miércoles, 26 de enero de 2011
La rebelión de las musas.
Hoy su escritor favorito no ha podido acudir a la cita que tenía con ustedes. No ha sido capricho, créanme. Sé de buena tinta que ha intentado sobreponerse a los virus –fisiológicos e informáticos, que de todo hay-. Con un hercúleo esfuerzo se ha incorporado sobre los almohadones de la cama, apartando a su paso los kleenex usados y reptando a lo largo del colchón para alcanzar el portátil y cumplir con el deber. Pero ha sido en vano.
No se ha tratado de un problema de voluntad o disposición porque nuestro escritor favorito voluntarioso es un rato. Y dispuesto. Y resuelto. Y tozudo. Y guapo también. Pero a lo que iba, que se me enredan los epítetos. El motivo por el cual nuestro escritor favorito no ha podido actualizar hoy este blog no ha sido su congestión nasal o su desgana.
Ha sido mi ausencia.
Permítanme que me presente. Soy su musa inspiradora. La musa de mi escritor favorito. Y el de ustedes aunque aún no lo sepan. No crean que ser musa es una tarea fácil ni empresa de pequeña envergadura. Ser musa inspiradora es un trabajo a jornada completa, que digo, ¡un trabajo de 24 horas!. Nuestro escritor favorito me mira, se complace e hilvana letras en versos o pespuntea las frases que luego guarda celosamente, porque están contagiadas de emoción, poemas de mirada única (la de mis ojos). No quiere que ustedes le descubran, no vaya a ser que crean que tiene sentimientos.
En vez de eso, para escribir un artículo no me mira sino que dice “¡Musa, habla!” y yo obedezco, claro. Parloteo durante un rato y de esa chachara saca las ideas que luego leen ustedes semanalmente. Es agotador. Hoy políticos, mañana curas, pasado recuerdos de la infancia y al otro lentejas.
Y yo le digo “Escritor favorito, escritor favorito ¿por qué no escribes hoy sobre ti, sobre nosotros, sobre la vida?”. Pero no responde. Me mira ceñudo y piensa “¡Musa, calla!” (no me lo dice porque entonces podría denunciarle al sindicato). Y yo callo.
Dado que ya hay confianza entre nosotros voy a tutearles. Mi escritor favorito no puede. Debe mantener las formas. Yo no. Él tampoco habla casi nunca de sus cosas, de lo que siente, lo que le preocupa. No cree que sea relevante ni que pueda entreteneros lo suficiente. Mi opinión es otra pero no voy a aprovechar su enfermedad y mi rebelión para airear sus más profundos deseos. No son tan interesantes.
Así que aquí me tienen. Sublevada contra la objetividad subjetiva de mi escritor. Levantada en letras contra la asepsia, la carencia de emoción en general. ¡Arriba la República de los versos recién horneados! ¡Que vivan las musas y sus incorrecciones sintácticas!
Como estoy en las alturas poca cosa puedo contaros sobre los cuatro millones de parados que no sepáis o mi escritor favorito no haya dicho. Sin embargo conozco otro tipo de paradas, las cardiacas, que son aquellas que me sobrevienen cuando él posa sus manos sobre mis caderas.
Apenas sé nada sobre la liga de futbol, quien pierde, quien gana. Tengo vagas nociones de política, actualidad, famoseo, corazón. Suplo tanta carencia conociendo cada detalle de mi escritor favorito. Su geografía. Las mesetas de sus estados de ánimo, los picos de sus sonrisas, lagunas de los sueños que no recuerda. Tengo un conocimiento del medio tan exacto que podría describiros con exactitud el color impreciso de sus ojos. Matemáticamente hablando estoy al tanto de los ángulos de su rostro, de que la suma de ambos no es dos sino uno, raíz cuadrada de escritor por musa, principio general de la simetría. La Teoría de la Relatividad me resbala casi tanto como su saliva por el cuello y puedo afirmar que tiene las manos más cálidas del mundo (no se ha demostrado lo contrario). Talento le sobraba antes de conocernos pero es que ahora le desborda, nos inunda como si de un río australiano se tratase. Y en las antípodas de su entrópico humor se enlazan los verbos, los sustantivos, mis complementos de invierno o verano, depende.
Hoy mi escritor favorito no ha podido ejercer su oficio, no le he dejado. La semana que viene acudirá puntualmente a la cita (que para eso tiene un Rolex). Sé que podréis disculpar su ausencia. Él no ha tenido intención de fallaros y vosotros sois gente comprensiva.
En cambio yo solo soy una musa rebelde y a punto de ser despedida. ¿Alguien necesita inspiración?.
(Con Mdemusa y de Mayte ;-)
miércoles, 19 de enero de 2011
La lengua de los políticos.
Esta semana no se va a hablar de otra cosa. El Senado –ese gran desconocido- ha contratado a unos cuantos traductores y ha comprado otros tantos auriculares para hacer frente a las necesidades lingüísticas de sus señorías. No puedo obviar el tema que siempre sale en estas circunstancias; el famoso “España se rompe”, que tanto gusta a la derecha. En cualquier caso, prefiero reflexionar acerca de su pertinencia económica en época de crisis.
De lo primero, del famoso tema territorial, queda poco que decir y nada en lo que llegar a un consenso, por lo menos en lo esencial. Todos sabemos que nuestro país es un territorio que cuenta con numerosas realidades idiomáticas en régimen de co-oficialidad con el Castellano. Esto se traduce en que en las comunidades con esta particularidad se puede hablar indistintamente en cualquiera de los dos idiomas sin perjuicio para el otro. Es decir, ambos juegan en la misma liga.
No obstante, esa co-oficialidad se pierde al salir del territorio autonómico. Se trata de un caso de lógica. Sería absurdo, estarán conmigo, en que un andaluz tuviera que saber defenderse en Español, Valenciano, Catalán, Gallego, Euskera, Bable y, si me apuran, Guanche. Para eso está el Castellano, para que todos nos entendamos –y podamos discutir sin llegar a ningún entendimiento-. Sin embargo, el Senado es una cámara territorial. Esta condición facilita el resquicio normativo para justificar el derecho de los senadores a manifestarse en su lengua materna. Eso no lo voy a discutir, aunque me parezca poco práctico de cara al debate político –yo no querría que mis ideas pasasen por el tamiz del traductor-.
En consecuencia, una vez asumido que quizás no sea un sinsentido, sí deberíamos atender a lo que los ciudadanos ven mal. Siempre me ha parecido que el ciudadano de un país democrático se define por su derecho a indignarse por cualquier cosa de manera pública. De haberse producido este acontecimiento antes de la crisis, el debate hubiera sido de cariz nacionalista. Pero ahora, en mitad del bache, gastar 350.000 euros en traducir idiomas co-oficiales al Castellano parece cuanto menos pintoresco. Spain is different, que se decía.
Desde la Administración se disculpa la medida afirmando que no supone más que el uno por ciento del presupuesto anual del Senado. No es una justificación muy inteligente afirmar que es un pequeño despilfarro bajo el auspicio de un despilfarro de magnas proporciones. No creo que eso calme los ánimos, pero nuestra clase política no se define por su capacidad de empatía. El Partido Popular, por su parte, se rasga las vestiduras. Eso se le da muy bien, apenas sobreactúan. Se les da casi tan bien como olvidar que desde 1994 se han venido utilizando las lenguas co-oficiales en las comunicaciones escritas y que, en 2005, gracias su apoyo, se extendió la medida a todas las sesiones de la Comisión de Comunidades Autónomas. Pero, claro, entonces no les pareció mal. Se ve que todavía les quedaba el remanente de cuando hablaban catalán en la intimidad.
A mi entender, no era el momento de tirar la torre de Babel en mitad de la cámara alta. No es pertinente y menos en mitad de un debate sobre el gasto que supone el Estado de las Autonomías. No es práctico desde el punto de vista funcional. Y es que este capricho llega en un momento en el que se defiende el recorte del gasto público. Pero lo realmente grave es que han confundido “gasto público” con “gasto social”. Porque no hay problema en cerrar recursos sociales, en cancelar ayudas y en dejar a la gente en la estacada cuando más lo necesita. En cambio, para las necesidades accesorias y superficiales - simbólicas, en el peor sentido de la palabra- de los políticos siempre hay algo. Por ejemplo, un uno por ciento… de treinta y cinco millones de euros.
miércoles, 12 de enero de 2011
La damisela en apuros.
Hace unos días escuché en la radio que se hablaba sobre el mito de “la damisela en apuros”. Por un lado me quedé más tranquilo y, por otro, seguí igual de inquieto que hasta entonces. El encuentro de sentimientos viene porque era una de mis fantasías infantiles más recurrentes y, hasta la fecha, me avergonzaba de mi sadismo en secreto. Daba igual de qué tratase el juego o cuál fuera la niña que me gustase en ese momento. Mi único interés parecía ser salvarla de alguna desgracia terrible.
Hay que decir que por aquel entonces yo contaba con siete u ocho años. Todavía jugaba con cochecitos. Y el juego solía consistir en que secuestraban a una pobre y atractiva desdichada y, tras una trepidante persecución por la alfombra, conseguía sacar el coche de la carretera y rescatar a mi amada. El planteamiento me sigue resultando bastante preocupante, pero si continúo pensando la cosa se complica.
Lo anterior era sólo un juego, de acuerdo. Sin embargo, las desgraciadas protagonistas pasaron a ser compañeras de clase hacia las que me sentía atraído. En la espera de que me llegase el sueño, imaginaba autobuses volcados al borde de un precipicio infinito. Me veía entrando a contracorriente, mientras todos huían, y salvando a mi amiga atrapada en el último momento. Esto se repetía en casi cualquier medio de locomoción que puedan imaginar y bajo el auspicio de cualquier cataclismo que estimase oportuno. Lo único que importaba era la incondicional gratitud de la persona salvada y su favor afectivo. En definitiva, todo bastante siniestro.
Por suerte, con los años y las hormonas, fui dejando olvidadas las fantasías heroicas y encaucé mi planes de conquista hacía métodos más ortodoxos. No obstante, de vez en cuando lo recordaba y no podía evitar esbozar una media sonrisa. “Pero qué bestia era”, solía pensar. Asimismo, me pregunté qué sentido tenía someter a la enamorada a infinitas desgracias con tal de lograr su atracción. La disculpa era siempre la misma: “cosas de niños”.
Lo cierto es que sí fueron cosas de niños, pero, al volver a escucharlo, recuperé mi interés por aquellos pensamientos. Ahora con un enfoque más general, menos centrado en mi persona, reconozco que se me pasó un poco la vergüenza inconfesada y me sentí más tranquilo. (Nunca entenderé por qué nos tranquiliza que los demás hagan o piensen las mismas barbaridades que nosotros, pero ese es otro tema). Así que reflexioné sobre el ideal de héroe romántico, aquel que se nos inculca desde la cuna en forma de cuentos de caballeros y princesas: siempre la misma figura majestuosa, lidiando con enormes peligros y salvando a la chica. De hecho, si nos fijamos, encontraremos que ese patrón se repite una y otra vez. Incluso en la actualidad.
Al tratar el tema con frialdad, se me antojó tremendamente machista. No sé hasta qué punto ellas fantasearían con ser la protagonista de un peligro terrible para que las salvé un tipo en quien no se habían fijado. Tampoco creo que sueñen con ser salvadoras de algún macho alfa desvalido y en peligro. También es interesante pensar por qué una cosa nos parece heroica y la otra resulta humillante. Supongo que no es más que una necesidad masculina de reafirmarse como parte fuerte de la pareja, un golpe de efecto para hacerse imprescindible y demostrar que, sin él, ella está perdida.
En resumen: por salud mental, he decidido echarle la culpa a la naturaleza humana y a la sociedad, cosa que me satisface por lo menos a un nivel irónico. En cualquier caso, ahora prefiero prevenir antes que entrar en autobuses que oscilan al borde del precipicio. Me estoy haciendo mayor.
miércoles, 5 de enero de 2011
Vivir en technicolor.
Hace algún tiempo, cuando vivía solo, siempre había una ventana abierta en casa. Bueno, tal vez no siempre, pero sí casi todas las noches. Esa ventana daba directamente al cine clásico norteamericano de los años cuarenta, cincuenta y sesenta. No lo podía evitar, necesitaba vivir sus vidas con más ahínco que la mía y sentía una asombrosa debilidad por las películas en blanco y negro.
En aquella época vivía más de noche que de día. No es algo extraño para mí, pues ya desde pequeño la oscuridad producía un efecto magnético sobre mi imaginación. Con el tiempo, la espera para ir a dormir se fue alargando, a la vez que crecía la hora en el despertador. Noche tras noche vi cientos de películas. Fui un mujeriego empedernido. Pasé veladas encantadoras junto a Audrey Hepburn, Verónica Lake, Joan Fontaine o Ingrid Bergman. Y, como era de esperar, todas me dieron calabazas. Cada vez que eso ocurría, solía irme de copas con Humphrey Bogart. Sólo él me comprendía.
De alguna manera, se convirtió en un hábito. Me gustaba ver el salón iluminado por el gris acerado de la pantalla. Me gustaban los cruces de miradas, el doblaje antiguo, los sombreros y los sofisticados clubes al otro lado del cristal. Disfrutaba tomando un gin-tonic mientras James Stewart investigaba un asesinato en plena fiesta hitchcockniana. Poco a poco y sin darme cuenta empecé a necesitarlo. Empecé a sentirme parte de aquella realidad alternativa y a experimentar un poco de aprehensión hacia el mundo en color que me aguardaba a la mañana siguiente. Empecé a vivir en blanco y negro.
Y pensé que no sólo vivía en blanco y negro en sentido figurado, sino también en el real. Se me ocurrió que, de noche, ciertamente percibimos nuestro mundo en blanco y negro y deduje que de ahí venía mi amor por el cine clásico. Es un hecho que todo parece distinto entrada la madrugada, que se excitan los sentidos y los pensamientos se tornan agudos, inspirados y, en cierto modo, mágicos. A mí siempre me había gustado pasear en plena noche, bajo la luz mortecina de la luna. Quizás fuera el preludio de mi refugio cinematográfico. Tal vez, sólo hacía que pasearme por la pantalla de un viejo cine cerrado. En soledad, pero a gusto, ajeno al desierto de butacas vacías del otro lado.
Por supuesto que de vez en cuando me daba mis baños de luz. Sobre todo en el mar. Aunque también es cierto que prefería pasear por la orilla bajo las estrellas. Ahora me veo desde una de esas butacas polvorientas, con el cañón de luz atravesando el polvo en suspensión de la sala, y soy consciente de que vivía en una película. La única ventaja es que tan sólo yo era el protagonista.
Sin embargo, una noche, hace casi un año, salí de casa. Me vestí como lo hacían mis referentes. Elegí para la cita un abrigo gris cruzado –cómo no- de anchas solapas. Me puse guantes, cogí un paraguas y deseché el sombrero por considerarlo extravagante en exceso. Llegué pronto a mi destino y seguí contemplándome desde fuera. Pensé que tal vez ella no se presentaría y me dije que podría solucionarlo revolcándome en mi atractivo cinismo. Humphrey tenía respuestas para cualquier contingencia.
Dando vueltas al posible plantón, esperé unos minutos con mi cuerpo enmarcado en la puerta del edificio Metrópolis. Me imagine en formato panorámico –qué menos- y, en pleno travelling de aproximación, llegó ella. Con sus ojos se hizo la luz. Madrid se iluminó en plena noche y me coloreé al caminar a su lado. Bebimos un vino tinto de un rubí intenso. Las luces de las farolas eran amarillas. La llevé a caminar ante el mar más azul del mundo. Y descubrí en su mirada que no sólo había matices de gris.
Desde hace un año vivo en technicolor.
martes, 28 de diciembre de 2010
El mensaje de Navidad de Obispo
Era de esperar que, en estas fechas navideñas, la Iglesia diese un mensaje de paz y esperanza a sus fieles. Esto es algo que no debería alarmar a nadie, ni siquiera a un ateo practicante como yo. No podemos obviar que España es un país con profundísimas raíces católicas y, en consecuencia, las manifestaciones de la jerarquía eclesiástica son dignas de ser divulgadas. Quizás nos aporten algo de consuelo y luz en esta época de crisis. Quizás nos den ideas para sobrellevar la carestía de vida. Quizás nos enseñen a vivir de acuerdo al voto de pobreza que reina en el Vaticano. O tal vez no.
El aludido mensaje de paz y esperanza viene de todo un clásico en estas manifestaciones, mi querido obispo de Alcalá de Henares, el señor –con minúscula- Reig Plá. Él es un obispo clásico, de los de siempre, de los de misa en Paracuellos, bandera preconstitucional y guiños a Blas Piñar. No, no me podía defraudar, ya había dejado bien claro sus filias y sus fobias. Por eso, en un año tan sensible con la violencia machista, la única opción era arremeter contra los matrimonios civiles y las parejas de hecho. Y no es para menos, porque este hombre ha encontrado la solución definitiva, el remedio infalible para terminar con los malos tratos y sus funestas consecuencias. Que todo el mundo se case por la iglesia.
La verdad es que, a estas alturas, prefiero el mensaje de Navidad del Rey. Y eso que es mucho más aburrido. Algunos dirían que hasta más predecible, pero sólo lo dirían quienes ignoran las anteriores perlas de Reig Plá. Y es que, ya dijo cosas como que la homosexualidad es un problema personal y que los gays deberían pedir perdón y misericordia por su condición –seguro que no tienen otra cosa que hacer-. También opinó que los matrimonios entre parejas del mismo sexo suponían causar un retraso de 3000 años –año arriba, año abajo- en la historia de la civilización. O que el aborto es la primera causa de muerte en España. Sin embargo no ha dicho si hay más abortos en las uniones civiles, o si piensa solucionar los malos tratos en los matrimonios homosexuales. Ah, esto último no, porque su solución sería casarlos. ¡Qué disyuntiva!
Una persona razonable se preguntaría en qué puede influir que la unión sea civil o religiosa. Es lícito. ¿Por qué existe más violencia en las uniones civiles que en los matrimonios de toda la vida? Pues muy sencillo, su explicación es que: “La violencia doméstica se da sobre todo en aquellos procesos de separación y divorcio, en aquellos procesos de litigio, de manera que los matrimonios canónicamente constituidos tienen menos casos de violencia doméstica que aquellos que son parejas de hecho o personas que viven inestablemente". ¡Claro!- he exclamado ante el televisor, mientras un rayo de luz celestial me iluminaba. El divorcio tiene la culpa. Si ya lo venían diciendo…
De acuerdo, otra persona razonable –cuánta persona razonable- les diría que el divorcio (y la cárcel para el agresor), en cualquier caso, puede ser una herramienta para atajar la violencia. Un útil para terminar con la convivencia indeseada y, por ende, con los malos tratos en el hogar. Pero Reig Plá no es razonable. Martes y trece debieron enseñarle que las barbaridades son más entretenidas. Así que, siguiendo su corriente de pensamiento absurdo, ha descubierto que prolongar un matrimonio donde puede haber malos tratos es la solución. Resulta evidente (si eres obispo) que, al no tener posibilidad de separarse, se darán dos posibles situaciones: La mujer dejará de quejarse o las palizas cesarán… por aburrimiento o defunción de uno de los cónyuges –adivine cuál y cómo-. Estoy harto de escuchar aberraciones sobre un tema tan delicado. No es necesario que me perdonen por frivolizar, pero discúlpenme al menos por no hacerlo en nombre de Dios.
miércoles, 15 de diciembre de 2010
Poesía y actualidad.
Estos días de atrás he estado un poquito más inmerso que de costumbre en la actualidad informativa. Quizás porque la situación lo requería, quizás porque pensaba que los lectores lo reclamaban. Y ahora no sé muy bien por dónde andar. Si bien es cierto que mi persona no debe, en principio, provocar un interés masivo, tampoco tendría que hacerlo mi visión sobre el devenir público. Además, un comentario de un amigo me recordó mis viejos artículos, incluso los del principio, incluso los que no publiqué o aquellos que se quedaron en dos párrafos huérfanos. Entonces me sentí prosaico de repente.
Así, sin previo aviso, todas las noticias me parecieron banales y aburridas. Feas y sucias. Me parecieron intrascendentes por su propia pretensión de trascender. Y pensé en los actos que carecen de esa pretensión, en los Grandes Actos y en los Pequeños Actos –todos con mayúscula-. Pensé en sus ojos entornados al sol de una playa que la reclamaba desde hacía tiempo. También pensé en aquella puesta de sol que parecía querer incendiar las ramas desnudas que cubrían el horizonte. Y, por supuesto, reviví los paseos en moto y la luna sobre el mar y las cenas con los amigos y las siestas interminables. Entonces dejé de sentirme prosaico.
Lo que mi amigo me recordó es que veía poesía en todas partes, como leyó de mí una vez. Esto debe rememorarse una y otra vez, si es que llega a olvidarse. Y si resulta que es cuestión de perspectiva, probemos a dar uno o dos pasos, o a inclinar la cabeza unos pocos grados. Los actos intrascendentes no son prosaicos, no quieren trascender, tan sólo ocurren porque sin irrefrenables. No niego que la actualidad esté formada de ellos, pero el propio carácter noticioso los oculta. Oculta todo el proceso y lo deja en un acto aparentemente aséptico e indudable que se hace pesado de entender. Simplemente porque cuesta identificarse.
Por ello, siempre he pensado que era tarea del periodista traducir la realidad. Yo no puedo ponerme en semejante posición, porque me parece terriblemente complicada. Porque, al final, lo que nos iguala a todos es la poesía en sus múltiples formas –prosa incluida-. Nos iguala porque es una traducción de sentimientos que casi todos hemos experimentado en uno u otro momento. Cuando es buena, sea música, pintura o literatura, no busca pasar a la posteridad, sino expresar un estado de ánimo que no puede permanecer oculto. Porque nace de la necesidad de compartir, de sentirse comprendido, de formar parte de algo tan especial como usual.
Aun así, a pesar de su universalidad, los sentimientos precisan de esa interpretación que hace posible su comprensión generalizada. Todos podemos ver poesía en todas partes, si miramos entre los enredos de la realidad, si le damos una oportunidad a los sentidos por encima de la razón. Se trata de buscar lo único, de reducir nuestra vida al mínimo común denominador que nos hace tan iguales. Tal vez sea un solo punto en común, pero será mucho más grande que todas las pequeñas diferencias que nos separan.
Ahí es dónde falla la actualidad. Intentamos comprender hechos absolutos, olvidando que los han realizado personas como nosotros. Y probablemente, en la mayoría de los casos, lo han hecho en circunstancias extraordinarias que poco podemos entender desde fuera. Sin embargo, la codicia, la ira, la envidia sí podemos entenderlas y aplicarlas a nuestra experiencia. La producción masiva de información confunde al ciudadano, pues le parece estar viendo una película en lugar de un informativo, o leyendo una novela rosa en lugar del periódico. Esa distancia genera una doble moral que degenera en más productos informativos.
Por tanto, parece necesario dar voz a los protagonistas, dejarlos explicarse, por encima de los gritos de los tertulianos, que se mueren por ser noticia. Las personas y los actos son el hecho informativo. El periodista, sólo un traductor y nunca un protagonista. Si nos olvidamos de los tertulianos y de los periodistas estrella, nos quedaremos con el hecho desnudo. Es posible que nos llegue de otra manera. De todas formas, seguiremos sin poder justificar según qué actos. No podremos encontrar nada de poesía en ellos, por eso nunca debemos dejar de buscarla en nosotros. Mejor no ser noticia. Mejor no trascender. Mejor hablar con los demás que hablar de los demás.
miércoles, 8 de diciembre de 2010
El mal menor.
Sé que hablando de los controladores voy a perder todo rasgo de originalidad, si es que me quedaba algo, pero no lo puedo evitar. Y no lo puedo evitar, en parte, porque confirma una de mis teorías preferidas: el odio une lo que el amor no puede. Este principio es más o menos aplicable en muchos ámbitos de las relaciones humanas, pero yo prefiero aplicarlo al de las macrorrelaciones. Sin embargo, como es un campo de estudio muy amplio, me centraré en el territorio español.
Sin lugar a dudas, España es un país con grandes diferencias culturales, políticas y sociales. Sencillamente tienen poco que ver un gallego con un andaluz. De hecho, es probable que no se entiendan ni hablando y, sin embargo, uno de Madrid te dirá que sí que se parecen, que ambos son unos penas. Entonces llegará otro de Barcelona y te dirá que ya está el de Madrid con su prepotencia centralista tratando a las provincias como si fueran el tercer mundo. Y así con cada provincia e incluso con cada pueblo –los del otro lado de la calle son unos paletos, vamos a tirarnos piedras al descampado, etc, etc-. Con este panorama, el único desenlace posible es que acabemos reclamando el derecho a la autodeterminación de nuestro salón y matemos al vecino de arriba por violar nuestro espacio aéreo.
No obstante, no pierdan la esperanza. Si es usted un español de pura cepa, de esos que se cuadran ante la bandera de la Plaza de Colón, aunque no lo sepa, padece del mismo mal que los otros nacionalistas. Aun así, todavía tiene una baza para unir su patria: buscar a un enemigo común, alguien a quien pueda llamarse gilipollas en cualquier rincón de nuestra piel de toro. ¿Y quién asume semejante apelativo con mayor precisión que nuestros controladores de vuelo? Antes eran los franceses y sus tomatinas fronterizas, pero también somos chovinistas para esto. Los controladores son un producto nacional.
A estas alturas, los que no me consideraban un frívolo y un cínico, ya se habrán desengañado. Por otro lado, tanto los nacionalistas españolistas, como los nacionalistas vascos, catalanes, gallegos, aragoneses y de Alpedrete me odiarán por igual. ¿Quiere decir ello que soy un factor de cohesión social? Sí y no. Cada uno me odiará a su manera, pero por desgracia no soy tan importante. Además, mis aseveraciones tienden a igualar a unos con otros y –válgame dios- jamás admitirían ningún parecido. De lo anterior se desprende que el factor de cohesión maligno no puede poner en evidencia la identidad personal, sino que debe crear una supraidentidad nacional.
Lo que une debe ser sencillo, lineal. Debe poder expresarse en una oración simple enunciativa afirmativa, por ejemplo: “Los controladores son unos hijos de puta”. Es fácil de comprender, no entiende de nacionalidades y afecta a todos por igual. No genera debate político y resulta evidente la certeza del enunciado. El hecho de que unos tipejos con salarios medios de 250.000 euros paralicen el país por no poder computar bajas y vacaciones como horas extra indigna. Indigna y con razón. Y une.
Por último, me gustaría darle la vuelta a todo el planteamiento. Y es que, tras mi sarcasmo, debe haber algo de orgullo patrio –vayaustedasaber-. Es sólo que está teoría se me ocurrió en actos anteriores, actos donde los “hijos de puta” lo eran de verdad, actos de terrorismo de cualquier color. En España de eso sabemos. Me sorprendió y me agradó la manera en que se dejaban de lado las diferencias. Me gustó también la indignación más o menos generalizada contra ese señor de desconcertante dicción llamado Acebes y sus líneas de investigación electoral. Me gustó ver que los españoles sabemos reconocer una injusticia y darle el valor que tiene, a sabiendas de que deja nuestras reivindicaciones personales en el lugar que les corresponde. El problema es que en esas ocasiones estaba demasiado triste como para disfrutarlo. En cambio, ahora, puedo gozar del odio común al controlador de vuelo. Lo que han hecho es grave, pero son unos villanos entrañables. De puro ridículos.