viernes, 30 de marzo de 2012

Películas que recordaré (III): Goldfinger.

Con siete años me puse por primera vez aquella vieja chaqueta de esmoquin. Ya le había echado el ojo meses antes, a principios del verano, al fondo de un armario en el chalet de mis abuelos. La había estado mirando casi todos los días, había fantaseado con su pasado esplendoroso de fiestas y había acariciado casi con devoción sus solapas de raso. Pero hasta aquella noche no me había atrevido a dejarme abrazar por la lana negra, ni me había abrochado su botón único forrado del mismo raso que las solapas redondeadas. Poco me importó que me estuviese gigante, tampoco que diese un calor considerable en pleno agosto y menos aún el hecho de completar el atuendo con un bañador de palmeras y una camiseta de propaganda de recambios de moto. Y no me importó porque llevaba mi pistola de agua en el bolsillo interior y porque estaba a punto de encaramarme al techo del garaje y de descubrir una trama de espionaje internacional en casa de los vecinos. Pero, sobre todo, no me importó porque aquella noche acababa de ver mi primera película de James Bond, Goldfinger.

Recuerdo haber esperado el silencio en la casa. Recuerdo haber apagado la luz y haber leído en la oscuridad. También recuerdo la luz tenue de la noche, seccionada a franjas por las contraventanas catalanas. Menos aun podría olvidar la pantalla iluminada de mi reloj-calculadora Casio y en la vida dejaré de sentir el peso de la chaqueta del esmoquin sobre mis hombros, su rigidez, el roce del raso contra mi cuello moreno. En ese instante el mundo se paró literalmente durante un minuto y lo sé porque en la pantalla del reloj dejaron de ser las 2:58 para ser las 3:00. Y sonó la alarma que me había puesto por si me dormía. Porque esa era la hora pensada, la hora precisa y exacta en la que debía de poner en marcha mi misión de espía bien vestido. Aunque reconozco que me sobresalté, y que se me tambaleó el aplomo al escuchar semejante escándalo. Luego supe que nadie había oído nada y que, en mitad de la noche, los susurros se convierten en gritos, las sonrisas en gemidos y la luna en el sol.

Así que, una vez recuperada la compostura, me apresuré a descorrer los cerrojos de las contraventanas. Me latía el corazón en la garganta y se me perló la frente de sudor. La tensión del momento era máxima; aquellos pasadores oxidados, sus rieles artrósicos por las capas de pintura… Tampoco contaba con el chasquido de la madera, aprisionada la una junto a la otra, durante todo un invierno de lluvias y humedades. De hecho, llegué a pensar que no podría salir. Me tomé continuos descansos para tranquilizarme y encendía compulsivamente la pantalla del reloj –me retrasaba en mi misión-. Cada segundo que me detenía, la brisa del mar me enfriaba la cara y me templaba el ánimo. Gracias a ella y a que me había arremangado el exceso de tela, conseguí liberar una hoja de la ventana. Era la primera vez que tenía la noche para mí solo y me sorprendió vivir en blanco y negro. Me sorprendieron los árboles, sus hojas largas como dedos y los volúmenes de las sombras, tan planas durante el día. Me dejé llevar por el frescor y el olor a humedad; descubrí que el silencio estaba compuesto por cientos de pequeños ruidos que la luz aplasta como si fueran hormigas. Me puse a contar las semillas que caían de los eucaliptos, como pasos sin pies, sobre un techo de uralita azul, que parecía agua negra y congelada. Y finalmente apoyé la escalera contra la cornisa del garaje y ascendí peldaño a peldaño, escuchando el crujir de la madera y a punto de disculparme por utilizar el esqueleto de un árbol muerto.

Cuando subí y me erguí sobre el techo, el cielo cobró sentido. Por primera vez entendí que todo ese azul no estaba vacío, que las estrellas lo sujetaban y que la luz, cuando ciega, no nos deja ver bien las cosas. Tenía el mundo a mis pies y los pinos a la altura de los ojos. Me sentía como si pudiera tutear a la naturaleza, y no por falta de respeto, sino por la certeza de formar parte de ella. Al fin y al cabo, el mundo entero parecía ser como aquel silencio imperceptible, hecho de cientos de pequeños ruidos sin los que no podría existir; con una afinación tan perfecta que pasa inadvertida y una autoría tan anónima como compartida.

Aquella noche, enfundado en mi esmoquin, supe que pertenecía a algo muy grande, algo tan grande como para ser la pequeñísima parte de algo aún más grande. Por eso, años después he vuelto a ponerme aquella chaqueta. Me la he puesto con la certeza de que su lana negra se tiñó aún más y que su raso destella como la luna aquella noche.

Aquella noche en la que el mundo se paró durante un minuto para que yo me subiera.

sábado, 17 de marzo de 2012

Películas que recordaré (II): La ventana indiscreta.

Mientras escribo, escucho el resonar de tacones en la calle. Es un sonido muy particular, muy característico. Un sonido que no puede ser otra cosa y que no va y viene y se corta o nace, sino que surge y se desvanece. En la quietud de la noche parece casi una afrenta rítmica al silencio, o mejor, una historia que reverbera por las fachadas oscuras, buscando una ventana por la que entrar. Yo no puedo evitar mirar, será por los años que he vivido solo, o será por mi espíritu cotilla, disfrazado de curiosidad algo morbosa. O será más bien porque confundo la ventana con una pantalla y las cortinas con el telón y las vidas ajenas con películas algo más reales, pero lejanas desde mi palco privilegiado. Quizás sea por todo eso, o quizás sea por cierta película de Hitchcock.

Era ya mayor cuando vi íntegramente La ventana indiscreta. Tengo recuerdos anteriores, como de otras películas, retazos infantiles, indeterminados, pero aquella vez tardía la viví de una manera especial. Y fue así porque, como ya he dicho, vivía solo en este mismo piso que ahora es de dos. Vivía enclaustrado, mientras estudiaba periodismo –qué ironía-. No salía apenas, es más; me recluía en una soledad enfermiza, intensa y agradable, en la que sólo el cine y las ventanas me mantenían unido al mundo exterior. Una soledad en la que yo, al contrario que James Stewart, no tenía una pierna rota, pero sí su obsesión. Y también unos prismáticos.

Con James compartí la estrategia de apagar la luz y situarme al fondo de la habitación, cobijado por la penumbra y huyendo de la frontera que delimita la luz amarilla de las farolas. Desde allí, apostado entre el escritorio y el aparador quería confundirme con el vacío, apenas existir. Sin saberlo, buscaba una existencia aún más pasiva que la mía, algo que me hiciese sentir vivo -aunque fuera por comparación- y terminé por encontrarlo en un vecino, a quien bauticé como el terrible hombre de enfrente. También imaginaba a otros vecinos escrutando el enorme espacio negro de mi ventana abierta, preguntándose por aquello que no podían distinguir, o descubriendo el brillo delator de una lente de aumento –ese escalofrío simultáneo a ambos lados de la calle-.

Les ruego que me disculpen el comportamiento. No lo hacía con malicia. Es sólo que siempre he vivido en otro plano de la realidad, en un plano de espectador que transforma lo cierto en ficción y la ficción en lo cierto. Por eso, cuando apagué la luz y no abrí la ventana, sino que puse aquella película tan familiar y desconocida, la viví como si tuviese a James en mi salón. Lo vi moverse en la silla de ruedas de un lado a otro. No le dije ni una palabra, no quise molestarlo. Es más, yo también quería mirar lo que él miraba. Lo sentía como propio, como real. En nada se diferenciaba aquel patio de attrezzo de las fachadas de mi calle, ni los vecinos, ni el asesino ficticio de mi terrible hombre de enfrente. Éramos iguales, o eso creía yo, mientras seguía refugiado en la oscuridad, esperando al asesino ficticio, precedido de sus pisadas. Sus pisadas al otro lado de la puerta, que no van y vienen, ni se cortan o nacen. Sus pisadas que son una historia que surge y se acerca y deja de escucharse para poder verse, en forma de sombra bajo la rendija de la puerta. Luego conseguirá entrar, convertido en aterradora realidad, y James intentará deslumbrarlo con el flash de su cámara. Pero se acercará, cada vez más y no podremos evitar enfrentarnos a él.

Eso fue lo que aprendí cuando acabó el metraje; aprendí que yo no tenía una pierna rota, y que si no salía a buscar la realidad, ella misma vendría a por mí. Y de malos modos. Aprendí que debía deslumbrar a la realidad sin que llegase a asustarme y a que debían ser mis pasos los que la sorprendieran. Aprendí que desde los prismáticos no se pueden tocar las cosas y, sobre todo, aprendí que jamás tendría a Grace Kelly en mi salón si no me convertía en protagonista de mi propia vida.

Como no me gustan las rubias, con permiso de Grace, conseguí a una preciosa morena. Y ahora, cuando imagino mi ventana desde fuera, la veo como la película que siempre había deseado vivir… Y cierro las cortinas, por si acaso.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Peliculas que recordaré (I): El sueño eterno.




Era una tarde de invierno de hace mucho, mucho, mucho tiempo. Una de esas tardes de invierno que rozan el abismo de la memoria infantil, entre brumosa e inventada, allá por los cinco o seis años. No sabría decir si ya vivía en Alicante o sólo pasaba una de mis frecuentes estancias en la casa de mis abuelos. No tengo claros los detalles, pero sí el ambiente, el ambiente es lo que siempre queda; el calor pesado de la calefacción, el frio eterno de mi abuelo –nene, cierra la puerta, que hay corriente- y la tele enorme encendida. También los sillones mullidos, demasiado mullidos y los cuadros que siguen tapizando las paredes. Los cuadros con paisajes de la que luego fue mi tierra, pintados por pintores con los ojos heridos sin remedio por el sol reflejado en el mar, o el polvo arcilloso de la montaña en verano. Aquellos cuadros fueron mi primera ventana a la realidad que tan bien me acogió –con tanta calidez-. Las otras ventanas fueron el enorme mirador del salón y aquel gigantesco televisor de tubo, con películas que ya nadie ve y el latido mortecino de las líneas de barrido, que hacen palpitar la imagen.
Y aquella lejana tarde de invierno, lo que la pantalla ofreció fue una película en blanco y negro. Como casi siempre que esto ocurría, mi abuelo, con su bata de máximo abrigo y su voz grave, aclaraba: “Esta la pusimos en los cines”. Supongo que, a medida que se envejece, entendemos el mundo gracias a nuestros recuerdos y apoyamos las experiencias presentes en las pasadas. Así todo es lineal, uniforme y comprensible. Manejable en definitiva. Pero a mí, aquellas aclaraciones me servían para hacer volar mi imaginación, para recrear un cine antiguo, con butacas de terciopelo rojo y un pequeño palco superior, con su altura libre de tres pisos y un amago de escenario abrazando la pantalla. Y el cañón de luz del proyector, con su murmullo mecánico de reloj de precisión y su facultad para trasportar la imagen a través del aire. A través del polvo en suspensión, que empaña la imagen final, como se empañan los recuerdos. Yo lo agradezco, así mi vida parece una película, y uno siempre es el protagonista, por muy mal pagado que esté.
Así pues, hundido en el sofá mullido, con el televisor sustituido por la penumbra de un cine cerrado y la expectación de un niño de cinco años, la programación perdió su color y comenzó a latir con la primera película que recuerdo: El sueño eterno. Años después he podido verla en varias ocasiones. La primera vez fue quince años después del primer visionado y la sensación no fue decepción, sino desconcierto. En primer lugar, porque no entendí nada y, en segundo, porque no entiendo como pude aguantar todo el metraje con tan sólo cinco años. Aun así la disfruté y la sigo disfrutando de vez en cuando. Tal vez con el tiempo haya conseguido desentrañar la trama del montaje más incomprensible de la historia del cine –hoy en día sería un ejercicio de vanguardia-, pero no se la contaré. Al fin y al cabo puede ser un buen pasatiempo y es la mejor manera de afrontar la película, como el detective protagonista, tratando de desentrañar el misterio.
Lo que quedó para siempre fue Humphrey Bogart. No Philip Marlowe, a quien encarna, o tal vez sí, o tal vez fueron lo mismo uno y otro. Sea como fuere, yo quise ser Humprhey. Y quise ser él antes que James Bond, Regminton Steele o Terminator –sí, esas eran mis aspiraciones-. Aquel tipo bajito, canijo, con aquellos rasgos toscos y talante canallesco me conquistó para siempre. No sé si la primera vez llegué a entender del todo su cinismo, su ironía y su cansancio de existir, pero creo que me quedé con la esencia. Saqué una conclusión inequívoca de la que luego hice bandera: la actitud y la personalidad nos definen por encima de nuestro físico. Y la atracción de lo intangible al final es más fuerte y duradera que la física.
Desde entonces, empezaron a gustarme los sombreros –un poco ladeados- y las gabardinas y los misterios turbios. Desde entonces vivo a medio camino entre lo que quiero ser y lo que soy, entre la ficción que escribo y la realidad que vivo. Y las entretejo hasta perder el sentido, hasta creerme capaz de atravesar el aire iluminando el polvo en suspensión para llegar a la pantalla en forma de letras. Las entretejo hasta hacer de mi vida un sueño eterno del que no quiero despertar jamás.



jueves, 1 de marzo de 2012

Un toque de atención.

Cuanto más tiempo pasa desde la victoria de la derecha, más se me confirman las sospechas habituales. La primera y más importante es el gran error de Zapatero, que fue quitar importancia a la crisis. A mí me defraudó en su momento, por la intencionalidad, pero luego me cabreó definitivamente, por lo tonto de la estrategia. Antes de llegar Rajoy, ya supuse lo que iba a hacer; exactamente lo mismo que Zapatero –lo que diga Merkel-, pero haciéndose la víctima y por boca de Soraya. Todo ello desde algún lugar escondido en el rincón más oscuro del sótano de la Moncloa. Y ahí sigue.

La segunda sospecha es que “se iba a montar la de Dios”, porque, si bien los recortes socialistas fueron de todo menos socialistas, ahora los lleva a cabo el Partido Popular, lo que me demuestra una cosa: preferimos que el PSOE actúe como un partido de derechas a que lo haga un partido de derechas. No nos indigna ya desde el principio que el Partido Socialista sea monárquico (!), o que financie a la Iglesia con mayor generosidad que cualquier otro. En cambio, nos llevamos las manos a la cabeza si el místico de Camps, un tipo que le guiña el ojo a Dios, decide gastarse una millonada de dinero público en invitar a Valencia a ese Papa tan siniestro.

Supongo que no sabemos identificar la ironía, o que nos gusta que nos peguen palos los que no tendrían que hacerlo, aunque sólo sea por la sorpresa. Porque de palos va a tratar el asunto, según parece. De palos, huevos, piedras y espráis; del moderado y civilizado 15-M, a romper cristaleras de bancos, pintarrajear escaparates y quemar coches y motos de gente que no tiene la culpa de nada. Y, claro, como ahora gobierna la derecha –los Mossos de Esquadra no cuentan, siempre han sido apasionados en exceso-, la policía se comporta como la de los buenos tiempos y reparten porrazos a diestro y siniestro, a hombres y mujeres por igual, a jóvenes y mayores en la misma medida. Que no se diga que hay discriminación.

Y mientras tanto, unos cuantos manifestantes, los menos, los pocos energúmenos de siempre, siguen sin darse cuenta de que la violencia siempre desautoriza. El vandalismo nunca ha sido un mensaje muy profundo y no creo que refleje ninguna ideología progresista, a no ser que nos hayamos vuelto dadaístas. Quienes se manifiestan, cargados de derechos y de razones, deben ser los primeros en entender que las sirenas callan las proclamas y que las pintadas emborronan los lemas. Quizás la situación se haya agravado, quizás el gobierno esté legislando –por fin- como lo que es; un gobierno de derechas, y quizás la policía actúe de acuerdo a nuevas normas, que vienen de las más viejas, de las afines a los gobernantes actuales. Pero precisamente por todos esos quizases, por muchas ganas de gritar que tengamos, siempre será mejor hablar. Y será mejor escribir que pintarrajear y encender los ánimos que incendiarlos y lanzar mensajes en lugar de huevos. Ahora que el gobierno se comporta como corresponde a su herencia de partido fundando por franquistas, los estudiantes deben comportarse como corresponde a su condición. Su condición de intelectuales. Su condición de futuro inmediato.

Es sólo un toque de atención, antes de que los toques se conviertan en tiros y la atención en despiste.

jueves, 16 de febrero de 2012

Urdangarín, plusmarquista.


Seguramente ya estemos todos un poco hartos del tema; será por sobreinformación, por acumulación de voces –gritos-, letras y videos. Aunque, ahora que lo pienso, si no lo hubiéramos oído una y otra vez, tampoco nos sorprendería. Al fin y al cabo, que la corona se queda con dinero público es algo que sale en el Boletín Oficial del Estado. Y, si consideran que decir eso es ser tendencioso, diré mejor que no todo el dinero público que se queda la corona sale en el BOE, tal vez lo prefieran así. Eso sí, no estoy hablando de los réditos de Urdangarín, sino de las residencias habituales de la Familia Real, que forman parte de Patrimonio Nacional, o de los gastos de personal, servicio, viajes, recepciones, seguridad y la Guardia Real, que tampoco les cobramos. Si lo hiciésemos, los míseros ocho millones y medio de euros –calderilla, vea usted- pasarían a casi sesenta, lo que no figura en el BOE como parte del montante monárquico. Si acaso lo podremos ver en unos pocos sorteos de los Euromillones.

En España, la monarquía se presenta como una Institución imprescindible. Y, claro, cualquier cosa que se tilde de “institución” lo parece. Lo que no sabe nadie muy bien es por qué es imprescindible. Y menos aún por qué existe. No es necesario entrar en que al rey lo puso Franco, o en que la Constitución del 78 lo desnudó de poderes. Eso poco importa. Tampoco importa mucho que la Constitución no haya sido votada por el 66% de los españoles, porque no éramos mayores de edad o ni siquiera existíamos. Lo realmente importante es por qué está ahí Urdangarín.

El interesado –no vean doble sentido en el término- lo verá de otra manera, porque cualquier español de a pie puede asumir que un político sea un ladrón, de hecho va siendo costumbre. Lo que ese ciudadano no se podrá explicar es por qué un individuo que no ha sido elegido por nadie, al que nadie votó en ninguna constitución y que carece de funciones políticas no sólo recibe dinero público, sino que además utiliza su posición para sacarse un sobresueldo.  ¿Y su posición cuál es? Pues consorte, lo que viene a ser como un florero humano, un florero gigante, caro y con mucha más ambición que cualquier florero al que estemos acostumbrados.

Así se explica que un día se cansase de ser florero y quisiera ser maceta. Y así salió a buscarse las flores y encontró el campo lleno. Será porque llevaba el escudo de la realeza en la frente y todos sabemos lo que genera la monarquía: pleitesía, súbditos. Y más en los políticos, que son seres advenedizos, que son monarcas frustrados aunque refrendados por la democracia y que darían su vida por rozar la chaqueta del Rey. No quiero pues ni pensar lo que darían por un chascarrillo real, de eso nacidos del campechanismo más siniestro. Bueno, a lo mejor sí. Puede que le regalasen un yate a medias con su dinero, a medías con 400 millones de pesetas de los ciudadanos baleares, que también le pagan las vacaciones. Es fácil invitar a cuenta de los demás.

Si me permiten la frivolidad, esto ha pasado por meternos tanto con Marichalar. Miren que a mí, por muy republicano que sea, le supe ver su encanto, tan personal, con sus pashminas y su nueva cojera, tan aristocrático, con esa cara de rancio abolengo, sea eso lo que sea. Con su pasado de buena familia, sus altos cargos en marcas de lujo –hay que ser consecuente-, su mujer –la infanta menos agraciada- y sus hijos feuchos. Eso sí es la realeza, sin aspiraciones, porque ya lo tienen todo y un poco tocados por la endogamia. Sin embargo, Urdangarín, tan venido a más, con tan buena pinta, con unos hijos tan guapos y su mujer, que no es tan complicada de ver como la otra infanta –infanta naranja, infanta limón-… Ahora que lo veo correr delante de la prensa se me vienen dos pensamientos. Uno exculpatorio: “Yo también correría si viniese Telecinco”. Otro no tanto: “No lleva chándal, no tiene prisa, ¿por qué corre?”.

Claro, que no es la primera vez que la monarquía tiene que salir corriendo.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Pienso, luego existo.


Desde hace unos días vengo luchando contra una disyuntiva que me trae de cabeza. Siempre me he presentado ante el mundo como un ser radicalmente racional, pétreo casi de tan tangible y terrenal. Sin embargo, la propia racionalidad y, más concretamente, el pensamiento me ha planteado un gran problema en su propia condición de inmaterial. Me explicaré mejor: todo vino de una conversación en apariencia metafísica, pero ya casi mundana de tan manida, cuyo objeto no era otro que la existencia de una inteligencia desligada del cuerpo.

Como ustedes podrán suponer, mi postura fue la que siempre ha sido, que no. Que nuestro ser más inmaterial necesita de la base física para poder funcionar, que el cerebro, con sus impulsos eléctricos alimentados por nuestra energía, es el que genera el pensamiento. Que todo viene de la manzana, el filete o el whisky que nos tomemos, si me permiten el efectismo. Que nuestra alma no es más que el procesamiento del mundo que nos rodea, cosa que no deja de ser mágica y apasionante.

No obstante, no es un argumento que suela convencer a los más espirituales. Yo, que tengo vergonzosas debilidades poéticas, apenas me puedo erigir como adalid de la ciencia. Al contrario, soy un hombre de letras, pero tampoco olvido que el conocimiento científico nació del filosófico y el filosófico del simple diálogo trascendental con uno mismo. Por eso me paro a escuchar y pongo en duda no sólo lo espiritual, sino sobre todo lo material, lo que creemos conocer. Porque lo más cercano es lo menos cuestionado. Y, de entre lo más cercano, lo más familiar y desconocido somos nosotros mismos.

Y es que, entre tanta materialidad que tanto me tranquiliza, entre tantos átomos, células, nervios y órganos, nace algo absolutamente inmaterial. Nuestro pensamiento. No dudo del proceso mediante el cual transformamos nuestro alrededor en energía, no dudo de los instrumentos físicos que lo posibilitan, pero me quedo desarmado ante el momento en que consiguen crear de la nada algo que no existe físicamente, algo que no reside en ningún domicilio fisiológico, algo que nos define más aun que nuestro físico.

De momento sigo pensando en la necesidad de lo físico. No creo en la trascendencia del alma más allá del apagón vital, pero me pregunto por la trascendencia del pensamiento una vez liberado de sus ataduras corpóreas. Esa energía, ya formada, con una personalidad y unos rasgos definitorios, ¿cómo se deshace? ¿en qué se transforma? Si fuese sólo electricidad, probablemente nos quedaríamos en una toma de tierra un poco más mística que el calambrazo de un cable pelado. Pero, si sólo fuese electricidad, el pensamiento podría cuantificarse, podría medirse, y además podría reproducirse fuera del cuerpo, fuera del cerebro, en un aparato que tendría la misma categoría que una persona. Nadie podría negarle su legitimidad, pues es el pensamiento lo que nos define.

Sea como fuere, me resisto a aceptar que el pensamiento sólo está compuesto por energía. Algo que va en contra de todo mi sistema de creencias me dice que nuestra expresión inmaterial es mucho más que el resultado de un proceso celular. No me refiero a nada religioso o espiritual en el sentido clásico de los términos, sino más bien a algo que todavía no se ha descubierto, algo emocionante: el momento en el que nuestro ser tangible, dependa o no de lo material, se torna intangible . Y, sin embargo, sigue existiendo.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Todavía sigue siendo magia.

A I ván.

Como ya les conté, la semana pasada pude disfrutar de unos días de asueto en Alicante. Pues bien, uno de mis entretenimientos preferidos desde la infancia consiste en registrar una y otra vez cualquier cajón que se me cruce en el camino. Da igual que lo haya abierto mil veces, poco importa que conozca su contenido de memoria, porque de vez en cuando–cada vez menos- encuentro algo que creía perdido. En este caso, el protagonista del hallazgo fue un libro, pero no un libro cualquiera, sino uno de los libros que más he disfrutado. El título, Todo sobre fantasmas. ¡Qué más se puede pedir!

Todavía recuerdo perfectamente el día que lo compré, un atardecer nublado en plena feria del libro. Debía de tener unos doce años y andaba holgazaneando por la ciudad con mi amigo Iván. Cuando lo vimos, apilado junto a otros en un puesto tan idéntico a otro como todos los demás, no pudimos resistirnos. No teníamos dinero suficiente, así que nos tocó ir a nuestras respectivas casas a coger la cantidad precisa –no recuerdo cuántas pesetas- y bajar con el corazón en un puño, con el miedo galopando en las sienes por si alguien había adquirido milagrosamente los veinte ejemplares. Pero, contra todo pronóstico, ahí seguían, listos para forjar leyendas indelebles en nuestras breves existencias, así, sin pretensiones ni dramatismo.

No me lo creía cuando lo recuperé, al fondo del armario del escritorio, impecable, impoluto, como la Biblia que nunca tuve. En la portada, el título, una fila de monjes fantasmales y una somera enumeración de los temas tratados. El mundo se quedó en silencio. La ruidosa casa de mis padres se convirtió en la cripta de una catedral desierta y yo abrí mi libro como la primera vez, como cada vez que abro un cajón, o como cada vez que me despierto, con la absoluta certeza de que lo cotidiano esconde secretos maravillosos. Y así fue. Nada más volver la página, se me vinieron a la cabeza decenas de imágenes, cómo la tarde que compramos el libro, cuando nos sentamos en un banco a bucear en sus increíbles historias. Pero sobre todo aquella primera noche, cuando me quedé a solas con mi ejemplar en la habitación, con todo en silencio y empecé a revisar las fotos de los fantasmas, los relatos sobre casas encantadas o buques errantes y, más que nada, el capítulo titulado “Cazador de fantasmas”.

Ahora, con mi visión algo desengañada, miro con una mezcla de condescendencia y ternura en pretendido aspecto profesional de la publicación. Pero, en su momento, a pesar de identificarlo como un libro juvenil, por no decir infantil, todo aquello encajaba a las mil maravillas en mi realidad. Porque, aunque soy ateo de nacimiento y carezco por completo de conciencia religiosa, siempre me han fascinado las historias de fantasmas. No lo puedo evitar, va contra toda mi racionalidad y, desde luego, no quebranta mi escepticismo. Sin embargo me gustan, me resulta adictivo el cosquilleo del miedo en la nuca, o el escalofrío que primero hiela y luego reconforta. Será que aunque no crea en el más allá, el más acá me ha influido sin remedio. No es algo que oculte. En cierta forma, creo que hace juego con el resto de mis gustos frívolos, pero me quedo sin argumentos cuando alguien me señala lo incongruente de mi pasión: “Si no crees lo más mínimo, no puede tener gracia”. En esas ocasiones, replico que sí la tiene. Porque creo a muchas personas que dicen haber visto un fantasma, porque yo mismo lo he visto. Pero no creo en el fantasma, creo en los engaños del cerebro, en la sugestión, en esa increíble experiencia que transgrede las leyes de lo racional, como el amor, la ira o la poesía. Sólo por eso ya merece la pena.

Y sólo por eso, una tarde, poco después de comprar los libros, Iván y yo salimos a cazar fantasmas. En el capítulo al que me referí antes recomendaban una cámara con película de infrarrojos. A nosotros nos bastó mi vieja cámara y una lámina trasparente de plástico rojo y un montón de casas abandonadas en la playa de San Juan, fruto de planes parciales y expropiaciones múltiples. Cogimos dos bicis y recorrimos cada casa haciendo fotos, fotos que luego fueros rojas, fotos con nubes blancas que salían por las ventanas y se introducían por las puertas. Cuando las recogimos del revelado no podíamos creerlo. Habíamos fotografiado formaciones fantasmales. Ni se nos pasó por la cabeza que la lámina de plástico rojo delante del objetivo debía reflejar y deformar hasta el más mínimo rayo de luz. Y qué importa, si fue una de las tardes más increíbles que recuerdo, con el consiguiente debate, la posterior investigación y anotación de los resultados, ya documentados, en un cuaderno de campo. Aquello no tiene precio.

Así que, a día de hoy, seguiré investigando el mundo con esa misma mirada. Abriré todos los cajones que se me crucen en el camino y me entusiasmaré como entonces cuando las cosas parezcan salir bien. El mundo es cuestión de percepción y más en estos tiempos en que nos hipotecan la felicidad, en que los ladrones dan gracias a dios por su absolución y en que la justicia cree que puede seguir siéndolo sin mirar al pasado. Yo prefiero ilusionarme con lo más banal y no me importará descubrir la trampa años después, porque en su momento no fue un truco, y eso hace que todavía siga siendo magia.