miércoles, 10 de agosto de 2011

De Madrid al Cielo.

Imaginen que llega a su ciudad una estrella mediática de primera fila. Es un tipo excéntrico, con extraños estilismos, gustos carísimos y, probablemente, el mayor patrimonio artístico y económico del mundo. Mueve a mucha gente, aunque no a toda la que le gustaría y no tanta como en otras épocas. Pero no hay duda; es un tipo ofensivamente rico que se cree en posesión de la verdad absoluta y actúa en consecuencia. La revista Esquire lo eligió como uno de los hombres con más estilo del planeta y sus zapatos rojos de Prada causaron sensación. En resumen, la típica megaestrella.

Ahora, si les quedan ganas, imaginen que el tipo en cuestión les importa un bledo. Incluso es posible que sientan hacia él cierta animadversión, mezcla de hastío y rechazo. Además, por culpa de su actuación, la ciudad en la que ustedes viven sufrirá continuos cortes de tráfico, cuando no el uso y el abuso de espacios públicos por parte del aludido y sus enfervorecidos fans. Porque esa es otra; miles de fanáticos ávidos de su ídolo particular inundarán las tranquilas calles estivales. Todos ellos ataviados con las camisetas y los símbolos del evento colapsarán el transporte público y sus bares y restaurantes favoritos. Asimismo, al igual que su admirado personaje, también se creen en posesión de la verdad absoluta. Algunos, los más redundantes, lo llama la Verdadera Verdad. Y lo escriben así, con mayúscula. No tienen mesura.

Pero sigamos imaginando. Imaginemos que el tipo no paga un duro a nadie. Es más, su presencia requiere escenarios de diseño en los lugares más representativos de una gran capital europea. Pero a él le sale gratis, es el Estado quien paga. Bueno, a decir verdad el Estado paga la mitad, porque el tipo tiene patrocinadores. Patrocinadores importantes, como Telefónica, Bankia o el Corte Inglés. Pero no son tontos, claro, porque los beneficios fiscales podrían llegar al 80% de su aportación. Es decir, esta gira que, no sólo les importa un bledo sino que incluso les molesta, la pagan ustedes, quieran asistir a las actuaciones o no. Eso es igual. Y, por si fuera poco, a los todos fans se les rebaja un 50% el billete de metro. A ustedes, que pagan la fiesta, no. Y si es usted turista, pero no fan del tipo, el abono que a ellos les cuesta diez euros le saldrá por cincuenta. Cosas del favor divino… Porque saben de sobra de quien hablo. No, no es Lady Gaga.

En efecto, se trata del vicario de Dios en la tierra. La única persona que no puede equivocarse, literalmente, desde 1870, cuando decidieron que era infalible. Ya quisieran muchos políticos, como también quisieran una finca privada en pleno centro de Roma, toda ella llena de obras de arte, metales preciosos y edificios patrimonio de la humanidad. Ni Berlusconi, oigan, y miren que lo ha intentado. Pues bien, se ve que la crisis no entiende de espiritualidad. Entiende de recursos sociales cancelados, de obras públicas paralizadas y de servicios deficientes. Entiende de muchas cosas, pero con la vida eterna no se juega. La crisis tampoco entiende del voto de pobreza, no ya en el Vaticano, sino en el ayuntamiento más endeudado de España.

En fin, supongo que muchas personas son conscientes de la imposibilidad de comprar una casa, al menos en esta vida, y están asegurándose una parcelita en el Cielo. Me parece lícito. Hagan méritos, señores, Ratzinger proveerá. Vaya usted a saber qué, pero proveerá.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Las elecciones del humor.

Adoro el sentido del humor. No me importa reconocer que lo valoro muy por encima del sentido común, que suele ser mucho más aburrido. Así me reconcilio con la vida, el mundo y hasta la política, porque la fecha de las elecciones generales me parece la mayor genialidad en la historia de la democracia. Me imagino a los socialistas reunidos, con Rubalcaba a la cabeza, ya ansioso por el sillón del presidente. Tal vez se sentó encima de él al entrar, obviando a su ocupante: “Perdona, José Luís, casi te aplasto, de verdad que no te había visto”.

Después del incidente, la reunión trascurrió con normalidad. Zapatero intentó hablar, pero Rubalcaba habló más fuerte. No pudieron evitar hacer algún que otro chiste con Camps, pues siempre mola recrearse en el ridículo ajeno. Y con las risas y el ambiente distendido debió surgir la idea: “¿Al final vamos a convocar elecciones anticipadas?”. “Sí, total va a dar igual…”. ¿Y en qué día caen los domingos?

Entonces a alguien se le encendió la bombillita: “Pues el 20 de noviembre cae en domingo”. Un silencio denso cubrió a los asistentes como un alud de nieve. Unos cuantos, los más cobardes, se refugiaron tras los papeles que tenían sobre la mesa sin leer nada, otros se miraron entre sí, a los más cercanos o a los más alejados. Y entre ellos empezaron a surgir ligeras sonrisas apenas perceptibles. Nadie era capaz de pronunciarse al respecto, porque nadie sabía si se trataba de una broma o de una sugerencia seria. Ni siquiera el que lo sugirió.

Se produjo un tenso conflicto entre el sentido común y el sentido del humor. Esos segundos se alargaron como horas y las sonrientes comisuras labiales empezaron a temblar por la espera. Se escuchó el aire acondicionado y luego un carraspeo. El carraspeo fue definitivo -siempre lo es- porque los demás lo vieron como una preparación para tomar la palabra y todos quisieron hablar en primer lugar. Así pues, fuera o no un carraspeo preparatorio, otro se lanzó con un comentario prudente y poco comprometedor –todavía no estaba claro-: “Podría ser interesante”. Y lo disfrazó de sentido común: “¿Cómo creéis que influiría esa fecha en los votantes?” Después ya no hubo marcha atrás.

Me gustaría pensar que ocurrió así. Aunque, bien mirado, me asusta que los compañeros del Presidente del Gobierno elijan esa fecha para perder de vista a su jefe. Es de mal gusto, pero muy divertido. Por otro lado, yo también me pregunto qué efecto tendrá la fecha sobre el resultado. A priori diría que ninguno, porque la derecha vota compulsivamente. Da igual quién esté, da igual lo que diga; los votantes del PP votan aunque el candidato sea Copito de Nieve –que en paz descanse- y esté imputado por tropecientos delitos. Eso se llama lealtad, por no decir otra cosa. En cambio, los votantes de izquierda son variopintos; unos votan, otros no, otros votan a partidos minoritarios, otros –muchos- están de resaca y los que quedan tienen verdadera conciencia política y no se sienten representados por nadie –ni por un Copito corrupto ni por otro menos simiesco y más honrado-.

Sea como fuere, mi carácter frívolo agradece la fecha: Murió Franco y, aunque me pese, morirá el socialismo el mismo día. “Hay que tener cojones”, decía un señor en la cola del supermercado. Estoy de acuerdo, aunque no sé si es valentía o imprudencia. Por lo menos no es un homenaje, más bien es cachondeo, que para eso estamos en España.

miércoles, 20 de julio de 2011

Seguir reconociéndose.

Yo fui un niño inadaptado. No pasa nada, siempre he vivido a destiempo y creo que, en mi realidad particular, debí nacer a mediados de los años cuarenta, en lugar de los ochenta. Pero no sólo mis gustos estéticos y mi manera de hablar me apartaban de mis compañeros, también lo hacía mi profunda indiferencia –cuando no desprecio- por el fútbol y todo cuanto tuviera que ver con él. Los recreos eran un mercadillo de intercambio de cromos y álbumes de jugadores de todos los colores. Aun hoy me maravillo y siento algo de envidia por la pericia que mostraban mis compañeros al pasar los cromos a velocidad vertiginosa de una mano a otra. Los tenían clasificados, conocían las alineaciones, incluso los goles que habían marcado en cada año, o sus anteriores equipos. Entre ellos, como iniciados en una secta socialmente aceptada, hablaban con abreviaturas, llamaban a los deportistas por sus apodos. Mientras tanto yo me iba con las chicas, que siempre me han gustado más que los futbolistas.

Ellas tenían conversaciones en las que podía participar y, además, eran más agradables de ver que mis compañeros masculinos. Tenían, aun antes de mi despertar hormonal, la magia de lo distinto, o la atracción de lo que luego vendría –pero sin la frustración, pues nada se intentaba-. Así pasaba mis días en el colegio, un colegio pequeño hasta la endogamia, con las mismas caras durante años y años. Por ello, las pequeñas rencillas se mantenían a lo largo de los cursos hasta convertirse en manifiestas animadversiones con tintes psicóticos en muchos casos. Eran odios latentes, como la brasa incandescente bajo la capa de ceniza. La propia cotidianeidad y el trato velado los mantenían vigentes hasta el absurdo. De hecho, hasta hace bien poco odiaba a personas que ahora nada tendrán que ver con quienes fueron. Asimismo, me sé odiado imbécilmente por personas que ya no me conocen, pero que tienen el pasado enquistado, pues les ayuda a reafirmarse, a creerse en la misma posición de liderazgo tribal, cuando en realidad tan solo son una brizna de paja en un pajar inmenso. La sociedad es más grande, por fortuna, y nos iguala y nos distingue a la vez. A esos odios imbéciles, hasta los miro con ternura. Y a los odiadores con penita –que es pena cariñosa-.

Siguiendo con los diminutivos, fui un niño gordito. Digo gordito por no decir gordo, porque esa terminación se me antoja entrañable y menos adiposa. Sin embargo, cualquiera que me hubiera visto diría que fui un niño gordo, con todo lo que eso significa y el desprecio y repugnancia que denota y no andaría equivocado. Antes he dicho que vivía fuera de época y ahora lo entenderán, pues al niño gordo que tengan en mente tendrán que añadirle ciertos complementos estéticos anacrónicos. Por ejemplo, pónganle un tupé bien pronunciado, porque una vez vi a Elvis y pensé que su peinado era lo más de lo más. Vamos, que quise ser Elvis. Me pareció un tipo razonablemente guapo y molón en general, así que empecé por el pelo. Mantuve el peinado con obstinación a lo largo de años, no sabría decir cuántos ni durante cuántos tubos de gomina, pero créanme que superé el lustro con creces. También tenía debilidad por los mocasines, en especial por esos con un par de borlas horterísimas sobre el empeine. Ahora me censuro el gusto, pero entonces lo lustraba cada noche. A los mocasines burdeos –tuve varios pares- añadan un par de americanas, una de ellas cruzada, de color oscuro, creo que ambas azul marino, una de verano y otra de invierno. Y todo ello aderécenlo con un vocabulario erudito ciertamente inapropiado para un niño normal. Aunque yo no era un niño normal, claro. Yo era el doble pequeño y gordo de Elvis. Y me encantaba serlo.

De eso siempre estuve orgulloso, de mi personalidad inquebrantable contra viento y marea. De mi capacidad para estar seguro de mis deseos y de mis señas de identidad. Siempre supe cómo quería ser, siempre tuve un modelo mental bastante peregrino y bizarro, pero firme. Y tras años de ser un paria, mi pasión por el cine clásico, mis horas de lectura, las clases de arte de mi madre y esa seguridad absurda dieron lugar a algo que ha ido funcionando. La excentricidad en el vestir ahora la veo como un estilo más o menos propio. Los modales antiguos, el galanteo del Hollywood dorado y mi trato con el sexo femenino me han resultado increíblemente ventajosos en muchas ocasiones.

Es seguro que sigo cayendo mal a mucha gente, pero ahora lo prefiero antes que causar indiferencia. Ya no dependo de aquella mini sociedad tribal escolar. Durante mi infancia forjé lo que soy contra todo lo establecido, aun sabiendo que con ello jamás ganaría en popularidad. Con el tiempo fui puliendo los excesos infantiles y aprendí que, siendo fiel a mis convicciones, las personas que me rodeaban eran leales a mí, pues no intentaba ser otro. Y conocí a personas que nunca que pensé que quisieran conocerme. Y vi en sus ojos que no andaba tan equivocado como todos me decían. Pasado el tiempo todo se ve amarillo o blanco y negro. Todo parece una fotografía ajada, llevada mucho tiempo en una cartera manoseada. Pero es importante seguir reconociéndose.

miércoles, 13 de julio de 2011

Realidad amortiguada.

(Ustedes sabrán perdonarme mi ausencia no anunciada del miércoles pasado. El verano, ya se sabe).


Me llegan ecos de realidad amortiguada. Son como un viento cansado de volar, que se mira sin querer a través de su propia invisibilidad. No se llega a percibir como tal, pero se deja ver en las hojas de las palmeras, en alguna falda sorprendida o en el mar, que se da cuenta de casi todo. Por más que uno quiera evadirse, la realidad lo golpea por la espalda, o por la nuca si es traicionera. Unas veces se dedica a peinarte inocentemente y otras te derriba sin piedad y sin darte tiempo a poner las manos. Caemos de bruces, que suele decirse. Ella –la realidad- dirá que fue sin intención, que no sin querer –no se me puede culpar-. Que sólo quería advertirnos y fue nuestra falta de previsión la que nos jugó la mala pasada. Por eso tenemos miedo a volver de vacaciones, por el peso de la realidad.


Quizás sea mejor no encender el ordenador, apagar el móvil y utilizar el televisor únicamente para ver películas. La ficción puede ser un consuelo. La realidad siempre da más asco que nuestra propia imaginación y tal vez sea mejor dejarse abofetear a la vuelta del estío, cuando no quede más remedio. Será una bofetada sonora, pero previsible, de esas de cerrar los ojos y esperar unos breves e insoportables instantes. Otra opción, si no quiere uno desvincularse por completo, es escuchar a través de las paredes, mirar de soslayo las portadas de los periódicos mientras compramos el Hola. Poner algún telediario que no sea el de Televisión Española –la sexta, que es más festivo- y escucharlo desde la terraza. Así, en lugar de bofetadas de realidad, tendremos pellizquitos que hasta pueden ser placenteros. Dicen que el centro del dolor y el del placer están muy cerca en el cerebro, pero yo tengo mis límites.


Por eso me decanto por la ficción absoluta, que termina siendo lo más real. Si tienen que elegir una lectura –el Hola no vale, eso es mirar fotos-, elijan alguna novela. Es el género absurdo por excelencia en un mundo plagado de información pretendidamente cierta. En las novelas no hay engaño, nada es verdad ni pretende serlo. Por eso es más honesta que la propia realidad, siempre midiéndose a sí misma en los ojos de unos y de otros y no reconociéndose en los de nadie. La ficción es lo que puede ser, pero no es. Y sin embargo sucede. Y nos llega con una fuerza y una emoción que ya quisieran los telediarios. Deberíamos preguntarnos seriamente por nuestra percepción del acontecer mediatizado. Nadie debería entender que devoremos alegremente una paella mientras nuestro cerebro procesa imágenes de niños desnutridos en Somalia, aunque puedo comprenderlo. El momento extraño surge al sobrevenir el llanto si leemos en nuestra ficción que han matado al gran amor del protagonista. En la incongruencia y la desmesura está la magia.


Pero siempre hay gente que opina que la literatura de ficción es una pérdida de tiempo. Con la cantidad de datos históricos y de biografías fidedignas que podrían leerse, ¿cómo osamos elegir la invención frente al conocimiento? ¿Qué más da lo que cualquier autor pueda inventarse y cuál puede ser su peso frente al del mundo real? Pues bien, quien opine así será un tipo con un fuerte sentido del trabajo y muy poca capacidad de empatía. Porque una novela es la vida que otro ha imaginado. Y no la que ha ocurrido, sino la que pudo, o tal vez debió haber ocurrido. La que se soñó, la que se deseó para uno mismo. En nuestra implicación estará el conocimiento, un conocimiento que va más allá de datos estériles, un conocimiento de lo más profundo de un ser humano con el que somos capaces de identificarnos. Se pueden compartir los sueños de otro; sus anhelos, sus fantasías pueden ser las mismas, pueden ser las nuestras.


Desde que empecé a escribir, intenté darme cuenta del denominador común que nos une a casi todos. Descubrí que somos muy parecidos en nuestros sentimientos, en nuestros miedos y en nuestras ilusiones. Tal vez no lo sintamos a partir del mismo detonante –cada cual es sensible a distintos estímulos-, o no reaccionemos de la misma manera. Existen muchos factores, pero siempre he intentado que en al menos uno de mis artículos alguien pueda sentirse conectado a lo que cuento. Aunque no a todo lo demás, pero sí a esa frase mínima que expresa algo que una vez pensamos. Eso también es magia y es más real que la propia realidad, porque no puede tocarse ni verse, pero puede sentirse con absoluta certeza. Todos tenemos algo de los demás en nosotros y así debe de ser. Se me ocurre que la literatura de ficción y la filosofía o la simple reflexión escrita ayuda a encontrarlo, mientras que la realidad mediatizada establece diferencias. Nos distancia, nos llegan taimados los problemas de los demás. No escuchamos los pensamientos de los protagonistas, no nos podemos sentir identificados con nadie que salga en un informativo. El propio lenguaje periodístico convierte una catástrofe en una instancia administrativa. Deshumaniza la realidad y establece una frontera. Nos lleva a pensar “eso que les pasa a ellos, les pasa porque son otros, a mí nunca podría ocurrirme”. Y sin embargo, una vez, en algún pensamiento, en algún sentimiento o gesto, fuimos idénticos.


Por ello, si quieren conocer el mundo que les rodea y la mente de quienes se cruzan por la calle, será mejor que abran cualquier novela medianamente buena y sin pretensiones evangelizadoras ni políticas, que para eso ya está los informativos, la radio y la mayoría de los periódicos. Cualquier novela que trate la realidad más sencilla o el mundo más fantástico, igual da. Lo importante es lo que vendrá después, cuando el latido de la realidad amenace con volver y ustedes abran otra y otra y otra. Y terminen sabiendo del mundo más que quienes creen contar lo que sucede. Porque a nadie se le ocurre la importancia de lo que no sucede, nadie contempla las miles de posibilidades que nunca tienen lugar. La otra, la elegida, suele ser la más vulgar y la menos interesante. Por desgracia la más importante sólo porque sucede.


En cualquier caso, siempre me sentí más cómodo inventando historias que contando mentiras.


miércoles, 29 de junio de 2011

Frívolas reflexiones estivales.

El calor vuelve loca a la gente. Por más que nos guste alabar la estación veraniega, deberíamos admitir que nos gusta en la medida en que la relacionamos con las vacaciones. Y no debería escapársenos que las vacaciones tienen lugar durante el estío porque es imposible hacer otra cosa que no sea hacer nada. Por supuesto que es agradable darse un baño en el mar, pero el placer se incrementa a causa de que en la orilla nos espera el infierno en la tierra.

Hace un par de meses leí un artículo en cierta revista masculina con pretensiones elitistas. En él, con más voluntad que acierto, el redactor tejía con dificultad un elogio al verano. Claro, que para conseguirlo tuvo que recurrir a un mezclote –él diría eclecticismo- consistente en almibarados giros poéticos e imágenes propias de una novela de Scott Fitzgerald. El resultado era entrañable, de puro ridículo. Es más, podría haber ganado con holgura cualquier concurso infantil de redacción organizado por una boutique de la calle Serrano.

Lo que el bienintencionado redactor obviaba es que la pretendida facilidad de la vida en verano es la misma que en invierno si estás podrido de dinero. Por eso huelgan todas las imágenes de veleros con tablazón de teca, o los picnics en las arboledas de las fincas de la Costa Azul. Definitivamente podrían sustituirse por departamentos de lujo en trenes transiberianos o por el calor del hogar en una chimenea de mármol travertino y demás idioteces accesorias. Está claro que el verano es fácil para los ricos, pero lo es el verano, el invierno, la primavera, el otoño y el Juicio Final –tendrán el mejor abogado-.

Ahora releo el artículo, acalorado, contando mis últimos días en Madrid antes de las vacaciones en Alicante y sintiendo que por fin comprendo el significado de la palabra “aridez”. Y, aun más, que puedo aplicarlo a un estado físico y de ánimo. Con las últimas palabras del artículo en la cabeza, me pienso si encender el aire acondicionado o seguir muriendo en mi propia salsa. El aire acondicionado suena como una avioneta a escape libre, pero lo prefiero, así tendré la cabeza más fría en todos los sentidos. Y ya con las ideas claras, empiezo a interrogarme acerca del autor del artículo. Me pregunto si será rico perdido o sólo un aspirante, o peor; un advenedizo. Me lo preguntó con la esperanza de que sea rico de solemnidad, porque su candidez me enternece y me conmueve.

Siempre hemos visto a los ricos como gente mala, así sin ambages. Pero tal vez sea sólo una especie de rencor de clase, una forma de ponerse moralmente por encima de quien te pisa la cabeza con admirable indiferencia. En cualquier caso, sería bonito descubrir que son tan cándidos como pretende el articulista de turno. Me daría esperanzas y excusas para entender el mundo: “No pasan de las clases necesitadas, es sólo que no comprenden sus necesidades”; “No menosprecian a los pobres, es sólo que no los han visto nunca”; “No votan al PP porque tengan una moral laxa, es sólo que se lo creen todo". Aunque todavía no lo tengo muy claro, porque este último punto va en contra de todos los obreros que votan a la derecha. Y no los deja en un buen lugar, pues no se les presupone la tontuna de la jet-set. Así que el razonamiento sería: “Si yo fuera político, haría lo mismo”. (Eso ya no mola tanto).

Atrapado por el magnetismo de lo visual, miro las fotos que aderezan el artículo. Los veleros escorados por el viento, las velas hinchadas de orgullo de clase –si no hace viento, lo pagamos- y las mujeres desnudas en brazos de hombres que pueden permitírselas. Mis veranos no han sido así, han sido mejores. Nunca he necesitado de esbeltas embarcaciones de madera. Jamás fui más feliz en el agua que sentado en un viejo bote abandonado que solía tomar prestado de vez en cuando. Nunca he necesitado un cóctel en la terraza de ninguna villa de la Costa Azul, pues he tenido toda la playa de San Juan cada noche de verano con mis amigos. Y nunca he necesitado a ninguna mujer desnuda que pueda permitirme, pues tengo a la única que no podría permitirme.

Lo triste del asunto no es la frivolidad en sí (a mi me encanta ser frívolo). Lo triste es construir una pretendida joie de vivre cimentada en posesiones y ambientes lujosos. Es una pena basar la felicidad de uno en lo que los demás no pueden tener. Porque la felicidad es un sentimiento cuya esencia es idéntica en cualquier clase social. Y quizás sea más pura aquella que surge de lo común, de los sentimientos, de las relaciones o de la oportunidad. Disfrutar de lo inmaterial es lo que en realidad diferencia a una persona de otra. Lo demás es sólo fruto de las circunstancias económicas. Las mismas circunstancias que establecen la diferencia entre el crimen de Puerto Hurraco y la boda de Alberto de Mónaco. Dos atrocidades con un detonante común: El calor, que no entiende de dineros.

miércoles, 22 de junio de 2011

Los pensamientos ajenos.



Es habitual en mí comenzar los escritos diciendo: “El otro día escuché por la calle…” En consecuencia, ustedes podrán pensar que soy un cotilla. Y yo sonreiré y me excusaré alegando que la gente habla muy alto, cosa cierta por otra parte, y que quien habla en voz alta quiere ser escuchado. Como quiere ser vista la vecina que abre las cortinas desnuda y se queda un rato haciéndose la absorta, o el motorista que acelera el motor en el semáforo como si corriera un Gran Premio. Puede que yo tenga algo de cotilla, pero también el mundo es exhibicionista.


No me gusta llevar auriculares mientras camino, porque siempre intento captar fragmentos sueltos e inconexos de conversaciones que no me atañen. Mis preferidas son las pronunciadas por aquellos que hablan solos. Y, cuanto más gesticulen y más actitud oratoria ostenten, tanto mejor. Porque son personas que dialogan –salvo trastornos graves- consigo mismas. Es como colarse en el pensamiento ajeno y escucharlo en estéreo. No hay barreras, no son impostadas como muchas otras, pues no hay necesidad de aparentar ni de engañar.


Tengo que admitir que muchas autoconversaciones tienen como actores a sujetos con cierto desequilibrio mental, ya sea permanente o fruto del alcohol. Pero quizás mi fascinación por lo bizarro me obliga a prestarles una especial atención. Todavía recuerdo una noche invernal en Alicante. Volvía a casa con la madrugada amenazando amanecer y, delante de mí, pisando yo sobre sus pasos, un hombre bajito pero recio murmuraba entre dientes. Era Navidad, aunque el alumbrado que cuelga de los arboles de General Marvà ya estaba apagado. La oscuridad era considerable y el ambiente nada tranquilizador. Temí que el desconocido se volviera, que se girara y se me encarase, pero las suelas de goma de mis zapatillas y su estado de abstracción me protegían por el momento.


No podía escuchar bien lo que decía, así que empecé a caminar más deprisa. Pensé en adelantarlo (“darle caza” fue la frase que apareció en mi cabeza) para poder captar al menos una o dos palabras. Pero no terminaba de decidirme. Tal vez, si aceleraba mis pasos lo suficiente y seguía protegido por la penumbra, podría acortar la distancia y escuchar la letanía. Y, si se giraba y se me encaraba, siempre tenía tres opciones: Ignorarlo, a ver si colaba; hacer uso de mi mayor altura y ponerme chulo y, la más práctica, correr como un valiente. Al fin y al cabo, aquel tipo tenía las piernas muy cortas.


Valorados los riesgos y los planes de acción, aceleré el paso mientras se me aceleraba el pulso. Miraba a mis pies al tiempo que caminaba, por si se giraba no cruzar nuestras miradas –la suya desorbitada y nublada, imaginaba-. A medida que me acercaba, fui captando algunas palabras sueltas. La voz que las reproducía era aguardentosa y quebrada. Era la voz de un borracho, pero la dicción en sí no era desastrosa. Algo podría escuchar, si los latidos nerviosos de mi corazón en los oídos me lo permitían.


Lo primero que distinguí fue: “Ahora está muerta”. La claridad de la frase me golpeó como algo físico y, de repente, los demás ruidos de la ciudad dormida desaparecieron por completo. Yo seguí mirando al suelo, viendo como la luz amarilla de las farolas aplastaba mi sombra bajo los pies, pensando en si aquella sombra negra se filtraba por el suelo, caminando conmigo, suela con suela, formando un espejo invisible pero perfecto. Entonces supe que estaba demasiado cerca, porque mi sombra entró en contacto con la del orador.


No fue una invasión al uso del espacio vital. Fue sutil, apenas un roce de oscuridad con oscuridad. Pero el hombre lo sintió. Probablemente no fue eso, probablemente sólo me acerqué demasiado y escuchó mis pasos o me vio por el rabillo del ojo. Pero para mí fue el roce de la sombra lo que lo hizo salir de su ensimismamiento. Dio un respingo, como si un escalofrío lo recorriera, y se giro hacia mí. Su boca no paraba de moverse, seguía hablando, pero en silencio. Me miró de arriba abajo y fijó sus ojos en lo míos. No tenía una mirada desorbitada, sólo triste. Bajó unas espesas cejas canosas, un par de arrugados ojos de un verde casi transparente me miraban sin comprender. Diría que ni siquiera me veían del todo, porque aquel hombre seguía absorto en su letanía. Me pareció que no podía detener el torrente de palabras que se desbordaban en su boca. No podía hacer otra cosa que negarles el sonido.


Le pedí perdón. Fue una disculpa sincera. Me sentía un poco culpable por haber intentado meterme en sus pensamientos públicos. Él apenas reaccionó, no dijo nada. Yo apreté el paso y lo adelanté. Y, a medida que me alejaba, su voz volvió a escucharse. Ya no podía contener más el sonido. De hecho, tal vez para compensar el tiempo de silencio, su letanía creció en intensidad y rebotó por las fachadas y los coches hasta llegar claramente a mis oídos: “Ahora está muerta, no le di la mano y ahora está muerta, no la cogí y ahora está muerta. Ahora está muerta, ahora está muerta y no puede hablar...”


Sentí que la voz se acercaba a mi espalda, pero me giré y el hombre estaba lejos. No me detuve cuando la autoconversación se convirtió en un verdadero grito: “Ahora está muerta y no tiene memoria, ahora está muerta y no puede hablar”. Entonces, súbitamente se hizo el silencio más profundo que jamás he escuchado. Supe con absoluta certeza que sus labios se habían detenido por fin, que no llegaban más palabras a su boca. Decidí darme la vuelta y me paré. Tardé en localizarlo en la lejanía, bajo la luz amarilla de una farola, con su sombra de espejo perfecto oculta bajo los pies. Y me vio, sé que me vio porque sentí sus ojos en los míos a pesar de la distancia. Los sentí como no los había sentido antes, a un metro escaso el uno del otro.


Entonces volvió a gritar: “Un Sargento Primero de la Legión nunca pierde la cabeza, un Sargento Primero de la Legión nunca pierde la cabeza...” Creo que me lo dijo a mí, como reprochándose su comportamiento. Lo repitió tres o cuatro veces y luego volvió a la letanía, más incontenible que antes –“ahora está muerta…”-. Se me ocurrió que era un castigo de la conciencia, una muerte por omisión y un remordimiento que lo había condenado a la locura. Pensé en la letanía delirante y repetitiva que no lo dejaba vivir. En su cerebro mandando palabras irrefrenables a sus labios, incapaces de decir cualquier otra cosa. Y en sus sueños, en sí hablaría o en si sus labios seguirían pronunciando palabras calladas.


Me dije a mi mismo que aquella voz se habría quebrado por el uso perpetuo, no por el alcohol. Prefería pensar así, aunque sólo fuera porque me parecía más literario. Tras unos segundos, giré sobre mis pasos y me encaminé a casa con la cabeza llena de pensamientos, con una autoconversación interna de las que me hubiera gustado escuchar en otra persona. Porque, claro, siempre es mejor en otra persona.






miércoles, 15 de junio de 2011

Sí a los indignados, no a los energúmenos.

Las formas determinan el contenido. No es que seamos especialmente superficiales, o que nos dejemos llevar por las apariencias. Es sencillamente, que la forma de expresar las ideas puede llegar a pesar más que su significado real. Por eso, cuando veo lo sucedido frente al parlamento catalán, no puedo sentir más que rechazo, porque no me siento representado. Y vergüenza, por si se me identificase con aquellos elementos.

Ver a los parlamentarios sacudidos, lapidados –con todo lo que esté a mano-, escupidos, pintados con spray es una mala propaganda. Es tan mala que no quiero creer que tenga nada que ver con el movimiento del 15-M, desde luego no con sus inicios. Y es que las expectativas se han empañado: hay una gran diferencia entre manifestantes y turba. Una diferencia que delimita la frontera entre el respeto y el desprecio, pues quien respeta provoca respeto y quien desprecia provoca desprecio.

Desde un principio me avine a las reivindicaciones que nacieron en la Puerta del Sol. Al igual que muchos, estuve allí, haciendo fuerza cuando lo consideré necesario; cuando un desalojo hubiera sido un atentado contra las libertades democráticas. Me escandalizaron las cargas desproporcionadas de los Mossos d´Esquadra. Me alegré cuando se decidió extender la iniciativa a los barrios y devolver la normalidad a las plazas principales. Sin embargo, hoy, por primera vez, tengo que hacerme a un lado. Tengo que ponerme al margen y decir que, al igual que hay otra manera de hacer política, hay otra manera de reclamarla.

Por decirlo en una frase: no hay que dar motivos. Porque nadie consideró adecuadas las cargas de la plaza de Cataluña, pero cualquiera entendería acciones similares en las circunstancias actuales. Es verdad que lo que se pide es justo, pero, si queremos que se nos escuche, debemos ser prudentes. No podemos ignorar que esos a quienes se increpa y agrede son los representantes de quienes les votaron. Y su voz es tan legítima como la nuestra.

Es sólo una cuestión de respeto y de organización. El problema es que lo primero es fácil de perder cuando se juntan más de cinco personas –qué le vamos a hacer, es cosa del género humano- y lo segundo es difícil de conseguir cuando se juntan más de cinco personas –lo dicho-. Por eso el 15-M sorprendió al principio, por lo civilizado y por lo controlado. Nada de violencia, sólo palabras, todas al mismo volumen y con la misma validez. Así es fácil que te escuchen y es fácil escuchar.

En consecuencia, no me queda más remedio que intentar convencerles de que la violencia va en contra del espíritu mismo del movimiento. Son, de hecho, incompatibles. Así que no confundamos aquellas reivindicaciones con los insultos de hoy. Porque dudo mucho que las personas sean las mismas. Es más, puede que sólo sean ladrones de razones para liarse a guantazos y volver a casa creyéndose revolucionarios. Que se lo hagan mirar.

Y, a raíz de todo esto, vuelve a mí un miedo que ya me planteé cuando se levantaron los campamentos. Entendí a quienes quisieron irse y yo mismo estuve de acuerdo. El ambiente se había enrarecido y habían acudido unos cuantos agregados de dudosa conducta, aunque también era un buen punto de organización; un cuartel general. En cambio, ahora se echa en falta aquella sensación de unidad y a los portavoces que informaban del parecer colectivo y consensuado. No creo que haga falta un sitio físico concreto –está claro que ayuda-, pero sí una entidad que represente e integre al movimiento original. Sé que es peligroso, que se producirían luchas de poder y que se desvirtuaría parte de la espontaneidad que tanta legitimidad proporcionaba. Pero no se me ocurre otra manera de desvincular las acciones violentas de las reivindicaciones justas y necesarias.

Yo sólo puedo reiterarme. Sí a los indignados. No a los energúmenos.