martes, 28 de diciembre de 2010

El mensaje de Navidad de Obispo

Era de esperar que, en estas fechas navideñas, la Iglesia diese un mensaje de paz y esperanza a sus fieles. Esto es algo que no debería alarmar a nadie, ni siquiera a un ateo practicante como yo. No podemos obviar que España es un país con profundísimas raíces católicas y, en consecuencia, las manifestaciones de la jerarquía eclesiástica son dignas de ser divulgadas. Quizás nos aporten algo de consuelo y luz en esta época de crisis. Quizás nos den ideas para sobrellevar la carestía de vida. Quizás nos enseñen a vivir de acuerdo al voto de pobreza que reina en el Vaticano. O tal vez no.

El aludido mensaje de paz y esperanza viene de todo un clásico en estas manifestaciones, mi querido obispo de Alcalá de Henares, el señor –con minúscula- Reig Plá. Él es un obispo clásico, de los de siempre, de los de misa en Paracuellos, bandera preconstitucional y guiños a Blas Piñar. No, no me podía defraudar, ya había dejado bien claro sus filias y sus fobias. Por eso, en un año tan sensible con la violencia machista, la única opción era arremeter contra los matrimonios civiles y las parejas de hecho. Y no es para menos, porque este hombre ha encontrado la solución definitiva, el remedio infalible para terminar con los malos tratos y sus funestas consecuencias. Que todo el mundo se case por la iglesia.

La verdad es que, a estas alturas, prefiero el mensaje de Navidad del Rey. Y eso que es mucho más aburrido. Algunos dirían que hasta más predecible, pero sólo lo dirían quienes ignoran las anteriores perlas de Reig Plá. Y es que, ya dijo cosas como que la homosexualidad es un problema personal y que los gays deberían pedir perdón y misericordia por su condición –seguro que no tienen otra cosa que hacer-. También opinó que los matrimonios entre parejas del mismo sexo suponían causar un retraso de 3000 años –año arriba, año abajo- en la historia de la civilización. O que el aborto es la primera causa de muerte en España. Sin embargo no ha dicho si hay más abortos en las uniones civiles, o si piensa solucionar los malos tratos en los matrimonios homosexuales. Ah, esto último no, porque su solución sería casarlos. ¡Qué disyuntiva!

Una persona razonable se preguntaría en qué puede influir que la unión sea civil o religiosa. Es lícito. ¿Por qué existe más violencia en las uniones civiles que en los matrimonios de toda la vida? Pues muy sencillo, su explicación es que: “La violencia doméstica se da sobre todo en aquellos procesos de separación y divorcio, en aquellos procesos de litigio, de manera que los matrimonios canónicamente constituidos tienen menos casos de violencia doméstica que aquellos que son parejas de hecho o personas que viven inestablemente". ¡Claro!- he exclamado ante el televisor, mientras un rayo de luz celestial me iluminaba. El divorcio tiene la culpa. Si ya lo venían diciendo…

De acuerdo, otra persona razonable –cuánta persona razonable- les diría que el divorcio (y la cárcel para el agresor), en cualquier caso, puede ser una herramienta para atajar la violencia. Un útil para terminar con la convivencia indeseada y, por ende, con los malos tratos en el hogar. Pero Reig Plá no es razonable. Martes y trece debieron enseñarle que las barbaridades son más entretenidas. Así que, siguiendo su corriente de pensamiento absurdo, ha descubierto que prolongar un matrimonio donde puede haber malos tratos es la solución. Resulta evidente (si eres obispo) que, al no tener posibilidad de separarse, se darán dos posibles situaciones: La mujer dejará de quejarse o las palizas cesarán… por aburrimiento o defunción de uno de los cónyuges –adivine cuál y cómo-. Estoy harto de escuchar aberraciones sobre un tema tan delicado. No es necesario que me perdonen por frivolizar, pero discúlpenme al menos por no hacerlo en nombre de Dios.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Poesía y actualidad.

Estos días de atrás he estado un poquito más inmerso que de costumbre en la actualidad informativa. Quizás porque la situación lo requería, quizás porque pensaba que los lectores lo reclamaban. Y ahora no sé muy bien por dónde andar. Si bien es cierto que mi persona no debe, en principio, provocar un interés masivo, tampoco tendría que hacerlo mi visión sobre el devenir público. Además, un comentario de un amigo me recordó mis viejos artículos, incluso los del principio, incluso los que no publiqué o aquellos que se quedaron en dos párrafos huérfanos. Entonces me sentí prosaico de repente.

Así, sin previo aviso, todas las noticias me parecieron banales y aburridas. Feas y sucias. Me parecieron intrascendentes por su propia pretensión de trascender. Y pensé en los actos que carecen de esa pretensión, en los Grandes Actos y en los Pequeños Actos –todos con mayúscula-. Pensé en sus ojos entornados al sol de una playa que la reclamaba desde hacía tiempo. También pensé en aquella puesta de sol que parecía querer incendiar las ramas desnudas que cubrían el horizonte. Y, por supuesto, reviví los paseos en moto y la luna sobre el mar y las cenas con los amigos y las siestas interminables. Entonces dejé de sentirme prosaico.

Lo que mi amigo me recordó es que veía poesía en todas partes, como leyó de mí una vez. Esto debe rememorarse una y otra vez, si es que llega a olvidarse. Y si resulta que es cuestión de perspectiva, probemos a dar uno o dos pasos, o a inclinar la cabeza unos pocos grados. Los actos intrascendentes no son prosaicos, no quieren trascender, tan sólo ocurren porque sin irrefrenables. No niego que la actualidad esté formada de ellos, pero el propio carácter noticioso los oculta. Oculta todo el proceso y lo deja en un acto aparentemente aséptico e indudable que se hace pesado de entender. Simplemente porque cuesta identificarse.

Por ello, siempre he pensado que era tarea del periodista traducir la realidad. Yo no puedo ponerme en semejante posición, porque me parece terriblemente complicada. Porque, al final, lo que nos iguala a todos es la poesía en sus múltiples formas –prosa incluida-. Nos iguala porque es una traducción de sentimientos que casi todos hemos experimentado en uno u otro momento. Cuando es buena, sea música, pintura o literatura, no busca pasar a la posteridad, sino expresar un estado de ánimo que no puede permanecer oculto. Porque nace de la necesidad de compartir, de sentirse comprendido, de formar parte de algo tan especial como usual.

Aun así, a pesar de su universalidad, los sentimientos precisan de esa interpretación que hace posible su comprensión generalizada. Todos podemos ver poesía en todas partes, si miramos entre los enredos de la realidad, si le damos una oportunidad a los sentidos por encima de la razón. Se trata de buscar lo único, de reducir nuestra vida al mínimo común denominador que nos hace tan iguales. Tal vez sea un solo punto en común, pero será mucho más grande que todas las pequeñas diferencias que nos separan.

Ahí es dónde falla la actualidad. Intentamos comprender hechos absolutos, olvidando que los han realizado personas como nosotros. Y probablemente, en la mayoría de los casos, lo han hecho en circunstancias extraordinarias que poco podemos entender desde fuera. Sin embargo, la codicia, la ira, la envidia sí podemos entenderlas y aplicarlas a nuestra experiencia. La producción masiva de información confunde al ciudadano, pues le parece estar viendo una película en lugar de un informativo, o leyendo una novela rosa en lugar del periódico. Esa distancia genera una doble moral que degenera en más productos informativos.

Por tanto, parece necesario dar voz a los protagonistas, dejarlos explicarse, por encima de los gritos de los tertulianos, que se mueren por ser noticia. Las personas y los actos son el hecho informativo. El periodista, sólo un traductor y nunca un protagonista. Si nos olvidamos de los tertulianos y de los periodistas estrella, nos quedaremos con el hecho desnudo. Es posible que nos llegue de otra manera. De todas formas, seguiremos sin poder justificar según qué actos. No podremos encontrar nada de poesía en ellos, por eso nunca debemos dejar de buscarla en nosotros. Mejor no ser noticia. Mejor no trascender. Mejor hablar con los demás que hablar de los demás.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

El mal menor.

Sé que hablando de los controladores voy a perder todo rasgo de originalidad, si es que me quedaba algo, pero no lo puedo evitar. Y no lo puedo evitar, en parte, porque confirma una de mis teorías preferidas: el odio une lo que el amor no puede. Este principio es más o menos aplicable en muchos ámbitos de las relaciones humanas, pero yo prefiero aplicarlo al de las macrorrelaciones. Sin embargo, como es un campo de estudio muy amplio, me centraré en el territorio español.

Sin lugar a dudas, España es un país con grandes diferencias culturales, políticas y sociales. Sencillamente tienen poco que ver un gallego con un andaluz. De hecho, es probable que no se entiendan ni hablando y, sin embargo, uno de Madrid te dirá que sí que se parecen, que ambos son unos penas. Entonces llegará otro de Barcelona y te dirá que ya está el de Madrid con su prepotencia centralista tratando a las provincias como si fueran el tercer mundo. Y así con cada provincia e incluso con cada pueblo –los del otro lado de la calle son unos paletos, vamos a tirarnos piedras al descampado, etc, etc-. Con este panorama, el único desenlace posible es que acabemos reclamando el derecho a la autodeterminación de nuestro salón y matemos al vecino de arriba por violar nuestro espacio aéreo.

No obstante, no pierdan la esperanza. Si es usted un español de pura cepa, de esos que se cuadran ante la bandera de la Plaza de Colón, aunque no lo sepa, padece del mismo mal que los otros nacionalistas. Aun así, todavía tiene una baza para unir su patria: buscar a un enemigo común, alguien a quien pueda llamarse gilipollas en cualquier rincón de nuestra piel de toro. ¿Y quién asume semejante apelativo con mayor precisión que nuestros controladores de vuelo? Antes eran los franceses y sus tomatinas fronterizas, pero también somos chovinistas para esto. Los controladores son un producto nacional.

A estas alturas, los que no me consideraban un frívolo y un cínico, ya se habrán desengañado. Por otro lado, tanto los nacionalistas españolistas, como los nacionalistas vascos, catalanes, gallegos, aragoneses y de Alpedrete me odiarán por igual. ¿Quiere decir ello que soy un factor de cohesión social? Sí y no. Cada uno me odiará a su manera, pero por desgracia no soy tan importante. Además, mis aseveraciones tienden a igualar a unos con otros y –válgame dios- jamás admitirían ningún parecido. De lo anterior se desprende que el factor de cohesión maligno no puede poner en evidencia la identidad personal, sino que debe crear una supraidentidad nacional.

Lo que une debe ser sencillo, lineal. Debe poder expresarse en una oración simple enunciativa afirmativa, por ejemplo: “Los controladores son unos hijos de puta”. Es fácil de comprender, no entiende de nacionalidades y afecta a todos por igual. No genera debate político y resulta evidente la certeza del enunciado. El hecho de que unos tipejos con salarios medios de 250.000 euros paralicen el país por no poder computar bajas y vacaciones como horas extra indigna. Indigna y con razón. Y une.

Por último, me gustaría darle la vuelta a todo el planteamiento. Y es que, tras mi sarcasmo, debe haber algo de orgullo patrio –vayaustedasaber-. Es sólo que está teoría se me ocurrió en actos anteriores, actos donde los “hijos de puta” lo eran de verdad, actos de terrorismo de cualquier color. En España de eso sabemos. Me sorprendió y me agradó la manera en que se dejaban de lado las diferencias. Me gustó también la indignación más o menos generalizada contra ese señor de desconcertante dicción llamado Acebes y sus líneas de investigación electoral. Me gustó ver que los españoles sabemos reconocer una injusticia y darle el valor que tiene, a sabiendas de que deja nuestras reivindicaciones personales en el lugar que les corresponde. El problema es que en esas ocasiones estaba demasiado triste como para disfrutarlo. En cambio, ahora, puedo gozar del odio común al controlador de vuelo. Lo que han hecho es grave, pero son unos villanos entrañables. De puro ridículos.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Clandestinidad informativa.

Con todo esto de Wikileaks, se me ocurren varias cosas. La primera es que antes, siempre que había crisis, se hablaba de ovnis. Ahora se habla de filtraciones. No es que yo tenga nada en contra de las filtraciones -periodistas, albañiles y fontaneros viven de ellas-, es sólo que los ovnis son más pintorescos y sirven para lo mismo; distraer. De hecho distraen y entretienen sin necesidad de entrar en temas escabrosos y dañinos para la imagen de tal o cual gobierno, si es que es posible dañarla aun más.

Por todo ello, y frivolidades aparte, no puedo evitar preguntarme hasta qué punto no es todo una cortina de humo. Tal vez me haya levantado especialmente cospiranoico, pero no me parece descabellado. Los revuelos informativos vienen bien para tapar otros revuelos anteriores. Si bien es cierto que los nuevos afectan en mayor o menor grado la estabilidad política, de momento no entrañan un riesgo económico grave. Por consiguiente, es lícito preguntarse hasta qué punto gobiernan los políticos y no las empresas que los apoyan. Es posible que les merezca la pena perder alguna cabeza con tal de mantener la cuota de influencia empresarial dentro del gobierno. Qué hablen de lo que quieran, mientras no sea de algo que haga bajar mis acciones.

Otra de las cosas que se me ocurren es si se puede considerar periodismo a esta corriente informativa clandestina. Bien, supongo que yo, habiendo estudiado periodismo, debería decir que no, que no se puede considerar como tal, pero también debería añadir el apellido institucional. Es decir, no podemos hablar de periodismo entendido como una institución más del Estado de Derecho por varios motivos: la información no se obtiene de una forma lícita en la mayoría de los casos, no hay manera de contrastar la información, las fuentes son dudosas, (presuntamente) se carece de línea editorial y, por tanto, de intereses políticos y económicos.

Algunas de las anteriores razones, sobre todo las primeras, pueden devaluar la información que Wikileaks nos ofrece. Sin embargo, la última de ellas resulta interesante, a la par que romántica e ideal. Pero hay un problema, que no me lo creo. Porque nada está exento de intereses. Porque en éste nuevo periodismo nadie responde de los contenidos, nadie tiene que demostrar nada. No sólo se dan por buenos hechos que pueden hacer caer gobiernos, sino que además parecen difundirse de forma desinteresada y por el bien común.

No niego la veracidad de lo dicho. No puedo demostrar que sean falsos ni verdaderos. No voy a entrar a juzgar nada porque lo dicho es demasiado grave. Es sólo que no puedo evitar fiarme más de los medios tradicionales, porque aun creo en la existencia de periodistas de vocación, con afán por descubrir la verdad –aunque sólo sea por ansia de protagonismo-. En sus jefes creo menos, pero sé que habrían deseado publicar muchas de las filtraciones, no por altruismo, sino por línea editorial e intereses político-económicos. En este caso no me importan sus motivos, porque serían responsables de lo publicado y, por tanto, se cuidarían mucho de contrastarlo –a no ser que hablemos de El Mundo-.

A todo lo anterior se suma la orden de detención del fundador de Wikileaks por delitos sexuales. Por supuesto, él dice que es sólo una excusa para amordazarlo, así que amenaza con publicar nuevas informaciones que conseguirán hacer temblar a países como Rusia. Ese es el comportamiento que lo desacredita, supongo: el hecho de guardarse las espaldas con los secretos que, según su propia filosofía, deberían ser de dominio público. Es curioso que un periodista sea más valioso por lo que calla que por lo que dice.

El escándalo no es que haya escándalos, sino que sean de alto secreto, que exista esa figura tan asumida por todos. El escándalo, en el fondo, es que haya que esconderse para informar, en lugar de hacerlo desde la libre exposición y sometido al juicio de los ciudadanos. Porque, es cierto, la clandestinidad, por desgracia, puede llegar a ser necesaria. Sin embargo, una vez publicada la noticia, se corre el riesgo de confundir clandestinidad con cobardía e información con irresponsabilidad.

(Y a ver luego cómo deshacemos el malentendido).

miércoles, 24 de noviembre de 2010

¡Qué cruz!

No es la primera vez que les llamo la atención sobre la querencia que se tiene últimamente por la indignación gratuita. Da igual lo estúpido, irrelevante o incluso risible que sea el hecho, porque siempre encontraremos a un grupo de exaltados dispuestos a rasgarse las vestiduras. De hecho, cuánto más minoritaria sea la reivindicación y más se grite, tanto mejor. Supongo que este comportamiento parte de la necesidad de sentirse visionarios en tierra de ciegos, o pioneros entre reaccionarios, o vaya usted a saber qué. Lo realmente importante es hacer ver que se tienen valores elevados y profundas convicciones, aunque sean sobre chorradas elevadas o profundas idioteces.

No se confundan, no me indigna tal comportamiento. Sería poco consecuente. Pero andaba pensando en ello a raíz de la última petición de un grupo de inconscientes sobre la memoria histórica. Estos señores, alegando que el Valle de los Caídos es un símbolo del franquismo, pretenden dinamitar –sí, sí, dinamitar nada menos- la cruz que lo corona. La verdad es que indignarme no me indignó, pero si me sorprendió. Y es de agradecer, dados los aburridos tiempos que corren. A uno le hace sentir vivo no haber perdido la capacidad de sorprenderse.

Así que, después de imaginarme al mismísimo Chuck Norris descolgándose sin arnés y dejado pegotones de explosivo plástico a diestro y siniestro, me paré a pensar. Es algo que no suelo hacer muy a menudo, pero tenía el día reflexivo, así que llegué a una conclusión muy sencilla: estas personas no entienden bien el concepto de “memoria histórica”. O yo lo entiendo muy mal. Porque entiendo que es una ley (insuficiente) concebida para resarcir en la medida de lo posible al bando republicano. Esto es, reconocer que su lucha, no solo fue lícita –pues eran el gobierno del país-, sino que además estaban legitimados por una constitución votada por los españoles. Asimismo, se pretende denunciar los daños causados por el bando fascista, que no sólo contó con el apoyo de gente maja y de posibles –Hitler, Mussolini…-, sino que tuvo cuarenta años para ocultar todo tipo de barbaridades.

Durante ese tiempo, la represión franquista fue brutal y despiadada, pero también lo fue la labor propagandística del régimen. Imagino que cuando tienes que defender lo indefendible es mejor atacar que explicar. Luego llegó la transición y tal vez no era el momento. Es cierto que fue una época complicada, y que todos tuvieron que ceder, pero los crímenes de guerra siguieron impunes. No digo con esto que fueran los únicos que mataran, por supuesto que no, sólo digo que son los únicos que no fueron juzgados por ello. Y que alguien lo intente hoy en día... Pregúntenle a Garzón. Se dijo que la Ley de la Memoria Histórica abría viejas heridas. Claro, que eso lo decían quienes tienen un interés brutal en cerrarlas a toda costa. Porque les conviene.

Sin embargo, en el otro extremo, nos encontramos con unos señores que quieren volar un monumento. Pero sólo la cruz, ojo. Y no se dan cuenta de que eso, de memoria histórica, no tiene mucho. Si fuera perverso –dios me libre-, pensaría que tienen dificultades para entender conceptos abstractos, pero prefiero pensar que el extremismo les nubla la mente. Porque esa no es la manera de denunciar los crímenes franquistas. Una explosión hace mucho ruido, pero dura muy poco. El granito, en cambio, es silencioso, pero su presencia es casi eterna. Lo que hay que hacer es explicar el significado de ese lugar y utilizar su potencial icónico para destruirlo simbólicamente. Porque yo cuando pienso en el Valle de los Caídos no pienso en la presunta grandeza de Franco y sus acólitos, pienso en la sangre de los españoles que murieron para levantarlo. Para mí, Cuelgamuros, cruz incluída, es el símbolo de la barbarie franquista, de cómo se empleó a presos políticos, maestros e intelectuales, no para levantar un país, sino para cavar una tumba. La suya y la de su verdugo.

A lo mejor lo que pasa es que yo todavía soy más extremista, pero eliminar los símbolos no elimina la historia, si acaso la distorsiona. Si dinamitamos el Valle de los Caídos, se olvidará el sufrimiento y la injusticia que representa. Si desenterramos a Lorca y le hacemos una mausoleo de lujo, olvidaremos que los fascistas lo mataron y lo enterraron como a un perro. No es resentimiento, es presentimiento. El presentimiento de que si olvidamos, corremos el riesgo de repetir. No hay que destruir la voz de los que hablaron, sino dársela a los que amordazaron. Eso es memoria, lo otro es sesgo.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Verborrea sexual.

No me gusta hacerme eco de la actualidad, no me gusta repetirme ni repetirles cosas que ya hayan leído. Saben de sobra que no quiero aburrirles con lo mismo que podrían ver en cualquier sitio. Es más, conocen mi egocentrismo y pueden beneficiarse de, por lo menos, leer algo de lo que no hablarían en ningún telediario: yo mismo –sí, a mí también me sorprende-. Sin embargo, hoy, como en otras pocas ocasiones, haré una excepción y hablaré de lo que hablan los demás.

Hace unas pocas semanas, Sánchez Dragó hizo de las suyas en un libro de los suyos. Precisamente por este planteamiento ni me sorprendió ni me escandalizó su relato de pedofilia manga. Llámenme indolente. Me dije: otra vez Dragó con sus idioteces soeces y sus fanfarronerías políticamente incorrectas. No se equivoquen, no quise con ello disculpar al presunto escritor. Tampoco me creí su cobarde justificación al decir que tan sólo se trataba de ficción en mitad de un libro de anécdotas. Pero es que me resultaba todavía más increíble que dos japonesas de trece años violasen [sic] al atractivo literato.

Me pareció una salida de tono muy típica del personaje, ya casi aburrida por lo tedioso del protagonista. Habría sido un poco más divertida si se hubiese reafirmado en lo relatado, pero el tono cobarde venía de antes. Ya en el propio texto decía que lo contaba porque habían prescrito los hechos y luego, siguiendo con el ataque de arrojo y valentía, negaba directamente la posibilidad de que hubieran ocurrido. Supongo que los delitos pueden prescribir, pero las fantasías insatisfechas de un enfermo se mantienen siempre vigentes.

Y hoy más de lo mismo. En el telediario se emitían las imágenes de un programa de Telemadrid, presentado por Isabel San Sebastián, durante un corte publicitario. Sólo con el nombre de la presentadora ya puede uno hacerse a la idea de la catadura moral de los colaboradores. En este caso, el que habla es Salvador Sostres, otro presunto escritor, más conocido como columnista de El mundo y ex de Crónicas Marcianas. Y lo dicho, una sarta de barbaridades muy a la altura de su currículum.

Gracias a su incontenible verborrea sexual –la nueva enfermedad venérea-, a la filtración de las imágenes y a la denuncia interpuesta por UGT, ahora sabemos que le gustan las “chicas jóvenes en su punto de tensión sexual”. Además, le gustan porque “parecen lionesas de crema, limpias, todo dulce”. Aunque, sin duda, lo que le fascina es “esa tensión de la carne, esas vaginas que aún no huelen a ácido úrico, que están limpias, que tienen este olor a santidad de primer rasurado, que aún no pican. Esta carne que rebota, joven. Y ese entusiasmo, que te quieren enseñar que están liberadas, que ya son mayores”. A mí personalmente no me aporta nada, si acaso una nausea. A su mujer quizá le sugiera algo más.

Lo grave no es lo que diga un tertuliano insustancial y triste. Doy por hecho que existen personas así. También doy por hecho que tienen cierta ansia de protagonismo. Incluso doy por hecho –como no podría ser de otra manera- que Pedro J. lo tenga en plantilla o que Telecinco lo hiciera en un pasado. Digamos que son cosas de la línea editorial. Lo realmente grave es que se dé pábulo y palabra a semejantes elementos bajo el auspicio de una cadena pública. Aunque, claro, con Telemadrid ya se sabe. No es que no me indigne lo dicho, es sólo que no me sorprende. Cada cosa tiene su lugar.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

El cairo. (Parte IV).

No lo puedo evitar, me encantan las cosas decrépitas. El extrarradio era distinto, no menos chocante, pero sí más ajeno. Me explico: aquellas construcciones nuevas eran pura obra desnuda, sin ornamentación, sin personalidad más allá de una personalidad de conjunto. Sin embargo, cuando vi aquellos monumentales edificios occidentales, todavía sentí más extrañeza. Todo en ellos me era familiar. No tenían nada de oriental, podían estar en cualquier ciudad europea, pero no en ese estado. El estado al que me refiero no era de ruina, ni siquiera de abandono, era de agotamiento.

Todas esas cornisas, voladizos, cúpulas, marquesinas y ventanales no habían sido dejados a su suerte, sino que habían sido utilizados hasta la extenuación. En las ciudades occidentales, estos ejemplos urbanísticos suelen encontrarse en los distritos más distinguidos y, en consecuencia, mejor cuidados. En cambio, en El Cairo, se encontraban en una zona céntrica, sí, pero absolutamente popular y humilde.

El día que vi aquella plaza, la vi desde el coche y, aunque suene raro, la vi a vista de pájaro. Esto se debe a que un enorme scalextric la sobrevuela a cinco pisos de altura y tan cerca de las fachadas que casi se puede tender la ropa en el guardarraíl. Supongo que soy dado a ver la realidad a través de prejuicios y categorizaciones –qué le vamos a hacer-, así que mi mente procesó la visión de una forma bastante curiosa. Quizás de ahí venga mi fascinación por esta localización en concreto.

Lo que yo vi fue una calle de El Cairo con un edificio modernista achaflanado rematado por una cúpula. Lo que mi mente decidió regalarme fue una imagen post-apocalíptica de la madrileña Gran Vía. Imagínense la monumental calle de Madrid con los edificios negros de polución y los grandes ventanales rotos. Imaginen los viejos carteles luchando por seguir anclados a las fachadas, letras de bronce sueltas, muebles desvencijados en los balcones y barandillas y rejas herrumbrosas. A todo ello sumen un mercadillo a la altura del Edificio Metrópolis, un mercadillo de cientos de puestos unidos unos a otros por toldos de distintos colores. Por último, añadan basura y desperdicios varios, un enorme puente elevado cargado de coches y una multitud abarrotando los estrechos pasillos entre puesto y puesto. Surrealista, ¿verdad?

Pues no y eso era lo bueno, que era la realidad, sin más, sólo que muy diferente a todo cuanto había visto hasta ese momento. Aquella fue mi última sensación en El Cairo. Después al hotel, un hotel como los de aquí, y al aeropuerto, un aeropuerto como los de aquí –sin terminar y en obras-. Sin embargo, mi cabeza se quedó en mitad de la plaza, suspendida en el aire, intentando en vano encajar a la fuerza una imagen extraña en un esquema inútil. Definitivamente, mi manera de entender las cosas no sirve como guía para comprenderlo todo. Por eso todavía me cuesta volver, aunque llegase hace tiempo.

He descubierto que padezco un jet-lag cognitivo y que en ese conflicto radica lo interesante de la situación. Existe una falta absoluta de concordancia entre lo vivido y mis categorías y prejuicios. Debo admitir que me queda mucho por aprender, por fortuna. Que mi visión del mundo es sólo eso, una visión. Que mis categorías mentales se quedan ridículas para encasillar la inmensidad de lo individual. Que seguramente haya visto muchas cosas, pero eran variaciones de la misma. Que vivimos en el mundo de los moldes en lugar de modelar el mundo. Se nos pierden las individualidades, los rasgos únicos de cada uno. Se nos olvida que todavía podemos aprender mucho de nosotros mismos, aprendiendo de los demás. Que nuestra capacidad para ser diferentes nos iguala. Que las diferencias son sólo aquel camino que un día pensamos y decidimos no tomar. Y que los demás son la forma de conocer todos esos caminos.