sábado, 21 de abril de 2012

Películas que recordaré (IV): El muñeco diabólico.


El silencio siempre resulta un estímulo para el terror. Quizás porque podemos escuchar nuestros pensamientos. No digo ya pensar, sino escuchar nuestros secretos en un volumen audible, un volumen casi indiscreto, con nuestra voz fuera de nosotros y el alma puesta en el éter, a un tiempo muertos y a otro espectadores de nuestro miedo. Aunque no creo que pensase en esto el fatídico día en que vi El muñeco diabólico. Es más, aun hoy, sabiendo la parálisis y los sudores fríos que en su momento me provocó, no puedo reprimir cierta sonrisa de autosuficiencia al pronunciar el título; es ridículo. Y de tan ridículo se torna grotesco y de tan grotesco, monstruoso; de monstruoso, cotidiano; y de tan cotidiano, definitivamente terrorífico. Como mi sonrisa congelada, como cualquier sonrisa congelada.

No sabría decir apenas nada de la película. Sólo guardo vagos recuerdos que supongo censurados a golpe de evitarlos. Son recuerdos como flashes, de los que golpean y te vuelven la cara, o la vuelves tú para no mirarlos: un muñeco con el pelo rojo, que se mueve. Y yo mismo, mirando lo imposible con cinco o seis años, en el salón de mis abuelos, rodeado de cuadros y pisando un suelo de moqueta marrón, aterrorizado por el momento de ir a dormir, pero sin dejar de mirar. Siempre me ha pasado lo mismo, siempre esta fascinación por lo que no debe de ser, por lo imposible. Porque no me aterrorizaba que el muñeco matara gente, al fin y al cabo, eso también lo hacen los seres humanos y no tiene nada de extraordinario. Lo que en realidad me asustaba era que se moviera, que cobrara vida.

Después supongo que mi abuela apagó la luz y me dejó en mi cama. También supongo que, nada más darse la vuelta, yo miré bajo el somier, esperando encontrar a una muerta que nunca llegó a presentarse, por más que la esperara cada noche. Y, tras el ritual, con la casa en silencio, mis ojos se posaron sobre el muñeco del payaso, a los pies de la cama, iluminado por la luz naranja de un pequeño piloto para niños. Me conozco y sé que lo miré sin querer mirar, o que evité mirar, queriendo mirarlo. También sé que me di la vuelta, esperando el susurro de la tela sintética del traje del payaso, o sus leves huellas sobre el parqué, acercándose a mi espalda. Peor que sentir su mano en mi cuerpo hubiera sido no sentir nada en toda la noche, salvo su presencia inmóvil, o su mirada de plástico clavada en mi nuca.

Con el tiempo, el miedo se desvaneció, como suele pasar con las cosas que uno espera y no terminan de ocurrir. Así que olvidé a la muerta de debajo de la cama –que no venga ahora, que estoy casado- y aparqué el temor al payaso. Debí de pensar que, si hasta entonces no se había movido, era poco probable que lo hiciera en adelante. No obstante, el miedo al arquetipo quedó en mí, puede que reposado y cobijado bajo otras inquietudes, y tal vez por ello más profundo y peligroso. Sin embargo, eso no lo sabría hasta años más tarde, cuando ocurrió una extraña coincidencia. Una coincidencia que enseguida les explico: durante mis años de infancia desarrollé una técnica para evitar que mis múltiples temores me paralizasen hasta hoy mismo. El proceso consistía en hacer una fotografía mental del miedo, que siempre resultaba ser una instantánea antigua, con los bordes dentados y blancos. En mi cabeza sólo veía ese papel y un armario también antiguo, de madera, con dos grandes puertas. Entonces, escuchaba cómo se rasgaba la fotografía y la veía dividirse en cuatro trozos. Al mismo tiempo, las puertas del armario se abrían de par en par, dejando ver un interior negro, como si la trasera del mueble comunicase con el vacío más absoluto. Y a él iban los fragmentos del miedo hecho foto y luego se cerraban las puertas y el mueble se alejaba de mí –o yo de él- como si flotará en el mismo vacío que encerraba.

Aquel sistema siempre me había funcionado. Había conseguido llenar el armario de sombras que pasaban por el hueco de la puerta, o de barcos hundidos que se hundían delante de mí, o del cuadro del grito de Münch, roto en cuatro pedazos. Y lo había llenado con la certeza de que era capaz de encerrar cada miedo y arrojarlo al olvido de lo inmaterial, al absurdo de lo irracional y a lo risible de lo infantil. Pero, sobre todo, lo había llenado con la certeza de no tener que abrirlo nunca. Porque nunca pensé que existiera, y menos aún que fuera físico y que mis manos llegarían a tocar su madera y juguetearían con la llave, girándola en la cerradura.

Aun hoy no sé muy bien en qué momento llegó aquel armario al chalet de mis abuelos. Sería tras desmontar la casa de mi bisabuela. El caso es que llegó sin que yo lo viera. De hecho he llegado a imaginármelo cogiendo el autobús y bajando él solito hasta el trastero donde lo encontré. Y lo peor es que no me provoca la risa que la situación requiere, sino otra más nerviosa e intranquila, otra que luego se torna en sonrisa congelada. Tal vez la misma sonrisa que se me quedó en su momento, con apenas nueve años, cuando entré en aquel cuarto en penumbra, buscando tesoros olvidados entre el olor a humedad y a tierra. Sólo puedo decir que el ambiente se volvió aún más sofocante cuando aparté un colchón y me encontré cara a cara con las dos enormes puertas que habían sido las puertas de mi infierno particular –así, sin dramatismos-.

De pronto el aire empezó a pesar y me di cuenta de que sudaba, de que tenía el pelo pegado a la frente y de que mi respiración se entrecortaba. Podía notar el corazón en el cuello y su sonido golpeaba mis tímpanos como si alguien lo hubiera encerrado al otro lado del armario. Permanecí quieto frente al mueble y alargué el brazo derecho hasta posar la mano junto a la llave. La madera estaba caliente, el tacto era desagradable. Sin darme cuenta mis dedos ya tocaban la llave y, al poco, ya la giraban con sus chasquidos mecánicos. Enseguida la puerta quedó libre y se entreabrió. Llevé mis dedos al borde y estiré.

Lo que vi me hubiera hecho gritar, sino fuera porque ya estaba corriendo cuando procesé lo que mis ojos habían captado: este armario no albergaba el vacío, sino bolsas verdes traslúcidas con rostros pegados al plástico. Rostros deformados, hundidos, coronados por cabellos fundidos en mechones apelmazados. Manos gordas, de dedos cortos; manos que parecían haber intentado romper ese útero colectivo y que encrespaban su superficie en decenas de picos. Pies con sandalias grotescas, como ortopédicas, y, más que nada, ojos. Ojos en blanco, ojos con párpados casi cerrados, como en un guiño paralizado justo antes de ser un guiño. Ojos vueltos del revés que miraban al frente con su lado imposible.

Ni siquiera cerré la puerta, claro. Tuve que disimular mi pánico cuando desperté a mi abuela de la siesta. Ella, como siempre, me respondió con la sonrisa más reconfortante del mundo, y me reprendió: “¿Ya te has ido a investigar?” Se ve que mi actuación no fue lo suficientemente convincente, o será que ella siempre ha sabido que tiene el nieto más cotilla y miedoso del mundo conocido. “Esas deben de ser las muñecas de Tita y de mamá”, tanta candidez para resumir una de mis vivencias más perturbadoras.

Aquella noche no dormí, pensando en que las muñecas terminarían de desgarrar las bolsas y escaparían en mitad de la noche. Imaginé un ruido en el exterior y me sorprendí mirando por la ventana. Casi podía verlas, bañadas por la luz blanca de la luna, como fantasmas materiales, quietas, erguidas, sin moverse pero mostrando que habían llegado hasta allí cuando nadie observaba. Unas más pequeñas, otras más altas. Me hubiera muerto con un solo movimiento de sus cabezas deformes.

A la mañana siguiente mi abuelo decidió deshacerse de ellas. Yo presencié el estado de aquellas muñecas –como cadáveres- y nunca podré olvidar lo que el tiempo, la humedad y el calor hicieron con sus cuerpos. Fue espeluznante. Por eso esperé a que llegase el camión de la basura, ya de madrugada. Por eso me asomé sobre la valla del chalet y vi como los basureros abrían el contenedor y por eso se me cortó la respiración cuando uno de ellos sacó a la muñeca más grande. Se quedó mirándola y comentó algo con su compañero. La sujeto con los dos brazos y la puso a la altura de su cara, como si fuese su hija. El compañero le dijo algo que no pude oír. Tras él, las luces naranjas del camión parpadeaban sobre la cara de la muñeca, como el piloto que iluminaba la cara del payaso. Entonces giró la cabeza y me miró, mientras el contenedor, con los cuerpos de sus hermanas, se agitaba contra las entrañas del camión. Yo le mantuve la mirada, pensando en el efecto óptico de las luces giratorias de la cabina, pero el basurero la alejó de sí tanto como le permitieron sus brazos. Después la lanzó contra la prensa, junto al resto de basura y, por último, conseguí ver una pierna, que luego fue aplastada. Una pierna que se movía, claro.

Un par de años más tarde tuve otro affaire terrorífico con una muñeca un poco más pequeña, pero de mirada aún más turbadora. No tengo ni idea de cómo llegó a mis manos, aunque recuerdo que di por terminada nuestra relación lanzándola por la ladera del barranco adyacente al chalet. Semejante falta de diplomacia me costó cara, porque su figura de bruces sobre la tierra me atormentó durante otra noche de terror estival. Así que, a la mañana siguiente, me armé de valor, la recuperé y la tiré al contenedor que contuvo a sus extintas compañeras.

Desde entonces he procurado mantenerme alejado de cualquier tipo de imitación humana. Cualquier muñeco, por cándida que sea su apariencia, se me antoja terrible en su posibilidad de movimiento autónomo, de movimiento ajeno a su condición inerte, de movimiento sin alma. Porque la criatura resultante sería imposible en esencia. No ya por lo estúpido del planteamiento, o por su invalidez técnica, sino por su perversión de lo humano; por su imitación de lo que nos define sin el ingrediente mágico que nos hace conscientes de nuestra existencia.

Yo, por lo pronto, no devuelvo guiños a párpados de plástico.


viernes, 30 de marzo de 2012

Películas que recordaré (III): Goldfinger.

Con siete años me puse por primera vez aquella vieja chaqueta de esmoquin. Ya le había echado el ojo meses antes, a principios del verano, al fondo de un armario en el chalet de mis abuelos. La había estado mirando casi todos los días, había fantaseado con su pasado esplendoroso de fiestas y había acariciado casi con devoción sus solapas de raso. Pero hasta aquella noche no me había atrevido a dejarme abrazar por la lana negra, ni me había abrochado su botón único forrado del mismo raso que las solapas redondeadas. Poco me importó que me estuviese gigante, tampoco que diese un calor considerable en pleno agosto y menos aún el hecho de completar el atuendo con un bañador de palmeras y una camiseta de propaganda de recambios de moto. Y no me importó porque llevaba mi pistola de agua en el bolsillo interior y porque estaba a punto de encaramarme al techo del garaje y de descubrir una trama de espionaje internacional en casa de los vecinos. Pero, sobre todo, no me importó porque aquella noche acababa de ver mi primera película de James Bond, Goldfinger.

Recuerdo haber esperado el silencio en la casa. Recuerdo haber apagado la luz y haber leído en la oscuridad. También recuerdo la luz tenue de la noche, seccionada a franjas por las contraventanas catalanas. Menos aun podría olvidar la pantalla iluminada de mi reloj-calculadora Casio y en la vida dejaré de sentir el peso de la chaqueta del esmoquin sobre mis hombros, su rigidez, el roce del raso contra mi cuello moreno. En ese instante el mundo se paró literalmente durante un minuto y lo sé porque en la pantalla del reloj dejaron de ser las 2:58 para ser las 3:00. Y sonó la alarma que me había puesto por si me dormía. Porque esa era la hora pensada, la hora precisa y exacta en la que debía de poner en marcha mi misión de espía bien vestido. Aunque reconozco que me sobresalté, y que se me tambaleó el aplomo al escuchar semejante escándalo. Luego supe que nadie había oído nada y que, en mitad de la noche, los susurros se convierten en gritos, las sonrisas en gemidos y la luna en el sol.

Así que, una vez recuperada la compostura, me apresuré a descorrer los cerrojos de las contraventanas. Me latía el corazón en la garganta y se me perló la frente de sudor. La tensión del momento era máxima; aquellos pasadores oxidados, sus rieles artrósicos por las capas de pintura… Tampoco contaba con el chasquido de la madera, aprisionada la una junto a la otra, durante todo un invierno de lluvias y humedades. De hecho, llegué a pensar que no podría salir. Me tomé continuos descansos para tranquilizarme y encendía compulsivamente la pantalla del reloj –me retrasaba en mi misión-. Cada segundo que me detenía, la brisa del mar me enfriaba la cara y me templaba el ánimo. Gracias a ella y a que me había arremangado el exceso de tela, conseguí liberar una hoja de la ventana. Era la primera vez que tenía la noche para mí solo y me sorprendió vivir en blanco y negro. Me sorprendieron los árboles, sus hojas largas como dedos y los volúmenes de las sombras, tan planas durante el día. Me dejé llevar por el frescor y el olor a humedad; descubrí que el silencio estaba compuesto por cientos de pequeños ruidos que la luz aplasta como si fueran hormigas. Me puse a contar las semillas que caían de los eucaliptos, como pasos sin pies, sobre un techo de uralita azul, que parecía agua negra y congelada. Y finalmente apoyé la escalera contra la cornisa del garaje y ascendí peldaño a peldaño, escuchando el crujir de la madera y a punto de disculparme por utilizar el esqueleto de un árbol muerto.

Cuando subí y me erguí sobre el techo, el cielo cobró sentido. Por primera vez entendí que todo ese azul no estaba vacío, que las estrellas lo sujetaban y que la luz, cuando ciega, no nos deja ver bien las cosas. Tenía el mundo a mis pies y los pinos a la altura de los ojos. Me sentía como si pudiera tutear a la naturaleza, y no por falta de respeto, sino por la certeza de formar parte de ella. Al fin y al cabo, el mundo entero parecía ser como aquel silencio imperceptible, hecho de cientos de pequeños ruidos sin los que no podría existir; con una afinación tan perfecta que pasa inadvertida y una autoría tan anónima como compartida.

Aquella noche, enfundado en mi esmoquin, supe que pertenecía a algo muy grande, algo tan grande como para ser la pequeñísima parte de algo aún más grande. Por eso, años después he vuelto a ponerme aquella chaqueta. Me la he puesto con la certeza de que su lana negra se tiñó aún más y que su raso destella como la luna aquella noche.

Aquella noche en la que el mundo se paró durante un minuto para que yo me subiera.

sábado, 17 de marzo de 2012

Películas que recordaré (II): La ventana indiscreta.

Mientras escribo, escucho el resonar de tacones en la calle. Es un sonido muy particular, muy característico. Un sonido que no puede ser otra cosa y que no va y viene y se corta o nace, sino que surge y se desvanece. En la quietud de la noche parece casi una afrenta rítmica al silencio, o mejor, una historia que reverbera por las fachadas oscuras, buscando una ventana por la que entrar. Yo no puedo evitar mirar, será por los años que he vivido solo, o será por mi espíritu cotilla, disfrazado de curiosidad algo morbosa. O será más bien porque confundo la ventana con una pantalla y las cortinas con el telón y las vidas ajenas con películas algo más reales, pero lejanas desde mi palco privilegiado. Quizás sea por todo eso, o quizás sea por cierta película de Hitchcock.

Era ya mayor cuando vi íntegramente La ventana indiscreta. Tengo recuerdos anteriores, como de otras películas, retazos infantiles, indeterminados, pero aquella vez tardía la viví de una manera especial. Y fue así porque, como ya he dicho, vivía solo en este mismo piso que ahora es de dos. Vivía enclaustrado, mientras estudiaba periodismo –qué ironía-. No salía apenas, es más; me recluía en una soledad enfermiza, intensa y agradable, en la que sólo el cine y las ventanas me mantenían unido al mundo exterior. Una soledad en la que yo, al contrario que James Stewart, no tenía una pierna rota, pero sí su obsesión. Y también unos prismáticos.

Con James compartí la estrategia de apagar la luz y situarme al fondo de la habitación, cobijado por la penumbra y huyendo de la frontera que delimita la luz amarilla de las farolas. Desde allí, apostado entre el escritorio y el aparador quería confundirme con el vacío, apenas existir. Sin saberlo, buscaba una existencia aún más pasiva que la mía, algo que me hiciese sentir vivo -aunque fuera por comparación- y terminé por encontrarlo en un vecino, a quien bauticé como el terrible hombre de enfrente. También imaginaba a otros vecinos escrutando el enorme espacio negro de mi ventana abierta, preguntándose por aquello que no podían distinguir, o descubriendo el brillo delator de una lente de aumento –ese escalofrío simultáneo a ambos lados de la calle-.

Les ruego que me disculpen el comportamiento. No lo hacía con malicia. Es sólo que siempre he vivido en otro plano de la realidad, en un plano de espectador que transforma lo cierto en ficción y la ficción en lo cierto. Por eso, cuando apagué la luz y no abrí la ventana, sino que puse aquella película tan familiar y desconocida, la viví como si tuviese a James en mi salón. Lo vi moverse en la silla de ruedas de un lado a otro. No le dije ni una palabra, no quise molestarlo. Es más, yo también quería mirar lo que él miraba. Lo sentía como propio, como real. En nada se diferenciaba aquel patio de attrezzo de las fachadas de mi calle, ni los vecinos, ni el asesino ficticio de mi terrible hombre de enfrente. Éramos iguales, o eso creía yo, mientras seguía refugiado en la oscuridad, esperando al asesino ficticio, precedido de sus pisadas. Sus pisadas al otro lado de la puerta, que no van y vienen, ni se cortan o nacen. Sus pisadas que son una historia que surge y se acerca y deja de escucharse para poder verse, en forma de sombra bajo la rendija de la puerta. Luego conseguirá entrar, convertido en aterradora realidad, y James intentará deslumbrarlo con el flash de su cámara. Pero se acercará, cada vez más y no podremos evitar enfrentarnos a él.

Eso fue lo que aprendí cuando acabó el metraje; aprendí que yo no tenía una pierna rota, y que si no salía a buscar la realidad, ella misma vendría a por mí. Y de malos modos. Aprendí que debía deslumbrar a la realidad sin que llegase a asustarme y a que debían ser mis pasos los que la sorprendieran. Aprendí que desde los prismáticos no se pueden tocar las cosas y, sobre todo, aprendí que jamás tendría a Grace Kelly en mi salón si no me convertía en protagonista de mi propia vida.

Como no me gustan las rubias, con permiso de Grace, conseguí a una preciosa morena. Y ahora, cuando imagino mi ventana desde fuera, la veo como la película que siempre había deseado vivir… Y cierro las cortinas, por si acaso.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Peliculas que recordaré (I): El sueño eterno.




Era una tarde de invierno de hace mucho, mucho, mucho tiempo. Una de esas tardes de invierno que rozan el abismo de la memoria infantil, entre brumosa e inventada, allá por los cinco o seis años. No sabría decir si ya vivía en Alicante o sólo pasaba una de mis frecuentes estancias en la casa de mis abuelos. No tengo claros los detalles, pero sí el ambiente, el ambiente es lo que siempre queda; el calor pesado de la calefacción, el frio eterno de mi abuelo –nene, cierra la puerta, que hay corriente- y la tele enorme encendida. También los sillones mullidos, demasiado mullidos y los cuadros que siguen tapizando las paredes. Los cuadros con paisajes de la que luego fue mi tierra, pintados por pintores con los ojos heridos sin remedio por el sol reflejado en el mar, o el polvo arcilloso de la montaña en verano. Aquellos cuadros fueron mi primera ventana a la realidad que tan bien me acogió –con tanta calidez-. Las otras ventanas fueron el enorme mirador del salón y aquel gigantesco televisor de tubo, con películas que ya nadie ve y el latido mortecino de las líneas de barrido, que hacen palpitar la imagen.
Y aquella lejana tarde de invierno, lo que la pantalla ofreció fue una película en blanco y negro. Como casi siempre que esto ocurría, mi abuelo, con su bata de máximo abrigo y su voz grave, aclaraba: “Esta la pusimos en los cines”. Supongo que, a medida que se envejece, entendemos el mundo gracias a nuestros recuerdos y apoyamos las experiencias presentes en las pasadas. Así todo es lineal, uniforme y comprensible. Manejable en definitiva. Pero a mí, aquellas aclaraciones me servían para hacer volar mi imaginación, para recrear un cine antiguo, con butacas de terciopelo rojo y un pequeño palco superior, con su altura libre de tres pisos y un amago de escenario abrazando la pantalla. Y el cañón de luz del proyector, con su murmullo mecánico de reloj de precisión y su facultad para trasportar la imagen a través del aire. A través del polvo en suspensión, que empaña la imagen final, como se empañan los recuerdos. Yo lo agradezco, así mi vida parece una película, y uno siempre es el protagonista, por muy mal pagado que esté.
Así pues, hundido en el sofá mullido, con el televisor sustituido por la penumbra de un cine cerrado y la expectación de un niño de cinco años, la programación perdió su color y comenzó a latir con la primera película que recuerdo: El sueño eterno. Años después he podido verla en varias ocasiones. La primera vez fue quince años después del primer visionado y la sensación no fue decepción, sino desconcierto. En primer lugar, porque no entendí nada y, en segundo, porque no entiendo como pude aguantar todo el metraje con tan sólo cinco años. Aun así la disfruté y la sigo disfrutando de vez en cuando. Tal vez con el tiempo haya conseguido desentrañar la trama del montaje más incomprensible de la historia del cine –hoy en día sería un ejercicio de vanguardia-, pero no se la contaré. Al fin y al cabo puede ser un buen pasatiempo y es la mejor manera de afrontar la película, como el detective protagonista, tratando de desentrañar el misterio.
Lo que quedó para siempre fue Humphrey Bogart. No Philip Marlowe, a quien encarna, o tal vez sí, o tal vez fueron lo mismo uno y otro. Sea como fuere, yo quise ser Humprhey. Y quise ser él antes que James Bond, Regminton Steele o Terminator –sí, esas eran mis aspiraciones-. Aquel tipo bajito, canijo, con aquellos rasgos toscos y talante canallesco me conquistó para siempre. No sé si la primera vez llegué a entender del todo su cinismo, su ironía y su cansancio de existir, pero creo que me quedé con la esencia. Saqué una conclusión inequívoca de la que luego hice bandera: la actitud y la personalidad nos definen por encima de nuestro físico. Y la atracción de lo intangible al final es más fuerte y duradera que la física.
Desde entonces, empezaron a gustarme los sombreros –un poco ladeados- y las gabardinas y los misterios turbios. Desde entonces vivo a medio camino entre lo que quiero ser y lo que soy, entre la ficción que escribo y la realidad que vivo. Y las entretejo hasta perder el sentido, hasta creerme capaz de atravesar el aire iluminando el polvo en suspensión para llegar a la pantalla en forma de letras. Las entretejo hasta hacer de mi vida un sueño eterno del que no quiero despertar jamás.



jueves, 1 de marzo de 2012

Un toque de atención.

Cuanto más tiempo pasa desde la victoria de la derecha, más se me confirman las sospechas habituales. La primera y más importante es el gran error de Zapatero, que fue quitar importancia a la crisis. A mí me defraudó en su momento, por la intencionalidad, pero luego me cabreó definitivamente, por lo tonto de la estrategia. Antes de llegar Rajoy, ya supuse lo que iba a hacer; exactamente lo mismo que Zapatero –lo que diga Merkel-, pero haciéndose la víctima y por boca de Soraya. Todo ello desde algún lugar escondido en el rincón más oscuro del sótano de la Moncloa. Y ahí sigue.

La segunda sospecha es que “se iba a montar la de Dios”, porque, si bien los recortes socialistas fueron de todo menos socialistas, ahora los lleva a cabo el Partido Popular, lo que me demuestra una cosa: preferimos que el PSOE actúe como un partido de derechas a que lo haga un partido de derechas. No nos indigna ya desde el principio que el Partido Socialista sea monárquico (!), o que financie a la Iglesia con mayor generosidad que cualquier otro. En cambio, nos llevamos las manos a la cabeza si el místico de Camps, un tipo que le guiña el ojo a Dios, decide gastarse una millonada de dinero público en invitar a Valencia a ese Papa tan siniestro.

Supongo que no sabemos identificar la ironía, o que nos gusta que nos peguen palos los que no tendrían que hacerlo, aunque sólo sea por la sorpresa. Porque de palos va a tratar el asunto, según parece. De palos, huevos, piedras y espráis; del moderado y civilizado 15-M, a romper cristaleras de bancos, pintarrajear escaparates y quemar coches y motos de gente que no tiene la culpa de nada. Y, claro, como ahora gobierna la derecha –los Mossos de Esquadra no cuentan, siempre han sido apasionados en exceso-, la policía se comporta como la de los buenos tiempos y reparten porrazos a diestro y siniestro, a hombres y mujeres por igual, a jóvenes y mayores en la misma medida. Que no se diga que hay discriminación.

Y mientras tanto, unos cuantos manifestantes, los menos, los pocos energúmenos de siempre, siguen sin darse cuenta de que la violencia siempre desautoriza. El vandalismo nunca ha sido un mensaje muy profundo y no creo que refleje ninguna ideología progresista, a no ser que nos hayamos vuelto dadaístas. Quienes se manifiestan, cargados de derechos y de razones, deben ser los primeros en entender que las sirenas callan las proclamas y que las pintadas emborronan los lemas. Quizás la situación se haya agravado, quizás el gobierno esté legislando –por fin- como lo que es; un gobierno de derechas, y quizás la policía actúe de acuerdo a nuevas normas, que vienen de las más viejas, de las afines a los gobernantes actuales. Pero precisamente por todos esos quizases, por muchas ganas de gritar que tengamos, siempre será mejor hablar. Y será mejor escribir que pintarrajear y encender los ánimos que incendiarlos y lanzar mensajes en lugar de huevos. Ahora que el gobierno se comporta como corresponde a su herencia de partido fundando por franquistas, los estudiantes deben comportarse como corresponde a su condición. Su condición de intelectuales. Su condición de futuro inmediato.

Es sólo un toque de atención, antes de que los toques se conviertan en tiros y la atención en despiste.

jueves, 16 de febrero de 2012

Urdangarín, plusmarquista.


Seguramente ya estemos todos un poco hartos del tema; será por sobreinformación, por acumulación de voces –gritos-, letras y videos. Aunque, ahora que lo pienso, si no lo hubiéramos oído una y otra vez, tampoco nos sorprendería. Al fin y al cabo, que la corona se queda con dinero público es algo que sale en el Boletín Oficial del Estado. Y, si consideran que decir eso es ser tendencioso, diré mejor que no todo el dinero público que se queda la corona sale en el BOE, tal vez lo prefieran así. Eso sí, no estoy hablando de los réditos de Urdangarín, sino de las residencias habituales de la Familia Real, que forman parte de Patrimonio Nacional, o de los gastos de personal, servicio, viajes, recepciones, seguridad y la Guardia Real, que tampoco les cobramos. Si lo hiciésemos, los míseros ocho millones y medio de euros –calderilla, vea usted- pasarían a casi sesenta, lo que no figura en el BOE como parte del montante monárquico. Si acaso lo podremos ver en unos pocos sorteos de los Euromillones.

En España, la monarquía se presenta como una Institución imprescindible. Y, claro, cualquier cosa que se tilde de “institución” lo parece. Lo que no sabe nadie muy bien es por qué es imprescindible. Y menos aún por qué existe. No es necesario entrar en que al rey lo puso Franco, o en que la Constitución del 78 lo desnudó de poderes. Eso poco importa. Tampoco importa mucho que la Constitución no haya sido votada por el 66% de los españoles, porque no éramos mayores de edad o ni siquiera existíamos. Lo realmente importante es por qué está ahí Urdangarín.

El interesado –no vean doble sentido en el término- lo verá de otra manera, porque cualquier español de a pie puede asumir que un político sea un ladrón, de hecho va siendo costumbre. Lo que ese ciudadano no se podrá explicar es por qué un individuo que no ha sido elegido por nadie, al que nadie votó en ninguna constitución y que carece de funciones políticas no sólo recibe dinero público, sino que además utiliza su posición para sacarse un sobresueldo.  ¿Y su posición cuál es? Pues consorte, lo que viene a ser como un florero humano, un florero gigante, caro y con mucha más ambición que cualquier florero al que estemos acostumbrados.

Así se explica que un día se cansase de ser florero y quisiera ser maceta. Y así salió a buscarse las flores y encontró el campo lleno. Será porque llevaba el escudo de la realeza en la frente y todos sabemos lo que genera la monarquía: pleitesía, súbditos. Y más en los políticos, que son seres advenedizos, que son monarcas frustrados aunque refrendados por la democracia y que darían su vida por rozar la chaqueta del Rey. No quiero pues ni pensar lo que darían por un chascarrillo real, de eso nacidos del campechanismo más siniestro. Bueno, a lo mejor sí. Puede que le regalasen un yate a medias con su dinero, a medías con 400 millones de pesetas de los ciudadanos baleares, que también le pagan las vacaciones. Es fácil invitar a cuenta de los demás.

Si me permiten la frivolidad, esto ha pasado por meternos tanto con Marichalar. Miren que a mí, por muy republicano que sea, le supe ver su encanto, tan personal, con sus pashminas y su nueva cojera, tan aristocrático, con esa cara de rancio abolengo, sea eso lo que sea. Con su pasado de buena familia, sus altos cargos en marcas de lujo –hay que ser consecuente-, su mujer –la infanta menos agraciada- y sus hijos feuchos. Eso sí es la realeza, sin aspiraciones, porque ya lo tienen todo y un poco tocados por la endogamia. Sin embargo, Urdangarín, tan venido a más, con tan buena pinta, con unos hijos tan guapos y su mujer, que no es tan complicada de ver como la otra infanta –infanta naranja, infanta limón-… Ahora que lo veo correr delante de la prensa se me vienen dos pensamientos. Uno exculpatorio: “Yo también correría si viniese Telecinco”. Otro no tanto: “No lleva chándal, no tiene prisa, ¿por qué corre?”.

Claro, que no es la primera vez que la monarquía tiene que salir corriendo.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Pienso, luego existo.


Desde hace unos días vengo luchando contra una disyuntiva que me trae de cabeza. Siempre me he presentado ante el mundo como un ser radicalmente racional, pétreo casi de tan tangible y terrenal. Sin embargo, la propia racionalidad y, más concretamente, el pensamiento me ha planteado un gran problema en su propia condición de inmaterial. Me explicaré mejor: todo vino de una conversación en apariencia metafísica, pero ya casi mundana de tan manida, cuyo objeto no era otro que la existencia de una inteligencia desligada del cuerpo.

Como ustedes podrán suponer, mi postura fue la que siempre ha sido, que no. Que nuestro ser más inmaterial necesita de la base física para poder funcionar, que el cerebro, con sus impulsos eléctricos alimentados por nuestra energía, es el que genera el pensamiento. Que todo viene de la manzana, el filete o el whisky que nos tomemos, si me permiten el efectismo. Que nuestra alma no es más que el procesamiento del mundo que nos rodea, cosa que no deja de ser mágica y apasionante.

No obstante, no es un argumento que suela convencer a los más espirituales. Yo, que tengo vergonzosas debilidades poéticas, apenas me puedo erigir como adalid de la ciencia. Al contrario, soy un hombre de letras, pero tampoco olvido que el conocimiento científico nació del filosófico y el filosófico del simple diálogo trascendental con uno mismo. Por eso me paro a escuchar y pongo en duda no sólo lo espiritual, sino sobre todo lo material, lo que creemos conocer. Porque lo más cercano es lo menos cuestionado. Y, de entre lo más cercano, lo más familiar y desconocido somos nosotros mismos.

Y es que, entre tanta materialidad que tanto me tranquiliza, entre tantos átomos, células, nervios y órganos, nace algo absolutamente inmaterial. Nuestro pensamiento. No dudo del proceso mediante el cual transformamos nuestro alrededor en energía, no dudo de los instrumentos físicos que lo posibilitan, pero me quedo desarmado ante el momento en que consiguen crear de la nada algo que no existe físicamente, algo que no reside en ningún domicilio fisiológico, algo que nos define más aun que nuestro físico.

De momento sigo pensando en la necesidad de lo físico. No creo en la trascendencia del alma más allá del apagón vital, pero me pregunto por la trascendencia del pensamiento una vez liberado de sus ataduras corpóreas. Esa energía, ya formada, con una personalidad y unos rasgos definitorios, ¿cómo se deshace? ¿en qué se transforma? Si fuese sólo electricidad, probablemente nos quedaríamos en una toma de tierra un poco más mística que el calambrazo de un cable pelado. Pero, si sólo fuese electricidad, el pensamiento podría cuantificarse, podría medirse, y además podría reproducirse fuera del cuerpo, fuera del cerebro, en un aparato que tendría la misma categoría que una persona. Nadie podría negarle su legitimidad, pues es el pensamiento lo que nos define.

Sea como fuere, me resisto a aceptar que el pensamiento sólo está compuesto por energía. Algo que va en contra de todo mi sistema de creencias me dice que nuestra expresión inmaterial es mucho más que el resultado de un proceso celular. No me refiero a nada religioso o espiritual en el sentido clásico de los términos, sino más bien a algo que todavía no se ha descubierto, algo emocionante: el momento en el que nuestro ser tangible, dependa o no de lo material, se torna intangible . Y, sin embargo, sigue existiendo.