta, di la vuelta y, sin previo aviso, todo volvió a ser como siempre. La arena de la orilla no tiene memoria. Mis pasos habían desaparecido y, una vez más, me vi en mitad de la playa sin un solo indicio de cómo había llegado hasta allí.

No existía el pasado. No existía ningún recorrido, como si hubiese llegado volando, como si hubiese caminado sobre el mar plomizo y plano de aquel día. De pronto, una ráfaga de viento y una ola inadvertidas habían bajado el telón de la irrealidad y habían disuelto mis días de ausencia. Volví entonces sobre mis pasos borrados, sintiendo que ya no me pertenecían, y pensando que la memoria tiene esas cosas. Nuestra realidad es cambiante y los recuerdos la reflejan en sus miles de combinaciones, hasta el punto de distorsionar la verdad para convertirla en algo aun más cierto. Por eso, al ver sólo una cara más, un momento detenido en un día cualquiera, la imagen no concuerda y la memoria parece falsa.

Tan sólo hay que esperar un tiempo, dejar que corra el día para que la luz ilumine de otra forma, o las olas rompan de una manera determinada, o el viento sople de donde toca, o que ella vaya de mi mano. Entonces nuestro pasado se pondrá en marcha y empezaremos a relacionar matices con otros del presente. Aunque sean momentos distintos, sentiremos que el mundo late de nuevo con nosotros. Porque el devenir, por sí sólo, sin conexiones previas, es magia; magia sin trucos. Un decorado que no sabemos explicar, o una explicación que solemos decorar.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Dioses de carne y hueso.

Si no fuese un frívolo declarado, no me gustarían las Navidades. Y si no fuera un ateo de nacimiento, tampoco. Porque mucha gente no se da cuenta, pero todos participamos de esta nueva religión que es el consumismo. Ya sé que no descubro América, que no es nada nuevo, que es un tema recurrente y moralista hasta la náusea, pero yo no voy por ese camino. A mí la moralidad me da igual, porque participo del circo conscientemente y lo seguiré haciendo, pase lo que pase. Sería inútil erigirse en contra de tanto ornamento y exceso. Y no lo digo por aquella excusa repugnante de que una sola persona no puede cambiar el mundo, porque es mentira. Lo digo más bien porque me entretiene el despliegue, incluso me reconforta de un modo perverso y nada cristiano.

Si hablo de cristianismo es porque celebramos el nacimiento de Jesús, pero, claro, desde entonces han pasado muchas cosas. Ahora ya no se reza, pero tampoco es tan distinto. Se memorizan eslóganes publicitarios, los villancicos son canciones de anuncios de turrón, cava y juguetes y hemos sustituido los éxtasis místicos por anuncios de perfume –casi imposibles de diferenciar-. Las vidrieras y retablos con cuadros de apóstoles se han cambiado convenientemente por enormes carteles con mujeres desnudas cubiertas por capas rojas y gorros de Papá Noël. Y, por si fuera poco, ya no hay que echar a los mercaderes de ningún templo, porque ahora el templo por excelencia es suyo y se llama Centro Comercial.

Si se fijan, podrán comprobar cómo la arquitectura de los centros comerciales se acerca cada vez más a la de las antiguas catedrales. Ya no son esos edificios de pasillos retorcidos, confusas escaleras mecánicas y pequeñas tiendas apretujadas. Ahora tenemos interminables naves coronadas por bóvedas de cristal y alturas libres de decenas de metros. Si uno no ve a Dios comprando en Zara es porque no quiere.

Y tal vez les parezca retorcido, pero reconozco que me alegra el buen funcionamiento de toda esta maquinaria de propaganda e impostura. Me alegra que casi nadie se acuerde del motivo real de esta celebración. Los que me conocen saben que considero a la religión como una fuente de problemas, un motivo de discriminación, de guerras estúpidas, una forma de engañar a las personas para que aplacen sus sueños y anhelos hasta después de la muerte. También una excusa para convertir a la sociedad en rebaño y para ganar dinero a costa de la espiritualidad de los semejantes. Aunque también aprecio su carga histórica, su importancia en cada aspecto de nuestra sociedad actual y el consuelo del que ha provisto a muchas personas sin otra opción, o el arte y las buenas acciones hechas en nombre del dios de turno.

Por eso, el motivo de mi alegría no nace del desprecio o la manía hacia la religión, sino a la sospecha de que se ha sustituido por algo más sano que un señor crucificado y unos cuantos consejos represivos. Se ha sustituido por la familia y los amigos, o, más bien, por celebrar el simple hecho de estar vivo y de que quienes te importan también lo estén. Se ha sustituido por todos esos dioses de carne y hueso que hablan con nosotros y se preocupan sinceramente. Por todos los que comparten nuestros deseos, deseos sencillos, banales, prosaicos. Grandiosos deseos humanos que hacen pequeños los divinos.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Interiorismo psicopático.


Llegaron al barrio sin hacer mucho ruido, gracias al cloroformo, claro. Eran dos jóvenes, hombre y mujer, solteros y, ahora, residentes en Madrid. No se podía decir que tuvieran nada más allá de la amistad, pero sí que disfrutaban haciendo cosas juntos. Sobre todo una: su afición común, la pasión los definía como enfermos mentales. La psicopatía. Disfrutaban planeando el asesinato, investigando el lugar del crimen, valorando las variables que podían ponerlos en peligro y, finalmente, ejecutando a la víctima de la forma más compartida posible.

La última ocasión no fue una excepción. Se apostaron durante días en una azotea desde la cual se podían observar decenas de ventanas anónimas que pronto dejaron de serlo. La zona les había seducido desde el principio. Un sitio tranquilo, una calle sin demasiado tráfico, un lugar céntrico, con todos los servicios posibles y bien comunicado. Quizás demasiado cara para alquilar o comprar, pero eso no era ningún impedimento para nuestros nuevos vecinos. De hecho, tuvieron más suerte de la esperada, ya que la ventana más indiscreta de Madrid les proporcionó la víctima perfecta.


No había cortinas que impidieran la vigilancia de aquel anciano marchito que caminaba desnudo ante el televisor. Lo vieron tumbarse una y otra vez en el sofá de cuero negro, lo vieron intentar dormir noche tras noche y no conseguirlo nunca. Lo vieron sin ir a trabajar, sin apenas salir de casa, sin recibir llamadas de teléfono, o la más mínima visita. Pronto lo tuvieron claro y, al día siguiente, cloroformo mediante, llamaron a la puerta, lo durmieron y lo apuñalaron en el corazón con el mismo puñal, la mano de él sobre la mano de ella. No hubo gritos –no convenían-, tampoco hizo falta repetir la herida. Con una bastó. La respiración se extinguió y un corriente de sangre caliente fluyó sobre la piel pálida de su nuevo casero.

Él se empeñó en disecarlo. Había trabajado desde pequeño ayudando a su padre en el taller de taxidermia y sabía cómo hacer las cosas. A ella no le hizo gracia la ocurrencia, prefería cortarle las orejas, como siempre había hecho, y cenárselas a la plancha, pero respetaba el capricho. Al fin y al cabo, él le había dado el gusto muchas veces. Así pues, aquella misma tarde salieron a comprar los productos necesarios y también algo de champú y comida en buen estado –su casero sólo comía yogures caducados, según pudieron ver-. El paseo por López de Hoyos, una calle muy comercial y bulliciosa, les resultó agradable. Él anonimato allí era sencillo: mucha gente, mucho rostro distinto y de diferentes razas y edades. Cada vez se sentían más cómodos.

-Oye, ¿no crees que deberíamos de comprar unas cortinas?
-¿Por qué? Mejor así, que piensen que no tenemos nada que ocultar. Es más, estoy pensando que dentro de nada es Navidad y creo que deberíamos llenar la casa de luces y adornos, pero que se vean bien desde la calle y desde las otras casas.
-¿ Y para qué narices quieres llenar el piso de porquerías?
- Es sencillo: nadie que tenga un árbol de navidad gigante mataría a otro ser humano.

Y así lo hicieron. Compraron cientos de luces multicolores, decenas de bolas brillantes y kilómetros de espumillón.


En cuanto llegaron a casa, mientras ella ponía el árbol, él se dedicó a las laboriosas tareas de disecación del anciano. Estaba muy contento con el trabajo, se sentía un artista. Tanto era así que decidió tomarse la licencia de elegir una postura para el cadáver; con los brazos extendidos y las manos en forma de ganchos, para poder colgar los abrigos. El resultado fue verdaderamente satisfactorio y pronto estuvo terminado y listo para usarse en su lugar de honor, un rincón del recibidor.

Por las noches, la iluminación navideña hiere a la oscuridad como una cuchilla de felicidad excesiva. Estoy convencido de que, si los Reyes Magos pudieran verla, pasarían olímpicamente de  la estrella de Belén y terminarían en el piso de enfrente, disecados y sin orejas que sujeten sus coronas. A día de hoy, la pareja convive tranquila. No ha llamado ningún familiar y nadie ha echado de menos al casero disecado. Ellos hacen vida normal de cara al público, con sus semblantes iluminados por colores intermitentes. Y debieron de cogerle el gusto a la parafernalia navideña, porque durante unos breves instantes, al abrir la puerta del salón, puede verse una figura hierática desnuda, con los brazos extendidos  y cubierta de espumillón y luces que se apagan y se encienden, se apagan y se encienden, se apagan y se encienden…


Felices fiestas, queridos lectores.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Pornografía democrática.

Miedo me da ver lo bien que se llevan ahora Rajoy y Zapatero, sobre todo con sus antecedentes de pareja conflictiva a lo Pimpinela. Resulta que, de un día para otro, el del PP gana las elecciones y el del PSOE se retira de la vida política y todo parece solucionado. Uno dice que las relaciones son fluidas y cordiales, el otro que hablan todos los días y otros tantos llegan a pronunciar la palabra “amistad” –toma ya-. Visto el panorama, quien escribe ya se imagina un: “cuelga tú; no, cuelga tú; no, cuelga tú; no, a la de tres colgamos los dos”. Por no hablar del paso de los reproches más salvajes de antaño a los actuales: “No, Mariano, no te pienso besar hasta que te afeites la barba, que me pinchas”.

Si hasta se tuvo que interponer Bono el día de la Constitución para cortar el flirteo institucional. Luego reprendió a todo el mundo; se le veía incómodo, aunque es persona aficionada a las notas de sociedad y a las portadas de Hola y también a Dios y a Marx, pero eso ya es otra historia. Porque el tema que nos ocupa se desarrolla en este preciso instante, en este teclear o en aquel dormitar de siesta. Sí, como lo oyen, ahora mismo Mariano está llamando a José Luis. Tiene miedo, se siente inseguro –“si lo llego a saber, no gano las elecciones”-. Sabe que, tarde o temprano, los españoles se preguntarán dónde se ha metido desde que salió al balcón genovés. Pobre hombre, él que se creía ganador de un sorteo de viviendas de protección oficial, ahora se da cuenta de que la Moncloa es un marrón y que no sólo hereda deudas, sino también el discurso que tanto criticó a Zapatero, el de la colaboración de la oposición. Por eso, a pesar de las buenas relaciones, el gallego no duerme bien. ¿Y si los socialistas, en lugar de colaborar, le hacen la misma oposición obstruccionista y verdulera que a él le dio tantas alegrías? No, José Luis no le haría eso, pero ¿y Rubalcaba?

Así que, ante la duda, sigue escondido. Y no dice nada, ni siquiera quiénes serán los ministros, seguramente porque ya nadie lo quiere ser. Con todo lo que lo habían jaleado, tendrá que recurrir a los trepas de siempre y olvidarse de los intelectuales salvadores de la patria. ¿Qué más da? Si, pase lo que pasé, se hará lo que diga Alemania, que para eso mandan. Aunque Rajoy es consciente de que prometió un mayor peso de España en Europa, y ya se ha puesto manos a la obra. Sin ir más lejos, hace poco recibió en su búnker de la calle Génova al viceprimer ministro británico, a quien puso al tanto de la distribución de los partidos en el Congreso de los Diputados. “Está Amaiur”, dijo consternado. El inglés, a su vez, puso cara de póker, porque no tenía ni idea de quienes eran los que tanto trastornaban al popular. “Los de ETA”, puntualizó Rajoy, haciendo gala de una diplomacia que, cuanto menos, nos asegura futuros momentos de diversión. Y, siendo justos, tampoco se le puede echar en cara el comportamiento. Ya dijo que no pensaba hablar con estos vascos en concreto. Se ve que, aunque tengan más votos que el PNV, es más cómodo hacer cómo que no existen.

Sea como fuere, y por obsceno que parezca, me entretiene nuestra política. Es digna del sentido del humor más irónico y sofisticado, aunque a veces raye en el cinismo. Acabamos de salir de un gobierno de izquierdas que llevó a cabo políticas de derechas, que dio más dinero que cualquier otro a la Iglesia Católica, un gobierno presidido por el único partido socialista monárquico del mundo. ¿Dónde sino en España? En nuestro querido país, donde se subvenciona la educación privada con dinero público, dónde la medicina pública se lleva a cabo en centros privados, donde los partidos no valen lo que sus votos y donde Zapatero defenderá las políticas de Rajoy en la próxima cumbre de la UE. Spain is different, vaya que sí. Gracias a ello, hemos conseguido un nuevo hito en la historia. Lo compartiré con ustedes, pero sean discretos con la primicia: Hasta que Mariano forme nuevo gobierno el 22 de diciembre, nuestro país será la única monarquía anárquica de derechas de la historia.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Realidad compartida.


¿Qué más da lo que se decida en Europa? ¿Qué importa lo que le ocurra al planeta entero? Sólo somos una bola diminuta en un vacío gigantesco. ¿Por qué habríamos de ser más importantes que los microbios residentes en la pelota de tenis sobre la que ejercemos nuestro apocalipsis particular? Me importan más los microbios que su hogar. Me importa lo que veo aquí mismo, no lo que veo desde fuera. Ya no tengo ansias de trascendencia. Es más, me parece una estupidez la posteridad. De momento, sólo me preocupa ser feliz. Nada más.

Reconozco que tuve una época un tanto estúpida. Una época en la que soñaba con ser un advenedizo de la historia; quizás una nota al margen, o un asterisco, o un pie de página, ojalá un pie de foto. Me creía en posesión del talento necesario. Tenía por aquel entonces una convicción un tanto estúpida acerca de la importancia y de la fama y escribía en consecuencia; cómo quien se justifica, cómo quiere convencer o, peor aún, cómo un político. Por fortuna ese tiempo pasó. Y ya no me preocupo por utilizar adverbios acabados en “mente” ni por subordinar o coordinar oraciones, que no rezos.

No puedo despreciarme. Sería estúpido o incluso cínico desechar el atractivo de la gloria. Lo único que puedo hacer es relativizar, gracias al tiempo. Y si quiero deshacerme en surrealismo, pues bienvenido sea. Y si quiero atribuirme poderes mágicos, ¿por qué no? Hasta en los textos periodísticos no hay ficción más grande que la realidad. Por eso no hablo como periodista. Jamás me atrevería como escritor. Si acaso, como escribiente, por aquello de que escribo y pienso seguir haciéndolo.

Cuando entré en la facultad de Ciencias de la Información creía en la existencia de una verdad. Cuando salí, ya había aprendido la lección más valiosa: había aprendido a creer en la existencia de mi verdad. Por desgracia, muchos de mis compañeros permanecen engañados mintiendo verdades universales que hasta ellos piensan ciertas. Yo sólo podría hacerlo de una manera consciente, es decir, admitiendo que miento, que digo cosas que no pienso, que otros hablan por mi boca, o que me hallo bajo una suerte de posesión del demonio informativo y que sólo la ficción puede salvarme.

Por eso seguí con mi verdad bajo el brazo y por eso empecé a contarla por escrito. No me preocupó en ningún momento su verosimilitud y empecé a leerme sólo para corregirme. En algunos momentos me puse demasiado estupendo y en otros demasiado derrotista. Pero eso terminó hace tiempo. Ahora mi realidad es estable y, aunque todavía la vivo a tientas, cada vez hay más luz de la que no ciega y sólo ilumina.

Es por eso que a menudo el teclado se me queda pequeño para contarles lo que voy viendo de nuevo.Y, si pudiera, les hablaría en metáforas con tal de enseñarles una realidad distinta. Y les aseguro que sería mucho más fiable que la percepción encorsetada que nos regala nuestra maldita exactitud semántica. Qué asco de Kant: si no existieran los elementos a priori del conocimiento, si no existieran categorías para clasificar lo que percibimos, nos desharíamos de nuestros prejuicios sensibles y nadaríamos en un mar de sensaciones. Probablemente moriríamos embriagados por un torrente de sentimientos y nos ahogaríamos en una confusión fantástica, pero nos habríamos acercado un poco a lo que en verdad es la realidad. No tendríamos ni idea de lo que habríamos visto y, sin embargo, habríamos visto algo cierto. Sin los tamices ni los velos de la razón.


(Mejor compartir que contar).

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Cristo me mira mal.

Desde hace unos meses vengo arrastrando cierta fascinación por lo fúnebre, tal vez recuperada de mi infancia, o tal vez como presagio de los resultados electorales. Es por ello que pasé la jornada de reflexión paseando por el madrileño cementerio de la Almudena, donde hay más parados que en toda España, concretamente cerca de ocho millones. Es posible que, a priori, el lugar no les parezca el más idóneo para pasar un día tan señalado, pero, si uno se toma su tiempo y no se deja llevar por cuestiones trascendentales, es seguro que llegará a alguna conclusión política.

Para empezar, un cementerio es la cuna de la democracia y la justicia. La muerte nos iguala a todos y poco importa lo alta que sea nuestra lápida o lo ornado que proyectemos nuestro panteón. Ni siquiera importa que descansemos en una fosa común, que viene a ser como un vagón de metro en hora punta, porque al final siempre tendremos el mismo aspecto, un aspecto poco agradable y apenas reconocible –esa tibia me recuerda a tu abuelo-. Allí los signos de riqueza y poder no son para uno mismo, ni siquiera para su recuerdo, sino para mayor gloria de los que quedan vivos. Quizás los de un rancio abolengo venido a menos se lleven a las novias para impresionarlas: “Mira, este es el panteón de mi familia. Hoy por hoy no tenemos ni para alquilar un piso, pero, si te casas conmigo, pasaremos la eternidad en este chaletito de granito de Guadarrama, como los reyes”.

Cosas así pensaba cuando una figura ensotanada y de tonsura en coronilla se alejó a pocos metros de mí. Empezó a chispear y pensé que ese hombre de coronilla despejada y andares pesados bien podía ser Rajoy. El aspecto de franciscano lo delataba, pero no me decidí a abordarlo para compartir mis dudas electorales. Al fin y al cabo, todavía no le he oído contestar a nada de lo que le han preguntado… No, lo mejor era seguir mi camino sin rumbo en mitad del silencio del camposanto, que diría mi querido Iker Jiménez.

Así que, a solas con mis tribulaciones, me crucé con unos cuantos señores vestidos con un mono rojizo. Sobre la tela, en letras desgastadas, se podía leer: “equipo de enterradores”. Mientras me preguntaba por qué no les habrían puesto un nombre de más enjundia, algo así como “escuadrón de la muerte”, me fijé en uno de ellos, en el único que llevaba pala y sacaba la tierra y hacía agujeros. Me daba la espalda, pero distinguí una calva brillante y blanquecina y también una barba, al verlo de medio perfil. Era menudo, delgado y caminaba algo encorvado. Al principio parecía cavar sin ton ni son, pero, poco a poco, el hueco iba tomando forma rectangular y adquiriendo profundidad. Él seguía sin percatarse de mi presencia, aunque yo ya sabía que era Rubalcaba. Reconozco que me vi tentado de acercarme y preguntarle, quizás de pedirle explicaciones por haber defraudado a los que somos de izquierdas, por no habernos sabido convencer y por regalar España a las derechas. Pero tampoco quise molestarlo. Se le veía pensativo. No apesadumbrado, pero sí conformado. En cualquier caso, nadie le había ocultado que estaba cavando su propia tumba.

Me alejé de allí con mal sabor de boca. No me gusta la derrota asumida de antemano. La tristeza de quien se inmola a sabiendas, pero sin parecer inconsciente o enajenado, me inquieta. Además, ya casi no se escuchaban las paladas hiriendo la tierra y una escalinata me había llevado hasta la puerta de un enorme panteón familiar. Era de piedra gris, de gruesos sillares y esquinas coronadas por pináculos. El techo era de tejas, cubiertas de musgo marrón, y la puerta, de forja, carecía de cristal en una de sus hojas. El cielo se oscureció aun más y la lluvia casi pulverizada dejaba pequeñas perlas cristalinas sobre el paño de mi abrigo. Allí, plantado frente la tétrica construcción, me vi impelido a mirar hacia la negrura del interior. No pude evitarlo, la fascinación por la muerte nace en lo más profundo del ser humano.

Una vez frente a la puerta, me asomé entre los barrotes, dejando mi rostro enmarcado por las cuchillas del cristal quebrado. Lo que vi superó cualquier expectativa. El habitáculo era amplio y el altísimo techo estaba construido como una sobria bóveda de cañón. De entre las piedras, surgían regueros de humedad que manchaban los muros y descendían hasta el suelo, donde reposaba un reclinatorio ajado con la tapicería hecha jirones. Al fondo, cubriendo toda la pared, un enorme Cristo crucificado se dejaba morir cabizbajo, con la mirada entornada. A sus pies, sobre un pequeño altar, brillaba el metacrilato de una urna vacía. No comprendí bien su presencia, hasta que leí lo escrito sobre los sepulcros de las paredes laterales.

Arriba, a la derecha, en letras de bronce, pude leer: “Derechos de los trabajadores” y, un poco más abajo, “Educación y sanidad”. En la pared opuesta, en la dirección en que la figura crucificada no quería ni mirar, conseguí leer: “Ley del matrimonio homosexual”. Y ya, casi en el suelo, “Ley del aborto”. Entonces me incorporé y palpé el bolsillo interior del abrigo. Allí llevaba mi papeleta en su sobre. Escuché crujir el papel bajo la presión de mis dedos y me decidí a empujar la pesada puerta, que cedió con un chirrido sobre sus goznes. El aire húmedo del interior penetró en mis pulmones, al tiempo que cruzaba el umbral. Mis pies me llevaron hasta la urna, mientras extraía mi voto y me preparaba para introducirlo por la ranura. Pero, nada más acercar el sobre, comenzaron a escucharse una serie de secos chasquidos, como quien retuerce una rama o aplasta una piña.

De inmediato se me erizaron los pelos de la nuca y una náusea sacudió mi estómago. Sin darme cuenta, di un par de pasos hacia atrás y tropecé con el desvencijado reclinatorio, que me hizo caer al suelo. Allí, mis ojos fueron directos al crucificado. Era su cuello al moverse lo que crujía como madera seca y desde abajo se podía ver su cólera. Él conocía mi decisión; sabía que había votado al señor que cavaba su propia tumba y que había ignorado al franciscano de la tonsura, que podía encarrilar mi existencia. Cristo me miró mal, desclavó una mano y me señaló con su dedo acusador. Enseguida, el suelo se abrió bajo mis manos y caí en la oscuridad, donde mi voto reposará para siempre, junto a los derechos de los trabajadores, a la educación y la sanidad, a la ley del matrimonio homosexual y sobre la ley del aborto.